Investigación


Por la misma tijera


Por Mariano Petrucci.


Por la misma tijera 
De nuestros antepasados heredamos mucho más que el color de los ojos. Analizando los lazos familiares pueden explicarse nuestras decisiones, aciertos, fracasos, y hasta decodificar las enfermedades que padecemos. De qué se trata la psicología transgeneracional.

El hombre es el único animal que tropieza con la misma piedra… una, otra y, por si todavía no aprendió la lección, otra vez. ¿Será que somos, precisamente, animales de costumbres? Según el dicho, sí; sin embargo, un abordaje avanza a velocidad crucero entre quienes recurren a lo empírico para comprender el porqué de las vicisitudes que los atraviesan. La psicogenealogía o psicología transgeneracional bucea en las raíces de los antepasados para descubrir cuánto influye la familia en nuestro devenir. “Es una propuesta terapéutica que interpreta los inconvenientes del presente como una prolongación de los malestares y agobios sufridos por nuestros ancestros. Al inconsciente personal de cada individuo, hay que agregarle los saberes ocultos de cada clan: o sea, el inconsciente familiar. El estudio del genosociograma –árbol genealógico con los sucesos más relevantes de nuestra vida– posibilita una radiografía de las expectativas y frustraciones que cada generación fue acumulando y profundizando”, afirma Diana Pari, psicoanalista, autora del libro Secretos familiares, decretos personales.

“Funcionamos como herederos. Lo que nos sucede es una maraña de causas indescifrables, complicadas, sutiles” Violeta Vazquez

A Sigund Freud, su madre le susurraba al oído “mi niño de oro”; a Adolf Hitler su padre lo llamaba “bestia inútil”. El ejemplo es extremo, pero es poderoso para dar cuenta de cómo puede llegar a sembrarse una semilla sin siquiera sospecharlo. “Lo que nuestros padres dicen de nosotros nos marca. Todo lo que nos pasa condice con un patrón de supervivencia. Funcionamos como herederos. Lo que nos sucede es una maraña de causas indescifrables, complicadas, sutiles. Hay que buscar pistas, sincronías, revelaciones. Y encontrar las omisiones, los lugares sin razón”, esgrime Violeta Vazquez, puericultora que escribió el libro ¡Basta de repetir la historia familiar! 

Cada familia tiene un sistema de creencias, de leyes, de obligaciones “mudas”. Todo eso se reproduce en forma de mandatos que responden a la lealtad a la sangre. Rupert Sheldrake, bioquímico y biólogo británico, constató que ciertos fenómenos se hacen más probables a medida que ocurren más veces, por lo que el crecimiento biológico estaría guiado por hechos previos. “Solemos reiterar acontecimientos de la tribu a la que pertenecemos, ya que madre y padre, con su propio bagaje, unen sus ‘ajuares’ –del árabe, ‘almacenes’– a la hora de concebir un hijo. En las células que se imprimen en ese ser está la historia de la progenie: los proyectos inacabados, los duelos inconclusos, los fracasos...”, enumera Paris. 

“Cada vez que voy a concretar algo, me engripo”, “Me echo atrás cinco minutos antes de dar un examen”. ¿No se identifica con ninguna de estas frases? “La psicología transgeneracional utiliza la mayor cantidad de datos para explicar todo aquello que nos acaece. ¿Cuáles datos? La fecha de nacimiento de sus bisabuelos, abuelos o padres, por qué fallecieron, qué profesión tenían, sus nombres… En cada uno de nosotros reside un complejo entramado de asignaciones”, sentencia Paris. 
Fidelidades invisibles
El árbol genealógico sirve para muchísimo más que para sorprendernos relacionando a tal con cual. “Lo que permite su estudio es la chance de hallar un espejo con determinado miembro del clan: sufrimos su mismo drama, fracasamos en los mismos proyectos… Entre las informaciones que el árbol aporta están las enfermedades, que no son otra cosa que un modo de traducir, en el cuerpo o en la psiquis, lo que no se pudo expresar de otra manera. No hay diccionarios posibles para dar con las patologías y sus causas, pero sí puedo afirmar, después de años de práctica, que un problema se destraba cuando se hace consciente el momento en el que se congeló una emoción. Desprogramar esa emoción es el comienzo de la cura”, sostiene Diana Paris.

Para Violeta Vazquez, el cuerpo es un mapa. “Cuando en nuestro pasado hubo una situación traumática, de secreto, violencia, traición, exilio, enfermedad o pobreza, el cerebro instala programas de solución para esos conflictos, en clave de supervivencia. Por ejemplo, un caso de infertilidad puede deberse a varias muertes perinatales en el árbol genealógico. Siempre hay que analizar los elementos que excluimos de nuestra historia: allí está el potencial de la sanación”, completa Vazquez.

“En nuestras células se imprimen la historia de la progenie:?los proyectos inacabados, los duelos inconclusos, los fracasos” Diana Paris. 

