Entrevista


Un león entre Las Leonas


Por Alejandro Duchini.


Un león entre Las Leonas
Gabriel Minadeo, el técnico del seleccionado femenino de hockey, sueña –al igual que sus dirigidas– con obtener la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro.

Cada vez que ganamos un torneo, pienso que al otro día habrá que guardar la medalla para pensar en el siguiente compromiso: no hay que conformarse. Hay que tener los pies sobre la tierra. Del Champions Trophy (N. de la R. en la final –disputada el 26 de junio– Las Leonas le ganaron 2 a 1 a Holanda, en Londres) me fui con la cabeza pensando en lo que debe mejorarse. No sirve quedarse en ese logro, porque sería una desilusión ganar ese campeonato y ser eliminados enseguida de los Olímpicos. Por eso les digo a las chicas que celebren, pero que, al otro día, piensen en el compromiso siguiente. En este caso, los Juegos Olímpicos”. Así piensa y siente Gabriel Minadeo, de 48 años, director técnico del equipo femenino de hockey. Se trata del hombre que está al frente de uno de los máximos referentes del deporte argentino de los últimos años: un plantel de chicas que, con Luciana Aymar como símbolo, marcó época y que irá a Río de Janeiro por la medalla que le falta: la de oro olímpica. Pero ya sin Aymar.

El equipo llegará a la cita deportiva con un recambio generacional esperanzador. Minadeo, un hombre que respira hockey y que cuenta con experiencia olímpica, está ante una posibilidad única. En lo personal y en lo deportivo. Pero eso –cuenta– no lo exime de los nervios ni de los temores a los que enfrenta con actitud, con trabajo y con el poder de un mensaje ganador que les transmite a sus dirigidas.

– ¿Qué significaría una medalla de oro para ustedes?
– ¡Ojalá la ganemos! No porque esté ahí yo, sino porque es lo que le falta al hockey argentino para cerrar sus últimos veinte años llenos de logros. Tenemos Panamericanos, Champions y medallas olímpicas, pero no el oro. Eso nos genera una presión, pero linda. No todos los equipos van con esa presión. Yo fui como jugador y también como parte de un cuerpo técnico y entiendo de qué se trata. Hay que transformarla en un gran desafío. Hay que descomprimirla jugando, disfrutando de cada momento que tenemos juntos. Los resultados no son una casualidad, sino una causalidad.

– ¿Qué tienen de diferente los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro?
–Cuando fui a un Olímpico como jugador era ir a ver y disfrutar, sin tener en la cabeza la idea de que se podía lograr un Oro. Aunque uno siempre quiere ganar, en esos tiempos sabíamos que era imposible. En cambio, cuando viajé como asistente de Cachito Vigil, íbamos con buenas expectativas porque teníamos grandes jugadoras. Pero siempre nos quedábamos ahí. Ahora tenemos un equipo sólido y vamos con muchas ilusiones. Eso hay que aprovecharlo.
 
– ¿Qué se siente al representar a tu país en un Juego Olímpico?
–Es lo máximo que te puede pasar. Lo que hay dentro de la Villa Olímpica es increíble. Una burbuja deportiva que uno vive durante quince días. Es como estar en Disney, pero dentro del deporte. Un Juego Olímpico lo vive el país; en cambio, cuando uno disputa un torneo de hockey, solo se vive en ese ambiente específico. Siempre les digo a las chicas que disfruten de esto que se da cada cuatro años. Porque hasta se siente de otra manera la camiseta argentina. Lo bueno es que Las Leonas son como una marca registrada: ya se ganaron un nombre. Por eso, muchas chicas sueñan con ser Leonas. Y muchos padres quieren que sus hijas también lo sean, lo que a veces no es bueno. Ellas dejan muchas cosas de lado: no ganan el dinero suficiente por todo lo que hacen, pero transmiten pasión.

“Holanda ya es un clásico para nosotros –dice Gabriel Minadeo en su charla con Nueva–. Tiene muy buen nivel de juego. Gran Bretaña levantó mucho, Nueva Zelanda anda muy bien. No hay que dejar de lado a los asiáticos. Y el debut con Estados Unidos será difícil”. 

Sin Aymar
Campera, anteojos, jean y zapatillas: Gabriel Minadeo observa un partido de chicos. Entre los jugadores, uno de sus hijos. Estamos en el Club Atlético General San Martín. Él deja de mirar para hacer esta entrevista. Al costado de la cancha, el frío se hace notar.

