Chicos


Gigantes para los más chicos


Por Carolina Thibaud.


Gigantes para los más chicos
¿Quiénes son los ídolos de los niños y los adolescentes del siglo XXI? ¿Por qué es tan importante la construcción de un referente? ¿Qué papel juega la tecnología? Los especialistas debaten.

Papá y mamá. Violetta, Soy Luna, Superman o el youtuber de moda. El profe de gimnasia. Messi o Del Potro. Los chicos de One Direction. A lo largo de la infancia y de la adolescencia, los ídolos van cambiando con regularidad, expresando momentos evolutivos, gustos personales o intentos de pertenencia al grupo de pares. Son fuentes de grandes alegrías y las peores desilusiones, y parecen ser casi un rito de iniciación para la entrada al mundo adulto.

Mientras tanto, para muchos padres, este resulta un desconocido micromundo de referentes, del que no comprenden los valores ni las reglas de juego. “¿Cómo se puede poner así porque Messi dejó la selección o porque su cuadro favorito perdió? ¡Ni siquiera le gusta el fútbol! El otro día no se podía dormir de la excitación que tenía con el triunfo de Del Potro. El mundo del deporte lo obnubila”, comenta intrigada Mariana, mamá de León, de 5 años. Y ni hablar de los padres de preadolescentes y adolescentes que son testigos de las horas que sus hijos pasan frente a la computadora o la tablet, escuchando las aventuras y desventuras que el youtuber preferido cuenta en clave de humor, o mirando cómo, del otro lado de la pantalla, el ídolo de turno juega a su videojuego favorito. Las nenas también tienen sus ídolas y se pasan el día mirándose al espejo tratando de imitar los pasos de baile y las caras de Soy Luna (Karol Sevilla) o hasta hace poco de Violetta (Tini Stoessel).

Es que aunque para los chicos el ídolo represente todo lo que les gustaría ser –o, por lo menos, aquello a lo que sueñan parecerse–, los “valores” que encarnan no siempre están del todo claros para los adultos. “Mi youtuber preferido es Germán, el chileno –cuenta Benjamín, de 12 años–. Es muy gracioso y se está llenando de plata. Gana más que Messi”, asegura convencidísimo quien, a veces, sube videos a YouTube, aunque todavía le falten algunos millones de visitas para empezar a parecerse a Germán.

“Existen dos clases de ídolos: los que eligen para parecerse a sus compañeros, para permanecer seguros dentro de la ‘manada’, y los que se admiran por razones personales”. Maritchu Seitún
La evolución en la elección de los ídolos
“Desde bebés, los chicos nos imitan y, lentamente, se van identificando con sus padres, lo que ya habla de cierta ‘admiración’ no consciente. No son sus ídolos todavía, sino los modelos disponibles que interactúan con ellos”, explica la psicóloga Maritchu Seitún, autora de los libros Criar hijos confiados, motivados y seguros y Latentes.  

Para la especialista, recién a los dos o tres años, los padres se convierten en los ídolos absolutos de los niños. “Pateo como papá’ o ‘Cocino como mamá’ son declaraciones optimistas que, en realidad, expresan deseo: se sienten chiquitos e indefensos y tratan de parecerse y compartir esos rasgos admirados”, ahonda Maritchu Seitún.

Es recién durante la latencia (de los seis a los once años) que los chicos empiezan a mirar afuera de casa y pasan a admirar, además, a alguna compañerita de clase, al tío que es un crack jugando al fútbol o a la maestra de música que tan bien toca la guitarra. “Con la adolescencia, sobreviene la necesidad de separarse de los padres para armar la propia identidad –detalla Seitún. Y profundiza–: En lo manifiesto, los tiran abajo –‘¿Así vestida vas a salir?’, ‘¡No sabés nada!’–, en un intento de alejarse de ese progenitor adulto, a quien, en lo profundo, siguen admirando”.

Es durante esta etapa, que los chicos empiezan a interesarse por personajes conocidos y exitosos: actores, deportistas, cantantes y, desde hace algunos años, protagonistas de las redes sociales (como YouTube, Instagram o Twitter). 
Rumbo propio
Mientras para algunos esta búsqueda de referentes es un proceso individual, para otros es una forma de pertenecer a un grupo de pares: los compañeros de la escuela, los amigos del club, los primos mayores, etcétera. En ese “Me gusta lo mismo que a vos”, los chicos (¡y los grandes también!) se encuentran, se “parecen”.
 
“Existen dos clases de ídolos: los que eligen para ser como sus compañeros, para permanecer seguros dentro de la ‘manada’, y los que se admiran por razones personales. Puede ser un gran artista, un buen alumno o alguien que juega muy bien a su jueguito electrónico o a su deporte preferido”, ejemplifica Seitún. 

Raquel Franco, directora editorial de Pequeño Editor, una empresa especializada en libros para chicos, coincide: “La búsqueda de referentes es un rasgo propio de la infancia. Pero en cada uno toma un rumbo propio. Por supuesto, están los grandes referentes mediáticos, los señalados y conocidos por todos. En ese sentido, hay una gran presión social y de la sociedad de consumo, ya que a los chicos les ‘venden’ ideas, ídolos, conductas; hay grandes plataformas para eso, como la televisión, los videojuegos, la publicidad y las redes sociales”.

