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Sentir el espacio


Por Agustina Tanoira.


Sentir el espacio
En la era virtual, la arquitectura se humaniza para crear proyectos que ayuden a sobrevivir al caos de la vida diaria. Materiales, colores, texturas y formas se integran para tocar las emociones de aquellos que habitan los espacios.

Cuenta el filósofo francés Alain de Botton que una vez, estando en Londres, quedó en almorzar con un amigo. A último momento y ya en el lugar acordado, este lo llamó para avisarle que cancelaba la cita. Llovía tanto que de Botton decidió meterse en un restaurante de comidas rápidas y picar algo. La experiencia fue desastrosa: las luces fluorescentes, las mesas atiborradas de gente, el ruido de los chicos... Tras devorar su comida, abatido, de vuelta al trabajo entró en la catedral de Westminster y fue instantáneo: dejó de sentirse abrumado. De golpe, el universo se convirtió en un lugar espiritual y bello. La arquitectura había obrado su efecto y sus sentimientos estaban en sintonía con la estructura que lo rodeaba. “La arquitectura crea un mundo y determina la manera en que nos sentimos, tanto emocional como espiritualmente”, confirma el estadounidense Daniel Libeskind, diseñador del Museo Judío de Berlín, para quien la mayor responsabilidad de su profesión es conectar no solo con el medioambiente físico, sino con cómo se desencadenan nuestra memoria y las respuestas emocionales.

En la era tecnológica, en la que muchas de nuestras experiencias cotidianas son virtuales, “sentir el espacio” es un verdadero desafío. En ese contexto, la arquitectura es una alternativa poderosa para generar efectos reales. 
Formas y emociones
Para la especialista Rosana Gasparín (UBA), la arquitectura emocional tiene que ver con lugares que nos envuelven con su materialidad y su forma, generando calidez, protección y ganas de habitarlos. Los colores armónicos, los detalles y las formas orgánicas permiten integrarse con la naturaleza, como la parte al todo. “Un buen ejemplo es la famosa Casa de la cascada, del estadounidense Frank Lloyd Wright, que humaniza la edificación y hace que su estructura se extienda de adentro hacia afuera y todo conviva en armonía –describe–. Además utiliza materiales propios de la región, como la arcilla, la piedra y la madera para camuflarla con el medio a través de texturas y colores”. Por su parte, el arquitecto Alejandro Apa cuenta que para encarar cada proyecto se convierte en una suerte de psicólogo y así logra que cada cliente dé rienda suelta a sus fantasías en una escala real. “Todo debe partir desde los sueños que tienen los futuros habitantes de las casas. Hoy, nuestro mayor reto es saber plasmar a través de un proyecto arquitectónico las ideas y aspiraciones de cada grupo familiar –explica. Y agrega–: Por lo tanto, es fundamental aprender a escuchar con todos los sentidos. La historia de una casa es el reflejo de una vida y sus ilusiones, y saber interpretar esa historia no es ninguna ciencia sino un verdadero arte”.

Importan las formas, los materiales, los colores, las texturas, la iluminación, las plantas, así como también los diseños que ayuden a sobrevivir al caos de la vida diaria. Es así como los límites se desdibujan: el living se integra a la cocina y el comedor diario con el cuarto de la televisión. O se imponen los grandes ventanales que permiten la fusión del interior con el exterior. La arquitectura emocional no concibe un espacio sin contemplar las vidas que lo ocupan. “Integración, privacidad, amplitud, flexibilidad y contacto con el exterior son algunos de los requisitos de la vivienda contemporánea”, confirma Apa.

“La arquitectura crea un mundo y determina la manera en que nos sentimos, tanto emocional como espiritualmente”. Libeskind

Un poco de historia
El mexicano Mathias Goeritz fue el primero en hablar de la arquitectura emocional. Lo hizo en 1953, cuando afirmaba que “el arte, en general, y naturalmente también la arquitectura, son un reflejo del estado espiritual del hombre en su tiempo”. Por ello proponía evitar las líneas rectas, las simetrías, las alturas funcionales y el espacio racionalmente dividido, entre otras cosas. Unos años más tarde, otro arquitecto mexicano, Luis Barragán, ganador del premio Pritzker en 1980, se posicionó como uno de los mejores representantes de esta tendencia moderna. Se caracterizó por crear con distintos planos de luz, texturas porosas, colores vibrantes y juegos de agua para causar variadas sensaciones en un marco de armonía. Afirmaba: “Creo en una arquitectura emocional. Es muy importante para la especie humana que las construcciones puedan conmover por su belleza. Si existen distintas soluciones técnicas igualmente válidas para un problema, la que ofrece al usuario un mensaje de belleza y emoción… esa es arquitectura”. 

En Los ojos de la piel (Editorial Gustavo Gil) el finlandés Juhani Pallasmaa sostiene que las sensaciones de confort, protección y hogar están definidas desde antiguas generaciones. Y hace una crítica a la construcción moderna que solo está interesada en la naturaleza visual de los proyectos, en donde se da mayor importancia al placer del ojo que a los habitantes que ocuparán esos espacios. Por eso propone una arquitectura en la que el cuerpo reacciona a ella y la experimenta multisensorialmente.

“Al tacto, las texturas de los materiales nos remiten a sensaciones y recuerdos; también la temperatura que percibimos cuando transitamos de un ambiente a otro”. Cristiani

El espacio interior
Hace algunos años se realizó una muestra en la London’s Royal Academy que se denominó “Sintiendo espacios: arquitectura imaginada” (Sensing spaces). Allí se proponía a los visitantes explorar a través de los sentidos, para vivir la experiencia directa de lo que es ocupar determinado sitio. Hay en él, elementos vivenciales, mecanismos de rememoración de lugares vividos. Y mucha data más. Incluso la idea de que el espacio puede oírse y olerse es lo que intentaron evocar los arquitectos convocados. Para ellos, su tarea no solo son escalas, volúmenes o estructuras, ya que todo eso no tiene sentido si se olvida de las vidas que transcurren allí. Experimentar un espacio implica un diálogo con las formas y, en ese sentido, podría decirse que las formas fluidas de los proyectos de la arquitecta iraquí Zaha Hadid, recientemente fallecida, tienen mucho de emocional. Sus obras no solo desafían las normas y los conceptos espaciales sino que, en ellas, moverse implica algo intuitivo.

Según Alain de Botton, el lugar que habitamos es también el reflejo del alma; si somos lo que comemos, también somos donde vivimos. “Creo que la arquitectura es concebida para albergar al hombre, por lo tanto, está estrechamente relacionada con la manera en que nos sentimos al habitarla”, coincide la experta Mercedes Cristiani (UBA). Para ella, la arquitectura emocional reivindica los sentidos intentando que todos estén latentes percibiendo cada lugar. “La luz y sus sombras, por ejemplo. Es interesante ver cómo los lugares se transforman con el paso del día. Al tacto, las texturas de los materiales nos remiten a sensaciones, incluso a recuerdos; también la temperatura que percibimos cuando transitamos de un ambiente a otro”, concluye. Para lograr estos climas, su apuesta son los materiales orgánicos y nobles, como la madera y las piedras. Los colores cálidos, la iluminación natural. El único desafío es, entonces, personalizar la experiencia e integrarla al espacio.

Tanto el arquitecto argentino Alejandro Apa como el mexicano Luis Barragán recurrieron al agua para humanizar las construcciones. 

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