Investigación


El no es un derecho de los niños


Por Agustina Tanoira.


El no  es un derecho de los niños
En su último libro, el docente, pedagogo e investigador Mariano Narodowski indaga acerca de la pérdida de autoridad frente a los niños y propone construir nuevas asimetrías para que los adultos recuperen su legitimidad.

“Vivimos un tiempo en el que los adultos queremos parecer jóvenes y los más chicos no quieren crecer. Un tiempo de cambios tan vertiginosos que hacen que temamos ser obsoletos, inservibles. Un tiempo en el que hacerse viejo no tiene perdón”, escribe Mariano Narodowski en su último libro Un  mundo sin adultos, familia, escuela y medios frente a la desaparición de la autoridad de los mayores (Editorial Debate), en el que suma un capítulo más a una investigación que lo ocupa desde hace muchos años. Pero a diferencia de sus libros anteriores, esta vez el foco no lo pone en la infancia, sino en la adultez, y en esa especie de desaparición de la autoridad, por lo menos tal como la conocíamos hasta ahora. 

Para dar una respuesta cabal a este sentimiento tan extendido en nuestra sociedad, este doctor en Educación y profesor de la Universidad Torcuato Di Tella, que durante mucho tiempo fue maestro de escuela primaria, toma como punto de partida una caracterización que la antropóloga norteamericana Margaret Mead hizo en los años sesenta, entre las culturas posfigurativa y prefigurativa. Explica entonces que, la primera –la infancia, entendida como heterónoma y dependiente– está subordinada a la guía y al cuidado de los adultos, y la experiencia y la antigüedad lo son todo. En cambio, en la segunda, en la prefigurativa, los niños y los jóvenes son los portadores de bienes culturales valiosos, y los adultos ya no se constituyen como referencia confiable y legítima.

Este marco nos permite entender que vivimos en una cultura prefigurativa de cambios muy rápidos y violentos. Por eso es lógico que aquellos que se procesaron en esos cambios sean los que más capacidad para operar en ella tienen. Estos son los niños y los adolescentes. 

–Este cambio tan brutal obliga a barajar y dar de nuevo, ¿no es cierto?
–Sí, estamos haciendo eso. En ese sentido, tenemos que acostumbrarnos a la idea de que las relaciones entre grandes y chicos ya no son asimétricas, sino simétricas. No me gusta decir entre iguales porque los grandes y los chicos no somos iguales, pero sí equivalentes. 

– ¿Qué características tiene una relación asimétrica y cuáles la otra? 
–La relación asimétrica implica el reconocimiento de una jerarquía. En el pasado, esta jerarquía a veces fue de dominio y otras, de respeto, pero siempre se pretendía la obediencia de los hijos. Ellos debían obedecer porque era por su propio bien. En la simétrica, en cambio, hay equivalencia entre grandes y chicos. Ya no hay jerarquía sino negociación. Lo que hacemos los adultos con los chicos es, básicamente, negociar o intercambiar, que no es lo mismo que ponerse de acuerdo o generar consenso.

– ¿Qué es negociar, entonces?
–Es intercambiar para que cada uno gane. Se supone que con ese formato ya no hay jerarquías, ya no hay uno que se hace cargo del otro. 

– ¿Cuál es el problema de esto?
–El problema que yo veo es que hay una gran trampa, porque finalmente los adultos no nos hacemos cargo de los más chicos. Con la idea de que los niños son autónomos, que ellos pueden, ellos saben, ellos tienen derechos... con la idea de que los niños se tienen que liberar del yugo adulto, los adultos nos estamos liberando de ellos. Creo que hay un aspecto perjudicial –no moralmente, pero sí en términos formativos– porque los niños tienen derecho a que alguien les diga lo que está bien y lo que está mal. Esa es la única forma que ellos tienen de construir su propia autonomía. 

“Vivimos un tiempo en el que los adultos queremos parecer jóvenes y los más chicos no quieren crecer. Un tiempo de cambios tan vertiginosos que hacen que temamos ser obsoletos, inservibles”.
Nuevas asimetrías
En una cultura prefigurativa de cambios vertiginosos y pantallas por doquier, la escuela como estandarte educativo conserva su formato del siglo XVII, jerárquico, en el que el maestro –que sabe– se posiciona frente a una sala de clase con alumnos –¿que no saben?–, lo que la coloca en el centro de múltiples debates. “Hoy este esquema tiene enormes problemas para desarrollarse. Y no parece que vaya a cambiar –afirma Narodowski y también reconoce que—: Si bien vivimos en base a pantallas, las escuelas son reacias a estas, pero no es porque los docentes sean resistentes al cambio, como dicen los gurúes de la computadora, sino porque es un tipo de tecnología que no acepta pantallas. La escuela es un tipo de tecnología basada en la palabra, en la vigilancia, en la espera. En la escuela hay que esperar años a que ocurran cosas”.

