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Dar hasta lo que no se tiene


Por María Alvarado.


Dar hasta lo que no se tiene
Con muchísimo orgullo, y para rendirle un homenaje, Daniela Estrella escribió a Nueva para contar la historia de su padre. Un trabajador rural que con mucho sacrificio reabrió un club para que los niños de zonas vulnerables y rurales de Tupungato, Mendoza, tuviesen un lugar de pertenencia.

Mario Estrella (52) nació y se crio entre viñedos, en el departamento de Tupungato, de la provincia del vino. Aprendió de su papá el trabajo de cultivar la vid. Hoy –con seis hijos y cinco nietos– reparte sus días entre su familia, su labor en una finca y el Club Deportivo La Arboleda. Se considera un soñador. De aquellos que sueñan en grande y que, también, trabajan duro para llevar esos sueños a cabo, para materializarlos. Cuando uno de sus hijos cumplió los 10 años y quiso jugar al fútbol, Mario reflotó su anhelo de verlo actuar en el mismo club en el que lo había hecho él de pequeño. A costa de mucho sacrificio, logró ponerlo de pie ya que había quedado abandonado luego de una expropiación y de complicaciones económicas. Allí, se ocupa personalmente de hacer que niños de zonas aisladas y vulnerables jueguen al fútbol y crezcan en un ambiente donde se respira amistad y amor por el deporte.

“El Club Deportivo La Arboleda es uno de los clubes fundadores de la liga de fútbol de Tupungato. Está en una zona rural, donde se cultiva la vid, el durazno, la papa y la manzana. En 1985 se expropió parte del terreno para hacer una calle. Y así, de a poquito, empezó a desaparecer. Pasaron los años y quedó abandonado, se llenó de yuyos y no se usó más. En el año 2004, a raíz de que mi hijo quería jugar a la pelota, y hacerlo en la liga con un carnet propio, empecé a averiguar cómo podía recuperar el club. Mi sueño era que él pudiera también jugar en la Arboleda. Fui al distrito para ver qué documentación se necesitaba. No conseguía nada. Fui y vine millones de veces.
 
Con el tiempo, aparecieron algunos papeles y, con mi trabajo, fui juntando la platita para poner todo en regla y poder pagarle a un contador. Como había que formar una comisión, junté a varios amigos que habían jugado conmigo al fútbol. El 10 de marzo del 2006 quedó armado. Salí elegido presidente, aunque para mí, es una formalidad. Lo que me mueve son los niños. Ellos me pueden. Fui a uno de los barrios más marginales a buscar chicos para que jugaran en el club. A pesar de que la gente me recomendaba no entrar en esos lugares yo fui a buscarlos porque esos niños tienen los mismos derechos e ilusiones que los de la ciudad.
 
Poder hacer algo por ellos vale más que todo. Yo no soy psicólogo, ni maestro, ni nada. Soy un simple empleado rural que tiene hasta séptimo grado de la escuela. Los voy a buscar y los llevo al club para que puedan jugar a la pelota. Estos nenes están muy aislados, viven en fincas y trabajan con sus padres. Andando por esos campos he visto realidades que me conmueven. Desde que se abrió el club, los busco y los traigo, casa por casa, todos los sábados y domingos. Tengo un autito chico, así que hago como diez viajes para poder llevarlos a todos. Cuando podemos, también les preparamos un jugo, un chocolate. Entre vecinos y padres arreglamos las canchas, acondicionamos una cantina. Los sábados se juegan los partidos de los chicos de 12 hasta 17 años. Y los domingos, hay una escuelita para los chiquitos que tienen entre 5 y 11.  Los padres hacen de directores técnicos. Yo coordino, y sobre todo, trato de hablarles mucho antes de cada partido. Les explico que a veces se gana y otras se pierde. Que hay que respetar a las personas, al árbitro, a los técnicos y a los rivales.

Mi familia me apoya muchísimo. Ellos me aguantan todos los fines de semana. Mi señora, por ejemplo, donó una pequeña herencia para poner el club en condiciones para que las divisiones mayores pudieran jugar torneos. Yo he resignado muchas cosas para sacar adelante el club y mi familia me ayuda siempre. En total, tenemos setenta niños y jóvenes. Ellos se sienten muy identificados conmigo y con el club. Es mucho lo que hay que hacer y andar para que todo esté en pie. Somos dirigentes, técnicos, aguateros, alcanza pelotas, hacemos de todo. Para ellos soy La Arboleda, soy el club. Es mucho el trabajo, pero la recompensa también es grande. Camino por el centro y me saludan: “Hola Profe”. Ese es mi mayor trofeo. Los chicos me quieren y me respetan. Mi sueño ahora es armar una salita de 4 en el club. Tengo un nieto que no conseguía dónde ir a la escuela porque no había lugar. Sería un orgullo pasar por esta vida y haber dejado una huella”.

nueva, todos los domingos con:


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