Entrevista


Va por todo


Por Juan Martínez.


Va por todo
Federico Delbonis es, tal vez, el tenista argentino con mayor proyección en el circuito ATP. Hace pocos días se dio el gusto de ganarle a Murray, número dos del mundo, y llegó por primera vez a octavos en un Masters 1000. “Estoy en el momento justo”, confiesa.

Luego de su retiro del fútbol, Horacio “Chupete” Delbonis siguió vinculado al deporte. Todas las semanas se juntaba con amigos para jugar al tenis en las canchas del Club Bancario Azuleño. A un costado, Fede, el mayor de sus tres hijos, lo miraba atentamente. Hincha de Boca y futbolero (fue marcador de punta), el chico comenzó a interesarse en este deporte, y a los siete años empuñó por primera vez una raqueta. A los doce, cuando se fue a entrenar y a jugar al Club de Remo, conoció a Gustavo Tavernini, que desde entonces es su entrenador y mentor. Hoy, Federico Delbonis es uno de los tenistas argentinos con mejor ranking de la Asociación de Tenistas Profesionales (ATP). ¿Y el de mayor proyección?

“Lo elegí porque es un deporte individual. En el fútbol vos podés jugar bien muchos partidos, pero si no te acompañan los otros diez, perdés igual. En el tenis depende más de vos, y eso es lo que me gustó. Además, comencé a jugar torneos, a viajar con amigos, me empezó a ir bien… Primero fue un hobby, algo que me gustaba hacer y nada más”, repasa en uno de los rincones del palermitano Buenos Aires Lawn Tennis Club.

Tavernini advirtió que ese divertimento podía transformarse en otra cosa. Que tenía en sus manos un talento especial, de esos que no abundan. Así fue como se dedicó de lleno a buscarle opciones para que pudiera desarrollarse. A los dieciséis, a Fede le llegó el momento de pensar en serio en una carrera. “Surgió la idea de irme a Europa a entrenar y a jugar torneos. Mis padres no me podían costear esa carrera profesional, pero por suerte, apareció la posibilidad de armar un grupo con gente de Azul para que me ayudara económicamente”, recuerda.

– ¿Eran amigos de la familia?
–Era gente del club que se acercó a Gustavo. Un grupo de profesionales que no tenía nada que ver con el deporte: pediatras, oftalmólogos… Me veían entrenar, conocían mi historia y mi situación económica. Nosotros éramos de clase media. Mis padres nos dieron todo lo necesario a mis hermanos y a mí, pero no hubiesen podido afrontar semejante movida. De hecho, para poder darme una mano, muchos años decidieron que no fuéramos de vacaciones y así poder ahorrar algún dinero. Son cosas que hoy sigo agradeciendo.

– ¿Te dabas cuenta de esas cosas en ese momento?
–No, me cae la ficha ahora de todo el esfuerzo que hicieron. De alguna manera se los quiero retribuir, no necesariamente con plata, sino con gestos o cosas que vayan más al corazón. Ese ejemplo de acompañar a los hijos en sus sueños u objetivos yo lo voy a repetir con mi hija en el futuro. Para eso es la familia. Sin importar el ranking o resultados puntuales. Gracias a Dios todo este proyecto salió bien porque hace casi diez años que soy tenista profesional. La apuesta era esa.

Resuelto el tema económico, Fede viajó, junto a su papá, Horacio, desde Azul hasta Ezeiza para iniciar su aventura europea. Marta, su madre, fue la que más sufrió su partida y lo despidió entre lágrimas. 

Había dos opciones para convertir a ese chico que jugaba muy bien al tenis en un tenista profesional: invertir en el circuito junior para conseguir un buen sponsor, o gastar la misma cantidad de dinero en los torneos “Future”. El camino elegido fue el segundo, algo más directo, pero de ninguna manera más sencillo. Ese grupo económico que apuntalaba a Delbonis no estaba compuesto por magnates ni era una fuente inagotable de recursos. Así que tuvo que aprender a administrar sus ingresos y a vivir con lo mínimo indispensable.

–Tenías dieciséis años y ya trabajabas y cobrabas un sueldo. ¿Cómo asimilaste eso?
–Yo pensaba solo en jugar. Obviamente ganaba plata, pero todo lo reinvertía en mi carrera y en tratar de devolverle al grupo todo lo que había aportado. Hace poco pude liberarme de esa “deuda”. Tenía muchos gastos, ya que en los torneos tenés que estar metiendo la mano en el bolsillo todo el tiempo. Pero lo tomé como algo positivo: administrar mis ingresos, que es algo que otros chicos por ahí no hacen, me dio una madurez mayor. Yo era el que se encargaba de pagarles a mis entrenadores, costear los viajes, las inscripciones a los certámenes… Estaba manejando una pequeña empresa a los dieciséis años, y la empresa era yo mismo. 

