Investigación


¡Viva la diferencia!


Por María Alvarado.


¡Viva la diferencia!
“No hay más vacantes” o “No estamos preparados para su hijo” son las respuestas que reciben los padres de niños con alguna discapacidad al querer inscribirlos en una institución educativa. Historias y experiencias inspiradoras.

“Nosotros no elegimos las escuelas, ellas nos eligen”, afirma con tristeza Silvana Corso (45). Se refiere al momento en el que las instituciones educativas ponen trabas para inscribir a alumnos con alguna discapacidad (o, directamente, esa posibilidad la desestiman). Como directora de una escuela secundaria de la Ciudad de Buenos Aires, está convencida de que toda casa de estudios debe y puede ser inclusiva, ya que los beneficios impactan no solo en los niños, sino en la sociedad en general. 

Corso conoce muy bien lo que predica. Catalina, su hija mayor, nació con parálisis cerebral severa. “Al principio, nos habíamos alejado del mundo para ocuparnos de ella. Todo se trataba de terapias y médicos. Ella era una ‘paciente’ en vez de una niña. Un día hice un ‘clic’ y me replanteé la vida que estaba llevando. Empecé a salir más a la calle, a la plaza, y me di cuenta de que nadie se le acercaba, que su única socialización se daba en las salas de espera”, recuerda. Y decidió llevarla a un jardín de infantes común, sin sospechar que allí empezaría toda una odisea: “Nadie aceptaba a Catalina. Los mismos médicos y hasta familiares no entendían por qué insistía. Y yo me preguntaba: ‘¿Por qué no?’”. Finalmente, un jardín les abrió las puertas, y les cambió la vida para siempre. A partir de ese instante, aquel se convirtió en su modelo de escuela: “Una institución que guíe, valore, entienda y atienda a todos y a cada uno de sus niños”, reza. Con la propuesta de dirigir una escuela secundaria, a esta profesora de Historia le llegó la oportunidad de poner en práctica toda su experiencia. Catalina, quien falleció a los nueve años, imprimió una huella profunda en su mirada sobre la tarea educativa. Así es como decidió aceptar a todos los alumnos para demostrar los beneficios que la educación especial tiene dentro de una institución normal. Ella explica: “Mi propuesta fue derribar algunos mitos, capacitar a los docentes y recibir a otros actores. Así, en equipo, refundamos la escuela. Una escuela inclusiva que se ocupa de atender la singularidad de cada alumno, diseña estrategias diversificadas o específicas de intervención”. 

Quien no subestima la capacidad de aprendizaje de ninguno de sus alumnos, aloja en su establecimiento a niños con parálisis cerebral, espina bífida e hidrocefalia, autismo, psicosis, retraso madurativo, síndrome de Down y más. “La presencia de estos chicos en el aula es la garantía de que sus pares valoren y reconozcan la diversidad humana. Así también reconocerán y lidiarán con sus propias limitaciones –esboza Corso. Y sentencia tajante–: Una institución educativa que no da respuesta y espacio a estos chicos es una institución que está muerta”.

Luciano fue su primer alumno con discapacidad. Hoy cursa en la facultad, y es uno de los mejores promedios en la carrera de Abogacía de la Universidad de la Matanza. “Su ingreso generó mucho ruido porque tiene una parálisis cerebral, pero la cultura escolar fue cambiando de a poco. Hubo que trabajar con la representación social de la discapacidad. La principal barrera no son los edificios que no están preparados para recibir a todos los chicos ni los recursos económicos, sino cómo nos posicionamos ante lo distinto. No nos damos cuenta de que, en rigor, todos somos diferentes”, define Silvana. Para lograr ese nivel de integración, la escuela, que cuenta con un espacio de permanente capacitación, trabaja en red con profesionales del exterior, fundaciones y hospitales. 

El caso de Ignacio es emblemático: al ingresar, se estaba quedando ciego. Tras un trabajo en conjunto con una escuela para ciegos, el niño pudo integrarse al grupo. Corso ahonda en cómo se benefician unos y otros con la convivencia: “Aquí vinieron chicos que recibieron todas las terapias y tratamientos, y tienen incorporado el oficio de ser estudiantes. Ellos se lo transmiten a los que no han recibido tanto. Como trabajamos con contextos de pobreza, hay chicos que llegan a primer año y no saben escribir. A veces, un compañero con discapacidad tiene más recursos y lo ayuda”. 
Otro caso representativo fue el de Tomás que sufría trastorno del espectro autista. Su presencia en el aula hizo que nadie repitiera ni se llevara materias. “En primer año siempre tuvimos un alto nivel de repitencia. Gracias a la propuesta didáctica del curso de Tomás, todos pasaron de año. El trabajo que teníamos que hacer era tan organizado, con tantos recursos, que terminó beneficiando a todo el grupo –se enorgullece Silvana. Y reflexiona–: La educación no puede ser pensada como algo estático: no se trata de querer encajar personas en un mismo molde. Cada chico es diferente y es dueño de una creatividad que lo hace singular. Una única propuesta educativa no llega ni impacta de la misma manera; por eso, el docente tiene que estar permanentemente formándose, innovando”.