– ¿Pesa la ausencia de una referente como Luciana Aymar?
–Las chicas tienen el desafío de demostrar que sin Luciana también pueden jugar. Nadie es imprescindible: los equipos están por encima de los jugadores. Lo que tenía Lucha es que hacía cosas increíbles, geniales. Hay que aprender a jugar sin ella, que fue una de las mejores cosas que le pasó al hockey argentino. Muchas se ven reflejadas en Lucha. De hecho, se metieron en el hockey por ella. No creo que aparezca alguien igual. De todos modos, tenemos jugadoras de jerarquía. Haber ganado el Champions Trophy sin Aymar nos alegró, porque muchos pensaban que sin ella no éramos lo mismo. Por eso, ese logro importante nos permitió ganar confianza. Hoy tenemos un equipo consolidado con chicas de 18 o 19 años, que tienen apenas siete u ocho partidos internacionales en algunos casos. 

– ¿Cuál es la diferencia entre dirigir deportistas mujeres y hombres?
–En ambos casos hay cosas buenas y también otras complicadas. Para dirigir mujeres, hay que ser mejor conductor que entrenador, porque para que el grupo te responda hay que conducirlo. Cuando las mujeres disfrutan, se les puede sacar todo el jugo. Pero cuando te dedicás a ser entrenador y no te importa el grupo, la mujer crea una coraza, te corta el vínculo. Si no le transmitís bien el mensaje, no le llega. La mujer es más susceptible ante la caída, pero se levanta más rápido y más fuerte. En cambio, al varón, el sinsabor de la derrota le dura más. Con varones hay que ser mejor entrenador, porque si no lo sos, te sacan la ficha y enseguida dicen “este no sabe nada”. Pero en términos generales, yo disfruto de ambos, con la cabeza metida en lo que es cada uno.

–Y puntualmente con Las Leonas, ¿cómo se trabaja?
–Trabajamos en todos los aspectos: técnico, físico, conceptual y mental. Hay profesionales que nos ayudan a mejorar la confianza, y a manejar el estrés, la tolerancia y la frustración; a entender la importancia del trabajo en equipo. A esto se aboca Estanislao Bachrach, que a veces se reúne solo con las chicas, otras solo con el cuerpo técnico y en ocasiones, con todos. Para el plantel es bueno tener la mirada de alguien ajeno al hockey.

–Dirigir a un equipo deportivo ya no pasa solo por la técnica de sus jugadores, ¿no es cierto?
–Ya no. Muchas veces el que esté mejor de la cabeza, el que más confianza se tenga, será el que sacará los mejores resultados. Suelo decir que jugamos 70 minutos, pero tenemos 23 horas de convivencia. Si no hay química, disfrute, es difícil que salga todo bien en la cancha. Por eso hay que gozar de cada momento: desde un entrenamiento hasta una cena, una salida. No hay que dejar de sentir la alegría de vestir la camiseta argentina, que es un orgullo. Siempre les digo a las chicas que no se es Leona cuando se gana, sino cuando se está en el fango y hay que sacar eso que nos hace distintos. Son los momentos en que, con todo lo trabajado, nos potenciamos ante las adversidades.

– ¿Cómo vivís estos días previos a los Juegos Olímpicos?
–Desde que me levanto hasta que me voy a dormir pienso en el hockey. Sobre todo en estos días, en los que entrenamos a doble turno, toda la semana. No disfruto de los Juegos: estoy todo el día viendo videos, analizando a los rivales. Lo que disfruto es de que mi equipo los disfrute. En lo personal, se viven momentos de mucha tensión. Recién puedo descomprimir con la familia, que me acompaña: por suerte todos juegan al hockey y, entonces, entienden de qué se trata.

–Aunque tengas experiencia, ¿existen los miedos?
–Siempre están los miedos a cómo responderá el equipo, a si se entenderá mi mensaje. Sin embargo, uno transmite confianza a sus dirigidos. Después se ve todo plasmado en el juego y ahí se disfruta. Hacemos muchos análisis de los rivales, tenemos charlas todos los días. Las chicas hasta piden videos para ver cómo juegan los competidores. Esto es un deporte y, a veces, el rival es mejor que nosotros. Si pasa eso, hay que darles la mano y decirles “gracias por existir”, y pensar que mañana nos enfrentaremos de nuevo para intentar ganar.
Soñar, soñar
–Imaginá que ganan el Oro. ¿Qué harías en ese momento?
–Se lo agradecería a mi familia, porque esto es un trabajo no solo mío, sino también de ellos, que me apoyan: mi mujer, mis hijos, mis hermanos, mis padres. Pero en la esencia, no me cambiaría la vida: seguiría trabajando en los mismos lugares. No me creería nada por ganar la medalla. Sentiría el deber cumplido, me sentiría pleno. Sería una enorme satisfacción, pero básicamente, no me cambiaría.