De tal palo…
Juan, de 40 años, experimenta un temor “exacerbado e ilógico” a perder su trabajo. Vazquez trató su caso de acuerdo con la psicogenealogía, y comprobó que el desencadenante fue hace tres años, cuando comenzó la reducción de empleados en su compañía, coincidiendo con el final de su noviazgo. Así es como empezó a sentirse desvalorizado. “Analizamos su situación y dimos con lo que denominamos ‘programantes’, hilos conductores. A los 18,5 años, la mitad de la edad del desencadenante, su madre le pidió que se alquilara un departamento porque ella se iba a convivir con su pareja. A los 9, de nuevo la mitad, quedó eliminado de un casting de talentos infantiles. A los 4, la mitad del anterior, murió su padre. A todo esto hay que sumarle un punto transgeneracional: su nombre es el de su abuelo paterno, quien quedó en la calle después de ser estafado en su propia empresa”, detalla Vazquez.

Nada es azar ni pura casualidad. Aquí es donde mete la cola la epigenética, ciencia que deriva de la genética y que confirma que las personas son unidades holísticas. “En los gametos sexuales de una pareja que procrea, está el color de los ojos, de la piel, la predisposición al arte o a las matemáticas, pero, a la vez, la sed de justicia si un ancestro fue desheredado, la necesidad de curar si hubo dolores insalvables o muertos en tragedias, o la urgencia por enmendar y arreglar fallidos –modistas, sastres, correctores–. En óvulos y espermatozoides navega toda esa carga”, ahonda Paris, quien publicará el libro ¿Qué personaje te compraste? Mandatos y epigenética.

La buena noticia es que nadie está condenado de antemano. “Todo puede revertirse. No hay determinismo ni destino capaz de impedir la libre decisión de ser felices y recuperar las riendas para encarrilarnos en el camino deseado. Cuando se cambian las condiciones del medio ambiente, las acciones y las consecuencias se modifican”, destaca Paris. Y acota: “El gran insumo para esta transformación consiste en animarse a hablar, a ver, a escuchar… Hay una metáfora formidable: la de la papa caliente. Es un concepto de la ‘madre’ de la psicogenealogía, Anne Ancelin Schützenberger, y apunta a ‘eso’ que no puede decirse, que aflige y avergüenza. Pero ‘eso’ que se calla, sigue ahí, latente, sin asumirse. Como una papa caliente, se pasa de mano en mano, de generación en generación. El inconsciente seguirá reincidiendo en ello aunque pasen los años, hasta que alguien del grupo familiar se haga cargo. Solo así se desactiva ese círculo vicioso”.

Para que la descendencia desate los nudos del pasado, no hay que guar-dar secretos, y trascender los miedos. “Lo importante no es el contenido de nuestros conflictos y errores, sino la lógica que los opera, su estructura, la trama detrás de la trama. Como en el caso de Juan, hay que dar en la tecla con aquellos disparadores y ‘programantes’ que dejaron huella, para evitar que, en algún momento, ‘exploten’ afectando nuestro cuerpo, nuestro mundo emocional”, subraya Vazquez. 

En la actualidad, se impone un método de indagación y sanación: la biodecodificación rizoma. “Es una herramienta para decodificar la biología, la genealogía en acción, y la propia historia desde la gestación. Se trata de una terapia de desprogramación de los síntomas, entendiendo su origen, sentido y ciclos. Esto se lleva a cabo con portales de información puntuales: el árbol genealógico, fotos, objetos, carta natal. Lo que se puede decodificar es un lazo roto o tóxico, un tormento, un obstáculo, un misterio”, instruye Vazquez.

No hay una receta mágica con pasos a cumplir. “Sí haría hincapié en el valor de la verdad, de las relaciones sin falsedades, con vínculos claros y mandatos explicitados. Los secretos enferman, se alojan en el inconsciente de una familia, replicándose en el futuro. Una verdad angustiante es mejor que una mentira o un silencio maquillado…”, concluye Paris.
Silencios*

No todos los sucesores somos herederos de todo. Algunos funcionamos como “chivos expiatorios”, otros somos la “papa caliente” o el centro del conflicto. 
La repartija no suele ser equitativa. Hay quienes se hacen cargo, porque asumen la misión de ponerle el hombro a la historia de otro. Algunos se reconocen como intoxicados, otros son eternos negadores. Están los que nombran lo que pasó, y están los que no nombran nada. Si mamá no hizo referencia a su angustia, su desamor, tuvimos una infancia –supuestamente– feliz. Cuando somos adultos y no mencionamos lo que nos pasa, lo anulamos. Como si lo que no se dijera, no existiera.

*Por Violeta Vazquez, directora de la Escuela de Formación Profesional en Puericultura y Familia “Panza y crianza” (www.violetavazquez.com.ar).

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