–Viéndolo por el espejo retrovisor, ¿te sorprende haber hecho todo eso?
–Sí, pero no me arrepiento. Lo volvería a hacer. Le recomendaría también a los chicos que puedan, que traten de despegar, de lucharla solos, de tener que pasar por la situación de no saber qué comer, qué hacer, dónde ir a entrenar o en qué moverse. Manejarse solos. Hoy hay una gran sobreprotección en el ambiente; se trata de que todo esté servido para el chico. Algunos hasta tienen un equipo igual o mayor que el de un profesional. 

“Yo lo elegí porque es un deporte individual. En el fútbol vos podés jugar bien muchos partidos, pero si no te acompañan los otros diez, perdés igual. En el tenis depende más de vos, y eso es lo que me gustó”.

– ¿Y qué habría que hacer?
–Dejarlos ser. Tienen que reflexionar si realmente quieren seguir en esto, hacer el esfuerzo que es muy grande: hay que entrenar todos los días, y tener disciplina adentro y afuera de la cancha. Y eso a veces no lo tenés tan claro. Tus amigos van a un cumpleaños de quince y vos te tenés que quedar en casa porque al día siguiente jugás un torneo.

– ¿Lo sufriste?
–No, realmente no, porque no soy de salir mucho. De pocas cosas me arrepiento, pero después veo los resultados, pongo todo en la balanza, y, sin dudas, se vuelca para el lado positivo.

–Al dejar de ser un juego para ser un trabajo, ¿sigue siendo divertido?
–Es un trabajo, pero que me llena cien por ciento. Como le pasa a muchos, hay días malos en los que te peleás con alguien o no tenés ganas ni de pisar una cancha de tenis, pero no me puedo quejar: soy un privilegiado por poder hacer algo que me gusta y que, encima, me paguen por ello. 

– ¿Con qué te distraés?
–Soy una persona muy normal, vivo en una ciudad muy chica, de casi sesenta mil personas, que tiene un club muy lindo al que vamos bastante con mi señora y mi hija. Me gusta jugar al fútbol, soy de Boca y trato de no perderme ningún partido. Disfruto de estar en familia, tranquilo y desconectarme de toda la vorágine que son los torneos de tenis. Me relajo en mi ciudad, es un cable a tierra, siempre voy y me siento en casa. En Azul soy un chico más. Por ahí me piden alguna foto, pero me puedo quedar charlando con cualquiera, y eso es lo que más me gratifica: no perderme en esa burbuja que por ahí se crea.

– ¿Existe esa burbuja?
–Sí, y vos te la creás también. La burbuja está porque sos conocido, vas a los programas de televisión, te codeás con gente famosa y poderosa, viajás mucho, te hospedás en hoteles de lujo, tenés todo listo siempre, llamás por teléfono y te traen lo que pidas. Hay una comodidad extrema.

– ¿Qué te ayuda a darte cuenta de que esa no es la realidad?
–Dar una vuelta por la ciudad, ir al supermercado, cocinar, hacer las cosas de la casa. Eso me da la pauta de que soy una persona común y corriente, que tiene un don para jugar al tenis, pero no por eso soy más que nadie. Puedo tener un poquito más de éxito o de repercusión, pero sigo siendo el mismo chico que creció en Azul. 

– ¿Te ayuda el trabajo de tu mamá como asistente social en ese sentido?
–Tal cual. Mi mamá trabaja en la cárcel de Azul, o sea que me cuenta de primera mano casos terribles. Historias que te hacen frenar y darte cuenta de que estás viviendo en otra realidad. 

“Es un trabajo, pero que me llena cien por ciento. No me puedo quejar: soy un privilegiado por poder hacer algo que me gusta y que, encima, me paguen por ello”.
Davis, Grand Slam y consolidación
“Una linda sorpresa”. Así define Federico su reciente paternidad. “La beba me ayudó a crecer y a darles a las cosas la relevancia que ameritan. No todo es un partido de tenis. Mi profesión es importante, pero no me puedo permitir estar mal tres días seguidos por un mal resultado. La veo a ella y se me pasa. Su sonrisa, la inocencia que tiene y lo llena de vida que está, me hicieron ver todo de una manera diferente”, admite Federico.

– ¿Te cuestan más los viajes ahora?
–Por ahora, no. Esperemos que el día que me diga “Papá, quedate” no se me torne tan difícil. Las extraño, a ella y a mi mujer, pero estamos todo el tiempo en comunicación. Ella es muy cariñosa conmigo y, obviamente, me cuesta subirme al avión, pero no me bajoneo porque es algo que hago para darle un futuro mejor.

– ¿En qué etapa de tu carrera estás?
–En una más madurativa. Ya cumplí la adaptación al circuito ATP, y ahora quiero tratar de escalar más posiciones. Ya los conozco a todos, y todos me conocen y me respetan un poco más. Estoy en el momento justo para dar otro paso y avanzar. Tengo que ser más regular durante todo el año. Por ahí jugaba bien, tenía un nivel muy bueno, pero era disperso.

– ¿Con qué soñás?
–Uno de los objetivos es ganar la Copa Davis, sacarnos la espina que quedó de esa final que se jugó en Mar del Plata. El tenis argentino se merece una Davis y me gustaría ser partícipe de eso. Personalmente, quisiera conseguir un Grand Slam y lograr estar en el top ten.

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