Investigación


La vida dentro de 25 años


Por María Sol Oliver.


La vida dentro de 25 años
El aniversario de Nueva es la excusa ideal para imaginar cómo viviremos el próximo cuarto de siglo: ciudades “verdes”, inteligencia artificial, gobiernos online, economías digitales y alimentación consciente.

Quizás en 1935, cuando Carlos Gardel le puso música al tango “Volver”, 20 años no eran nada, pero por aquel entonces, el tiempo tenía otro ritmo. Hoy, dos décadas significan muchísimo y no es que se le hayan agregado días al calendario, sino que todo pasa más rápido. ¿Cuántas transformaciones inimaginables, a nivel social, cultural y económico, se dieron desde el nacimiento de Nueva, allá por 1991? 

Internet, por ejemplo, era incipiente en nuestro país y nadie imaginaba la revolución y el cambio de paradigma que ocasionaría. En mayo de 1995, esta revista apenas celebraba sus primeros cuatro años de circulación en los hogares, cuando empezaron a venderse las primeras conexiones comerciales. Pocos meses más tarde, cientos de empresas argentinas y miles de usuarios particulares ya estaban navegando por la “red de redes” que, a nivel mundial, reunía a treinta millones de personas. Un verdadero boom. Lo que vino después desencadenó vertiginosamente en el presente.

En 2016 podría parecer obsoleto hablar de la Sociedad del Conocimiento o de Globalización, pero lo cierto es que el aumento de las transferencias constantes de información que facilita la web –incluyendo el volumen de datos–, junto con el desarrollo de dispositivos de todo tipo, forma y color, modificó radicalmente la forma en que se están desenvolviendo las actividades del mundo moderno. Ya no es posible imaginarse un futuro sin wifi.

Marcelo Urresti, sociólogo, docente e investigador de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y de la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM), explica que la sociedad estará culturalmente más fragmentada. Se refiere a la forma de consumir y relacionarse con los contenidos periodísticos y de ficción. De hecho, los audiovisuales ya pueden verse en cualquier momento y desde cualquier dispositivo. 

Con esta lógica, Urresti entiende que se modificará el mundo de las noticias, que la actualidad estará mediada por listas de distribución, según los intereses de cada usuario. Y que aunque el tipo de comunicación que se produce en las redes sociales permite que cualquiera pueda convertirse en un formador de opinión, los poderes reales no dejarán de tener influencia. “Habrá una apertura cada vez mayor en el ecosistema comunicacional de medios, y se profundizarán las transformaciones que ya estamos viendo”, añade Carolina Aguerre, doctora en Ciencias Sociales, profesora de la Universidad de San Andrés (UdeSA) e investigadora especializada en gobernanza y políticas de Internet.
Ciudadanos y gestión pública
Buena noticia. Si bien nadie puede hacer futurología, los especialistas advierten en el horizonte de las variables y tendencias, la cristalización de la tan deseada transparencia en la gestión del Estado. Esto será así, muy probablemente, porque la existencia y factibilidad de los datos abiertos (open data: así se denomina a la información que está disponible, que puede distribuirse y reutilizarse de forma libre por la web) permite a los ciudadanos exigirle al Estado que rinda cuentas sobre lo que hace con los recursos públicos. “Esta capacidad de seguir la gestión está arraigándose con fuerza en la agenda ciudadana y en el propio Estado, acompañada por las leyes de acceso a la información pública”, asegura Aguerre.

Otra cuestión disruptiva y provechosa acerca del futuro es la tecnología digital como facilitadora de la gestión urbana por parte de los gobiernos, a través de lo que se llama “Internet de las cosas”. Este concepto hace referencia a la interconexión digital de objetos cotidianos entre sí –mediante wifi–, y no solo entre computadoras, laptops, smart phones o smart tv. “Es posible el uso de los protocolos IP en distintos lugares de la ciudad, como sensores que, en determinadas calles, midan el tránsito y establezcan rutas alternativas para evitar embotellamientos”, señala Aguerre.

