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Querer es poder


Por Mariano Petrucci.


Querer es poder
Con camionetas muy antiguas, un grupo de amigos ingresa dos veces por año al Impenetrable para repartir donaciones y asistir ediliciamente a una escuela. En cada travesía, los integrantes de La Chata Solidaria se juegan la vida. Sin embargo, nada los aleja de su objetivo: ayudar, ayudar y ayudar.

“En el Impenetrable, Papá Noel existe. Solo que no anda con trineo y renos: va en una F-100”. Lo dice una señora entre lágrimas, en una escuela chaqueña, bien adentro de esta gran región de bosque nativo. Lo de “bien adentro” no es un eufemismo: hablamos de seiscientos kilómetros de distancia del asfalto. Hasta allí llegó un grupo de amigos, con sus camionetas todoterreno, para regalar un juguete, una prenda… una sonrisa.   

Jerónimo Chemes es el fundador de un colectivo que se hace llamar La Chata Solidaria (LCS), y que ingresa, a campo traviesa, a esta zona para tenderles una mano a compatriotas con necesidades extremas. “Recorremos la selva de punta a punta, entregando, sin intermediarios, todo aquello que podamos recolectar –sostiene Jerónimo–. Lo hacemos porque podemos y porque queremos demostrar que si uno se organiza, administra sus gastos y se anima a lo que nadie se atreve, se puede lograr algo maravilloso. Para eso no precisamos ningún equipamiento específico, entrenamiento, tecnología de avanzada o estructura descomunal: solo sentido común, corazón y coraje”. 

Hace ocho años, Jerónimo perdió a su madre. Y?transformó el dolor en una oportunidad de sentirse útil. “Para descargarme emocionalmente, investigué sobre el Impenetrable: lo que leía me parecía de cuento. Me intrigó. Me hice un huequito en el trabajo, subí un par de cosas en una Ford F-100 de 1974, y me fui solito para allá. Un cliente en Resistencia me indicó cómo meterme, pero me alertó: ‘Vos estás loco’. Pude llegar hasta la mitad del Impenetrable repartiendo cosas. La pasé mal, casi me muero. Pero sobreviví, y, sin ponerme místico, tomé eso como un mensaje: requería de otros para semejante movida”, recuerda Jerónimo. 

Ya en Buenos Aires, empezó a compartir su aventura con sus conocidos. Y así se fueron sumando héroes de carne y hueso, que toleran condiciones exasperantes. “La temperatura en las cabinas de las chatas oscila entre 48 y 64 grados. Cuando está seco, vuela polvo a niveles apocalípticos; y cuando llueve, hay barro en cantidades industriales. El agotamiento físico y mental no tiene comparación”, desliza. 

Más allá del sinfín de entusiastas que se adhirieron al proyecto, son once los valientes que se sumergen en el Impenetrable. “Nunca vamos todos, y manejamos cuatro, ya que volantear ahí no es para cualquiera. Lo que impresiona es el contraste entre la energía de la ida –con la adrenalina de colaborar, las risas, los chistes– y la del retorno –con la mirada extraviada en el horizonte, la seriedad, la catarata de reflexiones–. El Impenetrable no te hace mejor ni peor, pero no sos el mismo cuando regresás”, sentencia Jerónimo.

LCS diagrama dos viajes: uno a mitad de año y otro en diciembre. En uno hacen la clásica “vuelta casa por casa”, donde distribuyen mil kilos de alimento, amén de vestimenta, útiles y juegos. En el otro, le ponen el hombro a “Ojo de Agua”, una escuela a la que, además de facilitarles lo que suelen transportar, asisten ediliciamente. “Corría el 2011. Estábamos a cien kilómetros de salir del Impenetrable, cuando nos topamos con este colegio. Los alumnos no solo estudiaban, sino que pasaban allí la semana. Nuestro concepto de institución educativa no es el de la selva: no es un edificio, sino tres habitaciones. Una es el aula de primero a séptimo grado; otra, el cuarto de la maestra; y la restante, donde duermen los chicos. El impacto fue tan fuerte que nos juramos hacer algo. Advertimos que era una comunidad con urgencias, pero responsable, lo que nos motivó a esforzarnos al máximo. Les acercamos una biblioteca y un escritorio, hicimos refacciones y, en siete días, les construimos un dormitorio con mosaicos, camas, colchones, frazadas y almohadas. Nos costó porque allí no hay electricidad, así que tuvimos que montar un obrador con iluminación… Eso es lo que hace LCS: buscar la forma para conseguir lo que se propone”, subraya Jerónimo.  

