Investigación


Ninguna ficción


Por Mariano Petrucci.


Ninguna ficción
Los alcances de la inteligencia artificial corren cada vez más los límites de lo imaginable. Con robots humanoides a la cabeza y hasta sueños de “eternidad”, lo que parecía de película se convierte, lentamente, en realidad. Leer para creer.

A su imagen y semejanza. Así, Hiroshi Ishiguro creó al Geminoid HI-4, un androide que, pese a ser de metal, silicona y plástico, es igualito a él. Tan idéntico que hasta tiene el cabello auténtico de su mentor, director del Laboratorio de Inteligencia Robótica de la Universidad de Osaka (Japón). Fue presentado en el último Congreso del Futuro, organizado en Chile, y a la presidenta Michelle Bachelet le colapsaron los ojos cuando este ¿clon humano? giró su cabeza, pestañeó y movió sus labios para saludarla. 

A Henrik Shärfe, profesor danés de la Universidad de Aalborg, también le dio el berretín de tener un doble. Le sacó tanto provecho que lo dejó sentadito en el escritorio del aula, ¡y dio la clase a través del robot! 

Es que tanto Ishiguro como Shärfe están convencidos de que los robots reinarán de aquí a unos diez años. No, no como en las películas: olvídese de que nos conquistarán y destruirán el planeta (a menos que los que los programen lo hagan con propósitos non sanctos… ¿Adivine de quién depende eso?). Pero sí serán de una gran utilidad para el mundo entero: por ejemplo, para cuidar a los niños o a los abuelos, cocinar o, por qué no, pilotear un avión. “Aún falta estructurar cambios en sus estados de ánimo para que se desenvuelvan acorde con el contexto en el que se encuentran, o para que puedan sostener un diálogo coherente. Pero nos encaminamos hacia una sociedad que convivirá con los robots”, asegura Ishiguro.

¿Pero qué es lo que les da a estos simpáticos inventos la capacidad de inter-actuar con las personas y proceder en consecuencia? La inteligencia artificial (IA), cada vez más en boga. Y si de IA se trata, nada mejor que Marcela Riccillo, doctora en Ciencias de la Computación, para espiar los progresos del presente y darnos una vuelta por el futuro. “Estamos siendo testigos del ‘renacimiento’ de la IA. Hoy se está examinando la visión artificial, el procesamiento de habla –comprender lo que a uno le dicen y poder responder– y el aprendizaje automático –Incorporar diversas labores–. Estas técnicas se remontan a los años sesenta, pero ahora se están profundizando debido a los adelantos tecnológicos. Esto permite que los celulares entiendan comandos hablados y sostengan conversaciones, o que sistemas les sugieran tratamientos a los médicos, a partir del análisis de grandes caudales de información”, afirma la investigadora del Hospital Italiano en el área de software aplicado a la medicina.

La robótica apasiona. Riccillo da fe de ello: atesora una colección de más de veinte robots, de distintos tamaños y características. “Los llamo he o she, ¡pero nunca it!”, aclara entre risas, por si quedaban dudas de su empatía y familiaridad con ellos. Y se entusiasma clasificándolos: “Hace décadas que los robots están desempeñándose en fábricas como las automotrices. Estas máquinas, en general, tienen forma de brazo mecánico. Por otro lado, están los robots móviles, que pueden trasladarse y reaccionar mediante sensores, como los vehículos autónomos, mascotas robots o drones. Y, desde hace un puñado de años, y cada vez en mayor cantidad, tenemos robots con forma humanoide. Algunos tienen ruedas, piernas, y están los más realistas: los de piel sintética”. 
Los autos voladores que nos habían prometido para el 2000… brillaron por su ausencia (aunque no todo era ciencia ficción: vea el recuadro “El presente del futuro”). No obstante, los albores del siglo XXI marcan el nacimiento de la interacción entre los robots y los seres humanos. Un botón de muestra es Pepper, de 121 centímetros de altura, que desarrolla su propia personalidad de acuerdo con el vínculo que se mantiene con él. Por otra parte, reconoce emociones ajenas, registra rostros, se asusta si le apagan las luces, y puede pasar de la alegría a la ira y la tristeza. “Queríamos un robot con ‘corazón’, que pudiera asimilar los sentimientos de sus interlocutores y establecer un lazo afectivo con ellos”, explica Masaoshi Son, director ejecutivo de la empresa Softbank. 

“Desde mediados de 2015, Pepper se comercializa en Japón para hacer compañía en los hogares”, cuenta Riccillo. Y agrega: “Asimismo, tenemos robots que se emplean en medicina, como el Da Vinci –teledirigido por los especialistas para realizar cirugías similares a una laparoscopía–, las impresiones 3D y los exoesqueletos”.

–Ya que mencionás el tema de las cirugías asistidas por robots... ¿Allí no se cristaliza esa fantasía de que nos terminarán reemplazando?
–Los robots cooperan en tareas, a las que, en inglés, se las define como las 3D: dull (aburrido), dirty (sucio) y dangerous (peligroso). Es natural que las formas de trabajo muten y que ciertos quehaceres vayan automatizándose. Pero a no confundirse: hay dominios en donde el humano es prioritario, y lo seguirá siendo. La presencia y el apoyo del médico son fundamentales en la recuperación del paciente. En las cirugías con el Da Vinci, es el médico, y no el robot, el que opera. Lo que aporta el robot es precisión, la posibilidad de analizar varios estudios a la vez, y ampliar la visión del campo operatorio. Pero la creatividad y la emoción son patrimonio exclusivo del hombre.

