Entrevista


“Devuelvo lo que me dan”


Por Cristina Noble.


“Devuelvo lo que me dan”
Mientras brilla en el teatro, Nicolás Cabré se confiesa como nunca: habla de su fama de galán, de los malhumores con la prensa, de su carrera, su hija, su padre…  Un actor auténtico.

Puntualísimo, a las tres de la tarde, Nicolás Cabré llega al teatro Lola Membrives en jeans, regalándonos una media sonrisa. De contextura baja y delgada, pasaría inadvertido de no ser uno de los actores más populares del espectáculo vernáculo. Pero es quien es –lo que, a veces, le genera más de una rabieta con la prensa–, y no puede asomar su enjuto y tímido perfil a la avenida Corrientes sin que se produzca un tumulto de gente que lo quiere saludar, tocar, pedirle un autógrafo o sacarse una selfie con él. 

En plena city porteña, el gran revuelo lo provocan las jovencitas, quizá embelesadas por la fama de galán y gran seductor que le adjudican al protagonista de la obra El quilombero. Esa reputación tiene su sustento en los romances que mantuvo con las celebrities más bellas del país: hasta su última pareja con la “China” Suárez –con la que concibió a Rufina, su única hija–, se le contabilizan novias de la talla de Celeste Cid, Marcela Kloosterboer, Agustina Cherri, Rocío Guirao Díaz, Florencia Torrente, y hasta un matrimonio exprés con Eugenia Tobal.

¿Qué será lo que cautiva tanto de Cabré? ¿Su manera de hablar casi susurrando? ¿Su sencillez? Él se anima a dar una respuesta, minimizando el fenómeno: “Qué se yo qué me ven. Soy una persona como cualquiera, tranqui, sin vueltas. Además, inventan mucho, exageran”.

– ¿Tranquilo y enamoradizo?
–Hoy no. A lo mejor lo fui, pero se me pasó. Tal vez me costaba estar sin pareja, me aburría si pasaba mucho tiempo solo. Ahora no, estoy mucho más apaciguado y las prioridades son otras: mi hija, por ejemplo, que es mi vida entera. Estoy feliz.

–Todo cambia con la llegada de un hijo... Hasta iniciar una nueva relación. 
–Ya no es tan fácil tomar esa decisión porque ahora tengo que evaluar cómo esa persona conviviría con Rufi.

– ¿Qué cosas no soportás?
–Que me mientan.

– ¿Y  algo que te parezca invalorable?
–La sinceridad. Es primordial.

–Tenés fama de malhumorado.
– ¿Malhumorado significará sincero? Si a mí me hablan bien, yo contesto bien. Y si me tratan mal… devuelvo lo que me dan. Si un periodista me falta al respeto, no lo dejo pasar…

– ¿Qué sería que te falten al respeto?
–Mentir, como mienten algunos periodistas. Eso es muy habitual. Lo peor de todo es que después de decir cualquier cosa, vienen y se hacen los simpáticos para que les des notas… Soy malhumorado con la gente que no respeta los límites.

– ¿Tenés muchos amigos?
–Tengo, pero no de la profesión.

– ¿De dónde son?
–De mi barrio. Yo me crié en Naón, un barrio que linda con Liniers y Mataderos. Allí tengo a mi familia, mis amigos, mis recuerdos. Ahí soy yo. El barrio para mí es todo, es lo que me enseñó mi papá. Es El Vencedor, el bar adonde íbamos juntos, es el club Brisas…

A Cabré se le escapa un dejo de nostalgia cuando habla de su padre. Seguro, sería un espectador más de El quilombero, la comedia dirigida por Arturo Puig, en la que encabeza un elenco que completan Alejandro Müller, Luis Ziembrowski, Marcelo De Bellis y Mercedes Oviedo. Es que papá Cabré no se perdía una sola obra en la que actuaba su hijo. “Se sentaba en la última fila y disfrutaba cada función. Aunque ya no esté, sé que cada noche anda por ahí, divirtiéndose con mi personaje de esta obra que estoy haciendo”, desliza.

– ¿Sigue en pie el bar El Vencedor?
–Siempre. No se muere nunca. Es donde nos seguimos encontrando con mis amigos. Me hace bien estar donde iba de chico. Ahí soy el hijo de Perico, el taxista y el hermano de Duilio. Aunque la mayoría de nosotros nos hayamos mudado, no dejamos de volver… 

– ¿Qué te enseñaron allí?
–Los valores, ser uno mismo, decir la verdad, pelear por lo que uno cree, pedir perdón cuando se comete un error, ser “buena leche”. Aprendí a no creérmela. Para mí, la actuación es un trabajo, siempre lo tuve claro. Tenía diez años y trabajaba doce horas, iba al colegio, hacía los deberes, estudiaba muerto de sueño. Y no podía llegar tarde al canal, aunque fuera un pibito. Había que ser puntual, la edad no te salvaba…

– ¿Cómo hiciste para mantener el trabajo y el estudio?
–No pude. Al final largué el secundario en tercer año (hace una mueca). El colegio no me copaba demasiado…

– ¿Y en tu casa qué te dijeron?
–Me apoyaron, como siempre hicieron con cada una de las decisiones que tomé. También me advirtieron que el trabajo de actor era muy inestable, como para que no me cayera sin red. Y es así, porque a lo mejor un día dejan de llamarte, y chau, fuiste.

