Entrevista


“Escribo para entender mejor la vida”


Por Paula Bistagnino.


“Escribo para entender mejor la vida”
Con el Óscar de El secreto de sus ojos, Eduardo Sacheri  se convirtió en uno de los autores más populares de la Argentina. Ahora, tras ganar el Premio Alfaguara de Novela, entra por la puerta grande a Hispanoamérica.
  
Un profesor de historia de clase media, de veintitantos años, nacido y criado en los suburbios de Buenos Aires, empieza a formar una familia y se enfrenta a un torbellino de preguntas, miedos, angustias, deseos e ilusiones: su orfandad, la incertidumbre del futuro, la fragilidad de la vida. Sobreviene el insomnio y él, que siempre ha sido un lector voraz, encuentra amparo en la escritura: escribe para responderse, para contenerse, para alivianarse. Escribe cuentos que hablan de su mundo: el fútbol, el barrio, los amigos, la infancia, la vida. Sus cuentos llegan a manos del periodista deportivo Alejandro Apo, quien los lee en la radio los sábados por la tarde. Los oyentes empiezan a preguntar adónde los pueden encontrar. Y entonces logra publicar un primer libro, luego otro y otro más.

Lo lee un director de cine argentino que pasó gran parte de su vida trabajando en los Estados Unidos y que empieza a ser muy popular en la escena local, Juan José Campanella. Le propone hacer algo juntos. Él responde que sí, que claro. Justo está por publicar su primera novela, La pregunta de sus ojos, y a Campanella le gusta mucho. La filma y gana el Óscar, el segundo en la historia argentina. Sigue escribiendo y más directores quieren filmar sus historias o tenerlo como guionista. Pero él no abandona la novela. Se presenta una, dos, tres veces al Premio Alfaguara, uno de los más importantes de la literatura de habla hispana. Y lo gana.

Esa es, en una síntesis apretada, la vida de Eduardo Sacheri. Quien haya leído sus libros, podría creer que hay una analogía en esta historia con sus personajes, hombres y mujeres comunes a los que les suceden cosas extraordinarias.

Sentado en el living de su casa de Castelar, donde vive con su mujer –su novia desde la adolescencia–  y con sus dos hijos adolescentes, opina que todas las vidas son ordinarias y que todas tienen, también, sus momentos extraordinarios. Que en la cotidianidad, las historias de todos se parecen, y que la existencia está hecha de las nimiedades y no de los grandes acontecimientos. Lo que él hace –dice– es cerrar el foco y mirar una vida, su singularidad, y hacerla especial. “Todas nuestras vidas tienen momentos felices, errores trágicos, decisiones importantes, encuentros inverosímiles, sucesos inesperados”, enumera el profesor de historia y escritor, en medio de una gira internacional para presentar La noche de la Usina.

–Buscaste el Premio Alfaguara. ¿Hay un sabor especial en ese reconocimiento del mundo literario para alguien que llegó desde un lugar inesperado?
–Lo busqué, y me da una enorme satisfacción haberlo ganado, porque es un premio literario. El Óscar me abrió un camino laboral enorme y una visibilidad para mis libros, pero es un premio de cine. Este es de literatura, y me encanta pensar en que si alguien acomodora los libros de todos los premios Alfaguara, yo estaría entre Laura Restrepo, Tomás Eloy Martínez, Santiago Roncagliolo, Sergio Ramírez y Andrés Neuman. De todas maneras, no creo que me abra puertas de reconocimiento académico. No lo pretendo.
 
– ¿Cuándo te sentiste un escritor profesional?
–Cuando empecé a vivir de esto, que fue después de El secreto de sus ojos. Cuando pude reducir las 65 horas de clase y volcarme más a los libros. Ahí se convirtió en parte central de mi vida. Pero no es un lugar definitivo, porque si en unos años a nadie le interesa ya leerme…

– ¿Te angustia esa posibilidad?
–Si en algún momento mis libros se dejan de leer, me generará tristeza haber perdido la compañía de los lectores. Porque es muy lindo saber que hay gente a la que le gusta leer lo que vos escribís. Sé que hay muchos escritores que prescinden de saber qué pasa con lo que escriben. Pero se ve que yo soy bastante más básico y a mí me gusta, lo cual no quiere decir que escriba para gustar. Yo escribo para que me guste a mí como lector. Porque para mí escribir es un acto prolongado de la lectura. Por eso me puse a escribir en mis insomnios y no a ver televisión, porque siempre leí como un cochino. Soy, ante todo, un lector.

– ¿Qué implica un premio tan importante? ¿Hay una presión extra para lo próximo que vayas a escribir?
–Una cosa es lo consciente y otra lo inconsciente que te atraviesa… Yo creo que no me presiona. Que lo que más cambia es el tiempo que tengo para escribir. Eso es un privilegio. Y cierta comodidad económica que me ha dado vivir de esto y que no hubiera tenido como profesor de historia. De todas maneras, no me interesan las críticas y tomo la precaución de no leerlas; ninguna, aunque sea un halago absoluto. Sí presto atención, y me gusta, cuando es un lector el que me hace un comentario. Ese contacto minúsculo con la opinión del otro es el que me interesa. No sé las reseñas que hubo de este libro, ni siquiera releo los reportajes que me hacen.

–Hay una infinita posibilidad de historias por contar, ¿cómo decidís cuál será tu próximo libro?
–Es un lentísimo proceso de selección, descarte, definición. Qué contar y qué no dentro de la misma historia. Me lleva dos años una novela: el primero, armando la historia, pensándola y organizándola, escribiéndola, pero sin tipear una letra. Cuando me siento a escribir, necesito saber adónde voy. Así como hay escritores que arrancan intuitivamente… Bueno, yo no. Puede haber algún detalle, pero no hay manera de que me surja un personaje que no estaba previsto.

