Entrevista


El fútbol al rescate


Por Juan Martínez.


El fútbol al rescate
Inclusión y desarrollo. Ese fue el camino que recorrió Evelina Cabrera. Vivió en la calle, pero encontró en el fútbol el lugar donde crecer. Hoy enarbola la bandera como presidenta de la Asociación Femenina de Fútbol Argentino.

Con una sonrisa cálida, Evelina Cabrera nos recibe en un complejo de canchitas de fútbol donde va a dictar una de las clases patrocinadas por el área social de Boca Juniors. Lleva a todas partes un bolso grande, hábito que mantiene desde que vivía en la calle y debía transportar consigo sus pocas pertenencias. En este deporte encontró lo que no sabía que estaba buscando, un lugar donde finalmente asentarse, un hogar en el cual sentirse plena y cómoda para seguir luchando, como siempre. Desde el fútbol ayuda a los demás gracias a su rol de entrenadora y como presidenta y cofundadora de la Asociación Femenina de Fútbol Argentino (AFFAR), la entidad que se propone colaborar con la inclusión social y deportiva de mujeres de todo el país. 

Su sonrisa perenne es también su escudo, que la protege de algunos recuerdos y remordimientos que cada tanto aparecen. La vida en la calle no fue fácil, pero hubo manos queridas que la ayudaron, una cuota de suerte y mucha energía vital. Con otros formó su verdadera familia ante el derrumbe de la sanguínea. “Cuando tenía trece, mis papás se separaron. Ellos se pusieron a sí mismos en foco, solo pensaban en sus propios problemas y se olvidaron de que atrás estábamos mis hermanos y yo. Siempre fui medio rebelde, empecé a faltar a casa un día, dos, nadie lo notaba. Nadie me iba a buscar. A los quince directamente me fui”.

No se dieron cuenta. Tan mala era la comunicación entre sus padres, que los dos pensaban que Evelina vivía en la casa del otro. Ella, mientras tanto, seguía yendo al colegio, sus compañeras y las profesoras no notaron nada raro. A veces dormía en casa de alguna compañera, pero cada vez con mayor frecuencia lo hacía en la calle.

“Empecé a cuidar autos en el Puerto de Frutos de Tigre y me hice amiga de los pibes que paraban ahí. Me mimeticé con el ambiente, me adapté. Tomé coraje para irme a dormir a la plaza, bañarme de vez en cuando en una estación de servicio, cosas así. Si yo no hubiese tenido alguien que me aceptara y me enseñara muchas cosas, no hubiera salido. Yo hacía lo que podía, deambulaba buscando ayuda, más que nada para comer. Esos chicos y mis compañeros de la escuela eran con quienes hablaba de cómo estaba, los que me dieron cariño. A veces los padres están a full y piensan que estar presentes para los hijos es darles de comer y que estudien. Y no es así, necesitás que te pregunten cómo te sentís, cómo estás, que te acompañen. Algo. Yo encontré eso afuera”.

–Se convirtieron en tu familia.
–Sí. Yo paraba con chicos que me cuidaban a mí como si fuera lo más preciado del mundo. Y yo también los defendía a ellos de esa manera. En esos tiempos, si nos teníamos que parar de manos por uno, lo hacíamos todos. Eso hizo que yo aprendiera muchos códigos. Éramos desinteresados, eso después cambia.

– ¿Por qué lo decís?
–Cuando tenés otras cosas, perdés eso. En cambio, cuando no tenés nada, compartís con el otro lo único que tenés. Yo sentía que hacía cosas desinteresadas: tenía algo y era el último, pero lo compartíamos entre todos. Cuando uno entra al sistema, hay muchos que hacen cosas por conveniencia: “Le doy esto a este y después voy a tener tal cosa”. Eso es triste, lo fui descubriendo de a poco.

La salida de la calle no fue fácil para Evelina, y necesitó tocar fondo para saltar. Cuando tenía diecisiete, su novio la golpeaba. Intentó suicidarse. Pero un día, en el Puerto de Frutos, se encontró con una chica en silla de ruedas que tenía un respirador. “Y ahí no sé por qué, pero pensé ‘yo tengo todo para salir adelante’. Fui a la casa de mi papá y empecé con él una relación de amistad. Y él me ayudó con el psicólogo”. 

