Entrevista


Hacedor de imposibles


Por Cecilia Tedín.


Hacedor de imposibles
A propósito de la inauguración de su muestra Puerto de Memorias, en el Centro de Arte Contemporáneo-Muntref, charlamos con Leandro Erlich, uno de los artistas argentinos que triunfan en el mundo.

Es otoño en Buenos Aires y el cielo está gris. En una calle tranquila del barrio de Villa Crespo, un portón negro ocupa el frente de una casa de dos pisos. Cuando la puerta se abre, se ve un espacio abierto iluminado con tubos fluorescentes, piso de cemento, techo de hormigón, y al fondo, un patio donde conviven un árbol añoso, muros tapizados de amphelopsis, puertas apiladas y restos de materiales. En el interior hay un Falcon beige vintage, cajas de mudanzas, pequeñas pirámides triangulares y restos de materiales en desuso acomodados en repisas de chapa. Un poco más allá, dos operarios con soplete y máscara de herrero sueldan, muy concentrados. Por un momento pensamos que nos confundimos y que estamos en un astillero; pero no, es el lugar indicado: el taller de Leandro Erlich (1973), el artista argentino reconocido en el mundo entero por ser el creador de un universo poblado de obras en las que la realidad, a simple vista, se parece a la nuestra. Pero solo a simple vista. 

Hace pocos días que, en colaboración con la Untref (Universidad Nacional de Tres de Febrero), Leandro inauguró su muestra en el Centro de Arte Contemporáneo, que funciona en el Hotel de Inmigrantes. Mientras toma mate, siempre con el ruido de las soldadoras de fondo, charla sobre su carrera artística. “Vengo de una familia de arquitectos. Uno de chico tiene muchas fantasías, y para mí, el arte siempre fue el camino. Pero el punto de partida fue el estímulo temprano de la arquitectura: ver de qué forma los espacios que construimos son los escenarios donde armamos nuestra vida y nuestra ficción”, señala al tiempo que reconoce que, además de esta influencia, el intercambio desde sus comienzos con artistas de la talla de Luis Felipe Noé y Luis Benedit, entre otros, fue dándole forma a esa búsqueda de un estilo propio. “Con ellos tuve diálogos muy interesantes con relación a lo filosófico y lo cotidiano del arte. Siempre me inspiró ver el camino que otros habían transitado, pero sabiendo que cada camino es irrepetible, sobre todo en el arte”.

La muestra Puerto de Memorias fue exhibida con gran éxito de público en Seúl, en 2014. Allí, Erlich montó un puerto de amarre con botes que crean un juego de reflejos de su propia superficie mientras dan la sensación de estar flotando en el aire.

En esas búsquedas, la presencia de lo cotidiano como espacio en donde lo extraño puede irrumpir inesperadamente fue marcando el ritmo de su trabajo. “Parto de los elementos que nos rodean para reconfigurarlos y, a partir de ello, poder darles una narrativa propia”, explica. Es así como una calesita transformada en una casa (Carrousel, 2008) refleja la repetición y monotonía de nuestros hábitos cotidianos. Los cimientos de un edificio (Maison Fond, 2015) se disuelven como consecuencia del efecto invernadero, o el espejo de un baño (Toilette, 2015) puede funcionar –al igual que en el relato Alicia en el País de las Maravillas– como un pasaje hacia realidades alternativas. 

La ambigüedad es el punto de partida desde donde Erlich intenta construir un presente en el que no hay puntos de referencia ya que la realidad se rompe en mil pedazos y lo que vemos parece ser otra cosa distinta a lo que creemos ver. Su arte desafía nuestras ideas de una existencia equilibrada y estable, como demostró, por ejemplo, en una de sus obras más recientes (La democracia del símbolo, 2015) en la que hizo desaparecer la punta del Obelisco porteño para hacerla reaparecer en la explanada del Malba (Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires). “Creo que el arte no es ajeno al tiempo en el cual uno vive. La sociedad va mutando, nosotros vamos cambiando, nuestra percepción también. Una de las más grandes ambiciones que cualquier artista puede tener es estar conectado con su tiempo”, asegura este narrador de imposibles para quien el intento de reflejar el presente en el que vive se convierte en una especie de obsesión. De ahí quizás proviene el vínculo que muchos notan entre su obra y la de Borges, artista a quien Erlich admira. El doble, los espejos, los laberintos aparecen en las obras de ambos. En Borges, el material es el lenguaje; en Erlich, lo son sus construcciones fantásticas pobladas de ventanas, vidrios y espejos que siempre reflejan algo más que lo que creemos ver. “La idea de atrapar ese reflejo es para mí una fantasía permanente, una verdadera obsesión”, plantea. ¿Qué lugar tiene reservado para el espectador? Uno doble: desde adentro, este se vuelve protagonista y desde afuera es el encargado de resolver el misterio que está viendo y de interrogarse acerca de lo que vendrá. 

