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Antigua vida mía


Por Luisa Heredia.


Antigua vida mía
Renunciar al éxito profesional y a la seguridad económica para cumplir los sueños es un desafío que cada vez más personas se animan a encarar. ¿Las claves? Manejar la incertidumbre y disfrutar el aquí y el ahora. Casos inspiradores.

Las circunstancias que mueven a un ser humano a dejar una profesión o un empleo son tan variadas como historias de vida hay. Muchas veces, ese golpe de timón está asociado a cambiar de década –cumplir cuarenta o cincuenta años–, a darle rienda suelta a los sueños postergados cuando los hijos se independizaron o a los avatares del mundo laboral. En cualquier caso, hay quienes patean el tablero para ganar calidad de vida personal y familiar.

Salir de la zona de confort –que provee un trabajo estable y bien remunerado, o el prestigio ganado en la profesión– es algo que no se decide en un abrir y cerrar de ojos. Pero si hay un denominador común en ese proceso es la necesidad de elegir vivir el aquí y ahora. 

En la actualidad, cada vez son más los que rompen con los mandatos y los dogmas, y levan anclas, lanzándose a mares desconocidos, muchas veces turbulentos y agitados, en pos de la ansiada “libertad”.

Tal es el caso de Sebastián Mesples (46), salteño que se radicó en Buenos Aires a los dieciocho años. Hoy por hoy, trabaja solamente tres días en la Ciudad para Nobleza Obliga, la plataforma de financiamiento colectivo que co-creó en 2012, y que está destinada a recaudar fondos para causas solidarias. “Muchas empresas están tendiendo al homeworking, por lo menos un día a la semana. Internet  te permite contactarte con personas a las que casi no conocés personalmente –asegura Sebastián. Y agrega–: Creo que el ‘autoempleo sustentable’ es fruto de años de experiencia en el mercado laboral y de animarse a dar el salto en el momento justo”.

Estaba en mi mejor momento laboral, pero sentía que trabajaba para los demás, no para mí. Mientras más tiempo invertía y más ganaba, menos vivía 

Mesples estudió Administración de Empresas, fue CEO de una compañía biotecnológica con sede en Houston, y creó el primer sistema de salud del país, de pago por servicio brindado (Fortaleza). Casado con Alejandra y padre de dos adolescentes, un día sintió que el bienestar económico no era suficiente para ser feliz. “Dejé de trabajar en salud en 2010. Estaba en mi mejor momento laboral, pero sentía que trabajaba para los demás, no para mí. Mientras más tiempo invertía y más ganaba, menos vivía –recuerda. Y profundiza–: Esas sensaciones ya rondaban en mi cabeza, pero el detonante fue el ingreso de mi hijo mayor al colegio secundario. Mi esposa y yo somos del interior, y nos dimos cuenta de que esta nueva etapa que transitarían nuestros hijos, la adolescencia, iba a ser muy distinta de la nuestra. No quisimos resignar el hecho de que pudieran vivir con un poco más de libertad. Pensamos que en Buenos Aires iban a depender demasiado de nosotros, y eso no nos gustaba”.

Así fue que el clan Mesples abandonó la gran ciudad para instalarse en General Galarza, una localidad de la provincia de Entre Ríos, de tan solo cinco mil habitantes. “Mi esposa nació allí. Pasamos muchas vacaciones en el pueblo, así que tanto nosotros como los chicos tenemos amigos. Además, está relativamente cerca de Buenos Aires –trescientos kilómetros– y de otros grandes centros urbanos, como Rosario o Paraná –relata Sebastián. Y revela una anécdota–: Viajo tres veces por semana a Buenos Aires. Mis compañeros de trabajo me cargan con que vivo en Springfield, el barrio de Los Simpson, y me preguntan si existe el bar de Moe”.

La nueva cotidianidad le sentó bien a la familia. “Están muy contentos. Los chicos vuelven del colegio, buscan sus bicis, y salen a ver a sus amigos o a hacer deportes. Sé que no los cuidamos solo nosotros, sino toda la comunidad. La vereda está llena de gente amiga, por lo que perdí un poco de comodidad laboral, pero ganamos en tranquilidad –confiesa Sebastián. Y acota sobre su devenir diario–: Bajé muchísimo mis gastos. Dejé de pagar cosas que eran totalmente innecesarias. No me imagino volviendo a Buenos Aires. Viajar semanalmente, y encima de madrugada, es un gran sacrificio, pero los restantes cuatro días tengo una calidad de vida envidiable. Por suerte, puedo hacer miles de tareas por Internet, y tengo un equipo de trabajo que me entiende y me complementa”.

