Entrevista


"En Internet se dicen muchas burradas"


Por Alejandro Duchini.


“En Internet se dicen muchas burradas”
Laura Restrepo  es una de las escritoras más destacadas de Colombia. Gracias a su excelente pluma, ha recibido premios importantes e infinidad de distinciones. Su último libro merece aplausos.

“No hay palabras cuando lo que se dice se ha debido decir antes. No hay palabras cuando se están diciendo demasiado tarde”. Esta frase, en el marco de Pecado, el último libro de relatos de la periodista y escritora colombiana, Laura Restrepo, refiere al paso del tiempo y a una historia de amor que pudo haber sido pero no fue. De eso tratan, entre otros temas, estos cuentos largos que se entrelazan entre sí, dando forma a lo que su autora refiere como “novela rota”. Hay, en ellos, melancolía, sinsabores, despedidas y hasta crueldad. “Es un libro que me agarra en un momento en el que la mayor parte de mi vida queda detrás. Ojalá sea largo lo que queda, pero no es infinito. Ahora puedo escribir lo que me dé la gana, sin atenerme a exigencias ni al mercado. Ahora puedo escribir como quiera. Necesito moverme con libertades, sentir qué me va pidiendo cada tema. Uno siempre tiene dudas acerca de cómo será recibido su trabajo”, dice Restrepo. Habla bajo y lento. Transmite tranquilidad. Nunca deja de sonreír. Excepto cuando pide por tercera vez que bajen esa música de jazz tan linda, pero a tan alto volumen que, por momentos, nos impide seguir el hilo de la charla. “¡Qué alivio que bajaron. ¡Siento que te estoy gritando!”, comenta y sonríe, aliviada.

Su vida de viajera crónica continuará. Tal vez cuando esta entrevista se haya publicado, ella ya esté viviendo de manera permanente en el campo, junto a su pareja y su hijo. Desde chica se la pasa viajando. Nació en Bogotá en 1950, pero vivió su infancia entre Europa y América. Sus padres, viajeros, la llevaban de un país a otro junto con su hermana. No tuvo una educación escolarizada. “A mi padre no le gustaba la política ni las instituciones ni los hospitales ni las iglesias ni los clubes sociales. Pensaba que la escuela, la educación tradicional, era una perdedera de tiempo para nosotras. Eran muy lectores. Les encantaba el teatro. De vez en cuando nos metían en el colegio, pero éramos niñas salvajes y nos echaban rápido. No conocíamos esa disciplina impositiva. Estábamos acostumbradas a vivir en un ambiente de mucha libertad”, recuerda. 

—Usted suele recordar a su papá.
—Estoy muy marcada por la manera de ser de mi padre. Un ‘pate perro’, como le decimos en Colombia a la gente que no tiene arreglo. Además, un viajero feliz, que transmitía felicidad. Le encantaba viajar. Él y mi madre viajaban; y nosotras con ellos. Yo sigo haciéndolo. Ahora compramos la masía en la Cataluña profunda, en la montaña. Es una nueva aventura, ya de carácter ecológico. 

— ¿Qué recuerda de esos viajes?
—Viajando por todos lados: Dinamarca, New York, San Francisco, Madrid, Roma. A papá no le gustaba el avión. Le tenía pánico. Entonces viajábamos en barco o en un Volkswagen: le encantaba el escarabajito. Todo debía caber ahí. Creía que uno debía tener solo una muda de ropa, dos pares de zapatos y nosotras, un juguete cada una. Había que tener poco.

—Leí en Internet que escribió su primer cuento a los 9 años.
—Eso dice Internet, pero no hay constancia. Ni recuerdo tanto. En Internet se dicen muchas burradas. Lo que sí hay son cuadernos. Los de tareas y escrituras que hacía con mi madre. Ella siempre los guardó. 
Periodismo y escritura
—Desde entonces transcurrió un largo camino de periodismo y escritura. Pero siempre tiene dudas sobre cómo será recibido su nuevo libro.
—Se tiene expectativa con relación a los lectores, a los que siempre tengo presentes. Hay gente joven que no me ha leído y cada libro es una posibilidad de llegar a nuevas generaciones, no quedarse anclado generacionalmente. Hoy los jóvenes no se preguntan si se trata de novela, o de ensayo o qué. Al diablo con eso, los tiene sin cuidado.

