Entrevista


Los héroes de Tomás Abraham


Por Alejandro Duchini.


Los héroes de Tomás Abraham
El filósofo y escritor acaba de publicar y presentar en la Feria del Libro Mis héroes, Ensayos de admiración, un libro en el que cuenta a quiénes admira y por qué.

Cuando conversa, Tomás Abraham se apasiona. No hace monólogos: escucha las preguntas, piensa las respuestas y espera las devoluciones para continuar. Habla, sí, pero pensando; y pensando contagia y así se arma un diálogo que entusiasma. Esta vez es sobre las personas que él, uno de los filósofos más reconocidos del país, admira. Personas que cambiaron su vida para bien. La elevaron. La iluminaron. A ellos refiere en su nuevo libro, Mis héroes, Ensayos de admiración, en el que desfilan Michel Foucault, Ernesto Sabato, María Elena Walsh, Domingo Faustino Sarmiento y hasta Bob Dylan, entre otros. 

–En estos ensayos de admiración hay palabras que llaman la atención. Una de ellas es amistad.
–La refiero porque mis héroes son amigos. No son monumentos: son amigos. La relación que establezco con aquellos de los que hablo es de amistad; es una admiración amistosa. Porque hay algo que tiene que ver con que estoy a la par, porque esos artistas y filósofos a los que menciono son seres humanos que sobresalen por un esfuerzo, un trabajo, una pasión y una dedicación y no por un artilugio, como podrían ser el dinero o el poder. Sobresalen porque se entregaron a algo y lo hacen maravillosamente bien. Algo que a uno le gustaría hacer, pero posiblemente, no haga. Mi trabajo es entrar en conversación con esa gente importante. Trato de ver qué me despiertan. Es una conversación con ellos y no implica estar de acuerdo: puede haber tensión, polémica, disputa. - ¿Cuáles eran las otras palabras que te llamaban la atención?

–Entusiasmo y curiosidad.
–Entusiasmo implica la intensidad con que uno hace algo. Es imposible dedicarse durante años a escribir un libro encerrado en un cuarto. Porque no tenés un interlocutor presencial, nadie te lee mientras escribís. Hay cosas que si uno no hace con entusiasmo no tienen razón de ser. Porque sin ganas, las cosas se vuelven insoportables. Hay que encontrar la veta para encararlas con ganas. En cuanto a la curiosidad, es el leitmotiv de toda actividad pensante: sin curiosidad no pensás nada. Lo automático no precisa de la curiosidad. Esta es una necesidad que implica un querer saber, es aquello que te impulsa a no repetirte. A no hacer siempre lo mismo. A buscar cosas nuevas.

–Estás escribiendo y publicando seguido. ¿Por qué?
—A esta altura es como preguntarme por qué camino. Es decir, sé que no es natural. Pero es mi modo de estar en el mundo. Hoy no tengo una actividad laboral que me haga estar con gente, ya que prácticamente no doy clases ni conferencias. Hace mucho que mi puente con el mundo es escribir y mandar la botella al mar. Por eso he publicado tantos libros en los últimos años. Antes, mi modo de estar era presencial, como la docencia; ahora es ausencial. Por eso publico en diarios: para tener una relación con mi presente, mostrar que existo. Más allá de la familia, que se da cuenta, por suerte. Escribo para lectores que no sé si existen. Que no sé cuántos ni quiénes son. Algunos hasta me responden. Yo no escribo un libro: empiezo a escribir y después vemos, nunca sé si terminará siendo libro hasta no estar avanzado. Es mi modo de estar en el mundo.