Antes Evelina saltaba de un trabajo a otro, no terminaba de llegar a un lugar que empezaba a buscar el siguiente. Fue camarera, tuvo un puesto de venta de alpargatas en La Salada, atendió una despensa por diez pesos diarios, vendió celulares y tuvo algunos empleos más hasta llegar a un restobar. Ahí, una compañera le contó que jugaba al fútbol, y su vida comenzó a adquirir un nuevo sentido. “Siempre fui nómade. En el fútbol encontré la posibilidad de luchar contra algunas desigualdades. A veces me siento egoísta. Lidio con si pude o no pude haber hecho algo más”.

En el universo del fútbol tuvo una breve carrera como jugadora. Un problema de salud la obligó a retirarse, y como ya se había recibido de personal trainer, decidió dirigir equipos. Comenzó con un par de conitos en el playón de estacionamiento de la estación de trenes de Tigre. Llevaba a una sobrina postiza para que simulara ser jugadora y así atraer alguna que otra curiosa. Eso comenzó a crecer de a poco, hasta que el municipio la contrató. Entrenó gratis a la Selección Argentina de Homeless, y la invitaron al mundial en México. “Todos me decían que estaba loca por hacer eso gratis, pero yo estaba convencida de que iba a lograr algo. A veces la gente no se anima a cumplir sus sueños porque te meten sus miedos, te dicen que no se puede. No te dejan intentarlo. Pero seguía adelante, no me importaba lo que me dijeran. Después, los que me criticaron me empezaron a decir que era una genia”.

El camino, antes ríspido, comenzó a allanarse. Le aparecieron oportunidades que supo aprovechar. Fue directora técnica del equipo femenino de Platense (donde también jugó), Nueva Chicago y Defensores de Florida. Se recibió de coach ontológica, disciplina en la que aprendió a interrelacionar el entrenamiento físico con el ser interior. Dirige su propia escuela de fútbol femenino con el apoyo de Boca, está a cargo del equipo de futsal de Villa La Ñata y al frente de AFFAR, otra de las felices casualidades de esta nueva etapa de su vida. “Surgió sin proponérmelo. Con la asociación, abordamos tres ejes fundamentales: el deportivo, el social y el educativo. Organizamos torneos, clínicas educativas y cursos de capacitación en diferentes áreas. También recolectamos donaciones para diversos establecimientos y participamos de eventos especiales: Un partido por el Día de la Mujer en La Bombonera o la campaña contra la violencia hacia las mujeres ‘Únete Latinoamérica’, patrocinada por la ONU. Yo siempre soñé hacer las cosas según mis ideales. Me llegué a ir de lugares lindos por defender eso. Pensar así a veces te aleja de cosas que todos quieren, como la plata”.

Evelina es una máquina de ayudar. Ahora se convirtió en entrenadora de Las Romanas, el primer equipo femenino de fútbol ciego de Buenos Aires. Una alumna ciega le manifestó la inquietud de jugar y ese fue el impulso para tocar las puertas de la Federación Argentina de Deportes para Ciegos. “Hay otros equipos en Córdoba y en Salta, y en agosto jugaremos el primer partido. Esta chica no tenía con quién jugar, y ahora formamos un equipo. Es un desafío”, concluye Evelina.

Muchas personas encuentran en el deporte una vía de escape a su rutina laboral. Aunque lo disfruta, Evelina tiene al fútbol como trabajo, así que busca otras actividades para descargar tensiones. Se sumó al grupo de cumbia LoPeLoBa: “Toco el güiro. No sabía tocarlo, pero cuando vi que una conocida del Facebook buscaba alguien que lo hiciera, leí tutoria-les en Internet y fui”, cuenta.También participa en algunas carreras de running que hay en Buenos Aires durante el año. Consiguió que una marca de galletitas donara, por cada carrera completada, cincuenta kilos de mercadería al lugar que ella eligiera.

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