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“Me gusta pensar que el mañana será mejor”


Por Agustina Tanoira.


“Me gusta pensar que el mañana será mejor”
Enseñar y escribir son dos grandes pasiones de la santafesina María Beatriz Jouve, quien se hizo famosa por escribir una carta al Ratón Pérez. 

Es maestra hace veintinueve años y medio. Durante casi tres décadas recorrió aulas y patios en distintas escuelas públicas de su Santa Fe natal. Como es de suponer, atesora anécdotas de todo tipo y color. Historias mínimas –y no tanto– que narra en sus tres libros editados. María Betty Jouve siempre supo que su vocación estaba en el aula, con los niños, pero nunca imaginó que se haría famosa por ¡enviarle una carta al Ratón Pérez! 

Una mañana de otoño de este año, frente al desconsuelo de un alumno que había perdido un diente de leche en el patio de la escuela, a "la seño Betty" se le ocurrió redactar de su puño y letra, con firma y el sello de la escuela, una constancia de lo sucedido. Enseguida el chico se consoló... ¡y  la carta se hizo viral!

Betty todavía no se recupera de la repercursión. “Seguramente, tuvo que ver con la necesidad de tener buenas noticias”, se justifica, todavía sorprendida, quien nació en la ciudad de Carcarañá, y es hija de un padre cooperativista y una madre ama de casa que cuidó de sus cuatro hijas mujeres, hasta su muerte temprana. 

Cuando María Beatriz cumplió 19 años, partió de la casa familiar con rumbo a Rosario para estudiar. Hoy vive allí, a pocas cuadras de la Escuela Provincial N.° 150 Cristóbal Colón, en donde trabaja como vicedirectora. Betty tiene dos hijos: Iván, de veinticinco años, que está terminando la carrera de Letras, y Marcos, de trece, que cursa el primer año de la secundaria. 

Como todo docente, dedica muchísimas horas a su profesión. “Es un trabajo que no termina al salir de la escuela –destaca–, porque en nuestros hogares continuamos planificando, corrigiendo, organizando o pensando intervenciones. La docencia es una profesión abierta; es difícil decir: ´ya está, acá terminé´”. Aun así, se hace el tiempo para disfrutar de sus dos grandes pasiones: leer y escribir.

– ¿Cuándo decidiste ser maestra? 
–En realidad, la docencia fue mi segunda carrera. Comencé estudiando Letras en la Facultad de Humanidades y Artes. Después de dos años cursados, dejé la Facultad y comencé el Profesorado de Enseñanza Primaria. Me recibí en Rosario, en el Normal 3, de Profesora de Enseñanza Primaria; y en la Facultad de Humanidades y Artes, de Licenciada en Ciencias de la Educación.  

– ¿Alguien te inspiró en la profesión?
–Sí, un amigo maestro que me contaba sus experiencias en una escuela muy humilde de Villa Gobernador Gálvez y me prestaba los libros de Paulo Freire. Así empecé a sentir que era eso lo que yo quería hacer.

– ¿Cuáles fueron los principales desafíos que tuviste que enfrentar?
–Empecé a trabajar en 1987... Fueron muchas las transformaciones políticas, económicas y sociales que nos atravesaron. Durante todo este tiempo, no solo hubo cambios en la política educativa y en la legislación que regula el sistema educativo, sino que también se modificaron las formas de relacionarnos, la configuración de las familias y de las infancias.

– ¡Y los docentes también!
– ¡Claro! somos parte del mundo así que también cambiamos nosotros y las escuelas. Por eso creo que el mejor tratado de sociología podría escribirse desde el patio de una escuela, porque los chicos juegan expresando su tiempo, ensayando sus roles adultos, con los elementos que tienen a mano. Pararse en una esquina del patio y observar a qué juegan los chicos hoy nos da algunas pistas acerca de cómo anda la sociedad. El desafío es, entonces, poder leer el sentido de los cambios para no naturalizar nada de lo que nos sucede. Poner en cuestión, escuchar, mirar, estar atentos para conocer mejor. 

