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Perla checa


Por Mariano Petrucci.


Perla checa
Estar en Ceský Krumlov es como viajar en el tiempo y trasladarse al Renacimiento. Este pueblo medieval, al suroeste de Praga, parece salido de un cuento de hadas.

El puente de Carlos, el Callejón del Oro, el reloj astronómico, la “Casa Danzante”, la Plaza de Wenceslao. El efecto es infalible: Praga cautiva hasta al más escéptico de los viajeros. Pero la República Checa es mucho más que la “Ciudad Dorada” o la “Ciudad de las Cien Torres”. A casi doscientos kilómetros de la capital, hacia el suroeste, se encuentra Ceský Krumlov, una verdadera joya que suele obviarse en la hoja de ruta europea.

Parrandear por la región sur de la Bohemia Meridional, muy cerca de la frontera con Austria, es como atravesar un portal al pasado (los primeros registros que aparecen sobre Ceský Krumlov datan de mediados del 1200): callecitas angostas y adoquinadas, arquitectura gótica, renacentista y barroca, y colores esgrafiados sobre las fachadas de las casas. La máquina del tiempo existe, y en 1992 la Unesco la declaró Patrimonio de la Humanidad.

Flanqueada por una abundante vegetación, Ceský Krumlov está emplazada a ambas orillas del Moldava, río que la serpentea con perfección geométrica. Aquí residen apenas 15.000 habitantes, por lo que pareciera que estamos accediendo a un parque privado que, diariamente, abre y cierra para el sinfín de curiosos que arriban de todas partes del mundo. A pie, porque los motores no son bienvenidos. El pueblo es peatonal, por lo que está prohibido el acceso de vehículos (con excepción de los privilegiados con garajes, o los clientes de hoteles).

La recomendación fue clara y contundente: en Ceský Krumlov hay que olvidarse de los mapas y perderse por sus laberínticos callejones. La idea es caminar sin rumbo fijo, y sorprenderse con su urbanismo medieval, las pinturas en las paredes, los grafitis, los faroles, o las flores en cajones de madera colgados en las ventanas. Todo asombra con un mismo telón de fondo: el castillo y palacio que se erigen rompiendo la altura de sus casas. 

Pasear por este pueblo es un festín para los sentidos: degustar sus sabores, admirar sus calles y paisajes y aplaudir su música.

En el casco histórico, una buena coordenada para arrancar es la puerta Ceské Budejovice. Construida en el 1600 en forma de arco, es la única que queda en pie de las antiguas nueve entradas que tenía Ceský Krumlov. Otro de los lugares para ajustar la brújula, es la plaza del Ayuntamiento. Es pequeña, como casi todo por estos lares, pero eso no le quita un ápice de encanto y elegancia. Allí se levanta la Columna de la Peste, que rinde honor a la Virgen, a quien se le agradece que haya puesto fin a un virus mortífero que aniquiló la vida de miles de lugareños.

Siguiendo la línea eclesiástica, dos iglesias merecen un párrafo aparte: son las de San Vito y San Justo, que se destacarán en cualquier postal. La última mencionada pertenece a la primera mitad del siglo XIV. Por su parte, la de San Vito, de comienzos del 1400, es el monumento religioso más ilustre de la zona. Después de la del castillo, su torre octagonal neogótica es lo más característico por estos pagos. Nuestros pasos continúan por Latrán, la calle principal, que reúne locales de souvenirs, tiendas de artesanos, cafecitos paquetones y las míticas tabernas de antaño que nos ratifican que estamos respirando los aires de otra época. Esta arteria desemboca en el puente de madera Lazebnický, que separa la ciudad vieja de la colina en la que se alza el castillo. Al cruzarlo, escuchamos cómo un joven se luce con el hang, un instrumento de percusión que parecen dos woks superpuestos. Su sonido es singularísimo… Música para nuestros oídos.  
Torres y carrozas doradas
Se huele un olorcito particular en Ceský Krumlov. Es porque el trdelník, un pastel de origen húngaro –y tradicional de Eslovaquia–, se vende como pan caliente… Y algo de eso hay: es una masa de harina que se enrolla en palos de madera o hierro, se pasa por azúcar, y se cocina girándola sobre un colchón de brasas. Para terminar se le agrega canela, frutas secas… o lo que apetezca. Un festival de sabor.    

