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Yo soy esa viajera


Por Mariano Petrucci.


Yo soy esa viajera
En su segundo libro, la escritora y fotógrafa Aniko Villalba continúa relatando sus travesías por el mundo. Allí ahonda sobre el lado B de vivir de país en país.  
Si para propios y extraños París es “La ciudad del amor”, para los japoneses lo es todavía más. Pero esa fascinación que tienen por la capital francesa despierta ciertas singularidades. Por ejemplo, un trastorno psicológico transitorio que padecen algunos orientales que hacen su estreno en ese rincón del Planeta. Es tanta la expectativa por descubrir la torre Eiffel y sus alrededores que, una vez que descienden del avión y comprueban sus bondades y miserias, se desilusionan, sufren ataques de depresión, llantos y mareos. Hay quienes hasta deben ser hospitalizados y atendidos por médicos que se especializan en este tema.  

Así es como, amén del de Estocolmo y el de Jerusalén, existe el síndrome de París. Y en él se inspiró Aniko Villalba para escribir su más reciente libro, donde reflexiona por qué la idealización no nos lleva a ningún puerto. Dice la joven húngara-argentina que a los 21 años se atrevió a vivir viajando por el mundo: “Nos sucede cada vez que nos chocamos con algo que no era como lo habíamos imaginado. En mi caso, creía que viajando tendría la vida perfecta. Ocho años después de estar haciéndolo, me di cuenta de que tiene su lado B. Viajar es hermoso, pero también tiene su costado oscuro, menos difundido y real”. 
En 2008, una vez concluida la carrera de Comunicación Social, Aniko decidió consumar su gran sueño: recorrer Latinoamérica sin fecha de regreso. Haciendo camino al andar, fue por más y, desde entonces, visitó más de cuarenta países en América, Europa, Asia y África. “Nunca entendí que solo pudiéramos utilizar una quincena al año para viajar, así que salí con el objetivo de crear mi propia fórmula: hacerlo los 365 días del año, logrando, con mis escritos y fotografías, financiar mis propias travesías. Siempre tuve curiosidad por constatar cómo era la cotidianidad en otras culturas”, confiesa quien, a puro pulmón, vendió más de cinco mil ejemplares con su primer libro Días de viaje.

Pero, como comentaba anteriormente, no todo es color de rosas. “Aparenta inmejorable: tratar con gente nueva, contemplar otros paisajes, probar otras comidas. Pero hay un backstage que no se suele mostrar. Te sentís solo, estás lejos de las personas queridas, te perdés el crecimiento de tus sobrinos o la muerte de un familiar… Viajar con un presupuesto acotado es agotador: tenés que estar rastreando cuál es la opción que cuesta menos, dónde queda el hostel más barato, o a qué hora sale el tren o el colectivo más económico. Hay que cocinarse todo el tiempo –en muchos lugares ir a comer afuera puede resultar carísimo–, es cansador moverse cada tres o cuatro días a un hostel o a una casa distinta, y puede volverse tedioso estar socializando constantemente o no tener un espacio de trabajo cómodo –enumera Aniko–. Los problemas, las tristezas, los duelos, los desamores y las decepciones no se esfuman cuando uno viaja bajo esta modalidad, que es muy diferente a esas vacaciones en las que uno se pone en pausa, relega la rutina y goza al máximo. Pese a ello, sigo eligiendo vivir así”.

–Hablando de backstage, ¿cómo diagramás tus viajes?
–No planeo mucho. Cuando los viajes son tan extensos, se dificulta determinar cada paso de antemano. En general, opto por un destino o una región, y voy disponiendo sobre la marcha. Me gusta practicar lo que se denomina “slow travel”: no se persigue ver lo turístico, sino palpar el devenir de los residentes, meterse en los mercados, tirarse en un parque, pasar horas en las librerías o en los cafés. Por el contrario, si viajo solo una semana o quince días, lo articulo más, armando un itinerario con aquellas cosas que quiero hacer.

Con tanto pasaporte sellado, Aniko fue notando cómo el estado de viajera permanente que había adoptado, de a poco se transformaba en una fuente de incomodidades. “Viajar por viajar es lindo, pero en un momento, hay que encontrarle un sentido, un hilo conductor, un  norte”, desliza quien se luce con sus descripciones e imágenes en importantes medios   nacionales e internacionales. 

