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El viajero solitario


Por Nicolás Armellín.


El viajero solitario
Martín Oliver ha recorrido más de 360.000 kilómetros en moto para descubrir lugares y visitar amigos. Su última travesía: sumar todos los pasos fronterizos posibles entre la Argentina y Chile.

“Soy un motoviajero solitario al que le gusta visitar amigos”, comenta este aventurero cacheño de 53 años. El repaso de su juventud cuenta que permaneció en su pago hasta los 11 años, con una vida tranquila de río y pesca. Después partió a la ciudad de Salta para estudiar y a sus 18 viajó a Buenos Aires, donde comenzó a trabajar como peón de caballos en Los Toldos, estudió abogacía, aunque no terminó, y se recibió de martillero público.“En mi vida hice de todo: motomensajero, seguridad de una empresa, artesano, vendedor de limones y ahora soy dueño de un bar, Oliver, en Cachi”, dice Martín.

Siempre le llamaron la atención las actividades extremas, a las que empezó a dedicarse recién pasados los 30 años, con caminatas y cabalgatas en los cerros del norte del país. La montaña lo enamoró y, tras algunos reveses, en 2004 pudo coronar los 6380 metros del Nevado de Cachi, la cumbre Libertador General San Martín, con la que tiene mucha conexión. “Es como una mujer: te gusta una y le metés fichas a esa”, grafica. También sufrió contratiempos: en 2013 tuvo que detenerse a escasos metros de esa cima cuando se disponía a dejar una cruz de quebracho blanco que realizó en honor al papa Francisco. Pero su verdadera pasión es el motociclismo.“Me desconecta de mi cotidianidad, se traduce en libertad. Significa saber que las cosas que dejo en mi pueblo, en mi casa, las necesito y por eso vuelvo. Significa amigos, sensaciones, se parece a la montaña, a andar en kayak o en bicicleta, por el desafío conmigo mismo”, comenta.
Su gran amor
“Siempre me gustó el motociclismo. En 1992, compré mi primera moto, con la que empecé a recorrer Salta. En 1997, me incliné por una para andar por el cerro y por el río, y dos años más tarde fui elegido presidente del Club Salteño de Enduro, y comencé a organizar carreras”, dice Oliver, quien también les dio a las dos ruedas un marco solidario: llevaba a los “changos” a las escuelas alejadas y también alcanzaba donaciones en el Día del Niño. “Andar en moto es peligroso. El desafío es ir despacio, no acelerar, sino tomarse el tiempo necesario”. El consejo lo puede dar después de varios accidentes que lo llevaron incluso a vender su vehículo; “pero cada vez que veía una temblaba de la emoción, de las ganas”. Así fue como, unos años más tarde, se compró un modelo más grande y empezó a viajar. “El primer viaje fueron 5000 kilómetros durante veinte días por Misiones y Formosa. Me encantó”, destaca.

En 2013 y 2014, repitió una travesía por la cordillera de los Andes por tres pasos fronterizos con Chile: Sico, San Francisco y Aguas Negras. “Crucé el Abra del Acay, el punto más alto de la ruta 40, con 5061 metros, y el desierto de Atacama en una moto de baja cilindrada, de 110 cc. Quería demostrar que cuando uno tiene paciencia, espíritu, actitud y ganas, se puede ir a cualquier lado”, manifiesta. Y a fines de 2015 fue por más, “por la frutilla del postre”. “Era la cuarta vez que iba a ir a Ushuaia, una ciudad increíblemente linda a la que prometí volver las veces que sea porque hice muy buenos amigos. Con la moto, entre las idas por la RN 40 y las vueltas por la RN 3, ya había sumado 55.000 kilómetros de desierto, de viento, de arena, de nieve, de estepa y de soledad. En esta oportunidad quería hacer algo distinto: sumar todos los pasos fronterizos posibles entre la Argentina y Chile”, cuenta con pasión. 

