Investigación


La otra cara del sobrepeso


Por Daniela Calabró.


La otra cara del sobrepeso
Solemos creer que para adelgazar basta con alimentarnos bien y seguir una buena rutina de ejercicios. Sin embargo, los especialistas aseguran que es fundamental tener una mirada más global de nuestro organismo y cuidar, también, factores como el sueño, el estrés y las emociones.

A pesar del auge de la alimentación saludable, el fitness y el running, la población argentina sigue en deuda con la balanza. De acuerdo con la última Encuesta Nacional de Factores de Riesgo, seis de cada diez argentinos registraron un peso mayor al que se considera saludable. El doctor Martín Milmaniene, presidente de la Sociedad Argentina de Obesidad y Trastornos Alimentarios, y médico del servicio de Clínica Médica de OCMI, explica que este fenómeno tiene un porqué: “En un estudio reciente, se encontró que necesitamos comer menos y ejercitar más para mantener el mismo peso que hace 40 años, es decir que nuestros padres y abuelos podían comer más y ejercitarse menos que nosotros y aun así mantenerse con peso normal. Esto demuestra que existen otros factores que promueven la obesidad, independientemente del recuento de calorías diarias”. 

Más claro, imposible: no solo en lo que comemos o en cuánto nos movemos está la verdad de nuestros kilitos de más. Hay otros factores, más silenciosos, que meten la cola sin que siquiera nos demos cuenta.  
El sueño
Según explica María José Jara, nutricionista y coordinadora de Extensión de la Escuela de Nutrición y Dietética de la Universidad Mayor de Chile, diversos estudios han demostrado que la restricción de horas de sueño es un factor de riesgo para la ganancia de peso y la posterior obesidad.

“El sueño tiene un papel fundamental en muchísimos procesos del organismo. Dormir menos horas de las necesarias produce, entre otras cosas, un desorden en las hormonas que regulan el apetito”, detalla la especialista. 

Entre esas hormonas, se hallan la grelina, cuya función es generar hambre, y la leptina, encargada de brindarle al cuerpo la sensación de saciedad. Cuando las horas de sueño son menos de siete, puntualiza Jara, la leptina disminuye y la grelina aumenta, lo que genera una sensación de apetito mayor que la habitual. “Por otro lado, la falta de sueño produce cambios de ánimo y disminuye la capacidad de discernimiento. Esto podría hacernos tomar malas decisiones respecto de la comida y llevarnos a consumir alimentos altos en grasas y azúcar para sentir energía y satisfacción inmediatas”, agrega. 

A su vez, las personas que no duermen lo necesario son más propensas a padecer trastornos del sueño como insomnio, hipersomnia, sonambulismo y apnea. De esta forma, asevera Jara, se genera un círculo vicioso: quien duerme poco, cada vez tarda más en conciliar el sueño y tiene más chances de subir de peso. Y cuando esos kilos de más se transforman en obesidad, comienzan los problemas respiratorios durante la noche, debido al tejido graso que se genera entre el diafragma y la pared torácica. Esto influye gravemente en el sueño y el círculo vuelve a comenzar.  

La moraleja es simple: aunque la actualidad nos exija altas dosis de energía hasta bien entrada la noche, hay que hacer el esfuerzo de dormir más: “Hacer bastante ejercicio físico, evitar grandes cantidades de comida o líquidos antes de dormir, limitar el consumo de alcohol o sustancias estimulantes por la tarde y no fumar, son distintas alternativas que pueden ayudar de manera significativa a evitar las consecuencias de la privación de sueño”, concluye la especialista chilena María José Jara.
El estrés
Es una de las palabras más temidas de esta era: nos quita energías, influye en nuestro ánimo, nos aleja de la vida social y no nos permite desarrollar nuestro potencial. Como si todo esto fuese poco, es otro de los factores que pueden incidir negativamente en nuestro peso. 
“La respuesta del cuerpo frente a una experiencia estresante es la misma que tenían nuestros antepasados para sobrevivir a las amenazas: se generan sustancias como la adrenalina y el cortisol, que nos preparan para la acción. La diferencia es que hoy los peligros ya no son la lucha o la caza, y el estrés moderno no se diluye tan fácilmente. Se padece en el maltrato laboral, en tener que tomar decisiones rápidas bajo presión, en la sensación de que ningún logro es suficiente… En esos momentos, nos carcome mucha energía generada y no gastada”, introduce la doctora Laura Maffei, directora de Maffei Centro Médico. 

