Entrevista


El conquistador del espacio


Por Carolina Thibaud.


El conquistador del espacio
Emiliano Kargieman puso en órbita a los dos primeros nanosatélites comerciales argentinos. El talentoso emprendedor se ilusiona con democratizar el acceso a la tecnología espacial, que revolucionará diversos campos e industrias.

Cuando a fines de mayo pasado, “Fresco” y “Batata” se convirtieron en los dos primeros nanosatélites comerciales argentinos en órbita, el nombre de su creador, Emiliano Kargieman, resonó en todos los rincones del Planeta. Pero lo cierto es que el extraordinario y exitoso lanzamiento fue solo un capítulo más del impresionante currículum de este compatriota emprendedor que pisa fuerte dentro de la industria aeroespacial mundial. 

A los cuarenta años, Kargieman parece haber vivido mil vidas. A los quince creó su primera empresa de software, a los diecisiete fue contratado por la DGI (la AFIP de ese momento) para hacer investigación en seguridad informática, y a los diecinueve fundó Core Securities, una empresa con base en Boston que terminó prestando servicios al ochenta por ciento de las compañías del ranking Fortune500. 

En el 2006, se puso al frente de Aconcagua Ventures, un fondo de capital de riesgo, con el fin de invertir en startups latinoamericanas de tecnología. Pero más habituado a hacer que a evaluar, la experiencia le resultó “superfrustrante” y se terminó apartando. “Sentí que con mis conocimientos tenía que encarar algo que valiera la pena", relata Kargieman, desde las oficinas de Satellogic, la empresa detrás de la creación de “Fresco” y “Batata”.

Para generar un proyecto con un “valor real”, se puso a pensar en cuáles serían los grandes problemas de la humanidad dentro de veinte o treinta años. Por ejemplo, cómo producir y distribuir alimentos para diez mil millones de personas. Y llegó a la conclusión de que el inconveniente no era la disponibilidad de recursos –según sus cálculos, el Planeta produce cuatro mil calorías por día por persona–, sino de eficiencia, optimización. 

Se preguntaba cómo hacer para recoger datos acerca de la producción de alimentos en cada rincón de la Tierra. La respuesta se le dibujó en forma de satélite. “Pero debía solucionar el tema costos, ya que poner un satélite en el espacio podía demandar doscientos, trescientos, cuatrocientos millones de dólares. En paralelo, me di cuenta de que todo lo que había aprendido construyendo tecnología de otro tipo podía servirme para construir tecnología espacial mucho más barata que la tradicional”, explica. 

–En este contexto, finalmente, fue que te fuiste a NASA Ames... 
–Sí. Terminé en la Singularity University de la NASA Ames (NDR: un programa de dos meses en el que los participantes fueron invitados a reflexionar sobre algún proyecto que pudiera cambiar la vida de mil millones de personas). Allí empecé a idear cómo bajar mil veces el costo de un satélite. O sea, construirlo por cientos de miles de dólares, y no por cientos de millones.

– ¿Por qué a nadie en la NASA se le había ocurrido construir tecnología espacial más económica?
–Conseguir un satélite barato, pero confiable, es muy complejo. Y el incentivo de la NASA es hacer cosas que no fallen. Allí no podés arriesgarte a que el satélite no funcione. Tienen una mentalidad muy distinta de la nuestra. Pero en otras partes del mundo, sí hay personas que lo razonan de esta manera: por caso, Elon Musk y su SpaceX. Él se concentró más en el lanzamiento de satélites; yo, en que fueran confiables. No es casualidad que ambos viniéramos de la industria del software. 

– ¿En la industria aeroespacial tienen aversión al riesgo? Emiliano, ¿no es un contrasentido eso?
–Ya se tomaron muchos riesgos en los años sesenta, cuando había una competencia real entre la Unión Soviética y los Estados Unidos para ver quién llegaba primero a la Luna. Incluso murió gente en el proceso. Pero cuando cerró ese proceso, el foco se corrió a otro lado. Las agencias espaciales se concentraron en misiones científicas, en no fallar, en mejorar la confiabilidad. Así que para no cometer errores se volcaron a la sobreingeniería. Después de los sesenta, mandar un satélite al espacio no era noticia; sí lo era si salía mal, si explotaba. Asegurarse de que eso no pasara se transformó casi en una obsesión.

–O sea que para que se diera este avance en la industria espacial, debían sí o sí involucrarse empresas privadas que compitieran entre sí. 
–En rigor, eso es lo que está pasando ahora. Estamos en un momento de muchísimos cambios. La tracción de la industria del espacio, que antes provenía de agencias espaciales, ahora está pasando a compañías privadas, chiquitas como la nuestra o más grandes todavía. Gracias a ello, hoy tenemos la capacidad de estar en una oficina en Buenos Aires, con cincuenta chicos que egresaron hace muy poquito de la universidad, revolucionando la construcción de satélites. No es que seamos unos genios, sino que estamos aprovechando las tendencias que hacen que este sea el momento indicado para lanzarse a esta aventura. 

