Entrevista


Soñar es posible


Por Mariano Petrucci.


Soñar es posible
Rodolfo Rossi se juramentó que, al cumplir 40 años, correría toda la Ruta 40. Pero el ultramaratonista fue por más y unió la Quiaca con Ushuaia. Recuerdos y anécdotas de una odisea de norte a sur. 

El águila es uno de los animales más longevos del planeta, llegando a vivir 80 años. Pero para cumplir esa cifra, a los 40 debe tomar una decisión crucial: morir o atravesar un lacerante proceso de renovación. Si elige la última opción, se traslada hasta lo más alto de una montaña para golpear su pico en una pared hasta arrancarlo, esperando el crecimiento de otro flamante y lozano. Con sus plumas ocurre algo similar. Así, se pasará meses hasta lanzarse al famoso vuelo que simbolizará otros cuarenta años de existencia.

A Rodolfo Rossi le gusta este relato, porque él fue águila. A los 40 se enfrentó a dos alternativas: sumergirse en una crisis o darle una mano de pintura a sus metas. Y quiso cerrar la primera etapa de su vida (o inaugurar la segunda, depende con la lupa que se lo mire) planteándose un reto: correr, de punta a punta, la Ruta 40 –la más larga de nuestro territorio y una de las más extensas del mundo–. Se lesionó las dos rodillas y perdió seis uñas de los pies. No fue en lo alto de una montaña, sino en 12 de las 23 provincias argentinas. Y como el ave, renació.  
 
“Corro desde hace 30 años. En 1998, por motivos laborales, recorrí parte del país y conocí algunos tramos de ‘la 40’. Me enamoré de sus paisajes, y fantaseé hacer a pie esta ruta increíble. Con más de 120 mil kilómetros acumulados en mis piernas, consideré que estaba listo para conquistar esa ilusión”, destaca este ultramaratonista que nos representó en los mundiales de Taiwán y Qatar. Y define: “Lo que quise transmitir es que, a través de los valores del deporte, cualquier objetivo es posible si se encara con pasión. Hay que perseguir los sueños, pese a las dificultades que conlleven”. 

La aventura duró 113 días, y se prolongó, para ser rigurosos, 5596 kilómetros. Es que Rodolfo fue más allá de la Ruta 40, y se dio por satisfecho recién en Ushuaia. “En promedio, corría 50k diarios. Lo hacía en dos fases: a la mañana y a la tarde. Me levantaba a las nueve, hacía entre 25 y 30k, almorzaba, y completaba el plan restante. Cenaba y dormía ochos horas aproximadamente. Utilicé nueve pares de zapatillas e ingerí más de 500 litros de líquido. Además, en plena carrera, comía cuatro huevos, dos bananas, dulce de membrillo, pasas de uva, almendras, nueces y barritas de cereales”, desliza con una sonrisa. La misma, seguramente, que se le dibujó a las 15.40 del 17 de agosto, cuando dio el puntapié en la plaza central de La Quiaca. “La salida fue puro entusiasmo y expectativa. El viento fortísimo y los más de tres mil metros de altura me complicaron la respiración”, evoca quien fue campeón nacional de 100K, y cuenta con el récord sudamericano de veinticuatro horas en cinta (212K).

A Rodolfo lo secundó un equipo de siete personas en dos casas rodantes, que se ocupaban de su alimentación, vestimenta y descanso, amén de entablar contacto con los vecinos y autoridades de los pueblos, quienes le dieron ánimo… y algo más. “Dormí en albergues municipales, escuelas, destacamentos policiales y hasta en cuarteles de bomberos. En ciertos lugares di charlas motivacionales”, comenta el protagonista de “Corre 40”, una iniciativa que excedió lo deportivo: declarada Interés Turístico Nacional por el Ministerio de Turismo de la Nación, apoyó proyectos educativos y de índole social orientados a niños y adolescentes (como el desarrollo de escuelas rurales próximas a la Ruta 40 o el otorgamiento de becas académicas).   
 
No fue una travesía en soledad. En cada pueblo, se repitió el mismo ritual de bienvenida: emoción, lágrimas y abrazos. Y mientras trotaba, como si fuera Forrest Gump, muchos se le sumaron, como el gran maratonista Lalo Ríos en Cachi (Salta); o Remi, el francés que hizo más de trece mil kilómetros en una bicicleta freestyle para visitar a su abuela; o el japonés Masahito, que va desde Ushuaia hasta Quito tirando de un carrito. “Nos topamos con historias muy fuertes, como la de Urbano Cardozo, un hombre de 76 años, oriundo de la catamarqueña Andalgalá: como se sentía solo porque su mujer había fallecido recientemente, me acompañó con su camioneta todo el trayecto. O la de Oriel, un chico mendocino al que los médicos le daban pocos días de vida por una malformación cardíaca, pero superó la operación y festejó sus diez años junto a nosotros. La generosidad y la solidaridad fueron una constante”, repasa.

