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“Solo por hoy”


Por Clara Fontan.


“Solo por hoy”
Luz de Esperanza en la Villa 31 de Retiro, CABA, es un taller artesanal de velas que ofrece una salida laboral a quienes buscan recuperarse de la droga. Sus promotores son seis amigos que se movilizaron luego de un viaje a Calcuta.

Hace un tiempo, César Gauto, que es de Morón, estaba en Lanús “en situación de calle”, aclara él. Una nueva recaída en el consumo de drogas. Entre Morón y Lanús está la Villa 31 de Retiro, el lugar donde vive desde hace 13 años. Y en la entrada de la villa está Luz de Esperanza, un emprendimiento social que surge como respuesta a las adicciones.

Cuando volvió a tocar fondo, César recordaba los últimos tres años en los que formó parte de ese proyecto. También le quedaba voluntad, y escribió un sencillo mensaje en el Facebook de Luz de Esperanza: “Hola chicos, espero que estén bien… yo acá, tratando de sobrellevar este mal tiempo…”. La respuesta, cercana, clara y abierta, fue suficiente para que se decidiera a volver: “César, acá siempre vas a tener un lugar”, le contestaron.              
Calcuta está a la vuelta
Cinco años atrás, Nicolás Donnelly tenía 23 años, vivía en Retiro y, con un grupo de amigos del colegio, pasaba por Calcuta. Era una parada más en el itinerario de un viaje que los llevó por distintas ciudades de paisajes paradisíacos. Estaba en Tailandia cuando decidió volver a Calcuta, había visto el trabajo de las Hermanas de la Caridad y algo tiraba tan fuerte que se quedó un mes entero. Tan fuerte que volvió a su país, al barrio de Retiro y pensó: “Calcuta está a la vuelta”. 

“No tenía una idea concreta, pero sí un objetivo: no puedo solucionar la pobreza, pero puedo ayudar a algunas personas”, recuerda. Recién llegado del viaje, sin trabajo y con tiempo disponible, empezó a ir con frecuencia a la Villa 31. Se instalaba en el Hogar de Cristo, una organización dentro de la Iglesia Católica que les abre las puertas a los más necesitados y les brinda una familia. 

¿A qué iba? A observar. Y a escuchar. “Me quedaba largos ratos conversando con los chicos que iban al Hogar, veía que muchos pasaban el día entero ahí, incluso se quedaban a dormir”, dice. Lo siguieron sus compañeros de viaje: Raúl Catalán; Tomás Taussig; Francisco Bianchetti; Santiago Acosta y sumaron a Santiago Mazzinghi para pensar juntos qué podrían aportar ellos a este problema.   

“Para quienes se están rehabilitando, lo difícil es insertarse en el mundo laboral, adquirir hábitos y conseguir trabajo. Por eso lo mejor que podíamos ofrecerles nosotros eran las herramientas”, cuenta Raúl. Entre distintas alternativas, llegaron a la producción de velas y así nació este emprendimiento que forma parte del proceso de recuperación que propone el Hogar de Cristo. 

“La idea era ser muy profesionales, hacer velas de calidad —sigue Raúl—. Se trataba de lograr transmitir una cultura del trabajo seria porque hay que cumplir con los pedidos”. Las velas son para ambientar eventos. Se piden con fechas determinadas y los mismos chicos del taller deben hacer las entregas. Es el momento de la integración. 

Nicolás, que hoy es ingeniero y lleva adelante dos emprendimientos en sociedad con Tomás, reconoce que Luz de Esperanza fue para ellos un auténtico aprendizaje laboral: “En lo profesional, fue una prueba piloto y en lo humano, una escuela de vida”, dice. Absorbidos por otros trabajos y las responsabilidades que lógicamente llegan con los años, cabe preguntarse, ¿qué lugar ocupa hoy en sus vidas Luz de Esperanza? “Un lugar central, si no hiciéramos esto, todo el resto no tendría sentido —asegura Tomás que está a punto de recibirse de administrador de empresas. Y agrega—: Aprendí a vivir en la incertidumbre, porque hay que cumplir con los pedidos, pero antes que eso, está cada persona que se acerca al taller con la ilusión de salir de la droga, y un día puede y otro día no”. Asumiendo esta realidad, el Hogar de Cristo acuñó el lema: “Solo por hoy”. Una propuesta que ayuda a todos, desde los directores hasta las personas que están en rehabilitación, porque “en este lugar se hace patente que todos somos vulnerables”, concluye. 

