Investigación


Bajo el microscopio


Por Mariano Petrucci.


Bajo el microscopio
En los últimos años, la ciencia nacional dio sus mejores pasos. Los especialistas repasan logros y deudas pendientes, y analizan el futuro. Además, las investigaciones que pican en punta y la actualidad del prestigioso CONICET.

Una técnica para que los pronósticos meteorológicos sean más precisos. La identificación de lo que le otorga a los microorganismos la aptitud de resistir a los antibióticos más potentes. El estudio del perfil genético de especies en riesgo de extinción. La secuenciación del genoma de una bacteria que ataca al ganado, lo que provoca pérdidas millonarias en la producción de carne y leche bovinas. La prueba de que nuestros espacios marítimos se extienden un treinta y cinco por ciento más de lo que se suponía, y que cambiará los mapas oficiales y los libros de geografía.

Todas estas investigaciones, con sus resultantes conquistas, se dieron recientemente dentro de nuestras fronteras. Y marcarían, a priori, la buena salud que goza la ciencia argentina. ¿O no es tan así? “Sin dudas, haber institucionalizado a la ciencia es la gran noticia de las últimas décadas. No solo con la creación del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva, sino con una cierta jerarquización de salarios y subsidios. Y algo más: los investigadores subieron sus acciones en el imaginario social. A esto podríamos sumarle la repatriación de científicos –en 2015, fueron más de mil los que regresaron–, los progresos en infraestructura –se construyeron más de ciento cincuenta mil metros cuadrados en laboratorios–y hallazgos puntuales en cada una de las ramas, sobre todo en las áreas biológicas y biomédicas… ¡Y no nos olvidemos de la física!”, describe Diego Golombek, doctor en Biología, director de la colección de libros Ciencia que ladra y líder de la ONG Expedición Ciencia.

Con la rigurosidad que la caracteriza, Nora Bär, periodista científica, enumera: “Se amplió y rejuveneció la plantilla de investigadores del CONICET, se inauguraron centros en zonas distantes de la Ciudad de Buenos Aires, se adquirió equipamiento, se propagaron las publicaciones en revistas de alto impacto, y se avanzó en un plan de infraestructura con edificios emblemáticos, como el Polo Científico en las ex Bodegas Giol o el Instituto de Fisiología, Biología Molecular y Neurociencias –IFiByNe– en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires. Digamos que el sistema científico en su conjunto ascendió varios puestos en los rankings internacionales. Incluso, medios de prestigio, como Nature, admitieron estos logros”.

Tanto en el aspecto cuantitativo como cualitativo, la Argentina incrementó su producción científica y tecnológica en diversos campos. “Hoy por hoy, tenemos flamantes procedimientos para tratar pacientes oncológicos, y es constatable la evolución en el manejo de las telecomunicaciones y la ingeniería espacial”, destaca Jorge Geffner, investigador superior del CONICET, que se desempeña en el Instituto de Investigaciones Biomédicas en Retrovirus y SIDA.

Es que los investigadores revirtieron aquello de emigrar al exterior para perfeccionarse: ahora brillan y se posicionan como líderes mundiales sin necesidad de preparar las valijas. Tal es el caso del bioquímico cordobés Gabriel Rabinovich, quien, en mayo pasado, fue nombrado miembro de la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos, debido a sus terapias para combatir el cáncer. “También podría mencionar lo realizado en Córdoba por el doctor Hugo Luján, sentando las bases para el desarrollo de vacunas que prevengan enfermedades infecciosas; las contribuciones del doctor Pedro Cahn en el Hospital Fernández, relativas a enfoques terapéuticos en pacientes infectados por HIV; o las investigaciones del doctor Alberto Kornblihtt en la Universidad de Buenos Aires, desentrañando los mecanismos a través de los cuales un único gen expresa la capacidad de generar diferentes proteínas”, desliza Geffner. 