– ¿Qué es para vos la escuela?
–Es la institución encargada de transmitir los conocimientos que la sociedad considera válidos en un momento histórico determinado. Por eso, el qué y el cómo enseñar cambian con los mandatos de cada época. En esa transmisión se forman las nuevas generaciones. Se da un doble movimiento: por un lado, la escuela reproduce el sistema social; por el otro, produce subjetividad. La escuela no tiene un único significado, sino múltiples sentidos.

– ¿Con  qué deben lidiar los docentes?
–Con no renunciar a hacer de la escuela un lugar mejor, más humano. Tarea poco sencilla en un mundo donde la deshumanización avanza sin pausa. Por eso necesitamos reconocer a nuestros alumnos, respetando sus lugares de procedencia, su cultura, sus creencias, sus saberes, tendiendo puentes desde lo que ellos traen, sienten y piensan.

– ¿Qué deben aprender los alumnos?
–Amén de los contenidos curriculares, hay otras enseñanzas, relacionadas con actitudes, valores, formas de comportamiento social... Es imprescindible poner en el centro de la escena la capacidad de pensar críticamente el tiempo que nos toca vivir, para hacerlo más justo y humano. 

–Hoy los padres enfrentan a los maestros. ¿Por qué sucede esto? 
–Salen más a la luz las situaciones de violencia que otros hechos positivos que ocurren entre el colegio y las familias. Aun así, considero que la escuela y la comunidad deben reconstruir los vínculos sobre el respeto, el diálogo y la confianza. También es responsabilidad del Estado: si se deslegitima la figura docente, se deja espacio para estas irrupciones. Cuando a la escuela se le demandan intervenciones de todo tipo, se sobrecargan las espaldas de los docentes y se le resta su especificidad como institución educativa. 

Betty cuenta que para el comienzo de clases, chicos que ya terminaron la primaria suelen acercarse a saludar, a decirles que los extrañan. A veces, reaparece algún exalumno para contarles algún problema... “Esas cosas nos hacen sentir que lo que hacemos vale la pena y tiene un sentido. Necesitamos docentes críticos que no se resignen a ser meros ejecutores de lo que diseñan los técnicos del momento”, explica.

– ¿Aprenden los maestros en el aula?
–Depende de su capacidad para mirar y escuchar. Muchos de mis alumnos me han dado clases de valentía y dignidad. En las mayores adversidades, los chicos aprenden y crecen. La posibilidad de dejar huellas en los otros me confirma que elegí la profesión correcta. Ser parte activa de los logros de los chicos es fantástico.

– ¿Y qué te frustra?
–Ver rostros con miradas adultas y cansadas en cuerpitos pequeños; leer dolor en los ojos de los chicos. Cuando no alcanzan nuestros abrazos para curar el desamparo porque la escuela sola no puede remediar los males sociales.  

– ¿Qué extrañás de la escuela de la época en la que vos eras alumna?
–Nada. Creo que un mal de la docencia es la añoranza a ese otro tiempo pasado que –supuestamente– fue mejor. Como decía Spinetta, me gusta pensar que el mañana será mejor.

Querido Ratón Pérez...
"Dejo constancia de que el niño Ignacio Gabrielli ha perdido su diente en esta institución educativa. El mismo estaba muy flojo por lo que, probablemente, se haya caído entre las baldosas del patio. Se extiende el presente certificado para ser entregado al Sr. Ratón Pérez. Aprovecho la ocasión para manifestar que Ignacio es un buen niño y nunca dice mentiras", decía la nota firmada por la docente, que la madre del alumno publicó en su perfil de Facebook, y que el escritor y periodista Miguel Ángel Morelli compartió, con un epígrafe que decía: “...y cuando estás a punto de decir que ya no tenemos solución, aparece alguien que te dibuja una sonrisa".

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