El público presente

Hay algo seductor en sus obras, que invita a que la gente se acerque. “El espectador siempre participa y se involucra físicamente. Hay obras en las que si no está la gente adentro no se completan: por ejemplo, en la pileta vacía que simula estar llena de agua (Swimming-Pool, 1999). Cuando está el espectador adentro puede mirar al otro. Es un juego de interacción entre el público y la obra, y entre el público y el mismo público”, señala. Lo que está claro es que sus obras no buscan engañar, pero sí invitan a cuestionarse el modo en que percibimos la realidad: tocan fibras comunes y obligan a poner todos los sentidos en juego. Tal vez eso explique el éxito que tienen sus creaciones en los países donde expuso como el Japón, Israel, los Estados Unidos, la Argentina, España y Francia, entre otros. “Los proyectos buscan que la gente pueda interpretar y también participar. Hay un elemento lúdico y también accesible para reconocer la situación que se plantea”, reflexiona, y se muestra esquivo al momento de señalar obras que le hayan dado más satisfacciones o por las que siente predilección. No le es posible aislar ninguna, porque cada una ocupa un lugar especial dentro del conjunto: “Todas van dialogando entre sí y van resignificando a las otras en el tiempo, dándole vida al body of work, ese conjunto que integra toda mi obra”, explica este artista nómade que vivió en Europa y los Estados Unidos, y que hoy reparte su tiempo entre Buenos Aires y Montevideo, junto a su mujer  –la artista Luna Paiva– y sus hijos. “Elegí vivir en Montevideo para poder pensar desde otro lugar. Me resulta estimulante encontrar un ritmo que no es el frenético que tienen las grandes ciudades. Hay menos ruido. Allí estamos desarrollando la BAU (Beca de Arte de Uruguay) que brinda apoyo a los artistas jóvenes para que puedan desplegar su obra”, señala. Al hablar de los proyectos que vienen, reconoce que tiene “una rutina bastante disparatada y con muchos viajes”. La obra Puerto de Memorias irá al Museo Neuberger de la Universidad Estatal de Nueva York. Tiene, entre otros, un proyecto en el Japón, otro en Shanghai y uno para Río de Janeiro en el marco de los Juegos Olímpicos.“Son muchas cosas al mismo tiempo”, aclara Leandro quien siempre cruza fronteras igual que sus obras.

Este año, la Untref le ofreció montar Puerto de Memorias en la sede del Hotel de Inmigrantes. “Pensé que era el proyecto ideal para ese espacio. Es un ambiente muy particular, cargado de mucha información; creo que se da un encuentro mágico”. 

Alrededor del mundo

Las obras de este artista fueron exhibidas en los museos más importantes del mundo, como Seúl, La Habana, Jerusalén o París, entre otros. En 1998 participó en un proyecto del Museo de Bellas Artes de Houston; en 2001 representó al país en la Bienal de Venecia. También estuvo en las Bienales de Estambul (2001), Shanghai (2002) y San Pablo (2004). Expuso en La Noche Blanca de París (2004), la Trienal de Arte Echigo-Tsumari (2006), y en el  Palais de Tokyo de París (2006), entre otras muestras. En 2008, su instalación La Torre fue exhibida en el Museo Reina Sofia, de Madrid, y mostró la obra Swimming Pool en el MoMA PS1 de Nueva York. En 2012 creó la instalación Monte-Meuble, l'Ultime Déménagement en Francia, y en 2014 dio vida a Port of Reflections, en Seúl. El 2015 le robó la punta al Obelisco y así nació La democracia del símbolo.

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