– ¿En qué sentido?
–Por ejemplo, si un chico de quinto grado tiene los conocimientos que corresponden a uno de sexto, no lo van a pasar de grado, sino que tendrá que esperar al año siguiente. Eso es lo que se llama la pedagogía de la espera. Fue muy eficaz en el pasado, incluso en el siglo XX, pero es muy controversial en una época con una cultura narcisista y de satisfacción inmediata como la nuestra. 

– ¿Pero la escuela debería adaptarse a los tiempos que corren?
–En mi opinión, no tiene forma de hacerlo. La escuela no es una plastilina que se moldea a voluntad por el político de turno o por el gurú de moda. Es una tecnología muy eficaz, pero que funciona con un conjunto de reglas que están cada vez menos vigentes.

– ¿Entonces qué le queda?
–En los últimos capítulos del libro postulo escenarios en donde, aun en un mundo sin adultos, los educadores puedan reconstruir asimetrías. Esa reconstrucción no es como antes, que el docente por el simple hecho de serlo, por tener el guardapolvo blanco y pararse delante del salón ya era respetado. Hoy a esa legitimidad y ese respeto hay que ganárselo todos los días. El desafío de los educadores es conseguir herramientas pedagógicas para identificar ámbitos de asimetría y llevarlos adelante. En este sentido, soy más optimista con las escuelas que con las familias.

– ¿Por qué?
–Porque los padres, las madres y los hijos estamos más atravesados por la vivencia cotidiana, y nuestras familias no son un ámbito profesional, sino de vida. Incluso, yo creo que las escuelas podrían contribuir a que los padres puedan volver a hacerse cargo de sus roles.

– ¿Cómo sería eso? 
–Lo primero es hacerse cargo de que son adultos, de que son alguien distinto y de que ocupan un lugar de cuidado y protección de los niños. También aceptar que la relación asimétrica supone que van a amar y proteger a sus hijos, pero que ellos no los van a amar y proteger necesariamente. No se trata de una relación de reciprocidad. No lo es.

– ¿Y luego?
–Entender que el “no” del adulto también es un derecho de los niños. Es bueno que ellos tengan cada vez más derechos, pero que alguien les diga qué está bien y qué es lo que está mal también es un derecho de ellos. Es más fácil decir que sí, porque el sí es gratificante, barato, fácil y nos da una idea de una especie de amor constante e incondicional de nuestros hijos. Pero el “no” es más importante. Porque construye, es creativo y es productivo cuando se hace en forma respetuosa, en términos de confianza y de reflexividad. Los chicos lo necesitan como también necesitan que se lo expliquemos. Deben entender que hay cosas que no se pueden comentar y que nunca se van a explicar, pero tiene que haber un ámbito de confianza como para que ellos entiendan que ese es un “no” de cuidado, de amor.

– ¿Sería algo como un “no” positivo?
–Sí, que crea positividad. Tenemos una idea de que es represivo y por lo tanto es malo, negativo. Pero ese “no” genera oportunidades también. Aparte de cuidar y de proteger, abre caminos de perspectiva. No es de dominación o perverso; es un “no” constructivo.

– ¿Cómo sería uno perverso?
–Es el “porque no,  porque yo lo digo, porque se me canta”. El cuidadoso es el “no porque te protejo”; y el constructivo es el “no, pero hay otras opciones”. Y entonces le muestro esas otras opciones. 

–Si bien en la caracterización de Mead no hay una connotación moral, están quienes aún piensan que “antes era mejor”. ¿Hay algo de eso?
–Probablemente para muchos –no para mí–,  sea mejor lo de antes porque es a lo que estábamos acostumbrados. Hay una nostalgia por la infancia y la adultez perdidas. No se trata del problema de que los adultos voluntariamente tomaron una decisión –y en ese sentido me diferencio de otros autores– sino que es una condición de la cultura y que tenemos que entender que ahora son otras las reglas del juego.

“Ya no hay jerarquía sino negociación. Lo que hacemos los adultos con los chicos es, básicamente, negociar o intercambiar, que no es lo mismo que ponerse de acuerdo o generar consenso”.
Ser adulto y no morir en el intento
Para Narodowski: “Ahora somos todos chicos, porque ser adultos es como una mancha venenosa. ¡Y ser anciano es todavía mucho peor!”. En la cultura posfigurativa, los adultos eran la referencia de la sociedad. Ya lo decía el viejo Vizcacha “El diablo sabe por diablo. Pero más sabe por viejo”. Con el cambio brutal en nuestra sociedad, los viejos pendulan entre dos extremos: por un lado, el viejito copado de 80 años que hace gimnasia, anda en bicicleta, tiene página de Facebook y se muestra vigente; y por el otro, el abuelo de los Simpson, Abraham, que vive en un geriátrico, recluido, que tiene mal olor, que se la pasa hablando de la década de los treinta y que nadie lo quiere ver. Estos dos extremos tienen un punto en común: en ambos casos se borra la idea del anciano referente.

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