A su vez, la investigadora se refiere al desarrollo de dispositivos creados y gestionados por los municipios y gobiernos locales, para relevar información que sirva para administrar mejor el espacio público y actuar con más eficiencia frente a desastres ecológicos. 

En cuanto al paisaje urbano general, Urresti considera que no variará demasiado: “El entorno construido no suele cambiar abruptamente. Por caso, las edificaciones de principios de siglo XX aún conviven con construcciones modernas”.
Seremos muchos
Alrededor del mundo, la población crece de manera exponencial. Según datos de las Naciones Unidas, para 2050 se calcula que habrá unas dos mil millones de personas más que ahora, el 75 % de las cuales se concentrará en las urbes. El dato que alerta es que casi la mitad vivirá por debajo de la línea de la pobreza.

Estas cifras despiertan, al menos, dos problemáticas principales: el déficit habitacional –problema que afectará en mayor medida a los países en vía de desarrollo– y los recursos energéticos. Las grandes ciudades europeas hace tiempo que se  proyectan en “verde”, utilizando energías renovables y poniendo énfasis en conservar la limpieza del medioambiente. El próximo cuarto de siglo, de no mediar catástrofes imprevistas, las encontrará mejor preparadas que otros lugares del mundo con economías más débiles.

Justamente, la inestabilidad económica histórica de países como la Argentina, se cristaliza en un estándar bajo de construcción. “Se piensa en levantar un edificio en el menor tiempo, con el costo más bajo posible y con un rápido retorno de la inversión”, evalúa Fabián Garreta, arquitecto, director en Tecnología y Eficiencia Energética del estudio M2arq y fundador de Sursolar, consultora de arquitectura sustentable y energías renovables. 

Tampoco hay una legislación que obligue a las constructoras a poner énfasis en criterios de eficiencia energética. “De acá a 25 años, probablemente estemos incursionando en cuestiones que, en la actualidad, las principales ciudades del mundo ya concretaron. Lo mismo pasa con las matrices energéticas: mientras los países centrales discuten con una previsión de cincuenta años, nosotros tenemos una matriz energética de cincuenta años atrás. Lo que significa que hay cien años de diferencia”, subraya el arquitecto.
¿Ciencia ficción o realidad?
En los próximos veinte años seremos testigos de grandes cambios. Incluso, muchos más de los que vivimos en los últimos dos milenios.

Así lo asegura el venezolano José Luis Cordeiro, profesor fundador y asesor en energía de la Singularity University, NASA, Silicon Valley, y director del Millennium Project. 

Lo que marcará el futuro es lo que se conoce como “singularidad tecnológica”, que, según Cordeiro, dará lugar a la “edad poshumana”. El concepto se refiere al momento en el que la inteli-gencia artificial alcance y supere a la de las personas. Esto se prevé para la próxima década de los cuarenta, y propiciará cosas que hoy suenan a magia. Por ejemplo, cada persona dispondrá de la secuenciación de su propio genoma para poder prevenir enfermedades genéticas. A su vez, seremos capaces de controlar los procesos de envejecimiento, lo que aumentará la esperanza de vida. 

También están quienes aseguran que podremos descargar la conciencia humana a un cuerpo robotizado, convirtiéndonos en algo así como “inmorta-les”. “Viviremos más y con un gran estado físico, porque, por muchos años que tengas, seguirás como a los veinticinco. La edad va a ser controlable biológicamente”, afirma Cordeiro. 

¿Qué haremos a lo largo de tan largas vidas? En el Foro de Davos se pensó en crear un salario mínimo garantizado. El trabajo lo harán las máquinas, y nos permitirán dedicarnos a actividades de ocio, creativas, y a viajar a donde querramos, sea la Luna o Marte. Ver para creer.
Fuente: Fundación El pino
Viviremos más
El desarrollo de la ciencia y la tecnología está teniendo impacto sobre la pirámide poblacional. La expectativa de vida aumenta a medida que se reduce la cantidad de nacimientos. “Hay 1.200.000 argentinos que hoy tienen más de 80 años. Y la tendencia crece”, proyecta Urresti.