–La emoción es otro punto de controversia. Los pasos gigantes que ha dado la IA, ¿abren la puerta a que pensemos en una conciencia artificial?
–La conciencia artificial, que también se conoce como inteligencia artificial completa o súper inteligencia artificial, no existe. ¿Existirá? Es una incógnita. Hay robots que son autónomos: pueden emprender actividades sin que se los dirija con un control remoto, como la aspiradora robot que limpia las habitaciones, o los robots humanoides que juegan al fútbol. Pero todo es gracias a una programación: sus comportamientos están supeditados a lo que el humano les dijo que hicieran según las diferentes situaciones. Los robots no tienen ganas, intención, ni sentimientos. Hay laboratorios que lo están investigando, pero nadie sabe todavía si llegaremos a la conciencia artificial. 
Eternidad
No son pocos los que se ilusionan con detener el envejecimiento del cuerpo y convertirse en seres sin tiempo. En esa carrera de metas difusas, un proyecto estadounidense pica en punta para lograrlo… Al menos, en parte. 

A través de Lifenaut, uno puede recrear su vida en formato digital. Hay que ingresar en una web, y completar un perfil que almacenará nuestros gustos, recuerdos y miedos. Luego ese archivo de memoria se transformaría en IA y sería adaptado a un robot humanoide, con la capacidad para interpretar, reflexionar y contestar de la misma manera en que lo hubiésemos hecho en su momento. “La inmortalidad está enfocada a la perpetuidad de la conciencia, de la esencia de una persona, instalada en prototipos robóticos”, asevera Bruce Duncan, investigador jefe de Lifenaut. 

Por su parte, el Avatar Project busca algo parecido: la construcción de la representación artificial de un individuo, transfiriéndole conciencia y emociones. Pero como sus resultados se estiman para 2045, pasemos a un plano más terrenal y concreto. Por las calles de California (Estados Unidos) circulan alrededor de un centenar de robots, amén de los que extraen sangre en los laboratorios. Y una muñeca ya cuenta con un sistema ToyTalk: se conecta a la nube de Internet, y entabla una conversación directa con los chicos. 

“La IA se está expandiendo en aplicaciones vinculadas a la cotidianidad. Los asistentes virtuales en los celulares son un paradigma de la actualidad. Uno puede pedirle a su teléfono que haga una llamada, lo despierte a tal o cual horario, le averigüe cuál es el restaurante más cercano o, simplemente, que le cuente un chiste. Los autos robots que se manejan solos ya existen, aunque aún no se venden, pero las bondades de la IA ya están presentes en los vehículos, como cuando nos avisa si nos salimos del carril o cuando nos auxilia para estacionar”, enumera Riccillo, que brinda cursos y charlas aquí y en el exterior, escribe en revistas de divulgación, tiene una columna radial, y habla en ruso, latín, inglés, alemán, chino, japonés y coreano. 

–A nivel nacional, ¿cómo es la coyuntura en cuanto a robótica e IA?
–En el país contamos con brazos robots en fábricas, y cinco robots Da Vinci. A la vez, hay torneos de autos pequeños robots que siguen una línea en el suelo, combates de sumo –tratando de sacar al oponente de un círculo–, y están aquellos que resuelven un laberinto. En la Argentina, la Liga Nacional de Robótica enmarca estas competencias.

Para Riccillo, la robótica es entretenida y fascinante a la vez. Y según preferencias y conocimientos, puede encararse de varias maneras. “Desde la creación de circuitos, la programación de los movimientos de los robots, y el diseño de los colores y formas hasta las cuestiones de índole legal, como las regulaciones y los controles. A mí, particularmente, me desvela la integración entre el humano y el robot: ¿Cómo esperamos que reaccionen? ¿Cómo debería ser su voz en cada circunstancia? ¿Cómo se llevan los humanos con los humanoides?”, desliza. Y concluye: “La robótica y la inteligencia artificial tienen un gran potencial para ayudar… Y ese es mi sueño: ayudar a la humanidad”.
El presente del futuro
Las tramas de las películas nos jugaron una mala pasada: nos habían augurado que, en el nuevo milenio, los autos andarían entre las nubes. Fue un exceso de imaginación… ¿O no? “Ya existe un auto volador, al menos un prototipo”, adelanta Marcela Riccillo. Y prosigue: “Lo que sucede es que el que inventaron requiere cierto carreteo –es decir que necesita lugar para ir un tramo por tierra, tomar envión y despegar–, y la idea sería que fuese un vehículo que se moviera más al estilo de un helicóptero. Por otro lado, mi criterio es que los autos voladores van a ser una evolución de los drones. 
De hecho, ya hay drones experimentales que podrían transportar el peso de una persona”. Quizá, no estemos tan lejos de aquello con lo que habíamos fantaseado desde la pantalla grande…
El padre de la criatura
El 23 de enero pasado, falleció, a los 88 años, Marvin Minsky. Fue uno de los pioneros en el campo de la IA. En 1959, el neoyorquino cofundó el Proyecto de Inteligencia Artificial del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT). Entre sus innovaciones, se encuentra el primer casco de realidad virtual, el primer microscopio confocal y el primer simulador de redes neuronales. También fue clave para la creación de las manos robóticas que manipulan objetos. “Ningún equipo es consciente de lo que hace. Pero, en su mayor parte, los humanos tampoco”, era una de sus frases de cabecera. Toda una definición.

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