También, llevaron a una médica, a un odontólogo y a un paramédico para consultas, vacunación y cursos de primeros auxilios. Y hasta plantaron una huerta. LCS abastece a “Ojo de agua” con suficiente comida para que alcance durante los seis meses que hay entre una travesía y otra. “Esto revolucionó la escuela. Se saturó de chicos, enterados de que allí comían cuatro veces por día, y se acostaban en camas. Como no cabían, levantamos un comedor, para que dejen de almorzar en sus pupitres, y aprendan algo tan básico como la ceremonia de sentarse a la mesa –destaca Jerónimo. Y agrega–: Al estar bien nutridos, el rendimiento escolar explotó. Niños de seis años están creciendo con otra capacidad. ¿Qué pasaría si pudiéramos hacer lo mismo, pero con bebés recién nacidos? ¡Tendríamos una ‘Generación Chata Solidaria’! Por eso, este año inauguraremos una sala para jardín de infantes”.
Arriba de la chata
Es complejo mensurar la cruzada que emprende Jerónimo con sus amigos (en su mayoría, exrugbiers). Una vuelta completa al Impenetrable se extiende, aproximadamente, tres mil kilómetros. Dependiendo del barro, puede demandarles entre cinco y seis días. Velocidad límite: no más de ochenta kilómetros por hora. 

“No tomamos los caminos principales, sino senderos intransitables. Nunca entramos por el mismo punto, y salimos… cuando, como y por donde quiere el Impenetrable. Allí no se prueba nada, vas a lo seguro… o no vas. Tratamos de no repetir lugares: a medida que vemos los ranchos, dejamos las donaciones. No hay sitios para dormir, así que descansamos de a ratos. Allí no tenemos celulares, luz… Apenas herramientas y provisiones –detalla quien tiene una empresa de cartelería y es entrenador de rugby en su queridísimo Club Universitario de Buenos Aires (CUBA). Y profundiza–: El Impenetrable es como un agujero negro… Descubrís lo inimaginable: el temor no es que te roben o que te despidan de tu empleo, sino que te coma un león. Lo que pasa allí es digno de la prehistoria, pero a un puñado de kilómetros del microcentro porteño”. 

A esa dimensión desconocida los trasladan cuatro pick ups (por vez, van dos) de más de treinta años, que cargan entre dos y tres mil kilos. Soportaron todo: semivuelcos, atascamientos en zanjas, explosiones de vidrios, roturas en la doble tracción, embragues “cocinados”, choques contra árboles, y hasta un incendio. “El maltrato mecánico es supremo. Nadie en su sano juicio destrozaría así su vehículo. Arrastrándose, todas volvieron... Hasta la que se prendió fuego en Panamericana. Se derritió a treinta kilómetros de nuestros hogares. Pero lo hizo con el deber cumplido, como corresponde –repasa Jerónimo–. Fue devastador, porque las camionetas las pagamos de nuestro bolsillo. Al quedar despedazas, hay que mandarlas al taller para repararlas. Y eso significa pérdida de tiempo en nuestras labores”.

Más de una vez, los seguidores de LCS quisieron aportar dinero para la adquisición de nuevas chatas. Uno de ellos se obstinó en acompañar a Jerónimo a una concesionaria para que eligiese la que se le antojara. “Es increíble lo que pasó cuando trascendió lo del incendio, pero no pudimos aceptar nada porque nosotros usamos las camionetas para la vida cotidiana –revela Jerónimo–. Hoy, nos queda una sola operativa: la azul, el pilar de LCS. Intentaremos incorporar otras, pero, si no nos da el presupuesto, nos arreglaremos. Podemos ir para arriba, para abajo, para la izquierda o para la derecha, pero hay una sola dirección que no encaramos: atrás”.