Por casualidad, en España, más precisamente en Madrid, se cruzó con La guía de viajes experimentales de Lonely Planet que la impulsó a tentar a la suerte. “Allí se propone afrontar las travesías de una forma original: hacer juegos, decretar para qué lado caminar arrojando los dados, callejear por los barrios con los ojos vendados, pedir prestado un perro para que te lleve adonde él quiera –subraya Aniko. Y completa–: Hacía seis años que repetía mis métodos, analizaba la realidad de una sola manera, y escribía mis experiencias en textos similares. Me pareció una excelente idea cambiar, salir de ese loop aburrido. Así fue como encaré algunos de esos experimentos e inventé otros: conocí Londres solo a través del transporte público, hice un viaje automático por Altea, jugué a la búsqueda del tesoro en París, convertí a Islandia en un desafío y reconstruí el pasado de mis abuelos en Hungría y Alemania, a partir de fotos en blanco y negro de mediados de siglo XX”.

Las preferidas de Aniko

• Hong Kong: Nunca vi tantos edificios juntos en tan poco espacio.
• Barcelona: Me enamoré de ella desde la primera vez que fui.
• Budapest: Mis abuelos eran húngaros, por lo que fue muy especial conocerla.
• Kuala Lumpur: Es una de las ciudades asiáticas que más me gustan, por esa mezcla que hay entre tradición y modernidad.
• La Paz: Llegar allí de noche y vislumbrar todas las luces desde El Alto es algo que no me voy a olvidar jamás.
Corazon aventurero 
Los amores de viaje terminan en una vitrina de vínculos interrumpidos y relaciones fallidas. Aniko puede dar fe de ello tras intentarlo con aquel muchacho que quiso convencerla de que fuera ama de casa, o con el que juró que se iría con ella pero no hizo nada para cumplirlo, o con aquel que salía con otra y no se lo dijo… “La primera vez que me fui pensé que tendría que elegir entre amor o viajes. Así como opinaron que estaba loca por vivir viajando, me aseguraron que me olvidara de tener pareja o de formar una familia. Y me hicieron creer que estaría sola. Pero no es así: es posible viajar de a dos, siempre y cuando ambas partes compartan el mismo proyecto de vida. En ocho años de viajes me enamoré varias veces. Actualmente, estoy casada con un francés. Nos establecimos un período en su país, ahora estamos en Buenos Aires, y pronto nos vamos para el Japón. Queremos cuidar casas, seguir con esto de hacer otro tipo de viajes”, revela la coautora del manual Viajeras.

Cuando no está girando por los cuatro puntos cardinales del globo, Aniko aprovecha los aires porteños para leer, dibujar –una pasión a la que se está aventurando–, y para disfrutar de sus familiares y amigos, de su escritorio, de su biblioteca. En esos paréntesis, se dedica a  sus blogs (viajandoporahi.com y escribir.me), a organizar talleres de escritura creativa, y a brindar conferencias (está presentando su más flamante obra en Chile, y a lo largo y a lo ancho de la Argentina). “Al autopublicarme, soy como mi propia editorial. Me encargo de todo. Mi próxima meta es lanzar una colección de libros”, adelanta.

Aniko ya tiene a septiembre entre ceja y ceja. Como anticipó, en el horizonte emerge el Japón. Allí echará anclas durante unos meses, para luego continuar su hoja de ruta en China, Corea, tal vez Oceanía o el sudeste asiático. Quién sabe. La única premisa irrenunciable es viajar. Vivir. 

Atreverse a los viajes diferentes
Escaparse de lo común no es tan difícil como uno se imagina. Para Aniko, no hay que tener miedo a lo desconocido: “El temor es normal, pero no puede paralizarnos. 

Cada vez es más sencillo, ya que Internet resuelve varios problemas. El mundo es amable y hospitalario: en todas partes hay gente viviendo el día a día, tratando de ser lo más felices posible. A quien quiera probar este estilo de vida, le diría que es bueno saber, desde un principio, que no es una vacación constante. Que habrá jornadas alegres, agotadoras, positivas, negativas… Pero siempre se logra un equili-brio. Hay que animarse. Si se tiene la inquietud, aunque sea hay que intentarlo una vez, y no quedarse con la duda, soñándolo o poniendo excusas para nunca salir”.
“Viajoterapia”*
En 2013 empecé mi último viaje largo (de dos años), muy triste, haciendo el duelo por la muerte de una de mis mejores amigas. Aquella vez comprobé que podía marcharme al otro lado del mundo, pero el dolor no se iba a ir tan fácilmente. Una tarde, el dueño de un hostel en Chile me contó que había trabajado en una agencia que recibía a pacientes que habían sufrido picos de estrés. Y los llevaban a Bolivia y a Perú a caminar por la selva o a atravesar situaciones “extremas”, pero controladas, como enfrentarse a animales salvajes. El objetivo era hacerlos reaccionar, devolverles un poco el gustito de vivir. Ahí pensé: “Claro, hacían ‘viajoterapia’”. Y definí las etapas de la viajoterapia: saber estar, aprender del ciclo del mar, entender que todo es transitorio, y encontrar la felicidad en lo cotidiano.

*Por Aniko Villalba.





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