– ¿Qué se celebra al ganar?
–Cuando gano un torneo, lo que me emociona, lo que me hace llorar de alegría, no es el título conseguido, es el camino recorrido. Esas cosas buenas y malas que pasamos: adversidades, lesiones, el armado de listas de equipo, con todo lo que significa. Por eso, al escuchar el himno, recuerdo lo que pasamos. Eso es lo más importante: lo que se hizo. No te cuelgan una medalla porque sí. Detrás de eso hay lluvia, frío, muchas horas de entrenamiento. Cuando ganás, es lo más lindo. Pero cuando perdés, hay que disfrutar de que se hizo todo para ganar. Si no lo lograste, hay que seguir. Lo importante es saber que uno hizo todo para intentarlo.

– ¿Qué es el hockey para vos?
–Es mi vida. Familia, amigos... todo lo que tengo es gracias al hockey. Vivo en el ámbito del hockey y también del hockey. Es una de las cosas que me hacen sentir vivo. Disfruto de enseñar en los colegios, en los clubes. Tuve la suerte de jugarlo en el más alto nivel y hoy me toca enseñar. Este deporte es una forma de expresarme. Es parte fundamental en mi vida. Pude transmitirles a mis hijos esa pasión. Gracias al hockey aprendí a valorar muchas cosas, a trabajar en equipo, a asumir las derrotas. Porque en algún punto, la vida es como un partido: a veces te toca ganar, otras perder. Hay veces en las que el otro es mejor. Tuve frustraciones feas en la vida, a nivel familiar. Pero aprendí que hay que seguir. Gracias al hockey pude salir adelante en los malos momentos. Es lo que me hace feliz.

–Para el que no te conoce: ¿quién es Gabriel Minadeo?
–La presentación es sencilla: siempre digo que soy un docente al que le gusta enseñar, estar cerca de la gente. Alguien que hoy tiene la posibilidad de entrenar un seleccionado. Y si no la tuviera, sería la misma persona.
Río 2016
En los Juegos de Río de Janeiro 2016, Las Leonas (segundas en el ranking mundial) debutarán el sábado 6 de agosto ante los Estados Unidos, con el que integran el Grupo B, en el que, además, están Australia, Gran Bretaña, el Japón y la India. El objetivo del equipo dirigido por Gabriel Minadeo es la medalla de oro, nunca lograda. Ya que en Londres 2012, perdió la final ante Holanda por 2 a 0. El plantel argentino estará compuesto por Belén Succi, Florencia Mutio, Agustina y Florencia Habif, Victoria Zuloaga, Julia Gomes Fantasía, Pilar Campoy, Rocío Sánchez Moccia, Carla Rebecchi, Delfina Merino, Noel Barrionuevo, Martina Cavallero, Gabriela Aguirre, María José Granatto, Lucina Von der Heyde y Agustina Albertarrio.
Mini bío
Gabriel Minadeo (48) es un referente del hockey argentino. Como jugador, integró el seleccionado que participó en los Juegos Olímpicos de 1988, 1992 y 1996. A nivel local, desde 1983 a 2003 —cuando se retiró— jugó para Banco Provincia. En 2005 reemplazó a Sergio Vigil en Las Leonas hasta 2009. En ese período, el equipo consiguió la medalla de bronce en Pekín 2008, un segundo puesto en el Champions Trophy de 2007 y campeonas en la misma competencia en 2008. Y se logró el oro en los Panamericanos de 2007, entre otros. Cuando volvió a hacerse cargo del equipo, el año pasado, ganaron la Liga Mundial y el Champions Trophy en Londres, en junio último. Su familia: su esposa, Gabriela, y tres hijos: Bautista (15 años), Iñaki (12) y Joaquina (7). A nivel personal, el momento más duro fue la muerte de una hija. De ese dolor, cuenta: “Se agarró un meningococo y a los 15 días falleció. Es lo más feo que nos tocó vivir. Pero nos hizo fuertes como pareja, como familia. Uno a veces se pregunta ‘¿por qué a mí?’, y se contesta ‘¿por qué no?’. Se aprende de las cosas duras y de las buenas. Lo que pasa es que las duras movilizan más. Lo lindo pasa muy rápido y uno no le da valor”.

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