Anécdota mágica, parte I
“Poco antes de llegar a La Poma, con los cuádriceps muy doloridos por el descenso desde el abra del Acay, pasé por un pueblo abandonado, de noche. Me llamó la atención la cantidad de perros en las calles, ladrando sin cesar. Solo vislumbré a un habitante, muy anciano, que tocaba el bandoneón dentro de su casa de adobe. Tenía la ventana abierta, y solo lo alumbraba una vela. No me animé a interrumpirlo ni a hablarle. Me dijeron que aquel pueblo era la vieja Poma, que sufrió un terremoto en 1930. Se salvaron once personas, que construyeron la nueva localidad salteña, a dos kilómetros de allí. Me enteré que, a los 101 años, falleció el último sobreviviente, quien consiguió un bandoneón austríaco con el que rompía el silencio nocturno”.
Contra viento y marea
Desde el instante en el que pergeñó la odisea, Rodolfo recibió la venia de su esposa, Tati, y sus hijos, Lulu y Nico. “Sabían que esto era un sueño para mí, más allá del costo físico y económico que implicaba. Mi mujer se puso al hombro a la familia y nuestra empresa, con una fortaleza fuera de lo común”, concede este licenciado en Administración de Empresas, con vastísima experiencia gerencial (cofundó dos compañías), que trabaja, desde hace 16 años, en el rubro e-commerce. Y acota: “Los tres me fueron a ver a Santa María, Catamarca. Mis padres, Rosita y Rodolfo, lo hicieron en Bariloche, y mi hermana Mariela estuvo en Ushuaia. Me conectaba con ellos cada seis o siete días, por teléfono o por Internet. Los extrañé mucho”. 

Hubo momentos complejos, claro. Temperaturas desde 14º bajo cero a 34 ºC, el viento zonda en La Rioja, temporales de lluvia, nevadas, superficies de ripio con piedras sueltas, asfalto con peralte, grandes desniveles... “Lo más difícil fue la subida al abra del Acay, en Salta, a cinco mil metros sobre el nivel del mar. Es el punto más alto de la Ruta 40. Estuve al borde de la hipotermia y casi sin oxígeno”, rememora. Y agrega: “Pero el principal problema fueron mis rodillas. Estuve cuatro veces en hospitales. En Malargüe y en Villa La Angostura me inyectaron ácido hialurónico, en El Bolsón tuve que infiltrarme, y cerca de Esquel me caí y debieron enyesarme por haberme fracturado dos dedos de la mano izquierda”. 

Aunque estos reveses no lo dejaron correr un día y medio, caminó, no se detuvo nunca. “Estuve muy bien entrenado física y mentalmente. No se me cruzó por la cabeza bajar los brazos, abandonar o rendirme. Siempre hay que luchar, cueste lo que cueste. Soy de aquellos a los que les fascina emprender y trazarse propósitos basados en la perseverancia”, revela.  

Cusi Cusi en Jujuy, Tecka en Chubut… Cada rincón tuvo su saborcito especial. Pero quizá no hubo ninguno como el de las dos llegadas: a Cabo Vírgenes, en Santa Cruz, donde concluyó la Ruta 40; y, seis días más tarde, el 8 de diciembre a las 18.01, a Ushuaia, donde culminó “Corre 40”. “En ambas ocasiones, me inundaron los recuerdos, las alegrías, los sufrimientos. En Ushuaia, en el arco ubicado en la plaza Islas Malvinas, lloré un buen rato, bajo una lluvia pertinaz y un frío aterrador. Allí estaban mi equipo, mi hermana, Urbano, el director de mi colegio, varios maratonistas que quisieron hacer el trecho final conmigo, y Turky, un perrito que empezó a seguirnos en la salteña Angastaco. Una caravana de autos me escoltó, tocando sus bocinas… Nada es imposible si uno se prepara para ello”, subraya.

¿Y ahora qué? “Voy por otro desafío, pero no será este año. Me estoy readaptando a mi cotidianidad, asumiendo las responsabilidades que había dejado pospuestas. ‘Corre 40’ fue un sueño que se hizo realidad, pero la vida sigue. Mi aspiración es dejar una huella que trascienda, que sirva para alentar a mis hijos a dar los mejor de sí mismos, por ellos y por los demás”, sentencia Rodolfo, orgulloso. No es para menos.

Anécdota mágica, parte II
“En El Sosneado, cerca de Malargüe, comencé a sufrir con mis rodillas. Resulta que, por esa zona, cayó el famoso avión de la Fuerza Aérea Uruguaya, suceso conocido popularmente como ‘El milagro de los Andes’. Al estrellarse, el avión perdió su ala derecha; y después, la izquierda. Aquello fue en octubre de 1973, y los sobrevivientes fueron rescatados tras 72 días. Yo también pasé por ahí en octubre; mis problemas empezaron en la rodilla derecha y luego en la izquierda; y llegué a mi destino final pasados 72 días. Creer o reventar”.

nueva, todos los domingos con:


El Norte La Capital Nuevo Diario El Día La Gaceta Rio Negro Primera Edición Uno - Mendoza Uno - Entre Ríos Uno - Santa Fe Diario Norte Puntal - Córdoba La Nueva Diario Democracia El Independiente Diario Norte