Investigación


Amor inteligente


Por Daniela Calabró.


Amor inteligente
Dejarse llevar por el corazón puede resultar en grandes historias de amor. Sin embargo, lo que las hace duraderas es poner las neuronas a trabajar en consonancia con las emociones. Así lo explica Sergio Sinay, quien nos acerca las claves para formar una pareja sin fecha de vencimiento.

Desde chicos nos enseñan que el corazón y la mente no son buenos amigos. “Seguí tus impulsos”, dicen los más románticos, contra el famoso consejo de “pensar antes de actuar” que esbozan los más pragmáticos, como si estas dos premisas fuesen completamente antagónicas. Sin embargo, hay formas de lograr que las emociones y la razón encuentren un camino en común y sean aliadas en vez de enemigas. De eso se trata la inteligencia emocional y, de acuerdo con las palabras de Sergio Sinay, de ella se nutren las parejas felices. 

Especialista en vínculos y autor del libro Inteligencia y amor, asegura que, contra los pronósticos que auguran cada vez más matrimonios fallidos, hay muchos amores triunfantes. Los protagonistas de estos, adelanta, son los formados por personas que equilibran las neuronas con los latidos del corazón y que hacen un culto del neuroamor, o del amor inteligente.

“La inteligencia no es enemiga de la emoción ni del sentimiento. Ninguno de los atributos de un ser humano es adversario de otro. En todo caso, son opuestos complementarios. Y una polaridad jamás se resuelve por la expulsión de uno de sus términos, sino por la integración. Así, el complemento de inteligencia y emoción puede gestar un amor sólido y trascendente”, introduce el especialista.

Para decirlo en otras palabras, el autor nos invita a alejarnos de los amores ideales, del “uno para el otro”, de la “media naranja”, y a sumergirnos en un amor responsable, con la razón  puesta al servicio del corazón.

“El amor verdadero, no el de las fantasías y cuentos, se erige ladrillo a ladrillo, día a día, mediante pequeños gestos de oportunas palabras y de una escucha sensible –asegura. Y agrega–: Las parejas felices se constituyen con personas reales, falibles, incompletas, y no con seres impolutos. Son personas que han aprendido a desilusionarse la una de la otra, a aceptarse y a redescubrirse, y que han sido incluso mutuamente intolerantes antes de alcanzar la paciencia amorosa”.

“Las parejas felices se constituyen con personas reales, falibles, incompletas, y no con seres impolutos. Son personas que han aprendido a desilusionarse, a aceptarse y a redescubrirse”
Romanticismo irresponsable
Claro que para llegar a esa etapa de plenitud, antes hay que tomarse la tarea de mirar el vínculo amoroso como un reto que requerirá un trabajo profundo. Ir por la vía opuesta es caer en lo que este comunicador llama “romanticismo irresponsable”: “Quienes lo padecen dejan todo en manos del azar. Creen en la magia del amor y en que basta con declararlo o sentirlo para que todo marche sobre rieles, para que los deseos se cumplan y la pasión sea perenne”, asevera. A su vez, explica que esos vínculos se alejan de toda responsabilidad y que sus protagonistas, así como creen que fue el destino quien intercedió en el encuentro, también dependerán de él el éxito o el  fracaso. 

“Este tipo de romanticismo dispensa de toda responsabilidad. Quienes forman la pareja olvidan mirar al otro, oír cómo necesita ser amado y comprobar si son capaces de amarlo de esa manera. El amor inteligente es también, y ante todo, responsable”, afirma el autor. Y de la responsabilidad a la inteligencia, hay un tramo corto, ya que hacerse cargo implica una gran dosis de raciocinio: “El amor inteligente es aquel en el que todos los aspectos de cada individuo están puestos al servicio de la construcción del vínculo con el otro. Esto no solo define una manera de amar, sino, en definitiva, una actitud ante la vida”.

Menos pasión, más inteligencia
En muchas parejas que trabajan día a día para lograr un amor duradero, el debilitamiento de la pasión suele ser motivo de conflicto. Sergio Sinay, sin embargo, asegura que la inteligencia emocional y el verdadero sentido del vínculo deberían ganar la pulseada: “La idea es lograr un amor que no necesita fusión, sino que se nutre de la alegría por la simple existencia del otro. 

Menos pasión, desde este punto de vista, no es menos amor, sino más. Menos pasión es, también, más inteligencia. Esto no va en detrimento de la pasión, siempre y cuando se la viva sin confundirla. Reconocerse apasionado y saber que el amor aún está por construirse y que habrá un traspaso de energía desde la pasión a la construcción es, en sí, un acto de inteligencia. No se trata ya de fundirse en un lecho, sino de acompañarse en una vida”.
El neuroamor
Cuando hablamos de inteligencia aplicada a los vínculos, nada tiene que ver con cocientes intelectuales, rendimiento académico o facilidad para las ciencias duras. No. Las neuronas que trabajan para el corazón conforman, en realidad, la inteligencia emocional: “Hablamos de la capacidad de un individuo para responder funcionalmente, a partir de sus atributos naturales, a las circunstancias que la vida le va planteando”, detalla Sinay. En el caso de una pareja, esa inteligencia debe aplicarse, por ejemplo, al conocimiento mutuo, a mirar a la otra persona cuantas veces sea necesario hasta conocerla realmente. En ese aspecto, el experto en vínculos se pregunta: “¿Cómo se podría construir un vínculo afectivo y experimentarlo en profundidad si no se registra al otro, si no se toma nota de sus emociones ni se comprende la amplitud de su lenguaje?”. 