En definitiva, se alcanzó un umbral que nos alienta a dar un salto formidable hacia adelante. Nora Bär, directora de la colección de libros ¿Qué es…? revela: “Entre las metas concretas de transferencia tecnológica, figuran los cereales transgénicos resistentes a la sequía, de la doctora Raquel Chan. Y existen múltiples proyectos en marcha que intentan entretejer la actividad científica con la gestión gubernamental, como la empresa tecnológica estatal YTEC –YPF/CONICET–. El programa Pampa Azul promueve investigaciones científicas en el mar Argentino. En Jujuy, en los terrenos donde alguna vez estuvieron los Altos Hornos Zapla, se está desplegando un centro de investigaciones para desarrollar la tecnología del litio”. 
Definiciones*
Históricamente, en el campo científico y tecnológico, no había planes y se gastaba de forma irracional; o había proyectos, pero no fondos. Por eso, se puso especial énfasis en acoplar el proceso de planificación al de financiamiento. 

La sociedad ahora demanda el saber producido por la comunidad científica. Esto exige recursos humanos altamente calificados. Por eso, necesitamos que las nuevas generaciones se vuelquen a las carreras científico-tecnológicas, que les garantizarán un empleo a futuro. Además, quienes basan su economía en el conocimiento distribuyen mejor la riqueza; por ende, engendran naciones más justas.

Las fronteras del presente se definen en el ciberespacio, y la energía, los alimentos y los medicamentos condicionan las decisiones de los países. Sin ciencia y tecnología propias no hay posibilidad de inserción equitativa en la economía globalizada.

Las políticas del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva representan el compromiso para que este cambio se vuelva tangible y medible. Nos proponemos que la ciencia desembarque en todos los rincones de la Argentina, que alcance a quienes nunca llegó, y que repare lo que esa deuda provocó.

*Por el doctor Lino Barañao, Ministro de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva de la Nación (Plan Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación “Argentina Innovadora 2020”).
El CONICET, por dentro
Otro dato promisorio es el excelente momento que atraviesa el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), ungido como la segunda institución más importante de Latinoamérica en materia de investigación científica (en el podio solo la antecede la Universidad de San Pablo).

“El CONICET es el principal organismo dedicado a la promoción de la ciencia y la tecnología en la Argentina. Tiene más de diez mil investigadores, más de diez mil becarios, 2500 técnicos y 1500 administrativos. Con una clara bandera de federalización de la ciencia, ostenta en el país catorce Centros Científicos Tecnológicos –CCT–, once Centros de Investigaciones y Transferencia –CIT–, dos Centros de Investigación Multidisciplinarios y 240 institutos. El noventa por ciento de estos últimos son de doble dependencia con universidades nacionales, que resultan en socias clave para ejecutar políticas en ciencia y tecnología”, esgrime Alejandro Ceccatto, doctor en Física y presidente de esta entidad, fundada el 5 de febrero de 1958.

Bajo la lupa de Geffner, en los doce años anteriores, el presupuesto global asignado al CONICET se multiplicó más de cinco veces. El doctor Ceccatto especifica: “Para el 2016 contamos, aproximadamente, con nueve mil quinientos millones de pesos. Obtuvimos un aumento del doce por ciento para cubrir compromisos que se habían tomado el año pasado, como la jerarquización en los salarios, que no estaban contenidos en el presupuesto aprobado por el Congreso”.

El tema sueldos no es menor. La relación entre los haberes de un Investigador Superior y el de un Investigador Asistente tenía una proporción de tres a uno, pero, en la actualidad, pasó a ser de dos a uno. “La jerarquización ayudó parcialmente a este indicador, pero aún hay un trecho por recorrer para recuperar la escala histórica. Asimismo, los sueldos de las carreras Investigador Científico, Personal de Apoyo y Personal Administrativo deben estar acordes a los países de la región que tienen un desarrollo científico-tecnológico similar al nuestro”, explica Ceccatto. 

Geffner ahonda en la cuestión: “Es notorio el deterioro en el salario de los becarios e investigadores; fundamentalmente, en los más jóvenes. Si bien ya se había sufrido un retraso en el transcurso de los últimos dos años, la devaluación y la corrida inflacionaria erosionaron muchísimo la economía de los científicos. Un ejemplo: un becario, que es un profesional al que se le suele exigir un promedio elevado en sus estudios universitarios, recibe $12919. Para un trabajo con dedicación exclusiva, ese monto no representa una propuesta atractiva ni tampoco sustentable en el tiempo. Es imperativo revertir esta situación para no ser testigos de un nuevo éxodo de científicos. Son señales de alarma que debemos atender”.