–Si un año antes de escribir La noche de la Usina me hubieras tenido que contar la historia, ¿qué habrías dicho?
–Quiero contar la historia de unos hombres que quedaron dados vuelta con la crisis de 2001, como todo el mundo pero un poco más, porque los estafaron, y relatar cómo vuelven a ponerse en movimiento. Y ese ponerse en movimiento tiene que ver con resarcirse. Me gustó jugar con la idea de la crisis y la ausencia de rostros de los responsables. ¿Quién nos estafó? Me gustó jugar con personajes que tuvieran ese doble dilema moral: ¿tengo derecho a hacer algo? Supongamos que sí, ¿cómo lo hago? Porque eso quizá implica cometer un delito, y la gente que no está acostumbrada a delinquir no sabe cómo manejarse. Es el gran problema de las personas honradas: no tienen idea de cómo hacer maldades.
 
– ¿Cómo sufriste vos la crisis? 
–Yo era profesor de historia, tapado de horas de clase y cobraba en patacones. El dinero que teníamos ahorrado con mi mujer para comprar un departamento más grande, en un mes y medio solo alcanzaba para pintar el que teníamos.

–Un bajón…
–Al menos no me quedé sin trabajo. Lo que tuvimos que hacer en los siguientes años fue sobreexplotarnos laboralmente: si daba 50 horas de clase por semana, empecé a dar 65. Y mi mujer, que es psicóloga, hizo lo mismo con los pacientes. Pero no puedo decir que la pasé mal. Mis hijos eran chicos y sí me acuerdo de estar preguntándome cómo iba a hacer para criarlos. Pero nunca faltó un plato de comida en mi casa. Por supuesto, esa desolación, esa bronca y esa confusión me sirvieron para compartirlos con mis personajes.

–Retratás un mundo conocido, el tuyo, que es también el de la clase media argentina.
–Una vez leí un consejo de (Ernest) Hemingway que decía que uno tiene que hablar de las cosas que conoce. Y es eso. Claro que no es válido para toda la narrativa, pero yo escribo para entender mejor la vida que vivo. Por eso me puse a escribir. Entonces las historias que invento son un modo de responder a esas preguntas. Si yo hubiera retratado a quienes entonces se murieron de hambre, creo que hubiera sido un acto de pedantería.
 
–Tus historias tienen el epicentro en pueblos o barrios.
–Sí, son lugares como este (lo dice mirando hacia la ventana del living que da a la calle). Es esto, un suburbio de Buenos Aires hoy, pero que cuando yo me crié era un pueblo. No suelo ubicar mis historias en la gran ciudad, porque no soy de la gran ciudad. Voy allá de paseo, de visitante. Nunca viví más lejos que veinte cuadras de acá. Y no digo que esta es la vida que merece ser vivida. No, esta es mi vida, la que conozco, la escala en la que me siento cómodo.

– ¿Qué es lo que te atrae especialmente?
–Esa proximidad de los horizontes, ese tiempo menos acelerado, ese grado un poco menor de anonimato; no el propio, sino el de los que están alrededor. Es esa mezcla, aunque está muy lejos de ser idílico. Al contrario: hoy es una  zona muy complicada. Y no me gusta vivir con precauciones constantes por mis hijos, que van y vienen, o tener que esperar cinco minutos antes de entrar en mi casa. Pero ¿qué voy a hacer? ¿Me voy a ir a la Capital? No. ¿A un country? Menos, no es un lugar para mí. 

– ¿Sos nostálgico?
–No, no me gusta la nostalgia del paraíso perdido que se idealiza y que solo sirve para condenar el presente. Eso no es bueno. Elijo pensar en que haya futuros mejores. No sé qué va a pasar, pero prefiero no cerrarme a creer en eso, porque tengo hijos que van a vivir en ese mundo.

– ¿Estás de acuerdo con quienes dicen que tus personajes son perdedores épicos?
–No, porque catalogar de perdedoras a las personas comunes y corrientes a las que cinco les salen mal y una bien es errado. Porque entonces, somos todos perdedores.
 
– ¿Alguna vez te sentiste derrotado?
–Un montón de veces: cuando tuve trabajos que odiaba, en el 2001, cuando mi equipo de fútbol perdió… Incluso en esos mismos días en los que salió el Premio Alfaguara, mi hermano estaba internado porque había tenido un ACV, y yo me sentía al borde de una derrota irreparable. Todos vivimos perdiendo en la vida, todo el tiempo, porque vivir es perder: cada día que te despertás, sos un día más viejo que el anterior, y todo lo que querés, amás y necesitás es tan frágil que está un día más cerca de su destrucción. Es atroz, pero es así. Y creo que por eso hacemos arte.

Mundo Sacheri

Un momento de la historia en el que me hubiera gustado vivir: En la caída del Muro de Berlín. Estuve hace poco con mi familia por primera vez y me estalló la cabeza. También en la Segunda Guerra Mundial, pero como observador, claro. 

Un partido de fútbol inolvidable:Me hubiera gustado estar en el partido Argentina-Inglaterra del Mundial de México 86, el día de los goles de Diego (Maradona).

Un lugar en el mundo además de Castelar: Villa Gesell, pero la de cuando yo era chico, con poca gente y mucha arena. Una película para ver una y otra vez: Cinema Paradiso  y Toy Story.

Una frase que repito todo el tiempo y me identifica: ¡Qué país generoso!

La vejez que me gustaría tener: una vejez lúcida, poder caminar y poder leer, y no ser un resentido.

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