Curiosidades


Atracciones en BA


Por José Medrano.


Atracciones en BA
Los turistas que llegan a conocer la Ciudad de Buenos Aires suelen caer siempre en los mismos puntos: el Obelisco, Caminito, Plaza de Mayo, Recoleta, Puerto Madero, la avenida Florida. Pero ahí no termina todo. Buenos Aires tiene joyas ocultas que bien vale descubrir.

Buenos Aires es la ciudad más grande y visitada del país. Por año, llegan diez millones de personas y, en época de vacaciones la cifra supera los seiscientos mil visitantes. Está llena de atracciones para que los  turistas –tanto locales como extranjeros– la conozcan y la disfruten. Pero más allá de sus tradicionales paseos, íconos y bellezas arquitectónicas, hay cientos de lugares que esperan ser desenmascarados. Para eso hay que dar con el guía adecuado y con un recorrido novedoso. 

Diego Zigiotto, escritor, publicó los libros Buenos Aires Misteriosa 1 y 2 en los que cuenta secretos, misterios y leyendas porteñas. Recorramos con él cinco puntos imperdibles.

Museo Fernández Blanco. Este es uno de los lugares que Zigiotto más recomienda. “Al visitarlo encontrás historia, cultura y también leyenda. Acá se guardó la colección de Isaac Fernández Blanco y de ahí tomó el nombre. Es el lugar indicado para admirar platería, mobiliario y pinturas de la época precolombina y también mucho de la época hispánica. Tiene un jardín bellísimo, una arquitectura muy interesante y hasta una historia que habla de fantasmas que recorren el lugar”, cuenta Diego. 

El Museo está ubicado en Retiro, en la que fue la casa del arquitecto Martín Noel. Él mismo la diseñó en un estilo neocolonial que se aprecia aun antes de pasar el primer portón. Atravesar este Museo es un viaje en el tiempo. 

Según dicen, la Casa Noel (como también la llaman) está encantada. Es que en el siglo XVII allí funcionaba una compañía importadora de esclavos; y hoy –afirman cientos de testigos–, aquellas víctimas serían las almas que aparecen por el Museo. En 1928, el entonces presidente de los Estados Unidos, Herbert Hoover, alojado en la casa, dijo escuchar lamentos toda la noche. En 1989, el Ballet Hispania ensayaba en ese mismo patio cuando apareció una joven que de pronto se desvaneció. Muchos aseguran haber hablado con el fantasma de una chica muerta de tuberculosis a inicios del siglo XIX. Con o sin fantasmas, el Museo es una de las joyas de la ciudad.

Palacio Barolo. Este palacio es emblemático, lleno de particularidades y no siempre incluido dentro de los puntos obligados. Se inauguró en 1922 y fue, hasta 1935 –cuando se levantó el Edificio Kavanagh–, la construcción más alta de Buenos Aires. Se caracteriza por hacer referencia a la Divina Comedia de Dante Alighieri. El mito dice que el empresario que decidió este proyecto lo hizo porque pensaba que tras la Primera Guerra Mundial, otras guerras arrasarían Europa. Así, desesperado por conservar las cenizas del famoso escritor italiano, construyó un mausoleo inspirado en su obra máxima. El edificio está lleno de referencias al Dante: las bujías del faro representan los nueve coros angelicales y la rosa mística. Sobre el faro está la constelación de la Cruz del Sur, que se puede ver alineada con el eje del Palacio Barolo los primeros días de junio a las 19.45. La división general del edificio y del poema es en tres partes: Infierno, Purgatorio y Cielo. La planta baja es el Infierno, los primeros 14 pisos son el Purgatorio, y los siguientes son el Paraíso. El faro representa a Dios: en ocasiones especiales este se enciende. Hay visitas guiadas de lunes a sábados (excepto martes) de 10 a 19 horas. 

Galería Güemes. Zigiotto cuenta que a pesar de estar en el corazón del centro, en Florida al 100, la Galería Güemes es muchas veces ignorada: “Está ubicada en un lugar clave de la ciudad y los propios turistas pasan sin verla. Recomiendo que la visiten y que, una vez allí, levanten la vista: la cúpula es increíble”. La galería se inauguró en 1915 y se la bautizó con el nombre del héroe salteño General Martín Miguel de Güemes. Ya entonces sorprendía por la cantidad de usos que tenía el edificio: en el subsuelo contaba con un teatro y salón de eventos por el que años más tarde haría sus primeras armas Pepe Biondi. En la planta baja, los locales comerciales y la gastronomía; desde el primer piso, las oficinas y, a partir del 6.°, los departamentos. En el piso 14, la confitería y cuatro niveles arriba, el punto más alto con una vista de 360° del centro porteño.
 