Cómo ayudar
LCS pide donaciones exclusivamente cuando organiza las travesías. “Recuerdo que para la primera construcción necesitábamos quince mil pesos. No dependíamos del financiamiento, pero mandamos e-mails por si alguien quería colaborar. En tres días, recolectamos diez mil pesos de personas que ni conocíamos. Un hombre de Comodoro Rivadavia nos giró cincuenta pesos y se disculpó por no poder darnos más. Nos explotó la cabeza. ¡La confianza que nos tuvieron! ¡Podíamos fugarnos con la plata! No es normal lo que pasa con nosotros”. Más info: lachatasolidaria.com.ar

En la selva  
Afrontar una tormenta en el Impenetrable es suicida. En un pestañeo, se puede largar el diluvio universal. “En una ocasión, cayeron cien milímetros en tres horas. Se inundó todo, lo que nos obligó a repartir las donaciones en lagunas, a pie, casi nadando. Cuando el ánimo está por el piso, no tenés idea dónde estás, y aparecen ruidos que no escuchaste ni en el cine, aflora lo mejor de LCS: ese espíritu de equipo, dándonos aliento para nadie baje los brazos”, declara Jerónimo.

Para enfrentar lo que sucede en ese bosque, hay que forjarse de una coraza especial. “Si bien nos super agradecen la ropa o los pares de zapatillas, lo que más nos piden es agua y comida. Un paquete de fideos, de yerba o de arroz les transfigura la cara. Es muy difícil describir lo que se siente. No me salen las palabras. Es una desesperación que te afecta psicológicamente –confiesa Jerónimo. Y prosigue–: Al recibir los juguetes, a los niños se les deforma el rostro de la alegría. A ellos hay que enseñarles quién es Mickey. Es angustiante, pero lo justifica el brillo de sus ojos. Es hermoso conversar con ellos, darles confianza y tiempo”. 

Jerónimo admite que cada vez que vuelve al lugar es diferente. “El contador se pone en cero y la experiencia anterior no te sirve”, asume el padre de Valentina, Delfina y Matías, con quienes fue dos veces a “Ojo de Agua”. “Con ellos y mi mujer, pasé una Nochebuena en la escuela. Fue un 24 de diciembre lleno de amor, y sin regalos. Para mis hijos fue una sorpresa que no olvidarán. Ellos se hicieron amigos en el Impenetrable, que tienen su misma edad, pero no sus mismas posibilidades. Eso me hace llorar mucho. Si quieren mantener ese vínculo, deberán visitarlos, porque allí no hay cartero ni teléfono... Una ironía en la era de la  conectividad, pero es la realidad”. 

A no confundirse. LCS no baja línea, no tiene ideología ni un objetivo político. “Lo nuestro es un granito de arena en el desierto del Sahara. Somos conscientes de que esta solución es efímera, pero cuando no tenés nada, esa mercadería es todo. La ‘vuelta casa por casa’ no es un slogan marketinero vacío de contenido. Es un compromiso inclaudicable –define Jerónimo. Y concluye–: Soñamos con provocar un cambio. No esperen poco de nosotros, porque no nos rendimos nunca. Pero nunca jamás”.

El futuro
Amén de la sala para jardín de infantes, el objetivo de LCS es que “Ojo de agua” cuente con agua corriente. “A su vez, queremos hacerles una secundaria. Con tiempo, el dinero lo conseguimos y la construcción la encaramos. Pero necesitaríamos otro tipo de apoyo: ¿Quién asigna los maestros? ¿Quién les paga? Además, fantaseamos con replicar el modelo en otras escuelas del Impenetrable”, se ilusiona Jerónimo. Para lograr esos pasos es que, en 2017, LCS se convertirá en ONG. Y un sueño más (o dos): “Sumar un tercer viaje. Pero para eso debería dejar mi trabajo y dedicarme cien por cien a este proyecto”. Hoy, LCS vive de mí, no al revés”.

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