Muchas veces, de este “ruido mediático” surgen los fanatismos masivos y algo extremos: esos que derivan en campamentos de familias enteras afuera del estadio donde tocará un ídolo teenager o en desmanes en el aeropuerto de Ezeiza con la llegada al país de la boy band del momento. 
Ídolos 2.0
Las redes sociales son las principales encargadas de difundir y viralizar los contenidos propuestos por los ídolos infantiles y juveniles del siglo XXI.
En Instagram, una australiana que no tiene más de 16 años, sube fotos de su larga cabellera rubia y su cuerpo esbelto, y cosecha suspiros de millones (¡sí, millones!) de adolescentes alrededor del mundo. En su mayoría, mujeres que quieren parecerse a ella.

En YouTube, el español SoyRubius, uno de los youtubers más famosos, hace reír a carcajadas a chicos en todos los rincones del Planeta, mientras relata en tiempo real cómo juega al Minecraft, un videojuego de moda.
 
El negocio de estos ídolos 2.0 pasa por la cantidad de seguidores o suscriptores que consiguen. En YouTube, por ejemplo, el personaje en cuestión sube contenido y recibe dinero dependiendo del número de visualizaciones. A esto se suman, además, los acuerdos comerciales que pueda lograr con diferentes marcas y los “intentos de capitalización” (con los que algunos pocos privilegiados llegan a convertirse en verdaderos millonarios).
 
“Los youtubers, y esto es típico de las industrias culturales, hacen intentos de capitalización y se diversifican como productos en otros soportes. Por ejemplo, escriben libros, graban un disco o tienen presencia en algunas exposiciones”, comenta Martín Becerra, quien es doctor en Ciencias de la Información y docente de las universidades de Buenos Aires y de Quilmes. 

Dado que en Instagram o YouTube cualquiera puede subir una foto o video, la calidad del contenido es extremadamente despareja, pero, a medida que el personaje suma seguidores y va creciendo su estatus de ídolo, se da un proceso de profesionalización que no difiere tanto de lo que, por ejemplo, ocurre en la tele.

Sin embargo, desde el mundo adulto y los medios tradicionales, se mira a estos nuevos ídolos con algo de desconfianza. “Los youtubers se meten en nuestras casas sin pedir permiso, presentándose como un personaje exitoso con muchos seguidores. Corresponden al modelo moderno de que ‘muchos amigos’ es mejor que ‘buenos amigos’. Los chicos se sienten muy cerca, lo que no es real, y admiran su enorme éxito económico”, sostiene Seitún.

La fantasía es que, de la noche a la mañana, cualquiera puede transformarse en un youtuber famoso. “La lógica de las redes sociales se basa en la apariencia de creación de contenido colectivo, pero en la práctica, todavía hay una inmensa mayoría que consume, lee o mira, pero no produce”, concluye el doctor Becerra.

“La lógica de las redes sociales se basa en la apariencia de creación de contenido colectivo, pero en la práctica, todavía hay una inmensa mayoría que consume, lee o mira, pero no produce”. Martín Becerra
La infancia, atravesada*
Beatriz Jouve*

Opinar acerca de los ídolos de los chicos implicó revisar una serie de prejuicios. “De niña yo no tenía ídolos”, me dije. Luego recordé las colas para entrar al cine para ver las películas de Sandro o de Palito… Entonces, realicé una pequeña encuesta casera en la escuela donde trabajo. En primer grado, solo la cuarta parte del grupo manifestó tener ídolos. Ya en segundo, la relación se invirtió: las tres cuartas partes del grado afirmó tenerlos. Esa misma relación se mantuvo en tercero y cuarto grado. En quinto, sexto y séptimo todos contestaron que tenían ídolos. Entre los elegidos por las nenas, se destacaron actrices de TV de los programas juveniles y cantantes. Los nenes eligieron entre deportistas, cantantes y algunos youtubers. Todos sabían en qué consistía ser youtuber. Podían mencionar a algunos, y expresaron que les gustaba ver sus videos. Pero eso no significaba que los consideraran sus ídolos.

Evidentemente, los niños construyen su subjetividad en el mundo que los adultos les legamos. Identificarse con los personajes populares, exitosos, jóvenes y atléticos es una forma de intentar pertenecer a una sociedad que ostenta estos valores como supremos. Pero no por ello debemos pensar que los chicos son meros receptores pasivos. Una niña de ocho años me explicó que a ella le gustan los youtubers porque “inspiran tus momentos más tristes”; otro de 10 me contó que su ídola era su familia, porque lo apoyaban siempre. Y pensé ¿Qué modelos ofrecemos a nuestros chicos para que construyan sus identificaciones? ¿Con qué materiales edifican sus sueños y fantasías? ¿Nuestro lugar de adultos se limitará a la añoranza de un pasado mejor? ¿Somos capaces de escucharlos y respetar sus perspectivas? Esta vez, la tarea la tendremos que resolver los mayores.

*Vicedirectora de la Escuela Provincial N.° 150 Cristóbal Colón de Rosario y autora de varios libros.

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