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Un país para todos


Por Agustina Tanoira.


Un país para todos
A doscientos años de nuestra independencia, dos historiadores rinden tributo a quienes la hicieron posible: los grandes héroes y el pueblo. Ellos destacan el valor de la unión de todos en aras del objetivo común: una nación libre y soberana.

Cuenta la historia que el Congreso se había reunido en Tucumán el 24 de marzo. Ese fue el día en que comenzaron las sesiones en una vivienda de Francisca Bazán de Laguna, una casona colonial a la que habían arreglado para la ocasión pintando sus muros de blanco, y las puertas y ventanas de azul para que tuviera los colores de la patria. Desde ese momento hasta el 9 de julio de 1816, los congresales se reunieron para debatir qué país queríamos ser. “Para que hubiera independencia era necesario lograr la autonomía –explica Daniel Balmaceda, periodista y miembro titular y vitalicio de la Sociedad Argentina de Historiadores–. Esto ya lo habíamos logrado el 25 de mayo de 1810”. Pero el 9 de julio se daría un paso mucho más grande aún: nos convertiríamos en un Estado soberano. Para Balmaceda, autor de Espadas y Corazones (2004) e Historias de corceles y de acero, de 1810 a 1824 (2010), entre otros grandes éxitos, hubo cuatro protagonistas clave en esa gesta patriótica sin los cuales la independencia no hubiera sido posible en 1816. De estos, tres no estaban personalmente en Tucumán y por eso no aparecen en la famosa lámina del Congreso. “El 9 de julio es la fecha más federal y trascendente, porque fue fundamental para nuestra institucionalidad. Lo interesante de ese día es que estos grandes hombres hicieron a un lado las diferencias –que no eran pocas–, para poder lograr un objetivo común. Creo que eso es lo que deberíamos tener presente en estos momentos”, propone Balmaceda.

Los protagonistas

“Los cuatro estaban en lugares estratégicos y manejaron el destino del Congreso”, explica el historiador, que en su haber tiene varios libros en los que se sumerge en lo más profundo de nuestro pasado para revelar a sus protagonistas en sus aspectos más humanos. Ellos fueron José de San Martín, Manuel Belgrano y Martín Miguel de Güemes desde afuera, y Juan Martín de Pueyrredón que sí estuvo presente. 

Desde Mendoza, San Martín se preparaba para el cruce de los Andes y ejercía una fuerte presión, ya que solo con una declaración de independencia, los cinco mil hombres que componían su ejército podían transformarse en los representantes de una nación soberana. El General estaba al tanto de todo lo que sucedía en el Congreso a través de los diputados de Cuyo, sobre todo de Tomás Godoy Cruz. Los cientos de kilómetros que separan una provincia de la otra eran recorridos una y otra vez por chasquis que llevaban y traían la correspondencia. Estos trayectos entre Mendoza y Tucumán –¡que duraban diez días!– iban marcando el ritmo de todas las sesiones. 

Manuel Belgrano –que había iniciado en enero de 1815 un viaje de casi de un año por Europa y regresó a principios de 1816, totalmente actualizado de lo que sucedía en  las cortes europeas y la situación en Latinoamérica–, defendía la monarquía constitucional, al igual que San Martín, y se ilusionaba con la idea de proclamar un rey Inca. Atento a lo que se estaba llevando a cabo en Tucumán, participó en forma directa cuando expuso el panorama internacional y sus ideas innovadoras. Según cuenta el reconocido historiador José María Rosa en Historia Argentina, Belgrano expresó que las ideas republicanas ya no tenían predicamento en Europa y ahora "se trataba de monarquizarlo todo, siendo preferida la forma monárquica-constitucional a la manera inglesa”. 

Martín Miguel de Güemes también respaldaba la idea de una monarquía, desde la frontera norte, un territorio con límites muy desdibujados entre Jujuy y Salta. Su buena voluntad y su espíritu de patriotismo permitieron que un serio incidente que hubo entre él y el General Rondeau, a cargo del ejército del Norte, no derivara en un serio enfrentamiento.