Recreo loco e ideal*
Miro el patio y veo llegar a Carolina del brazo de dos compañeros, que la ayudan a subir o bajar las escaleras, mientras un auxiliar le alcanza el andador. Pasa muy rápido Franco, descontrolado en su silla de ruedas. Ezequiel agita sus brazos, ensayando acercamientos a este mundo adverso para su estructura. Podría nombrar a tantos… Ellos se juntan y conviven en un recreo tan loco como ideal. Y más importante aún, es que sobran voluntarios para ayudar a superar las barreras de accesibilidad… Esos mismos voluntarios, cuando caminen por la calle, no van a ser indiferentes a las necesidades de las personas, ya que aprendieron en la escuela algo fundamental: la empatía. 

*Silvana Corso, directora de una escuela secundaria.

Fronteras afuera
Un ómnibus escolar amarillo se detiene frente a una típica casa norteamericana. Son las ocho de la mañana en Naperville, una ciudad de Illinois, en el medio oeste de los Estados Unidos. Del emblemático micro desciende una rampa y su conductor baja para recibir a Inés (15) quien llega acompañada por Verónica (51), su madre. A pesar del frío y la nieve que cae en su cara, la niña está contenta: sabe que la espera un nuevo día en la escuela. La madre la despide y la rampa sube con ella. El micro se dirige a Waubonsie Valley High School, una escuela secundaria común y pública. Es la que le corresponde por cercanía a su casa, como al resto de los niños de ese mismo barrio.

Inés es estadounidense, aunque toda su familia es argentina. Fernando y Verónica, junto a sus dos hijas Martina y Bianca, se mudaron a este país hace dieciséis años. En aquel entonces, Verónica llevaba a la bebé en su vientre: “Cuando llegamos, yo estaba embarazada de tres meses. Vivimos en Michigan y después nos mudamos a Illinois. La experiencia escolar y de estimulación con Inés fue muy temprana: a los dos meses, debido a que su cabecita no crecía, nos enteramos de que tenía microcefalia. Así que se pusieron en contacto conmigo los servicios de estimulación y protección que el Estado provee. Y empezamos su terapia física”.

“Early Intervention” (Estimulación temprana) es el nombre del programa que beneficia a los niños con alguna necesidad especial, que se extiende hasta los tres años, edad en la que empiezan el jardín de infantes. “Los terapistas vienen a tu casa, así no tenés la necesidad de salir con el bebé –explica Verónica–. Ellos me asignaron una mentora que se ocupaba de Inés: me ayudaba con todo, desde la referencia de un médico, hasta conseguirme voluntarios de la secundaria para que me dieran una mano con los ejercicios que teníamos que hacerle. Siempre me sentí superacompañada, a pesar de que escuchar el diagnóstico fue muy shockeante. El programa no solo se ocupa del niño, sino también de los padres”. 

A medida que crecía, además de la terapia física, la niña recibió terapia ocupacional y fonoaudiológica. Y con los tres años recién cumplidos, ingresó al jardín de infantes, algo no solo especial para ella porque conocería a sus nuevos amigos, sino para su madre, que la dejaría sola por primera vez. “Las maestras fueron excelentes, cariñosas, siempre se ocuparon de demostrarme que, a pesar de mis miedos, ella iba a estar muy bien cuidada y acompañada. Me dieron toda la seguridad”, recuerda Verónica. Y relata cómo Inés pasó su infancia en una sala normal, junto al resto de sus compañeros: “Fue superaceptada. Los chicos son más sabios que los adultos y se acercaron a ella despojados de cualquier tipo de prejuicio o etiqueta. Me acuerdo que la maestra tuvo que poner turnos, ya que todos se peleaban por empujar su sillita de ruedas”.

En el mismo jardín, Inés recibió sus terapias a través de un equipo interno, y la visita de profesionales externos que hacían todo lo que estuviera a su alcance para mejorar su calidad de vida. “Aquí se hacen muchos esfuerzos para incluir a todos. Una anécdota: fui al jardín para encontrarme con quien iba a medir la silla de ruedas. Estacioné justo al lado de otro auto, del cual se baja una persona también en una silla así. Era el señor que se ocuparía de hacerle los arreglos a la de mi hija. Me impresionó la integración que existe. ¿Quién mejor que él para ocuparse de ella?”, revela Verónica. 

Con respecto al futuro de la jóven, ya se está pensando qué pude hacer cuando termine la escuela. Y ya pusieron manos a la obra: “El otro día, recibimos del colegio un cheque por cincuenta y pico de dólares. Le mandé un mensajito a la maestra preguntando qué era, y me respondió que era el pago por el trabajo de Inés. Hay una compañía que contrata a los chicos para hacer algunas cuestiones simples, pero efectivas para la empresa. Ella fue a ese taller y se ganó su propio sueldo”. 

Un día cualquiera, a eso de las 14.30, Verónica sale a recibir a su hija, que llega cansada, pero feliz después de un día intenso. Tuvo educación física adaptada, escuchó cantar al coro de niñas y almorzó en la cafetería con el resto de los alumnos. ¿Qué es lo que más le gusta? Su mamá responde: “Es muy musical, pero lo que más disfruta es estar rodeada de gente. Me pasa de encontrarme con chicas adolescentes de su edad que se acercan y la saludan de forma muy afectuosa. ¡Y ella se pone loca de contenta! Siempre va muy feliz a la escuela. Y eso es lo que más la estimula: sin ese espacio, su calidad de vida sería muy diferente”.

Para saber más

La que tiene fuerza es el libro que escribieron los padres de Catalina. Es un relato que honra la vida y que invita a reflexio-nar sobre la deuda pendiente que tiene la sociedad con respecto a la inclusión. Se puede descargar de manera gratuita: http://cataediciones.com.ar/laque tienefuerza/laquetienefuerzadigital.pdf 

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