Con la panza llena y el corazón contento, nos dirigimos hacia el castillo, el segundo complejo palaciego más grande de la República Checa, ícono de las diferentes dinastías que gobernaron Ceský Krumlov. Los Rozmberk, los Eggenberg y los Schwarzenberg reinaron en estas tierras y sus exclusivísimos aposentos pueden visitarse hoy. Solo hay que comprar el ticket… ¡Y tirarse de palomita a la aventura!

Hay varios aspectos para resaltar de este castillo del siglo XIII, ampliado en el XIV, reconstruido en el XVI y aggiornado en el XVII y XVIII. Por ejemplo, sus jardines o el foso donde las dinastías criaban osos –aún hoy persiste ese hábito–. Pero hay más curiosidades: un salón de máscaras, la capilla dedicada a San Jorge, un puente interno de casi medio kilómetro, y hasta un teatro barroco de mediados del 1700 (es uno de los mejores conservados en el planeta). En otra de las habitaciones nos impacta una carroza bañada en oro. El guía nos explica que fue realizada para una ocasión especial: al lord de Eggenberg, que se llamaba Antonio, le habían encomendado la misión de ir al Vaticano a decirle al papa Urbano VIII que el nuevo emperador Fernando III de Habsburgo había sido elegido. Para semejante travesía crearon este carruaje, hecho de madera de nogal y cubierto con hojas de oro de veinticuatro kilates.  

Tras el encandilamiento, subimos hasta la torre cilíndrica del castillo, pintada con tonos rosados, dispuestos a disfrutar de una preciosa vista de 360º de Ceský Krumlov. Desde lo alto, la ciudad es una maqueta hecha y derecha, donde se imponen los tejados rojizos y negros, puntiagudos y escalonados. Mientras la panorámica se nos eterniza en las retinas, avizoramos cómo las parejitas navegan el Moldava en una embarcación comandada por balseros. También vemos cómo atardece en Ceský Krumlov. Sí, es de ensueño. Al descender de la torre, y desandar sus callecitas, advertimos las marcas de las crecidas que anegaron, en los albores del siglo XXI, las puertas de muchas de sus viviendas. Pasamos por la sinagoga (sobrevivió inmune a guerras mundiales y ataques totalitarios), y por los siete museos que no hacen más que corroborar la vastísima oferta cultural que tiene este pueblo influenciado por el arte del pintor y grabador austríaco Egon Schiele (quien se instaló aquí, inspirado por la belleza del lugar). 

En la Casa de las dos Marías, un restaurante ubicado en una propiedad de más de quinientos años, nos ofrecen cerrar la jornada con un plato típico, a base de faisán, batatas y jamón cocido. Mientras lo degustamos, nos cuentan sobre la Fiesta de la Rosa de Cinco Pétalos, un símil carnaval que se extiende durante tres días, de la mañana a la noche. Todos los vecinos se disfrazan como si estuvieran en el Renacimiento: hay duelo de caballeros, banquetes, música medieval, procesión de antorchas, un ajedrez con figuras vivas paradas en un tablero gigante, y un desfile con personajes famosos relacionados con la historia de Ceský Krumlov. Suele organizarse en junio… Nos la perdimos. ¿Será que habrá que volver? Quién sabe.

El río Moldava baña las orillas de este pueblo al suroeste de Praga, donde el viaducto que conecta dos partes del castillo es una parada obligada.

Datos y curiosidades

•Desde Praga, se puede llegar en colectivo, auto y tren (aunque con la última opción se tarda más porque hay que hacer trasbordos).
•Durante el verano, las ofertas culturales se multiplican: teatro al aire libre, ópera, danza y ballet. También se lleva a cabo un festival de música, que incluye una visita al palacio y la ejecución de instrumentos de época.
•Vale la pena pasar una Navidad en Ceský Krumlov. Sus callecitas se decoran con pesebres vivientes y los Reyes Magos recorren el pueblo a caballo.
•Ruta de la Cerveza: para familiarizarse con la historia de esta bebida, que, por estos pagos, se remonta a cuatrocientos años.
•El asteroide Ceský Krumlov está nombrado en honor a esta ciudad.

Para no perder detalle: 

•La puerta de Budejovice, construida en 1600, es la única que puede verse de las nueve entradas que tenía la ciudad, y parece un pasadizo. 
•La iglesia de San Justo data del siglo XIV. 
•El castillo es una visita obligada.

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