En General Galarza, Sebastián fundó un club de rugby, sale a correr y se siente muy comprometido con las cuestiones comunitarias. “Cada día estoy más feliz con la decisión que tomé. Para encarar un cambio, hay que asumir una cuota de riesgo, sobre todo al principio. ¿La clave? Manejar las expectativas, y dominar el propio carácter para aceptar la incertidumbre”, concluye.
Querer más
En el universo de los medios hay una máxima: “Los éxitos no se tocan”. No obstante, hay quienes refutan la frase y, para encarar otros rumbos, se animan a bajarse del tren del bienestar económico y la seguridad profesional. Los que ya se embarcaron en esta aventura concuerdan: el dinero es muy importante, pero no lo es todo. Los proyectos personales, y el tiempo con la familia y los afectos pueden más.

Araceli Araujo (46) es psicóloga. Trabajó durante veinte años en psicología clínica y laboral. Con consultorio y grupos de trabajo en Córdoba, fue corriéndose de ese lugar lentamente. Por su profesión, conoce mejor que nadie los vericuetos de la mente humana y los mecanismos que lo llevan a uno a salirse del camino trazado. “Hay quienes nacen con una vocación definida y saben lo que quieren hacer toda su vida, pero otros tantos, no. Tampoco se trata de cambiar por cambiar. Son búsquedas personales”, esgrime Araceli, quien se recibió en la Universidad Nacional de Córdoba, y luego se perfeccionó con un posgrado en la Universidad Complutense de Madrid.

“Lo que a mí más me gustaba era Diseño Industrial, pero la carrera no existía en Córdoba. Solo había Ingeniería Industrial y no era a lo que yo apuntaba –evoca quien, en el 2014, dio de baja la matrícula profesional y cerró su consultorio. Y señala–: En un momento, las cosas decantan solas. Me dolió mucho perder a mis pacientes. Pero el quiebre fueron mis hijos de siete y nueve años. Había días en los que llegaba a las nueve de la noche a casa. Ellos ya estaban dormidos y tenía que esperar hasta el otro día para verlos despiertos. Tengo que agradecerle a mi esposo su apoyo incondicional”.

Cuando dejó la psicología, Araceli se dedicó de lleno a la hidroponía (método utilizado para cultivar plantas usando disoluciones minerales en vez de suelo agrícola). Estudió biología, se anotó en cursos y planificó una empresa que, por el momento, quedó en stand by. “La persona con la que iba a llevar adelante este proyecto, finalmente, no pudo sumarse”, se lamenta.

A pesar de que los planes no resultaron, Araceli cultivó otras pasiones. “Este año comencé a estudiar en la Escuela Superior de Cerámica Fernando Arranz, que funciona en la Universidad Provincial de Córdoba. El objetivo es que esto sea rentable en el futuro, apuntando hacia el ámbito industrial. También me volqué a la fotografía y a la música. Después de muchísimos años, volví al coro de la Facultad de Arquitectura”, indica.

En su libro ¿Existe la Felicidad?, Toño Fraguas asegura: “El camino de la felicidad es intransferible”. Es que la respuesta, más allá del escritor español, está en uno.
Dinámica de lo impensado*
Aunque es un riesgo generalizar, damos giros inesperados en nuestra vida por causas múltiples. 

Las personas son complejas e individuales, y cada una  puede tener sus motivaciones particulares.

En la actualidad, estos cambios están más avalados socialmente. En otras épocas estaba mal visto cambiar de trabajo o “salirse del sistema”. Por el contrario, era esperable que alguien confiable y honesto, se jubilara en su trabajo de toda la vida. El deseo de crecimiento interior, el comprender que el dinero no siempre es sinónimo de éxito, o mejorar la calidad de vida, puede llevarnos a querer patear el tablero. 

La necesidad, a veces, no es una decisión pensada (al menos, conscientemente): nos urge definir, resolver una situación. Allí es donde se producen cambios y adaptaciones inesperadas.

*Por Graciela Quacesi, psicóloga.

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