Viaje


La joya del sudeste asiático


Por Nicolás Armellín.


La  joya del sudeste asiático
Luang Prabang seduce desde un primer momento. Es que no hace falta siquiera adentrarse en sus maravillosas propuestas: la joya del sudeste asiático conquista a partir de su nombre. En este destino alejado de las grandes ciudades, donde el ritmo de vida es pausado, nos invade una sola sensación: paz.

A orillas del río Mekong, Luang Prabang está inmersa en una zona montañosa y boscosa que se sitúa al norte de Laos, país que limita con Birmania, China, Vietnam, Camboya y Tailandia. El 2 de diciembre de 1995, la Unesco la declaró Patrimonio de la Humanidad. Un lujo.

Esta pintoresca ciudad, dueña de construcciones que conservan el paso del colonialismo francés, cuenta con más de cincuenta templos budistas, lo que la convierte en el centro cultural y espiritual más importante de Laos. Entre sus casi ochenta mil habitantes (en su mayoría, migrantes del sur de China), se encuentran los Lao Lum –grupo étnico que habita las tierras bajas y que conforman la mitad de la población–, los Lao Theung –que viven en laderas de altura media–, y los Lao Sung  –pertenecen a la alta montaña–.

El día en Luang Prabang comienza bien temprano, con un conjunto de olores y ruidos que se adueñan de la escena. En un callejón paralelo a la costanera que bordea el Mekong, los productos frescos vitalizan el mercado de la mañana: una visita imprescindible tanto para los locales que van a abastecerse, como para los curiosos que quieren palpar de cerca la idiosincrasia de los lugareños. Carnes, frutas, vegetales, legumbres y condimentos varios, entre las diversas ofertas que hay para elegir.

Por la noche, a lo largo de la calle Sisavangvong, en el centro histórico, las luces colorean un mercado peatonal que surgió en diciembre de 2002 y no paró de crecer. Allí, cientos de comerciantes ofrecen desde pañuelos de seda, mantas bordadas, ropa y calzado, hasta bolsos, cerámicas, artesanías y lámparas de bambú. En algunas intersecciones, mandan los puestitos con propuestas gastronómicas muy tentadoras: carnes y pescados a la parrilla, buffet libre, menús vegetarianos y, por supuesto, también ofrecen cerveza local.
De aquí para allá
Para los amantes de las bicicletas: Luang Prabang es un lugar ideal para recorrerlo en dos ruedas, ya que las distancias corresponden más a un pueblo que a una ciudad. Podría decirse que es el transporte predilecto de la mayoría de los visitantes que, además de conocer, no dejan de ejercitar las piernas. 

Una excelente primera parada es el Palacio Real, que también funciona como Museo Nacional: se encuentra sobre la calle principal, y está inmerso en un amplio y cuidado jardín. Fue originalmente la residencia del rey de Laos, aunque el edificio principal es de principios de siglo XX, de estilo francés. En 1975, con la llegada del comunismo, la familia real fue desplazada de ese lugar, al que transformaron en museo. Veinte años después, abrió sus puertas al público, y hoy exhibe una considerable cantidad de elementos y objetos que ayudan a entender su historia.

Con solo cruzar la calle, se accede al Cerro Phu Si, de cien metros de altura. Una vez en la cima, después de haber ascendido 329 escalones, se puede apreciar una estupa dorada llamada That Chomsi: no solo se ilumina por la noche, sino que se la vislumbra desde los distintos puntos de la ciudad. La puesta del sol es la excusa perfecta para eternizar, con la cámara de fotos, una panorámica impactante y única.

Para tener en cuenta en Luang Prabang
• En público, evitar las demostraciones físicas de afecto.
• “Hola” en laosiano es “Sa Bai Dee” y, usualmente, se acompaña de una sonrisa. Para no incomodar a la gente, es recomendable saludar a la distancia, sin tocar.
• En todos los lugares se debe, siempre, ingresar descalzo. 
• Es de buena educación agacharse suavemente cuando se pasa por al lado de alguien que está sentado.
• Hablar con voz tenue. No gritar.
• Antes de fotografiar a alguien, preguntar si está de acuerdo.
Una vida de monjes
El monasterio más emblemático es el Wat Xieng Thong. Conocido como el Templo de la Ciudad Dorada, es un hito de la arquitectura religiosa: fue construido en 1560 y continúa siendo un símbolo significativo del espíritu de la realeza y el arte tradicional. Se encuentra en el extremo norte del pueblo, en la confluencia de los ríos Mekong y Nam Khan, y comprende más de veinte estructuras entre el santuario principal, capillas, pabellones, y residencias de monjes y también de novicios. 

Provenientes de los distintos templos, el canto de los “hombres de naranja” nos deleita a la madrugada. Cuando el reloj marca las seis en punto, la calle principal convoca a propios y extraños para el Tak Bat, una tradición de vida budista para el pueblo de Luang Prabang. Esta ofrenda de limosna se convirtió en toda una atracción turística: los monjes recorren el pueblo esperando la contribución de la gente para poder comer (asimismo, lo que reciben ellos lo comparten con la gente de bajos recursos).

Para que el comportamiento no resulte inadecuado, hay que estar al tanto de las costumbres del lugar. Por ejemplo, recomiendan observar el ritual en silencio, sentados o arrodillados, y contribuir con una ofrenda solamente si resulta significativo y se hace con respeto. De lo contrario, es mejor mantener cierta distancia del camino de los monjes y los creyentes que están participando. Para asistir a la procesión, hay que vestirse de manera apropiada: los hombros y las piernas deben estar cubiertas, y no se pueden usar camisas ni remeras escotadas. Está prohibido sacar fotos con flash y establecer contacto físico con los monjes. De selfies, ni hablar.
Naturaleza y deporte
Para el paseo siguiente es mejor dejar de lado la bici, ya que nos alejamos unos veinticinco kilómetros al sudeste de Luang Prabang. Es camino de ruta y con bastante pendiente. Una buena alternativa es alquilar una moto o pagar un “tuk-tuk”, una suerte de moto-taxi, de buen andar.

Nos dirigimos a las cataratas Kuang Si. Su belleza mayúscula se manifiesta en una caída de agua de ochenta metros hasta los distintos piletones que dejan entrever su color cristalino. El parque donde se sitúan es una zona protegida que resiste la tala ilegal de los altísimos árboles que dibujan el paisaje (a su vez, hay un centro de rescate y recuperación del oso negro asiático ante los cazadores furtivos). 

Si bien el agua es fría, vale la pena darse un baño en las áreas designadas. También es recomendable afrontar un trekking de una hora, bastante empinado (hay que decirlo), pero la aventura tiene su premio: puentes de madera, surcos de agua, más verde y rincones paradisíacos. 

Si se quedó con ganas de más, todavía puede visitar las cuevas de Pak Ou (la excursión se empieza a disfrutar en el barco que nos traslada hasta allí) o las cataratas de Tat Sae, donde se ofrecen paseos en elefante y un recorrido circular de canopy con catorce tirolesas.

nueva, todos los domingos con:


El Norte La Capital Nuevo Diario El Día La Gaceta Rio Negro Primera Edición Uno - Mendoza Uno - Entre Ríos Uno - Santa Fe Diario Norte Puntal - Córdoba La Nueva Diario Democracia El Independiente Diario Norte