–En estos ensayos decís que tu modo de pensar es igual a que si estuvieras escribiendo un texto.
–Ya me acostumbré a pensar por renglones: “Pi pi pi, punto y aparte”: compongo el pensamiento. Además llevo todo el tiempo una agenda, porque cuando pienso, escribo, anoto mis ideas. Tengo como cuarenta o cincuenta. Esta es la que uso ahora. Estos dibujos de la tapa son de Liniers, ¿no? Es un regalo que me hicieron. Si no anotás las ideas, a los dos minutos te las olvidás. Creo que estoy siempre enchufado. Pero no me pesa, no me vuelvo loco, porque lo materializo. No me siento en un sillón a pensar. Todo el tiempo estoy trabajando. Puedo ver un partido de fútbol por televisión y de repente se me cruza un pensamiento. Como escribo sobre actualidad, todo me sirve. Cada semana tengo que entregar algo sobre lo que sucede en el mundo. Entonces estoy atento a lo que ocurre. Soy muy utilitario. Casi todo el tiempo registro. A veces, claro, me relajo. 

– ¿Para qué te sirvió escribir sobre estos “héroes”?
–Para mi narcisismo primario y mi narcisismo secundario. Escribí un gran libro, estoy muy contento. Soy un buen compañero de mí mismo en cuanto a mi quehacer. No digo “lo hice al divino botón”, ni “lo podría haber hecho mejor”, ni me pregunto qué valor tiene. Estoy en una edad en que las cosas salen un poco como testamento. Ellos son autores y creadores que forman parte de mi vida; compañeros. Este libro tiene un aire a legajo, a testamento. Mientras haga algo vital, con fuerza, como Historia de una biblioteca o mi novela La dificultad, sentiré que estoy dejando algo.

–En el libro, señalás que “si no se es inteligente, es imposible ser buen escritor”. ¿Creés que siempre es así?
–Hablo de escritores buenos, los que me interesan. Porque el escritor tiene una mirada que atraviesa. El que es bueno en eso tiene que ser alguien que se separe del corral y al separarse del corral, cuando está a la intemperie, si no es inteligente se lo come el lobo. A la intemperie no estás con el pastor, papá y mamá. Estás solo. Tenés que ser inteligente para rebuscártela. Un buen escritor es aquel que se separó del rebaño. Si no, sería uno de los tantos. Si no te separás del rebaño, no usás la inteligencia, porque no es necesaria cuando estás en el corral. Solo hace falta cuando ves un hueco y te vas. No tengo una definición de la inteligencia, pero sé que tiene que ver con cierta astucia, audacia, malicia y cierta angustia e inquietud.

–También hablás de la disciplina.
–Hay que levantarse temprano. Es sabido por toda persona que quiera hacer algo bien, que si no se concentra o no se dedica, si no es laboriosa de manera cotidiana, no logrará nada. Porque la inspiración, el talento y esos dones pueden ayudar a que algunas cosas sean más fáciles, pero para que algo salga bien hay que quemarse las pestañas. El trabajo, el esfuerzo y la humildad del día a día son absolutamente necesarios para tener el goce de una obra realizada.

– ¿Cómo es un día normal tuyo?
–Me levanto a las 7 y a las 8 estoy en mi estudio, donde me quedo escribiendo hasta las 13. A esa hora voy a casa, acá, a unos metros, almuerzo liviano viendo programas de fútbol y vuelvo al trabajo. La tarde es el tiempo de la lectura, de buscar el material para lo que estoy escribiendo. Hago una siesta de, como mucho, media hora. Después tengo mi hora deportiva, en la que juego al tenis o salgo a caminar. A las 18 o 19 de tarde empiezo a hacer nada. 

– ¿Leer es un trabajo o un placer?
–Es un trabajo. No podría decir que es placentero, aunque lo es cuando leo algo interesante. Igual no pasa por placer-displacer. Es parte de mi búsqueda del material de mi trabajo. Como escribir, que tampoco es placer. Es algo a lo que uno está abocado y se hace poniendo energía, nada más. Placer puede dar una comida o una relación amorosa. Estas cosas van por el interés o el desinterés.

–Hablás del piano ¿Sabés tocarlo?
–Cuando era chico me obligaron a estudiar piano. ¡Éramos como señoritas!: corte y confección, idioma, piano. Nos armaban para una educación bastante europea. Venía el profesor particular a enseñarme en casa. Pero como soy un ser de esfuerzo, de trabajo, no tenía esa impronta espontánea del oído. 