—Se intuye en estas historias cierta inquietud por el paso del tiempo. ¿Coincide?
—Es bonito que uses la palabra tiempo, que es sinónimo de paraíso. El gran tema es la pérdida del paraíso. Parte del juego de este libro era buscar la ambigüedad del pecado. Que a veces lo imperdonable no es lo que parece, sino aquello que no se ve. Hay temas muy complicados y ambiguos que pueden ser vistos de otra manera. Busqué y traté de mostrar la relación del ser humano con el mal.

— ¿En eso hay que resignarse?
—Más que resignación hay perdón. Intenté mirar con cierta condescendencia al género humano. Busqué no juzgarlo, sino mirarlo con alegría a pesar de que algunos de los crímenes que se cuentan sean atroces. La intención fue invitar al lector a que se pusiera en los zapatos de los personajes y pensara qué hubiese hecho en sus situaciones. Quise también reflejar mis propios impulsos hacia la razón. Cuento, por ejemplo, la historia de un verdugo al que llaman La viuda, cuyo oficio es cortar cabezas a plena conciencia. Su tabla moral está basada en la pulcritud y absoluto profesionalismo con que ejerce su oficio. Emma, la descuartizadora, se mueve por la necesidad. Es vista como un monstruo, pero obedece a ciertos criterios prácticos. Y está Susana, otro personaje, que rompe las convenciones sociales, raciales y acaba metida en un lío de catre con un muchacho negro. La mueve el impulso, las ganas. Entiendo que hay que abrir el espectro para verlo todo.

—“No hay palabras cuando se están diciendo demasiado tarde”, escribe. ¿Cree que a veces sobran algunas  palabras?
—Es un poco dual. Como persona que trabaja con la palabra desde hace tiempo, tengo fascinación por lo que se puede hacer con ella. Una parte muy importante de mi día es salir a pasear con mis perros. Lo disfruto enormemente. Y no hacen falta las palabras para comunicarnos. Cuando me satura estar sentada escribiendo y ya no puedo exprimir las palabras para continuar, volver al reino de las huellas del venado en la nieve, a las caminatas con mis perros, donde no se habla, me sirve para recargar mucha energía.

— ¿A qué se enfrenta cuando escribe?
—Cuando me cuentan una historia intento, como periodista, escuchar; y al escribirlas trato de contarlas sin juzgar. Vengo de un país feroz como para estar enjuiciando. La idea es enfrentarme con sorpresas, tratar de captar qué lleva a una persona a hacer determinadas cosas. Intento meterme en su cabeza. Si entras a juzgar, la literatura se acaba.

