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Buscando musas


Por Juan Martínez.


Buscando musas
En los últimos años, aumentó en el país la cantidad de residencias para artistas. Se trata de lugares ideales para inspirarse, enriqueciéndose con colegas de otras disciplinas. Experiencias en primera persona.

Un grupo de artistas reunidos en un entorno que rompe la rutina. A grandes, grandísimos rasgos, de eso se tratan estas residencias. Son espacios especialmente dispuestos para que cada artista pueda desarrollarse, inspirarse y crear, aprovechando, en muchos casos, el contacto con pares de otras disciplinas.

El concepto tiene sus orígenes varios siglos atrás, pero lejos está de agotarse. Por el contrario, cada vez hay más reductos y más entusiastas. “Para hablar de este tema hay que remontarse a la época del Renacimiento”, sostiene Alicia Candiani, fundadora de ‘ace, entidad que ya lleva una década ofreciendo en plena Ciudad de Buenos Aires el ‘Programa Internacional de Residencias Artísticas’. Allí se organizan cuatro encuentros anuales de tres semanas cada uno, por el que pasan entre tres y cinco artistas de diferentes rincones del país y del mundo. “Lo básico de una residencia es la posibilidad de interactuar con otros artistas, con otro público y en otro lugar geográfico. Ahora, dentro de ese paraguas general, dentro de esa estructura, hay muchos tipos de residencias. ¿Cuántas? Tantas como necesidades tienen los artistas. En el caso nuestro, ponemos énfasis en el trabajo en colaboración”, explica Candiani.

En Curadora, los artistas buscan alejarse de las urbes por unas semanas. El espacio fue fundado, en 2013, por la pareja conformada por Cintia Romero y Maximiliano Peralta Rodríguez

A diferencia de ‘ace, Curadora es una residencia para artistas que buscan alejarse de las urbes por unas semanas. Este espacio, fundado en 2013 por la pareja conformada por Cintia Romero y Maximiliano Peralta Rodriguez, se encuentra en la localidad de Rincón, a treinta kilómetros de la ciudad de Santa Fe. Cuando se mudaron a aquellos pagos, decidieron organizar residencias en su propia casa: ya van por la docena de convocatorias.

En la capital cordobesa, existe Casa13 desde principios de la década de los noventa, que, de manera informal, albergó en sus instalaciones a artistas que aprovecharon la estadía para producir y conectarse con el lugar. Recién en 2009, los coordinadores decidieron formalizar el sistema; y a partir de ese momento, se propusieron mantenerla siempre habitada. “A diferencia de otras residencias, Casa13 no es exclusiva para artistas, sino que también recibimos a curadores, investigadores, teóricos del arte o antropólogos. En fin, a diferentes actores culturales”, advierte Julia Tamagnini, encargada de “ResisTrece”, el programa de residencias de ese espacio.

En junio de 2010, Melina Berkenwald fundó el proyecto URRA, que funcionó como organizador de residencias de arte en espacios alquilados en la Ciudad de Buenos Aires. Allí no solo cooperaban entre sí artistas locales e internacionales, sino que se llevaban a cabo intercambios de tres meses con colegas de Basilea y Londres. Desde marzo, se estableció como una residencia en sí misma, en Tigre, provincia de Buenos Aires. “El nuevo espacio es un lugar de mayor tranquilidad e interacción, con un contexto muy interesante, que le permite al artista otra concentración en la obra. A la vez, queremos incorporar a profesionales de otras áreas, como literatura, música, curaduría y cine”, comenta Berkenwald.

Las residencias para artistas son lugares ideales para desarrollarse, inspirarse y crear. El intercambio no solo se da entre individuos de la misma rama del arte. La clave: lo multidisciplinario.

Como puede comprobarse, una residencia artística puede adoptar diferentes formatos y perseguir distintos objetivos. Existen algunas en las que el trabajo en conjunto con otros colegas no es indispensable, como la que organiza la Fundación Rockefeller en el lago de Como, Italia. ¿En qué consiste? Se invita a un artista, generalmente de una extensa trayectoria, y se lo deja solo para que pase un tiempo, inspirándose y produciendo.