El lugar está lleno de mística y las anécdotas de dos grandes escritores marcan su importancia. Julio Cortázar en su cuento “El otro cielo” imaginó unidas a esta galería con la parisina Vivienne, para que en ambas circulara el mismo aire de las dos ciudades de su vida. Si bien la Güemes es uno de los símbolos de la calle Florida, pasará a la historia literaria gracias a este relato con el que cierra su obra Todos los fuegos el fuego.
 
Por otro lado, el autor de El Principito, Antoine de Saint-Exupéry, vivió en este edificio y cuando dejó las tierras porteñas se llevó a Consuelo Suncín –con quien se casó en Francia– y otro gran libro: Vuelo nocturno.

La Galería es considerada una de las obras cumbre del Art Noveau porteño. Visitante de Buenos Aires: no deje de conocer este lugar. Los souvenirs pueden esperar.

Barrio Monseñor Espinoza. “Me parece bueno que la gente amplíe los límites de la ciudad, se quedan mucho en el centro y se pierden cosas más alejadas, pero muy valiosas. El barrio Monseñor Espinoza, de Barracas, vale la pena por su historia, su evolución y porque da la excusa para un nuevo paseo por la ciudad”, afirma Diego.

En 1917, comenzaron a construirse allí “casitas económicas” para familias numerosas de bajos recursos. El barrio fue inaugurado en 1923 y, tras varias mejoras, hoy retomó su protagonismo en Barracas. 

Según su historia, pudo construirse gracias a una gran colecta nacional e infinidad de donaciones. Aquí surgen dos nombres: por un lado, el de Alejandro Pereyra Iraola, que donó el terreno, y el del entonces arzobispo de Buenos Aires, Mariano Antonio Espinosa, por quien se nombró al lugar.

El complejo tiene su entrada en la calle Perdriel 1250 y dos pasajes a las calles California y Alvarado. Son sesenta y cuatro casas distribuidas en ocho pabellones con un gran jardín y, como fueron pensadas para familias numerosas, son de buenas dimensiones. El alquiler inicial era de 68 pesos, pero para la década de los setenta, el valor se tornó irrisorio y hubo una oferta para que los inquilinos fueran propietarios: la posibilidad de compra se logró gracias a créditos de El Hogar Obrero. Muchos de sus dueños originales vendieron sus propiedades, que hoy cotizan en alza en un emblemático barrio porteño.

Barrio Parque Los Andes. Finalmente, Zigiotto recomienda a los turistas aventurarse a la periferia de la ciudad: “Me gustaría rescatar el Complejo Los Andes, del barrio de Chacarita, por su historia y su valor arquitectónico. La ciudad está llena de joyas que merecen ser visitadas y esta es una de ellas”.

Reza la leyenda que el terreno entre las calles Leiva, Rodney, Concepción Arenal y Guzmán se convertía en un lodazal cada vez que había tormenta y que así, tras el relleno del predio, se convirtió en la primera cancha de Chacarita Juniors. Pero no fue hasta 1924 que se proyectó la construcción de una vivienda colectiva frente al Parque Los Andes. Son doce cuerpos de diez metros de ancho, planta baja y tres pisos altos y el espacio verde que representa el sesenta y tres por ciento de la superficie, con jardines, arboledas y juegos infantiles. Inaugurado en 1928, el complejo buscaba reemplazar a los conventillos porteños. Hoy, más de noventa años después, sigue siendo un ejemplo de arquitectura urbana: está diseñado de tal forma que ningún cuerpo produce sombra sobre el edificio vecino. Su autor se llamó Fermín Hilario Bereterbide, un militante socialista preocupado por darle calidad de vida a los más necesitados. Si el cementerio de La Chacarita es parte del recorrido, el complejo está justo al lado: es un paseo sin desperdicio que puede terminar en el famoso Bar “Rodney”. Un paseo con historia celeste y blanca.

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