“Si me alejara de este proyecto, perdería la noción de la realidad —confiesa Nicolás—. Luz de Esperanza rompió mis criterios de eficiencia, me ayudó a ver la responsabilidad que podemos tener los empresarios sobre las personas, me dio una visión completa de la situación real, y esa visión la trasladamos a otros ámbitos”. Ese pasó a ser un faro en su camino profesional. Por eso, al programar su carrera no dudó en buscar un perfil lo suficientemente flexible que le permitiera seguir dedicándose a este proyecto. 
Unir dos mundos
Detrás del frente multicolor que conforman los containers del puerto de Buenos Aires, sumergido en una sinfonía de bocinas que provienen de camiones, autos, motos e incluso de buques, en un local cedido por el sindicato de Estibadores, funciona Luz de Esperanza. Con el tiempo, además de velas, el proyecto incorporó los talleres de carpintería y costurería. Mercedes Perkins es, actualmente, la coordinadora general, responsable de que los talleres salgan adelante y de que los productos se vendan. Le toca unir dos mundos, “vivir en dos tiempos”, como dice ella. Los tiempos de los chicos del taller y los de los organizadores de eventos. “Tenés que ser superfuerte en este trabajo, pasás de una realidad a otra en un instante”, afirma. El equilibrio lo encuentra en la convicción de que todas las partes son imprescindibles: “Es tan importante la persona que está en proceso de rehabilitación como la novia que hizo un pedido para su fiesta de casamiento. Los dos están comprometidos, a los dos les debemos lo mejor de nosotros”. 

En este emprendimiento, el desafío no es la venta sino la producción. “El aprendizaje del oficio es una vía, no un fin —dice Ángel Huarachi, coordinador de carpintería—. Este es un espacio terapéutico en el que por sobre la técnica están las virtudes, en concreto, la carpintería los ayuda a desarrollar la paciencia y la constancia. También la responsabilidad porque hay que cumplir con los pedidos”.

En 2010, cuando Luz de Esperanza todavía no existía, Ángel, que vivió en la Villa 31, enseñaba la misma labor en un container. “En estos años vi llegar a muchos chicos destruidos por la droga. Hoy veo a varios que han llegado a formar una familia, a conseguir un trabajo, a valerse por sí mismos”.  
Nada por perdido
Laura Mega coordina el taller de velas. Cuando hace 15 años empezó a trabajar la parafina por hobby, no se imaginó que acabaría dando lecciones de vida a través de ese material: “Hacer velas en serie como las que producimos nosotros requiere prestar mucha atención: calcular la temperatura de la parafina, preparar los moldes para que salgan todas iguales, respetar cada paso, tener orden”. La lección fundamental la dio la misma parafina: “Es un material reciclable, lo que salió mal se puede volver a usar, y esto, para quienes viven sintiéndose descartables, es una motivación, un ejercicio de confianza en sí mismos”. Otra cualidad que tiene es el resultado inmediato: se ve y se puede usar el mismo día de la producción. Solo por hoy.

Laura y Ángel reconocen que no les fue fácil adaptarse a este trabajo: “Lo peor son las recaídas de los chicos, las sufrís con ellos —cuenta Ángel—. Te preguntás qué pasó con todo lo que hiciste, ¿no sirvió?”. Laura agrega: “Muchos van y vienen, otros se están recuperando y ahora son referentes de los talleres. Por eso, para nosotros es importante cada día y cada historia. Todos tiene su momento, y ellos saben que aunque hayan recaído, siempre pueden volver al taller”.

Esperanza
Con el lema #NoMasPaco, Luz de Esperanza junto con el Hogar de Cristo organizan el “Festival Solidario” el 18 de agosto a las 19:30 en el salón La Escondida de Dorrego, en Palermo, CABA. Participarán Nito Mestre y Palito Ortega, entre otros. Luz de Esperanza funciona de lunes a viernes de 9 a 12, y los miércoles hasta las 16. Más info: info@luzdesperanza.com.ar, al facebook y a: www.luzdesperanza.com

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