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¡A bailar la vida!


Por Ana Paula Queija.


¡A bailar la vida!
La biodanza es un ejercicio terapéutico grupal que revierte un viejo paradigma: que la terapia se ocupa de la enfermedad y no de la salud. A través de la música y el movimiento, se apela a la integración afectiva, la renovación orgánica y el reaprendizaje de las funciones vitales.

Hay un viejo esquema mental que concibe a la salud como un bien que se posee –o no–, pero sobre el que carecemos de poder. En las últimas décadas, una concientización lenta pero segura comenzó a traer ideas renovadas acerca de su cuidado, y propone un nuevo paradigma: se puede potenciar lo que está sano. Sobre esta base, nace la biodanza, un ejercicio terapéutico que cada vez suma más entusiastas. “Se trata de un sistema de integración, cuyo objetivo es hacer florecer el potencial de cada persona, trabajando a través de la música y el movimiento, y generando un sinfín de vivencias”, señala Silvia López San Román, facilitadora de la disciplina. 

Mediante esta herramienta, puede integrarse aquello que pensamos, con los sentimientos y las acciones. “Retomamos el valor de lo afectivo y del contacto con el otro, mientras nos conectamos con lo más genuino que hay dentro nuestro, potenciando la vitalidad, la creatividad, la afectividad, el disfrute y la trascendencia, que es aquello que nos permite ir más allá de nuestras limitaciones y nuestro ego”, comenta Silvia. Paralelamente, Josefina Terrén, también facilitadora de biodanza, aporta: “Este es un trabajo colectivo. Es enriquecedor que se realice en grupos, porque cuando nos encontramos con el otro, tenemos noticias sobre nosotros mismos”. 

El sistema fue creado por Rolando Toro Araneda, un psicólogo, antropólogo y poeta chileno que, en los años sesenta, comenzó a investigar sobre el efecto de la música en pacientes psiquiátricos, y obtuvo resultados positivos. Sobre la base de su experiencia, creó la biodanza, con el objetivo de generar una mejor calidad de vida.

El encuentro

“En clases de biodanza solo se habla durante los primeros minutos, cuando se comparte lo vivido en la clase anterior”, afirma López San Román. Después solo hablará el facilitador, quien dará las consignas mientras las enseña para activar las “neuronas espejo”, que son las que hacen que el cerebro del observador vaya emitiendo los mismos neurotransmisores que se le despiertan a quien está vivenciando el ejercicio. Así, se comienza a empatizar y se despiertan emociones iguales. La clase funciona con ejercicios pautados; sin embargo, la idea es que cada cual manifieste su singularidad. López San Román indica: “Es un banquete del que cada uno toma aquello que necesita. O sea, una misma clase puede fortalecer aspectos diferentes en cada persona. –Y profundiza–: Los ejercicios pueden ser tan sencillos como caminar. Pero no es caminar de cualquier manera, sino de una forma más presente, sonriente, con el pecho abierto, disponible a la mirada y al encuentro con los otros. Esto puede transformar nuestra manera de avanzar en la vida cotidiana”. Estos encuentros tienen grandes efectos en personas sumidas en sus obligaciones y desconectadas de la alegría y del disfrute. Es propicio para los que les cuesta conectar con sus emociones, expresarse o vincularse con el prójimo y a quienes precisan soltar estructuras y sacar a relucir su esencia. 

Terrén remarca la importancia de realizar clases semanales durante, al menos, un año. “Este es un proceso en el que, progresivamente, se van abordando diferentes líneas de vivencia para la expresión genuina del ser. Eso exige un tiempo de maduración”, considera esta especialista, quien ya transmitió sus conocimientos a más de ochocientas personas, y que realiza dos tipos de clases: las iniciales y las de profundización. Sostiene que para ser facilitadora, primero hay que ser alumna. Así lo explica: “No es un sistema que se incorpore fácilmente. Me introduje en el mundo de la biodanza cuando tenía dieciséis años. Mi padre comenzó este camino, y lo notaba mucho más relajado, con menos ansiedad… ¡Estaba feliz! Le pregunté qué era lo que estaba haciendo y me llevó a tomar una clase. A partir del primer encuentro, empecé a hacerlo en forma continua, hasta el día de hoy. La biodanza me permitió aceptarme tal cual era, sin tanta exigencia con aquello del ‘deber ser’. Además, me enseñó a vivir la vida con más intensidad, pero, al mismo tiempo, con más liviandad, disfrutando del camino más allá del objetivo”. Por su lado, López San Román se introdujo en la biodanza en 1992. Le habían hecho la carta natal y su astróloga le aconsejó hacer una actividad con el cuerpo, algo que la conectara con los demás. “Así logré salir de mi timidez, estar más presente, animarme a ser más afectiva, a contactar con mis emociones, a ser yo misma”, recuerda. Sin dudas, su proceso fue particular, ya que dos años antes había recibido un transplante de médula ósea sin pronósticos alentadores. “Pasito a pasito, me propuse recuperar el ímpetu vital y la confianza, y reconectarme con las emociones. La idea era poder sentir el cuerpo, y no ligarlo al sufrimiento, sino al disfrute y al hecho de trascender. A través de la biodanza volví a la vida”, define Silvia.

La biodanza presenta un abordaje pedagógico-terapéutico que implica un solo requisito: el deseo genuino de encararlo, ya que es un proceso de desarrollo personal muy profundo, que necesita disposición para el aprendizaje. ¡A intentarlo!
Para cada etapa de la vida
La biodanza les da la bienvenida a todas las edades y géneros, ya que guarda beneficios diferentes para cada período de la vida. Según los expertos, a los más jóvenes los conecta con su propia fuerza y sus deseos, y los encamina a encontrar su propio rumbo. A los de mediana edad (más sumidos en los problemas cotidianos y en las obligaciones) los incita a “frenar”, acercándolos a su esencia y al disfrute. Y a los mayores los ayuda a aflojarse y a des-cubrir su niño interior, haciéndolos tomar conciencia de sus logros y de todo lo bueno que la vida les regala día a día.

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