–Al público en general le cuesta comprender los alcances de esta tecnología. ¿Para qué sirve? ¿A quién le vendés los servicios de tu empresa?
–Lo que hacemos tiene implicancias en varios ámbitos. Uno de ellos, el agro: desde el monitoreo diario de los cultivos de la tierra hasta aplicaciones más micro con las que un productor puede analizar cómo mejorar la irrigación de sus cultivos reduciendo costos o cómo protegerse contra las pestes. Si esto lo hacemos a escala en una región, provincia o país, se podrían tomar mejores decisiones en términos de seguridad alimentaria. Por ejemplo, cómo generar más proteínas y calorías en cada pedacito de territorio. 

– ¿En qué otras industrias están ingresando?
–En la del petróleo y el gas, gestión de recursos naturales, control de fronteras, control de pesca. Hasta tenemos un proyecto de seguimiento de ballenas francas en el sur. Con los sensores que estamos poniendo en los satélites, está a disposición de cualquiera la posibilidad de mirar desde el espacio lo que está pasando, en tiempo real, en cualquier rincón del mundo. Y las opciones son infinitas. Otro ejemplo: la próxima vez que esté dando vueltas con el auto en la calle, podría bajarme una imagen a mi teléfono celular para saber adónde hay un lugar para estacionarlo. Todo esto, era muy oneroso porque solo lo podían hacer la NASA, la CIA o las grandes agencias espaciales. En la actualidad, ese acceso se está democratizando.

– ¿No pueden surgir allí ciertos dilemas éticos? 
–A ver… la resolución que tenemos de los satélites no nos permite observar personas. Visualizamos cosas que tienen el tamaño de un auto o de una vaca muy gorda (risas). Tienen que tener un poquito más de un metro de ancho para que las veamos desde arriba. Así que no infringimos la privacidad individual. Pero, sin duda, toda esta movida nos brindará información con la que no contábamos. Pero eso debería emparejarnos, ya que si estos datos solo estaban disponibles para agencias con muchísimo dinero, ahora el acceso es irrestricto. Nos parece positivo que la información circule más libremente. 

–Pero en una guerra, un bando te podría pedir que espíes a otro…
–Sí, podríamos notar si hay tropas en una frontera o si un ejército se movilizó… Pero nosotros no estamos vendiendo soporte de combate. A los países solo les vendemos información acerca de lo que pasa de sus fronteras para adentro. Nos interesa que la tecnología sirva para mejorar la vida cotidiana de las personas, no para que que se peleen mejor. 

–De aquí a diez años, ¿en qué estará ocupada la industria aeroespacial?
–Ya hay ideas superinteresantes, como fabricar cosas en el espacio –donde las condiciones de gravedad son muy favorables–, buscar drogas o metales pesados –minería de asteroides– que en la Tierra no podemos encontrar. Ya es conocido el boom del turismo espacial, por lo menos para aquellos acaudalados. Que la tecnología espacial comience a estar en manos de empresas pequeñas, posibilita la aparición de modelos de negocios sustentables. En los próximos veinte o treinta años estaremos hablando con total naturalidad de estaciones espaciales privadas, astronautas privados, y hasta gente trabajando en la Luna.
Con ADN argentino
Los dos nanosatélites lanzados al espacio en mayo pasado se convirtieron en las últimas joyitas que Satellogic, la empresa que fundó Emiliano Kargieman en 2010. Hasta 2014, la empresa había enviado al espacio tres prototipos más pequeños –“Capitán Beto”, “Manolito” y “Tita”–, a modo de prueba. “Fresco” y “Batata” son los primeros dos nanosatélites comerciales con los que Satellogic puede brindar servicios. Pese a que la empresa tiene ADN celeste y blanco, Kargieman reconoce que el proyecto excede las fronteras del país: “Hoy, Satellogic opera en la Argentina, pero también en el Uruguay, los Estados Unidos, Israel, Colombia y el Canadá. 

Somos como una pequeña multinacional. De todas maneras, trabajamos setenta personas, de las cuales cincuenta son compatriotas. La mayoría de los accionistas son argentinos, y los satélites llevan nombres relacionados con nuestra cultura. Nos gusta la idea de desarrollar tecnología desde nuestro país, y demostrar que en la Argentina podemos crear la mayor constelación de naves espaciales de la historia”.
Debate y polémica
Los alcances de la Inteligencia Artificial abren un abanico de opiniones encontradas: los optimistas creen que será la solución a los grandes problemas de la humanidad. En la vereda de enfrente, con Stephen Hawking y Elon Musk a la cabeza, advierten que hay que tener mucho cuidado si no se quiere lograr el efecto contrario. ¿De qué lado está Emiliano Kargieman? “De ninguno de los dos. ¿Que sus avances puedan desembocar en el fin de la humanidad? No lo creo. 

A corto plazo, la Inteligencia Artificial creará tantos inconvenientes como los que solucionará. Veámoslo en el campo laboral: las máquinas reemplazarán a las personas en muchas tareas, por lo que muchos empleos no serán viables dentro de veinte años. Pero el ser humano termina encontrando su camino. Todos nos embarcaremos en un proceso de transformación. Y nos terminaremos adaptando, integrándonos a las máquinas”.

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