Investigación


Una mirada positiva


Por Daniela Calabró.


Una mirada positiva
Para enfrentar los problemas cotidianos, la inteligencia optimista es una gran aliada. Nos ayuda a encontrar soluciones, a enfocar la realidad con mejores ojos y a crear un entorno más saludable.

Muy seguido nos sentimos sobrepasados y se hace difícil empezar el día con una sonrisa. Sin embargo, cuando los problemas personales nos abruman, cuesta llegar a fin de mes o el trabajo no es tan inspirador como antes, lo mejor es tener una mirada positiva. El quid de la cuestión es enfocar la vida desde otro ángulo, en lugar de dejarnos ganar por los problemas y caer en la queja crónica. 

De esto se encarga la inteligencia optimista: de accionar con y desde esa actitud, y no desde la pasividad que imponen las malas perspectivas. “Una persona optimista siempre está orientada hacia lo que puede generar, sintiendo entusiasmo por la nueva realidad que es capaz de crear. Ve los inconvenientes, pero tiene la capacidad de centrarse más en las soluciones”, introduce Viviana Blas, psicóloga, coach y autora del libro La inteligencia optimista. 

–Los pesimistas, por lo general, dicen que son realistas, y que es saludable anticipar los problemas…
–Un modo de interpretación pesimista estará orientado a detectar posibles obstáculos. Esto puede resultar eficaz si se trata de una anticipación real de los hechos. El problema es que cuando una persona tiene una tendencia pesimista, suele generar los inconvenientes, ya que está orientada hacia lo negativo, incluso antes de que le ocurra algo adverso. Como resultado, aparecen los disgustos y la queja.

–Vos hablás de esta última como una de las reacciones más nocivas. ¿Por qué la queja es tan perjudicial?
–Porque es un hábito negativo que perpetúa nuestro malestar. Al hablar con los demás de lo mal que estamos, lo que conseguimos es reforzar nuestra insatisfacción. Esta actitud es perniciosa para nuestro bienestar psicológico, ya que nos mortifica y no nos ayuda a solucionar el problema, sino que lo hace más grande. 

–Es un rasgo muy arraigado entre los argentinos. ¿Hay un modo eficaz para combatirlo?
–Una forma de desarticularlo es observarnos en el momento en que nos estamos quejando, ya que lo hacemos de manera automática. Luego, prestar atención al diálogo interno que estamos teniendo en ese momento y preguntarnos: ¿me resultan útiles estos pensamientos?, ¿existe una manera alternativa de interpretar esta situación? ¿Este punto de vista me cierra o me abre posibilidades? Las respuestas a estas preguntas nos harán tomar conciencia. 

–Suena sencillo. Sin embargo, las personas pesimistas interpretan que quien ve el mundo con otra lupa lo hace de modo idealista. ¿Cómo se los convence del cambio?
–Para alguien que toda su vida tuvo ese estilo interpretativo, es un desafío comenzar a tener uno optimista. Pero es posible. Según Martín Seligman, el padre de la psicología positiva, estas dos maneras de ver el mundo no constituyen un rasgo de la personalidad, sino que son estilos que se aprenden desde la niñez. Por lo tanto, así como aprendimos a ser negativos, podemos aprender lo contrario. 

–Si el modo de ver la vida se conforma durante la niñez, ¿cuál es nuestro desafío como padres?
–La manera que tienen los padres de interpretar los sucesos de la vida es la que aprenden los niños desde su infancia. La tendencia optimista o pesimista familiar será la que irán incorporando durante su formación. Debemos enseñarles a tener una visión positiva de la vida, basada en la realidad y teniendo en cuenta que los sucesos negativos muchas veces suelen ser pasajeros, no siempre traen consecuencias que no se puedan revertir y con frecuencia, podemos modificarlos por medio de nuestro accionar. 
Nuevos tiempos
Hay momentos en que la vida nos regala un plus de energía, como lo dan las vacaciones, el comienzo de nuevo trabajo o algún suceso que nos brinda felicidad. ¿Cómo podemos aprovechar esas fuerzas renovadas? 

“Canalizándolas en acciones que nos conduzcan hacia la concreción de nuestros sueños –aconseja Blas, y puntualiza–: Para ello, necesitamos transformarlos en objetivos, poniéndoles una fecha de inicio y trazando un plan de acción con pequeñas metas que nos acerquen, paso a paso, hacia el objetivo final. Eso, a su vez, nos alimentará la autoestima”.

