Investigación


Hit cerebral


Por Mariano Petrucci.


Hit cerebral
La ciencia avanza cada vez más en explicar los efectos que produce en nuestro cuerpo la combinación de sonidos y silencios. La neuromúsica aparece como un abordaje inédito para entender cómo negras y corcheas afectan positivamente al cerebro. 

“No se comenzó por razonar, sino por sentir”, dijo, allá por 1781, Jean-Jacques Rousseau, abonando la teoría de que, en la evolución humana, las funciones emocionales habrían precedido a las cognitivas, así como el canto y la danza lo hicieron con respecto al lenguaje hablado. Y puede que el polímata suizo, escritor, filósofo, músico, botánico y naturista, haya estado en lo cierto. Más de doscientos años después, los científicos intentan revelar los efectos mágicos que provoca la música a lo largo y a lo ancho de nuestro cuerpo. Y con el cerebro de moda, no es ilógico el surgimiento de un campo del conocimiento inédito: la neuromúsica. 

“Se trata del estudio del vínculo entre el cerebro y la expresión musical humana, ahondando en el funcionamiento cerebral durante la creación, la interpretación y la audición musical”, explica Osvaldo Fustinoni, médico neurólogo y profesor de Neurología en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires (UBA), que escribió el libro El cerebro y la música.

Es que la música se encauza en nuestro cerebro involucrando una gran cantidad de áreas que se reclutan en forma coordinada y simultánea. De hecho, las investigaciones más recientes coinciden en que hacer música es la tarea de mayor demanda para el cerebro. “Desde el punto de vista de la física, la música es un fenómeno concreto. Las ondas sonoras impactan en la membrana timpánica para luego transformarse en la información eléctrica que nuestro cerebro procesa a partir de mecanismos complejos que se desencadenan desde que llega a nuestros oídos”, subraya la licenciada Marcela Lichtensztejn, fundadora y directora de APEM (Vanguardia en Artes Aplicadas, Ciencia y Salud). Y agrega: “Literalmente, la música nos ‘toca’. Las vibraciones sonoras abordan nuestro cuerpo: primero, en la piel; después, atravesando tejidos que alcanzan nuestros músculos, huesos y órganos. Esta experiencia se nos hace mucho más evidente cuando el volumen de la música es elevado, pero, en rigor, ocurre siempre”.

La música nos tranquiliza, nos deleita, nos deprime, nos hace pensar en personas, lugares, épocas. “La correspondencia con el cerebro es, sobre todo, emotiva. En contraposición al lenguaje hablado o escrito, de designio racional, la música apela a nuestra emoción, reforzando lazos de afecto, sentimiento y empatía”, define Fustinoni, miembro de la Sociedad Neurológica Argentina y consultor de Enfermedades Cerebrovasculares en el Instituto de Neurociencias Buenos Aires (Ineba). Por su parte, Lichtensztejn, autora del libro Música y medicina: la aplicación especializada de la música en el área de la salud, remarca el concepto: “Música y emoción tienen una conexión bidireccional, de ida y vuelta. Las emociones se pueden expresar en la música, y la música puede sugerir estados emocionales, logrando modularlos”.

Pero no solo se trata de escuchar esa canción que nos cala hondo en el corazón. La cuestión pasa, a la vez, por ejecutar instrumentos. “La práctica en sí misma promueve cambios permanentes en el cerebro. Las imágenes de resonancia magnética funcional cerebral muestran que en niños de hasta 7 años, hacer música puede modificar el tamaño y la forma de algunas estructuras cerebrales que están dedicadas a otras funciones no musicales. Así es como pueden sobrevenir, por ejemplo, mejores rendimientos en aspectos del lenguaje o en matemáticas”, advierte Lichtensztejn. Y prosigue: “Durante un encuentro musical se desenvuelve la autonomía, la creatividad, la flexibilidad cognitiva, las habilidades sociales, visoespaciales y motoras, la atención, la memoria, la toma de decisiones, la emoción, la expresión. Lo que sucede en el interior del cerebro puede resumirse en dos palabras: simultaneidad y conectividad”.

“Literalmente, la música nos ‘toca’. Las vibraciones sonoras abordan nuestro cuerpo:primero, en la piel;después, atravesando tejidos que alcanzan nuestros músculos, huesos y órganos” Marcela Lichtennsztejn

Emoción abstracta*
La música refuerza nuestras emociones. Resulta más emotiva una celebración con música que sin ella. Probablemente por eso, la ópera provoca en las personas reacciones más pasionales y extremas que el teatro hablado, y su público suele ser más exaltado y fogoso. La música se comparte, se asocia al fervor religioso, al deportivo, a las fechas íntimas (cumpleaños, casamientos, funerales), al entusiasmo político, al teatro, al cine… ¿Qué provecho saca el cerebro al escuchar o hacer música? Descarga, catarsis emotiva. Muchos se preguntan cómo algo tan abstracto puede influir tanto en el cerebro: precisamente, al ser abstracta, sor-tea lo racional para estimular muy directamente aquellas estructuras cerebrales que regulan las emociones.

*Por Osvaldo Fustinoni, médico neurólogo, autor del libro El cerebro y la música.
Cuerpo y alma
La precocidad con la que se manifestaron los dones de Wolfgang Amadeus Mozart y Felix Mendelssohn, la tenacidad de George Frideric Handel y Johan Strauss II, la personalidad excéntrica de Richard Wagner, y la tendencia heredofamiliar de los Bach, amén de los Mozart y los Strauss. 