En esas circunstancias, el estrés pasa a ser constante y el cortisol supera sus niveles habituales y desajusta el metabolismo: “Junto con esta hormona, el cuerpo libera grasas y glucosa hacia el torrente sanguíneo para que grandes cantidades de energía nos ayuden a enfrentar el estado nervioso. Al mismo tiempo, el estrés inhibe las funciones de la insulina para asegurar que las grasas y la glucosa de la sangre permanezcan disponibles para su uso –profundiza Maffei y prosigue–: Cuando una persona sufre de estrés crónico y el cortisol no cesa de segregarse, el cuerpo no puede asimilarlo de manera adecuada y hace que almacenemos el exceso de grasa como un instinto de supervivencia que se traducen en kilos de más”. 

Por otro lado, algunas investigaciones demostraron que las personas que conviven con altos niveles de estrés tienden a comer más desorganizadamente, con mucho “picoteo” y poco control de las cantidades, algo que nunca es positivo a la hora de subirse a la balanza.

Las claves de un peso saludable
• Alimentarse con productos naturales. Cuanto menos procesados, mejor.
• Realizar actividad física, aunque sean caminatas o paseos en bicicleta.
• Dormir más de siete horas diarias, sin contar la siesta.
• Evitar las situaciones de estrés (¡y tomarse mejor las que son inevitables!).
• Mantener el equilibrio emocional y no usar la comida como consuelo.

¿Y las emociones?
Los estados de ánimo también influyen en nuestro modo de alimentarnos y, por ende, en nuestro peso. Así lo explica la doctora Laura Maffei, directora de Maffei Centro Médico: “Los productos  más energéticos, como los ricos en grasas y dulces, colaboran con la sensación de placer y aumentan los opioides, disminuyendo las emociones negativas. A su vez, dichos alimentos favorecen una conducta compulsiva o el llamado hambre emocional”. Por eso, para bajar de peso en forma efectiva, no solo son necesarias una alimentación balanceada y actividad física, sino utilizar la inteligencia emocional para separar el corazón de la heladera.
Otro revés
La buena nueva es que no todo es nuestra culpa. Aun si dormimos bien y controlamos nuestro estrés, podemos ser víctimas de un factor externo que influye en el sobrepeso: la contracara de los alimentos. 

Para comprender por qué comiendo lo mismo que hace 40 años engordamos más, la ciencia comenzó a preguntarse si los alimentos de antaño y los de la actualidad son, en realidad, tan similares. La respuesta fue contundente: no.

“En la actualidad, consumimos una gran cantidad de productos procesados, por eso, están bajo estudio los aditivos alimentarios. Estos complementos pueden generar cambios metabólicos que estimulan la ganancia de peso. Un buen ejemplo son los edulcorantes no calóricos, que si bien no aportan energía, su efecto sobre la producción de la hormona insulina puede contribuir a la acumulación de grasa”, afirma el doctor Milmaniene. 

A su vez, con respecto a nuestros antepasados, el modo en que nos alimentamos generó un cambio de estructura en la flora intestinal. Según explica el especialista, esa modificación orgánica conduce a cambios metabólicos y hormonales que pueden contribuir a la epidemia de obesidad que estamos viviendo.

“Por último, otro factor importante es el agregado de fructosa a los alimentos, en especial el jarabe de maíz de alta fructosa, que más allá de las calorías que aporta, genera cambios hormonales como hiperinsulinemia, resistencia a la insulina y diabetes. Los niños son los más expuestos a alimentos que lo contienen –agrega Milmaniene y concluye con un consejo–: Tenemos que comer alimentos reales y naturales, que no sean procesados o que lo sean mínimamente, como carnes de todo tipo, vegetales, frutas, huevo y frutas secas”. 

Con la lección aprendida, es hora de reorientar la lista del supermercado, decirle que no al estrés y cuidar las horas de sueño. Todo sea por la salud y por mantenerse en forma.

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