– ¿Qué tan importante es el cariño por uno mismo en la conformación de la inteligencia optimista?
–Es fundamental, ya que valorarnos y creer en las propias capacidades nos permite afrontar los desafíos sintiendo que podremos darles una respuesta adecuada. Cuando nos llevamos bien con nosotros mismos, nos sentimos capaces de superar las distintas situaciones que se nos presentan en la vida. En cambio, cuando tenemos la autoestima baja, perdemos la confianza en nuestros recursos personales. Esta autopercepción negativa y la mala relación con uno mismo fomenta una actitud pesimista.
 
– ¿Y qué rol juega el optimismo en las relaciones con los demás? 
–Nos permite focalizarnos en lo positivo de los otros, en sus virtudes, sus habilidades y sus cualidades. Este foco en la parte luminosa de quienes nos rodean nos facilita la construcción de relaciones interpersonales enriquecedoras y saludables.

Ejercicios para fortalecer el optimismo*
Orientar el pensamiento hacia las experiencias positivas: Antes de dormir, escribir tres sucesos positivos que hayan acontecido en el día. Dormirse pensando en esas vivencias. 

Expresar gratitud: Escribir una carta de agradecimiento a una persona que haya hecho algo bueno por nosotros, explicitando lo que hizo y cómo afectó nuestra vida de manera positiva.

Reconciliarse con el pasado: Escribir los sucesos positivos más relevantes de la vida y focalizarse en ellos para reforzarlos. Modelos ABCDE: Identificar los pensamientos pesimistas y cuestionarlos: ¿Qué evidencias hay en favor y en contra de esta  creencia? ¿Tiene graves consecuencias o solo constituye una molesta pasajera? ¿Me resulta útil?

*Fuente: La inteligencia optimista, Viviana Blas, V&R editoras.
El equilibrio
Ni muy muy, ni tan tan. Ni tan calvo ni con dos pelucas. Hay muchas maneras de decirlo, pero el significado es uno solo: no hay que irse a los extremos. Por eso, la especialista advierte que ser optimista pasa a ser poco saludable cuando se abusa de esa condición y se cae en la irracionalidad.

“Para utilizar el optimismo de manera inteligente nunca tenemos que dejar de lado el realismo. Este nos permite ser objetivos a la hora de evaluar si podremos modificar una determinada situación o no”, asegura. 

– ¿Qué sucede cuando nos “pasamos de la raya” en nuestro afán de ver el vaso medio lleno?
–Corremos el riesgo de estar equivocados en la valoración que hacemos de nuestras probabilidades para salir adelante en circunstancias específicas, lo cual conlleva el riesgo de empeorarlas. El equilibrio es el norte que necesitamos seguir para sopesar las diversas situaciones que nos presenta la vida. 

–De hecho, imagino que las emociones negativas, en su justa medida, pueden ser constructivas.
–Las emociones negativas tienen una función de supervivencia y adaptación al medioambiente. Por ejemplo: el miedo nos prepara para afrontar un peligro real, la tristeza nos permite replegarnos para superar una pérdida y la ansiedad surge ante una posible amenaza incierta. En ese aspecto, lo positivo es que traen consigo un mensaje que necesitamos comprender. Si lo desoímos, se transformarán en estados de ánimo negativos: la tristeza, en depresión; el miedo, en fobia y la ansiedad, en pánico.

– ¿La clave es saber escucharlas?
–Sí. Nuestras emociones son como una brújula que nos orienta con respecto a cómo nos encontramos interiormente. Escucharlas y resolverlas, de forma positiva, nos permitirá superar todos los acontecimientos que nos toque atravesar.

Al ser optimistas…*
• Tomamos conciencia de que las situaciones negativas no siempre son permanentes. 
• Agradecemos los sucesos positivos. 
• Percibimos que solo en un aspecto obtuvimos un resultado negativo. 
• Reconocemos nuestras capacidades para generar situaciones positivas.
• Tenemos en cuenta no solo nuestra responsabilidad en los sucesos, sino también la de los otros.

Al ser pesimistas…*
• Interpretamos las situaciones negativas como permanentes y las perpetuamos.
• Consideramos que los buenos sucesos solo se dan cuando  lo decide la suerte. 
• Sentimos que está mal toda nuestra vida, no un aspecto específico. 
• No creemos en nuestras propias capacidades para generar algo bueno. 
• Asumimos toda la responsabilidad de lo negativo, sin tener en cuenta la responsabilidad que compartimos con los demás.

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