— ¿Qué aprende de cada libro?
—Siempre creí que la escritura es un oficio delicioso. Me siento privilegiada de poder vivir de él. Pero tiene ciertos problemas. Uno de ellos es que mientras escribes, dejas de leer libros maravillosos escritos por otro. Entonces, me propongo que por cada libro escrito, que me demora entre dos y tres años, me haya leído un volumen importante de libros. Cincuenta o cien relacionados con el tema. Y busco hablar con gente que me cuente cosas, conversar con escritores y lectores. No habría material para un nuevo libro si no aprendiera un montón antes o durante la propia escritura.
El paso del tiempo
—Hay un cuento que me gustó mucho, “Olor a rosas invisibles”, en el que habla del amor y del paso del tiempo. ¿Ese tipo de historias las inventa o se las cuentan?
—Puntualmente, me la contó un hombre en un aeropuerto, un compañero de infortunio durante un vuelo cancelado. Uno va y reclama, aunque siempre pierde con las aerolíneas. Pero al mismo tiempo se va haciendo amistad con gente a la que no volverá a ver ni sabe cómo se llama. Como ocurre en “La autopista del sur”, el cuento de Cortázar. Al escribirlo, quise percibir los matices que hay en un adulterio según el hombre y según la mujer. Sabes que todo pecado es un secreto y todo secreto pugna por salir porque quema por dentro. Este señor me contó su historia tan linda. Ese acto de adulterio era más un rito de asumir la propia vejez, de despedirse de la juventud, de aceptar el paso del tiempo. Ese final me hace reír todavía. Cuando su esposa al recibir la prenda de regalo, le dice: “es la primera vez en toda tu vida que me traes de un viaje un regalo que me guste, que se adecúe a mi edad y que me quede bien al cuerpo. Yo misma no la habría comprado distinta. Si no tuviera una confianza ciega en ti, juraría que esta blusa la escogió otra mujer”. El señor que me la contó no sabía cuál era mi oficio. Tal vez ahora haya leído esta historia y le haya sonado conocida.

— ¿Qué diferencias hay entre resignarse y asumir la vejez, y querer ser jóvenes por siempre, como esa gente que se somete a cirugías plásticas?
— ¡Qué exigencia ante una derrota de antemano! Porque al paso del tiempo no lo para nadie. En ese sentido, mi compañero y yo, con esta decisión de irnos al campo, facilitamos la cosa. Los ciclos de la naturaleza vienen con absoluta suavidad. Es incuestionable. La cosa está verde y al rato no, el animal está vivo y al rato no. Allá, en el campo, no sientes esa presión de la cirugía plástica, de no ser el que eras. Entras en un ritmo más natural, en el que el paso del tiempo es una eventualidad más. Mi pareja lee mucho, cultiva su huerta. Ha sido una manera muy clásica de bajarse de esa loca carrera por no envejecer.

—Me quedé pensando en aquello de su papá: de ir por la vida con lo menos posible.
—Tiene que ver con bajarse de las exigencias. Mi padre tenía algo muy libre que era imposible no valorar. Un intento de ir liviano de equipaje. Me encanta de mi oficio que necesito una computadora y nada más. Si tengo mi biblioteca a mano, mejor. Pero si no la tengo, me las arreglo. Un placer de este oficio es que estás tú y tu memoria y tu computadora o un lápiz y un cuaderno y ya. Cierta libertad.

— ¿Y qué es la libertad?
—Algo que el mundo contemporáneo conoce poco a pesar de la gran apología que de ella se hace. Ese desconocimiento del otro, ese desprecio al distinto, las murallas que se levantan a los demás, el placer del encierro, es lo contrario a la libertad. Donde vivimos, en el campo, no hay cercas. Eso me encanta: territorio abierto por donde va el ganado. Como no hay cercas, las vacas andan por ahí, con su campana. Cuando se las quiere recuperar se las encuentra por el ruido. Ese sonido de las campanas podría representar la libertad.
García Márquez, su mentor
“Yo era responsable de la sección de política internacional en la revista Semana (de Colombia) cuando conocí a García Márquez, que ya era Premio Nobel. Venía los lunes, porque integraba el comité de redacción. Le leíamos lo escrito y él nos aconsejaba, nos corregía, hacía sugerencias. Fue realmente extraordinario conocerlo. A las 4 de la mañana cerrábamos y después le llevaba los textos para que los comentara”, recuerda Laura Restrepo al escritor colombiano. De él destaca su entusiasmo: “Un hombre que, a esas alturas, lo tenía todo en la vida: había escrito algunas de las novelas más extraordinarias de la literatura universal y se interesaba por el periodismo. Eso hablaba de su espíritu juvenil. Claro que es cierto que el poder le encantaba, como asistir a palacios y ser amigo de presidentes, pero también se movilizaba socialmente por los necesitados”.

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