No pudo enhebrar los veintiséis pasos en los cuarenta días que recorrió 14.600 kilómetros porque hubo complicaciones climáticas. “El río Pico lo hice a medias porque las aguas habían crecido 70 centímetros y estaban muy correntosas. Lo mismo sucedió con el río Frías y el río Bella Vista, mientras que Pichachen, Vergara y Carirriñe se encontraban clausurados por nieve y derrumbes. La época ideal para hacerlo es en febrero o marzo”, explica Martín. En definitiva, fueron 40.241 metros sumando la altura de las fronteras traspasadas. Él considera que cumplió con su misión.
Vida de motocicleta
“Del viaje disfruto los paisajes, el clima, los lugares inexplorados. Se extraña mucho la familia, pero cuando estoy en mis pagos ya tengo ganas de volver a la ruta”, se sincera. Y el entusiasmo se transmite de generación en generación: a su hijo, Lautaro, le picó el bichito de las dos ruedas. “Ya hacemos unas escapadas para ir a ver el Dakar o para encarar travesías cortitas”, dice Martín. 

La soledad suele marcar el ritmo de sus viajes porque sus amigos no disponen de su tiempo. “Me encanta porque me lleva a conectar con más gente. Hermandades impensadas. Tengo conocidos en toda Sudamérica que me esperan para compartir un momento y saben que mi bar es un lugar de encuentro en el noroeste argentino”, asegura. En 2016 irá a Suiza, Austria y Bélgica, para visitar “motoqueros” que conoció en los viajes. “Tengo amigos en los cinco estados del sur de Brasil a los que veo, al menos, una vez al año”, agrega.

“¿Hay algo que te molesta?”, preguntamos. “Sí, cruzarme con los que no saludan. Los códigos se basan en el respeto y en la ayuda, más allá de la condición social o de saber quién es. En la ruta andás con gente de todas las nacionalidades: yo lo entiendo como una hermandad, una cofradía internacional. La vida no es una cuestión de plata: diría que trabajo para poder viajar. Tampoco quiero tener una moto último modelo, cero kilómetro. Con que me responda, me cuide y me guste, ya alcanza”.

Entonces, ¿qué es la vida? “La eterna belleza del instante. Retomando una frase de Aristóteles, que me encanta, es la inexorable circunstancia de estar presente. Lo vivido es importante pero lo que queda por delante lo es más aún. Vivir son los amaneceres, los atardeceres, las montañas, los llanos, la lluvia, la sequedad, el frío y el calor. Vivir es llenarse de emociones y sensaciones”, resume. Y en su vida, con tres motos, ha atravesado 360.000 kilómetros. Y va por más.
Sus pasos entre la Argentina y Chile
1. Pircas negras (La Rioja): “El más inhóspito, el más difícil por el frío y el viento. No es para cualquiera, hay que tenerle mucho respeto”.
2. Pehuenche (Mendoza).
3. Pino Hachado (Neuquén): “Fue en el que más frío pasé. Nevaba y había hielo en el pavimento”.
4. Icalma (Neuquén).
5. Hua Hum (Neuquén): “Incluyó una hora y media de navegación rodeado de montañas y glaciares. Increíblemente lindo”.
6. Cardenal Samoré (Neuquén).
7. Futaleufú (Chubut): “La espectacularidad del río Futaleufú”.
8. Río Encuentro (Chubut).
9. Pampa Alta (Chubut).
10. Coyhaique Alto (Chubut).
11. Triana (Chubut).
12. Huemules (Chubut).
13. Ingeniero Pallavicini (Santa Cruz): “El camino más duro, 100 km de ripio y ‘serrucho’, bordeando el lago Buenos Aires”.
14. Río Jeinimeni (Santa Cruz): 
“Parece un mar azul, rodeado de montañas de 2000 metros”.
15. Rodolfo Roballos (Santa Cruz).
16. Don Guillermo (Santa Cruz).
17. Dorotea (Santa Cruz).
18. Laurita (Santa Cruz).
19. San Sebastián (Tierra del Fuego).
20. Integración Austral (Santa Cruz).

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