La paradoja cultural que se acentuará es la “juvenilización”; o sea, la sobrevalorización de la juventud. “Los abuelos de hoy son más activos y joviales que hace 40 años. A los 50, las personas recién estarán llegando a la mitad de su vida, con lo cual los procesos madurativos serán más lentos y la ‘adolescencia’ más prolongada”, asegura el sociólogo.
 
Este fenómeno traerá consecuencias. Por un lado, la medicina deberá atender la aparición de enfermedades que no existían, vinculadas con la tercera o cuarta edad. Por el otro, habrá que adaptar las estructuras edilicias y urbanas a la movilidad corporal y motricidad fina reducidas de los ciudadanos mayores. Por lo que surgirán rediseños y productos asociados a este escenario.

El desafío económico será grande: la proporción de gente económicamente activa será cada vez menor frente a una población envejecida cada vez más numerosa. Urresti prevé dos alternativas para esto: aumenta la presión fiscal sobre unos o se desprotege a los otros. Claro, a esto se sumará el flagelo del desempleo.
Economía digital
Otra de las grandes disrupciones de la era digital se da en el mundo de los negocios, la mano de obra y las formas de supervivencia. La nueva economía estará vinculada con diferentes cuestiones. Una de ellas se refiere a las prácticas económicas tradicionales, como alquilar una vivienda o facilitar un medio de transporte. Los intermediarios ya no serán solo los que conocemos –una patronal de taxis, una inmobiliaria o una agencia de viajes–, sino que habrá mayor cantidad de plataformas que interconecten a usuarios. Por ejemplo, uno que tiene que llegar a un lugar con otro que tiene auto y disponibilidad para llevar pasajeros. “Estas plataformas no reconocen las fronteras nacionales ni jurisdiccionales. Tienen características transnacionales, inherentes a su diseño”, apunta Aguerre.

Otra cuestión, inspiradora de películas futuristas, ya es una realidad: la inteligencia artificial como reemplazo de la mano de obra humana. “En los últimos cinco años, su crecimiento fue exponencial. Puede notarse en aplicaciones como Google Car y en empresas de transporte norteamericanas que, aún en fase experimental, ya están utilizando tecnología que prescinde del chofer”, continúa la investigadora.

En los próximos años, la automatización de los procesos productivos industriales será casi total. No solo las computadoras llevarán a cabo trabajos vinculados con la fuerza o el procesamiento de información, sino que están siendo cada vez más “inteligentes”, al punto de tomar decisiones con un nivel de exactitud mayor que un humano.

No se vislumbra en el mediano plazo una movilidad social ascendente como la de principios de siglo pasado. Pero en unos años, estos cambios serán prioridad en la agenda política: si aumenta el desempleo, habrá que repensar la distribución del ingreso. Se habla de la “renta básica universal” pagada por el Estado, con el fin de garantizar necesidades básicas, solo por el hecho de ser ciudadanos. La solidaridad es el desafío más grande del futuro.
¿Qué y cómo comeremos?
Se acentuará la tendencia a alimentarse  saludablemente. Según Andrea Gómez Zavaglia, bioquímica y doctora en Ciencia Exactas, investigadora del Conicet y  directora del Centro de Investigación y Desarrollo en Criotecnología de Alimentos (CIDCA), este comportamiento llevó al desarrollo de alimentos funcionales. “Hacemos alusión a la añadidura exógena de nutrientes y compuestos a alimentos que originalmente no los tenían.

Para completar su valor nutricional a la hora de ser ingeridos, se les agregan antioxidantes, vitaminas o componentes que reducen, por ejemplo, el colesterol”, explica Gómez Zavaglia.

Otra  tendencia es el aprovechamiento de los desechos de la industria alimenticia para el desarrollo de nuevos productos. Gómez Zavaglia pone como ejemplo el lacto suero, que es contaminante, pero tiene un alto valor proteico. El sector también piensa en sustentabilidad. Se está trabajando en el diseño de envases, muchas veces a partir de materiales de descarte, a los que se les incorporan principios activos como inhibidores de bacterias.



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