Algo similar es lo que sucede en el Cill Rialaig Project, ubicado en Ballinskelligs, al sur de Irlanda, en una parte del circuito llamado “El anillo de Kerry”. Hasta allí llegó por casualidad el artista argentino Juan Andrés Videla. “Me atrajo la idea de que sea más un retiro que un intercambio con otros. Son seis casas recicladas en un entorno agreste, hermoso, que la dueña ofrece de manera gratuita a todo aquel que quiera ir a hacer su experiencia artística. Solo hay que pagarse el viaje y los víveres. Podés encontrarte con artistas de otros países, pero, a priori, no hay ninguna condición de que tengas que relacionarte con nadie: eso corre por tu cuenta, de acuerdo con tus necesidades e intereses. Cada vez que voy, me dejo llevar por lo que sienta en ese momento. Lo tomo como un paréntesis, y, muchas veces, se abren cosas que ni yo mismo me daba cuenta de que tenía ahí, en algún lugar, dando vueltas”, sostiene Videla.
Resonancia
Estos se proponen como espacios donde poner en marcha o dinamizar el proceso creativo de un artista, el modo en el que crea. En esa búsqueda se encontraba la música Julieta Sabanes cuando descubrió a Curadora. “Fue de casualidad, ya que no sabía bien a qué apuntaba. Se me presentó esta opción, me gustó mucho el lugar, la posibilidad de desempeñarme en un entorno natural. En ese momento tenía ganas de buscarle la vuelta a unas canciones que habían quedado afuera de mi segundo disco; sentía que tenían ‘pasta’ para entrar en el tercero. No había estado antes en una residencia, y solo una vez había trabajado con una artista de otra disciplina, con quien hice la música de unos cortos animados. Está bueno, es algo que te obliga a salir de tu propio discurso, de tu manera rutinaria de hacer las cosas. Coincidí con una ilustradora y un artista plástico, y me encantó ver cómo encaraban sus problemas. Terminé incorporando procesos y componiendo muchísimos temas. Se abrió un caudal creativo interesante”, asegura Sabane.

Romero, quien fundó Curadora, analiza el fenómeno: “Estas experiencias no se limitan a los días concretos en los que estás aquí hospedado, sino que, a futuro, todo termina teniendo resonancia. De manera individual, los artistas adquieren herramientas que aplican luego, y también quedan vínculos establecidos que posibilitan otros proyectos. A mí me gusta comprobar cómo esos lazos que nacieron aquí devienen en una especie de trama, de red de relaciones. Allí está la riqueza de estas propuestas”. 

Desde ‘ace, Candiani considera que el arte contemporáneo se basa en procesos multidisciplinarios, que requieren apoyo recíproco y fusión. “El público suele tener la idea de que el artista está metido en su taller, creando solo por un soplo de inspiración. No es así. Si bien existió siempre, el esquema de residencias explotó con el arte contemporáneo, debido a que facilita sus mecanismos. Se borran las fronteras entre las disciplinas: una obra es producida por más de una persona”.

Por su parte, Berkenwald, fundadora de URRA, concluye: “Cada artista es un mundo particular, y una residencia lo ayuda de manera diferente. Es un espacio de pensamiento, de reflexión, que refresca la mirada con un paisaje desconocido, y le permite conocer gente nueva. También se difunde la obra de los artistas, lo que es un complemento para las galerías o las escuelas”.

Una residencia artística puede adoptar diferentes formatos y perseguir distintos objetivos. En el mundo, es una tendencia en alza. En la Argentina, el fenómeno pica en punta.
Arte y artista
Ambos son conceptos difusos; un verdadero misterio. ¿Qué define a un artista y cómo produce su obra? Juan Andrés Videla ensaya una posible explicación: “No sé a qué llamaría yo un artista. Puedo decir que tengo curiosidad desde chico por algunas cosas, como saber qué hago acá, en este mundo. Nunca pude explicármelo. Tengo muy presente la primera vez que vi cuadros en unos libros y pensé que esos tipos estaban interesados en algo que a mí también me interesa. Yo sentía que en esas obras, sin palabras, sin decir algo específico, sin ponerle un nombre, esta gente estaba mencionando o haciendo alusión a las mismas cuestiones que a mí me inquietaban. Y me puse a pintar para acercarme a ese lenguaje, a ese mundo en el que existía la posibilidad de mantenerme cerca de estos asuntos, de una forma que no fuera conceptual, lógica. Eso es lo que me sigue atrayendo. 

La idea del artista no me atrae tanto, es algo que se da medio de rebote. Distinto es querer ser artista. Es como querer tener una identidad de algo. En general, adentro de todos nosotros hay una parte que quiere ser alguien, y otra que, simplemente, está interesada en investigar algo. Las dos conviven en uno, y hay que ver a cuál le da uno más de comer”.

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