 – ¿Qué harías si te pasara eso?
–No sé, otra cosa. Pero no creo que me desespere. Vería dónde emplearme y punto. Estaría preparado para esa situación porque me doy cuenta de cómo son las reglas del juego: para eso me preparó mi familia. Si mi hermano y yo somos lo que somos, es gracias a ellos, a  su comprensión, a sus maneras. Ojalá yo pueda ser para mi hija lo que mi papá fue conmigo. Son diferentes circunstancias, distintos momentos, porque él no tenía la posibilidad de estar todo el tiempo que yo sí estoy con Rufi. Su fallecimiento fue un golpe que me hizo pensar sobre lo importante de la vida. Se me aclararon un millón de cosas.

– ¿Querés confesar alguna?
–Hay veces que uno se deja llevar por la vida, por las necesidades, sin decidir nada… o muy poco. Uno sigue por inercia. En algún momento me pregunté: ¿Qué hago acá o qué me gusta de todo esto? 

Para mamá

Cabré habla mucho de su padre, pero también de su madre, pieza fundamental para que hoy sea quien es. “Ella era la que nos ponía límites, pero también, la que siempre estaba para cualquier cosa que necesitáramos. Con mi mamá fui a mi primer casting para el programa infantil La Ola está de fiesta. Allí debuté. El dato de que buscaban chicos me lo había pasado Facundo Espinosa, que fue compañero de mi grado, y con el que después terminamos compartiendo algunas tiras televisivas. Empecé con la idea de que era un juego. 

Yo solo quería divertirme como lo hacía Alberto Olmedo, mi ídolo en la infancia. No tardé mucho en darme cuenta de que era un trabajo de verdad. Eso me hizo crecer”, recuerda.
La práctica como escuela
Cabré se subió a las tablas con los mejores: Ricardo Darín, Ana María Picchio, Darío Grandinetti… Pero el antes y el después en su carrera lo marcó la experiencia con Alfredo Alcón en El gran regreso. “Fue, es y, seguramente, será lo más maravilloso que me pasó en mi vida profesional. Compartir escenario con el mejor actor argentino fue tocar el cielo con las manos, un regalo que me hizo la vida. En la obra éramos un padre y un hijo con una relación muy tormentosa. Preparar las escenas era maravilloso: con toda su experiencia, me consultaba a mí sobre la manera de encarar un diálogo… Era un genio, con una modestia increíble. Disfruté mucho esos dos años junto a él”, evoca.

– ¿Alguna vez estudiaste actuación?
–No, nunca. Aprendí trabajando. Tuve suerte, porque no siempre se presentan chances como la de coprotagonizar con grandes como Alfredo o Darín. En Variaciones Walsh, uno de los trabajos que más me gustó hacer en televisión, estuve al lado de Grandinetti. Otros grandes maestros fueron Oscar Martínez, Guillermo Francella, Ulises Dumont. Ahora me dirige Arturo Puig… Si uno está atento al lado de ellos, ¿cómo no va a aprender? A cada uno, le debo todo.

– ¿Sos consumidor de cine, teatro, televisión? ¿Te gusta?
-La verdad es que no. Nunca tuve mucho tiempo, y menos ahora que está Rufina y es lo que más me importa en la vida. Así que, por lo general, no voy al teatro ni miro televisión. A lo sumo, voy al cine a ver películas infantiles. Cuando se termina el trabajo, me voy a mi casa y disfruto de otras cosas. Siempre tuve otras prioridades. Me encanta ser actor, pero no se resume a eso mi día a día. 

–Si tuvieses que decir qué es lo que más te atrae de tu profesión, sería...
–Animarme a hacer cosas que jamás haría en la realidad. Me pasa en  El quilombero, donde encarno a un fotógrafo muy conflictuado con la separación de su mujer. No solo enloquece él, sino que altera a todos los que tiene a su alrededor. 

–Lo interpretás con tanta naturalidad que se podría pensar que te parecés en algo a ese personaje…
– ¡Gracias a Dios no tengo nada en común! Él está muy solo y asfixiado en sus relaciones... Es un muchacho intenso, que no puede parar, pobre.

–Nicolás, ¿la comedia te expresa mejor que el drama?
–No sé si expresar es la palabra… Solía negarme a hacer humor, me resistía, pero en esta actualidad en la que estoy más tranquilo y seguro, me di cuenta de que es lo que el público más disfruta. No faltan los que dicen que siempre hago lo mismo, pero mi manera de hacer humor me divierte. La gente la pasa bien, como cuando hacía Son amores. Eso es lo más importante.

– ¿Cómo te definirías?
–Uh, ¿tengo que hacerlo? Bueno,  siempre tuve claro cómo son las cosas…

– ¿Sí?
–Me refiero a las cosas más importantes. Por ejemplo, quién soy.

– ¿Y quién sos?
–Un tipo normal, con errores y defectos, como todos. Que alguien que no me conoce diga que me odia o que me ama, me tiene sin cuidado. Mi familia y mis amigos saben quién soy; los demás, que crean lo que quieran. Yo no soy un personaje.

Largo camino

En televisión, Cabré arrancó en La Ola está de fiesta y siguió en Son de diez, Carola Casini, Gasoleros, Ilusiones compartidas, Son amores, Sin código, Por amor a vos, Botineras, Los únicos, Mis amigos de siempre y Variaciones Walsh. En cine, hizo Fuga de cerebros, Yepeto, Déjala correr, Ciudad del sol, Tres de corazones, Papá por un día, ¡Atraco! y Solo para dos. En teatro, se destacó en Algo en común, El cartero, Son amores, El gran regreso, Los únicos y, actualmente, lo hace en El quilombero.

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