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Haciendo historia


Por Luisa Heredia.


Haciendo historia
En un yacimiento arqueológico cordobés, encontraron restos de aborígenes que parecen pertenecer a la primera cultura de cazadores y recolectores que ingresaron a nuestro país.  

Agosto de 2015, yacimiento arqueológico Puerta del Tala, a diez kilómetros al sudoeste de la localidad cordobesa de Alpa Corral. La sorpresa de Ulises D’Andrea y su esposa Beatriz Nores fue mayúscula cuando encontraron tres esqueletos de la raza paleoamericana de los láguidos, separados unos de otros por apenas cincuenta centímetros. La noticia del hallazgo corrió como reguero de pólvora: se estaría frente al tipo humano de la primera cultura de cazadores y recolectores que ingresó en el actual territorio argentino. El descubrimiento no quedo allí: cuatro meses más tarde, el Laboratorio de Tritio y Radiocarbono (Latyr) de la Universidad Nacional de La Plata determinó que uno de ellos data de hace 6800 años. D’Andrea y Nores, historiadores y arqueólogos, trabajan desde 1994 y lideran el equipo multidisciplinario que dio con los restos óseos aborígenes más antiguos de la provincia. Ambos subrayan que los restos óseos podrían corresponder a una mujer que tenía las dos vértebras superiores sin cerrar, lo que le imposibilitaba mantener erguida la cabeza. “Los láguidos padecían hambre crónico. Eso provocaba que no se les cerraran las vértebras, un proceso que debe consumarse cuando uno es bebé. Esta persona falleció sin poder levantar la cabeza. Presumimos que ha terminado parapléjica”, indican los especialistas. “Las Sierras de los Comechingones es un gran yacimiento arqueológico, no solo de culturas primitivas, cazadoras y recolectoras, sino también de culturas agrícolas. Para poder desarrollarse, el hombre siempre buscó los lugares de buenas pasturas y de abundancia de agua. Esas mismas condiciones de suelo y clima también fueron buscadas por los mamíferos de la época  –introducen D’Andrea y Nores. Y agregan–: En el caso de los láguidos, es una cultura que entró por la Costa Atlántica paranaense, remontó las cuencas de los grandes ríos, y, durante miles de años, se instaló en el mismo lugar de las Sierras Grandes de Córdoba”.

Su nombre se debe a que poblaron la localidad de Lagoa Santa, ubicada a treinta kilómetros al norte de Belo Horizonte, en el estado brasileño de Mina Gerais. D’Andrea y su esposa aseguran que los láguidos fueron las primeras oleadas de habitantes que pisaron estas tierras. “Eran grupos de treinta a cincuenta individuos, entre mujeres, varones y niños que se desplazaban por las cuencas de grandes ríos y por los rosarios de lagunas buscando el alimento. A veces, pasaban semanas sin encontrar nada para comer. Era una vida muy angustiante –cuenta Nores. Y acota–: Según los antropólogos José Imbelloni y Salvador Canals Frau, serían razas melanésicas que arribaron a América desde Indonesia, Nueva Guinea y Australia”, acota.

“El trabajo de un arqueólogo demanda mucha paciencia. Nos instalamos en los yacimientos, en los meses de mayor benevolencia climática, y no salimos de allí hasta no obtener algún resultado”, desliza este matrimonio que confirma que, en Córdoba, se habría desarrollado una etapa precerámica muy anterior a la de los indígenas históricos o agroalfareros.

D’Andrea puntualiza que para “dar” con un yacimiento arqueológico hay dos protagonistas excluyentes: las lluvias… y las vizcachas. “La vizcacha es el gran amigo del arqueólogo porque saca a la superficie utensilios arqueológicos. En los casos de Puerta del Tala y La India, otro gran yacimiento arqueológico de las Sierras Centrales, comenzaron a aparecer artefactos líticos (hechos en piedra). En nuestra zona, estas culturas no usaban la cerámica”, señala.

Desenterrar los huesos puede demandar quince días, ya que es una labor que se hace a mano, con pinceles y cepillos. La excelencia es una condición sine qua non… D’Andrea y Nores coinciden: “En la Argentina, hay lugares en los que se está empleando muy bien la arqueología; en otros, no se tiene el nivel que se debería. Durante años, los trabajos arqueológicos se abocaron al noroeste argentino, y se descuidó la provincia de Córdoba. Por eso hay que destacar a Alberto Rex González que, entre 1939 y 1960, develó la existencia de la cultura Ayampitín en la Pampa de Olaen”.

Los sueños de este matrimonio no terminan aquí. “Nos conocimos en la facultad cuando estudiábamos Historia, y luego nos fuimos a hacer una especialización a la Universidad Complutense de Madrid. De allí volvimos para radicarnos en Río Cuarto y trabajar en la universidad. Nuestra ilusión sería poder terminar de dar un pantallazo de la prehistoria de las Sierras Centrales. Con todos los nuevos elementos que surgieron, queremos hacer una publicación más completa, que es lo que les va a quedar a las generaciones futuras”, concluyen.
Lugar de riqueza arqueológica
El yacimiento arqueológico Puerta del Tala está ubicado a diez kilómetros al sudoeste de la localidad cordobesa de Alpa Corral, a setenta y cinco kilómetros de la ciudad de Río Cuarto, y a unos veinte del límite con la provincia de San Luis. A su vez, se sitúa en la costa norte de una laguna ya desaparecida, descubierta por el geólogo Mario Cantú y su cátedra de la Universidad Nacional de Río Cuarto. Próximo a este punto, a quince kilómetros en línea recta, se encuentra el otro gran yacimiento arqueológico de las Sierras Centrales: La India. En ambas excavaciones se descubrieron restos óseos indígenas en 1994, 1996, 1997 y 1998, que tienen 4530, 5300, 3700 y 5800 años de antigüedad.
Seguridad
Los yacimientos arqueológicos requieren un cuidado especial, para que no sean blancos de robos y depredación. 

Ulises D’Andrea y Beatriz Nores coinciden: “Son lugares inaccesibles”. Pero para mayor tranquilidad, a través de la ley 8531, el Gobierno de Córdoba declaró a la región de Alpa Corral zona de protección, resguardo e investigación arqueológica. “Esta ley llegó en 1995, luego del hallazgo en el yacimiento La India de un gliptodonte y una mujer con un bebé. Corría 1994, fue nuestro primer fechado, que nos dio 4500 años”, se enorgullecen.

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