Otro aspecto importante de la inteligencia aplicada al amor es saber comprender la noción del tiempo y lo que él significa para una pareja que quiere construir un proyecto sólido: “Se trata de un factor fundamental en la construcción de un amor inteligente, puesto que no hay conocimiento que no se dé a medida que van desarrollándose y procesando experiencias compartidas –asevera el especialista, a la vez que se detiene en lo complejo que puede ser este aprendizaje hoy en día–. Se trata de todo un desafío en estos tiempos de ansiedad, de obsolescencia programada, de brevedad, de impaciencia y de más presencia virtual que real. Es el desafío de darle historia al amor feliz. Un amor que no se compra hecho y que exige ser preparado ingrediente a ingrediente, con paciencia y  sensatez”. 

El coraje y las diferencias
Uno podría pensar que el amor no es cuestión de valentía, audacia o arrojo. Sin embargo, el día a día de una pareja puede precisar una personalidad con los atributos bien puestos. Así lo explica Sinay: “El coraje es necesario para construir los puentes de una verdadera comunicación, en la que hablar sea mucho más que decir. Una pareja comunicada no es, necesariamente, una pareja que habla mucho, sino una que transmite con sus palabras y sus gestos lo que de veras siente, imagina y necesita”. 

A la vez, comunicar nuestros deseos más profundos puede requerir valor y entereza, ya que esas charlas, en varias oportunidades, conllevan  confrontaciones: “Hacerle saber al otro que se necesitan nuevos modos de afrontar ciertas situaciones, que es hora de probar otros ritmos, de abrir puertas hasta ahora cerradas, de explorar formas más satisfactorias de sexualidad, o que uno ya no se siente pleno con ciertos proyectos o rutinas, requiere una enorme dosis de coraje. Eso sí, escuchar con empatía y responder amorosa y comprensivamente solo es posible, también, con coraje”, profundiza el autor. 

De esos diálogos trascendentales surgen las diferencias que dinamitan, nutren, derriban o fortalecen a cualquier pareja. Según explica Sinay, en los inicios de un vínculo, lo similar supera a lo diferente. Pero cuando la relación prospera, comienza a descubrirse que la lista de divergencias es mayor a la enumeración de semejanzas.

“El arte de vivir en pareja es el de armonizar las diferencias. Ello requiere vivir relaciones conscientes, no dejarlas en piloto automático, confiadas a la impronta del encantamiento. Ahora: ¿cualquier diferencia enriquece la relación? No. Las hay complementarias, conflictivas, pero tratables y también están las irreconciliables”, enumera. Detectar frente a cuál de esos tipo de disparidad nos enfrentamos, también es signo de madurez emocional. 

Por otro lado, la valentía también tiene que ver con saber despegarse del otro y descubrir que las disparidades, así como la autonomía, son cruciales. 
“El verdadero amor nace del desapego. La dependencia no es amor. Hay que saber que el desapego no es indiferencia, sino comprometida atención que elude la fusión. No hay que confundir amor con confluencia –asegura Sinay y concluye–: El amor es, en definitiva, el fruto de un inteligente proceso de mutuo conocimiento, de mutua transformación y de mutua aceptación. Primero conocer, luego trabajar en lo que es conflictivo y por fin, aceptar al otro como alguien que es otro, no una simple copia de mí o de mis expectativas. Estos pasos sucesivos son un signo inconfundible de inteligencia amorosa”.
Los ciclos del amor inteligente*
Enamoramiento: Caracterizado por la intensa atracción, la idealización y el desconocimiento, que alientan fantasías e ilusiones apasionadas.

Aceptación: A medida que cada uno empieza a manifestar sus características reales y estas se imponen a las ideales, se le presenta al otro el desafío de la aceptación. 

Reelección: Si se atraviesa el ciclo de la aceptación, habrá llegado el momento de echar una nueva mirada al otro y plantearnos si volvemos a elegirlo.

Afianzamiento: Una vez que, aceptándose, los miembros de la pareja se reeligen, continúa una etapa de afianzamiento, en la que los contenidos afectivos se traducen en realizaciones

Plenitud amorosa: Los integrantes de la pareja han aprendido que son diferentes y saben cómo hacer de esas diferencias un potencial de crecimiento. Ahora saben para qué están juntos y se han convertido en el mejor maestro del otro.

*Fragmento del libro Inteligencia y Amor, de Sergio Sinay (Urano).

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