Sí, existen patrones comunes en aquellos que nacieron con una veta musical. Es más: hasta podría afirmarse que los cerebros de estos genios son ¿anómalos? “Habría una inestabilidad en el sistema de transmisión química, de neurona a neurona, llamado dopaminérgico/adrenérgico. Es el sector cerebral que alimenta el nivel de vigilia, la atención, el ánimo, la conducta. Estos individuos pasan, en forma más o menos abrupta, de una fase de inhibición de ese sistema –un estado de ensoñación en el que se produce una asociación libre de ideas– a otra de estimulación y excitación, en la que se cristaliza fervorosamente un resultado. No se trata de mera inteligencia, sino de creatividad: capacidad de inventar, de concebir lo que otros no imaginaron antes”, comenta Fustinoni. 

Un informe encabezado por expertos de la Universidad McGill, en Canadá, indica que los seres humanos podríamos tener circuitos cerebrales vinculados a la predisposición para emprender algunas tareas. “¿Qué significa esto? Que tendríamos una aparente facilidad para realizar determinadas acciones. Hasta el momento sabíamos que la práctica era fundamental para nutrir al talento, ya que, de lo contario, este quedaría aplacado, dormido. El descubrimiento es un paso adelante, pero todavía nos queda muchísimo camino por recorrer”, aclara Lichtensztejn.

Lo que sí está comprobado son todas las bondades que nos brinda el universo de las negras y las corcheas a la hora de tratar diversas enfermedades, trastornos, males cotidianos o, simplemente, activar el cerebro en forma orquestada. La música es un incentivo para el alma… y el cuerpo. “Las cualidades inherentes a la música inciden favorablemente en nuestra salud. Mejora la planificación, iniciación y coordinación motora, provee estrategias cognitivas para la resolución de problemas, alivia la ansiedad y el estrés, regula estados de ánimo, ayuda a afrontar sucesos traumáticos, y es muy efectiva en tratamientos del dolor, reduciendo las dosis de anestesia pre-quirúrgica y pretests en niños, y acortando los tiempos de recuperación y rehabilitación posquirúrgicas y médicas en general”, explica Lichtensztejn.

Asimismo, la música impulsa procesos relacionados con el habla, la atención y la concentración. “Gracias a la música, se ha logrado hacer cantar a afásicos, que son aquellos que por una lesión cerebral quedaron impedidos de articular palabras. Lo cantado se recuerda mejor que lo hablado, por lo que la música es una gran aliada de la memoria: el sonido de una melodía puede hacernos acordar de algo que, espontáneamente, no nos ‘venía a la cabeza’. La ‘terapia por entonación melódica’ es uno de los recursos que pican en punta en la actualidad”, dice Osvaldo Fustinoni.

Alzheimer, Parkinson, accidente cerebrovascular… En lo que se refiere a neurohabilitación, la música se presenta como una herramienta más que válida. “Incluso puede servir de estimulación para aquellos que se encuentran en estado de coma, en donde el sentido de la audición puede que sea el único que permita el contacto con el entorno y los seres queridos”, esgrime Lichtensztejn. Y añade: “Las terapias basadas en las artes son ideales para bebés prematuros en sala de cuidados intensivos, mujeres con embarazo de riesgo, personas con trastornos respiratorios o con dolores agudos o crónicos y en niños con déficit atencional o problemas de neurodesarrollo. Hoy por hoy, hasta se puede hacer un diagnóstico diferencial entre estado vegetativo y estado de conciencia mínima a partir de una escala de evaluación especializada de musicoterapia, lo cual puede dar un salto en la calidad de vida de aquellos que están transitando esta situación”.

La música es dueña de fuerzas dinámicas inherentes. Sus elementos, el tono, el ritmo, la armonía, el tempo pueden ser excelentes agentes de cambio. En eso se basa la musicoterapia Nordoff-Robbins (o musicoterapia creativa), fundada en 1959, en Inglaterra, por Paul Nordoff –compositor y pianista– y Clive Robbins –educador de niños con capacidades especiales–. Ellos sostenían que todo ser humano tiene una musicalidad innata: solo hay que saber utilizarla y potenciarla. ¿Qué está esperando?

“Gracias a la música, se ha logrado hacer cantar a afásicos. Lo cantado se recuerda mejor que lo hablado, por lo que la música es una gran aliada de la memoria: el sonido de una melodía puede hacernos acordar de algo que nos nos -venía a la cabeza-” Osvaldo Fustinoni
¡Eureka!
¿Cómo es el mecanismo cerebral del proceso creativo? Ocurre en tres tiempos. En el primero, las ideas germinan, afloran, se ordenan. El segundo es el momento de clímax, de revelación súbita, donde las ideas “encajan” en forma insospechada. 

En el tercero, se escribe lo imaginado para no olvidarlo. Los estudios de resonancia magnética funcional mostraron que en el primer tiempo se activan las cortezas frontal anterior o prefrontal, temporal, parietal y la del cíngulo. En el segundo, la circunvolución superior del lóbulo temporal derecho (el más enigmático del cerebro, ya que sus lesiones no originan déficits clínicos detectables). En el último tiempo, se activa la parte superior del tronco cerebral y las cortezas prefrontal y frontal dorsolaterales. Sí, la ciencia le encontró una explicación a la inspiración.

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