Más allá de las dificultades, Ceccatto recalca que, desde el CONICET, se piensa a la ciencia y a la tecnología como un camino ineludible hacia un país moderno e inclusivo. “Sucumbió aquel viejo paradigma que consideraba que los científicos tenían un rol social más bien decorativo. Tenemos que transmitir conocimiento a la población, para que lo invertido entre todos para mantener a esta institución retorne en una mejora palpable en nuestra calidad de vida”, subraya Ceccatto. 
Pegando fuerte*
•Biotecnología: la Argentina suele asistir a la prestigiosa feria BIO. Allí presentó vacunas contra el mal de Chagas, golosinas, moléculas de alto valor agregado para el agro, bacterias capaces de producir polímeros biodegradables, implantes de biomateriales creados a la medida del paciente con una impresora 3D, kits de análisis genómicos.

•Actividad espacial: Con dos satélites de comunicaciones y varios de uso científico, más el plan de desarrollo de un lanzador, estamos a la vanguardia en cuanto al espacio en Latinoamérica. Formamos parte de un selecto club que no excede una decena de países, y colaboramos con las instituciones más adelantadas del mundo, como la NASA, la Agencia Espacial Europea, la Agencia Japonesa de Exploración Aeroespacial y la Agencia Espacial Italiana. En el ámbito privado, Satellogic, la compañía de Emiliano Kargieman, pica en punta con nanosatélites (lanzó exitosamente al Capitán Beto, Manolito y Tita; este año, con la constelación Aleph, ya brinda servicios a sus clientes).

•INVAP: Esta empresa, con sede en Bariloche, progresó en la radarización del país y se ubicó en el escenario internacional como proveedor de reactores nucleares.

•Otros avances: Herbicidas naturales obtenidos de plantas silvestres, técnicas ecológicas para la obtención de lana de vicuñas, prótesis invisibles para ortodoncia, dispositivos para la detección rápida de enfermedades infecciosas y un microviscosímetro para medir la viscosidad de la sangre de los recién nacidos.

*Por Nora Bär.
A la vuelta de la esquina 
De cara a lo que se viene, hubo casi unanimidad en aplaudir la continuidad de Lino Barañao al frente del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva. “Es muy rescatable la prolongación de esta política, aun en una coyuntura desfavorable en cuanto a la depreciación de nuestra moneda, teniendo en cuenta que la mayoría de los insumos y de los equipamientos son importados —advierte Golombek. Y completa—: Debemos seguir en la búsqueda del equilibrio entre conocer más al mundo –lo que se llama ciencia básica– y la posibilidad de incidir sobre el devenir de las problemáticas locales y regionales. Esto se consigue con la fuerte presencia del Estado, con las herramientas de financiamiento adecuadas, y con una mayor participación del sector privado en los programas de investigación y desarrollo”.

Geffner es contundente: el futuro de una Nación depende, en gran medida, de su apuesta científica y tecnológica. No obstante, todavía padecemos de déficits de dinero, de vinculación entre la órbita pública y la privada, y de excesiva burocracia. “Pese a las falencias, se demostró que destinar recursos a la ciencia y a la tecnología puede arrojar dividendos más que satisfactorios en educación y formación de empleo calificado —analiza Bär. Y concluye—: Estamos en una etapa de transición en la que la comunidad científica está a la expectativa: habrá que ver si el esfuerzo se sostiene o, como ya ocurrió tantas veces, se marchita y retrocedemos al casillero cero”.
Ellas, al frente
Según las estadísticas oficiales, en 1993, la relación de investigadores y becarios de jornada completa era de 142 hombres cada 100 mujeres. A partir de 2003, se observó una mayor incorporación de mujeres jóvenes profesionales, lo cual repercutió en los números: para 2013, la proporción pasó a ser 95 hombres cada 100 mujeres. Así, ellas pasaron a representar el 51,3 % del total de este personal. La deuda pendiente: pocas de ellas ocupan cargos jerárquicos, por ejemplo, en el CONICET.

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