Pueyrredón, por su parte, si bien era porteño y representaba a San Luis en el Congreso, también integraba el grupo de los relacionados con San Martín. De hecho, fueron los diputados de Cuyo quienes impulsaron la elección de Pueyrredón como Director Supremo. Nombrado el 3 de mayo de 1816, escribió a Güemes y a San Martín por carta, previa reunión con Manuel Belgrano. 

Por su enorme influencia, estos cuatro hombres fueron piezas clave. Tenían muy claro cuál era el objetivo que debían alcanzar: avanzar sobre la independencia. Los cuatro entendieron que para que esta fuera posible, había que dar un paso definitivo más allá de las diferencias, posturas personales y de las distintas indicaciones que habían recibido de sus respectivos pueblos. “Para ellos había situaciones, objetivos, proyectos que iban mucho más allá de lo personal”,  afirma Balmaceda. Sabían que si bien la emancipación era fundamental, no era lo único que debía debatirse. También había que definir la forma de gobierno y redactar una constitución. Y aunque hubo una 1819 que no terminó de afianzarse, treinta y siete años más tarde se concretaría también este hito. 
Unidos por un objetivo común
“Estábamos como atascados por las marcadas diferencias políticas entre los diputados del norte, los de Córdoba (que eran artiguistas), los de Cuyo y los de Buenos Aires –cuenta Balmaceda–.Había una idea de país mucho más estrecha. Cada provincia se consideraba en sí misma un país. Los mendocinos, por ejemplo, se sentían más vecinos de los chilenos que de los porteños. Si bien se establecían alianzas, cada uno tenía sus particularidades. Los del norte no estaban tan unidos como el resto del país”. 

Esta imposibilidad de destrabar los conflictos internos para llegar a un acuerdo general era un gran problema. Pero finalmente, ello pudo lograrse a partir del trabajo interno de Pueyrredón en el Congreso, de las exposiciones de Belgrano el 6 de julio frente a los diputados, de la actividad de San Martín con los diputados de su región, e incluso con el manejo de los tiempos de los representantes de Buenos aires y Córdoba. “Entendieron que con las diferencias que había, se necesitaba lograr una tregua, declarar la Independencia y luego seguir las discusiones”, explica Daniel Balmaceda. 

Ese 9 de julio de 1816 fue martes, estaba soleado y los argentinos nos unimos en un objetivo común. Una vez firmada por todos los congresales que declararon la Independencia, el acta se tradujo al quechua y al aymará para que la conocieran las poblaciones indígenas.

Y después sí, al día siguiente, se celebró la gesta patriótica en la mismísima casa donde se llevó a cabo la ceremonia. Se hizo un gran baile al que todos los hombres debían asistir llevando en sus cabezas gorros frigios para simbolizar la libertad.
Apoyo y entusiasmo popular
Muchos de los hombres que participaron en la Independencia fueron del interior de nuestro país. Comprometidos con la causa, desde muchas provincias, hombres y caballos hicieron enormes sacrificios para detener a las fuerzas realistas. Por eso, la historiadora Ema Cibotti prefiere no hablar de los héroes que protagonizaron esta gesta patriótica, porque ellos ya están en los libros de Historia. En cambio, considera que es más útil enfatizar el acompañamiento y apoyo popular que tuvo todo el proceso. Y que fue fundamental. Entre las anécdotas que destaca la autora de Sin espejismos. Versiones, rumores y controversias de la historia argentina, cita el Cielito –los versos cantados al compás de una guitarra– que transmitían entusiasmo e ideas “para arengar a los patriotas que debían combatir a los realistas, los ‘godos con sus cañones’ y celebrar las victorias militares obtenidas ­–cuenta. Y agrega–: Estos versos se bailaban, y fomentaron la revolución de Mayo para ir afirmando la voluntad soberana que se votó el 9 de julio de 1816.” Algunas de sus estrofas decían así: “Hoy una nueva Nación / en el mundo se presente / pues las Provincias Unidas / proclaman su independencia. / Cielito, cielo festivo, / cielo de la libertad / jurando la independencia / no somos esclavos ya. / Los del Río de la Plata / cantan con aclamación / su libertad recobrada / a esfuerzo de su valor: / Cielito cielo cantemos, / cielo de la amada Patria, / que con sus hijos celebra /su libertad suspirada”.

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