–Así que admirás a Bob Dylan.
–Para mí es como Foucault en la filosofía. Es la adolescencia. Todo en él me gusta: la pinta, la mirada, esa voz que tiene. Es un diablillo. Es el burlón. Sarcástico. Además, te levanta. Yo deseaba escribir como Bob Dylan canta. Cuando daba clases, especialmente en aulas con mucha gente, quería ser como Mick Jagger. Paseaba por el escenario con el micrófono. No me quedaba sentado. ¡Paseaba! incluso sin papeles, sin apuntes. Iba de un lado a otro. ¡Qué vergüenza! Dar clase frente a una multitud es un espectáculo. Si no la capturás, la gente cabecea o se levanta y se va. Uno no quiere eso. ¿Cómo hacés para fascinar? Hay que caminar, hay que dominar la escena, hay que tener una voz que llegue a la última fila, hay que mirar. Yo adelgazaba dos kilos por clase. ¡Era un solista!: no tenía un grupo detrás. El modo en que camina y se mueve Mick Jagger es extraordinario. Igual que el modo en que canta Bob Dylan, que te corta. Dylan… lo sigo escuchando.

–También destacás a María Elena Walsh.
–De María Elena todavía canto sus canciones. Y las canto bastante bien, las sé entonar. La descubrí en Francia, siendo joven, con las canciones de María Castaña y Leda Valladares. Se me pone la piel de gallina. Su voz es inigualable. Para mí es Gardel. ¡Las melodías, las canciones, las letras! Es una grande. Borges, María Elena Walsh… están ahí nomás. 

–Hablás en tiempo presente.
–Porque estos muchachos son. Tanto María Elena Walsh como Dylan. Nunca fueron. Eso de que cada día canta mejor está bien dicho. No hay pasado en ellos. Eso es lo que tienen los admirados: te siguen hablando. Abrís un libro y te siguen hablando.

– ¿Y a Sabato le dedicás un texto?
–Sabato es un personaje muy particular. Si no lo hubieran basureado tanto yo no hubiese escrito sobre él.

– ¿Le hacés una defensa?
–Sí. Porque para mi generación, Sobre héroes y tumbas fue un libro, como se dice, de culto. Como Rayuela. Sabato es un maestro de juventudes. El Sabato pensador no me interesa, sino el que inventa personajes. Es un hombre raro. Creo que una persona muy noble. Transmite nobleza. Se pueden decir muchas cosas, como que aburre con su angustia, pero es una persona noble, coherente, con buenas intenciones. Un hombre que intentaba comprender. Sin bajezas. Pero grandes sectores de nuestra cultura empezaron a ensuciarlo: gente mediocre, vengativa, resentida. Quise rescatar su nobleza. Además, agradecer lo que nos dio en otra época.

– ¿Te quedaron muchos afuera?
–Un montón. Billie Holiday. En pintura, Jam Vermeer, el holandés. Pero ya está, ¿viste? En algún momento hay que cerrar: están los que están. Los otros, ya veremos. Quizás haya una segunda oportunidad. Ojalá llegue a los lectores. Es un deseo. Sería fantástico. De eso se trata un libro. 

– ¿De qué?
–De abrir un mundo. A mí los libros me abrieron el mundo de esta gente. No llegué a ellos yendo por la calle. Uno no está solo en el mundo y te llueven. ¿Cómo los descubrí? Seguramente por otros. Es como una carrera de postas: uno le pasa la posta al otro: la recibí, se la pasé al siguiente. Es así: una carrera de postas. Es un modo de amistad.
Sobre ensayos de admiración
“Admirar no es adorar. No son ídolos los referenciados en el texto. Algunos son amores, otros son amigos y algunos, ni siquiera eso. Son seres cuyas creaciones me estimulan, me hacen pensar. Se admira a un semejante, así como se reverencia a un dios o a quien lo represente. Lo admirable es que un ser humano, como lo somos nosotros, puede crear un momento de belleza que nos expande, abre las puertas de la percepción, genera imágenes nuevas o trasplanta brotes de ideas”. Así comienza Mis héroes –ensayos de admiración (Galerna), el nuevo libro, de más de seiscientas páginas, del filósofo Tomás Abraham.





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