Investigación


Cerebro oculto


Por Mariano Petrucci.


Cerebro oculto
Un abrazo, el pan de la mañana, la rutina en el gym y las vacaciones: el estilo y la calidad de vida son trascendentales para el desarrollo del sistema nervioso.

ACTN3. Cuatro letras y un número parecieran ser la explicación de por qué los rivales solo alcanzan a mirarle la diez en la espalda a Lionel Messi. Se trata de un gen asociado a fibras musculares de rápida contracción, por el cual se logran velocidades altas o, en el caso del capitán del seleccionado argentino, sprints con una potencia explosiva.
 
El as de espadas del Barcelona no tiene la culpa, sino su genoma, esa codificación genética en la que están contenidas todas las informaciones hereditarias y de comportamiento del ser humano. Es, como precisa Diego Golombek, lo que traemos de fábrica, como el color de ojos o la propensión a padecer una u otra enfermedad. “Pero eso no es todo, ya que también somos lo que hacemos con aquello que traemos de fábrica: la comida, los mimos de papá y mamá, la clase de gimnasia o la de geografía, la frazada en el invierno y el helado en verano. En otras palabras, nos constituye el ambiente que nos toque en suerte o en desgracia”, subraya este doctor en Biología, especializado en cronobiología.

En una coyuntura en la que las neurociencias se transformaron en un verdadero hit, arriesgue en qué órgano hacen mella tales efectos ambientales. “Lo que comemos, lo que hacemos, nuestros estilos y calidades de vida tienen mucho que ver con lo que le pasa a nuestro cerebro. Allí se acallan o gritan las charlas entre neuronas, se hacen y deshacen circuitos, crecen y decrecen áreas. Hoy sabemos que el cerebro es especialmente sensible al maltrato, a la carencia física y afectiva, a la pobreza”, describe Golombek en el flamante libro de Sebastián Lipina, Pobre cerebro.

¿Un abrazo, el pan de la mañana y hasta la playa o las sierras que elegimos para vacacionar son determinantes para el crecimiento de un sistema nervioso que nos atravesará de norte a sur? Sí, por disparatado que se lea. “Los alimentos y el cariño son ladrillos fundamentales con los cuales se construye nuestro sistema nervioso, desde la concepción en adelante. O sea, esto se da incluso antes de nuestro nacimiento”, comenta Lipina, psicólogo, investigador del Conicet y director de la Unidad de Neurobiología Aplicada del CEMIC.

Somos lo que hacemos con aquello que traemos de fábrica. Nos constituye el ambiente que nos toque en suerte o en desgracia” Diego Golombek.
Iguales y diferentes
Néstor Braidot es el director del Instituto Braidot de Formación, que cuenta con su propio centro de entrenamiento cerebral: el Braidot Brain Gym. Para este investigador dedicado al neuroliderazgo, neuromanagement, neurocoaching y neuromarketing, los entretelones del tándem cerebro-cuerpo-mente-espíritu no se reducen exclusivamente al azar, el destino o los genes. Es el resultado de lo que cada uno hace por sí mismo y de la relación que edifica con sus circunstancias. Esto se traduce en que existe una conformación cerebral que define la posibilidad de ser creativos, perspicaces, inteligentes y eficaces en aquello que debemos o deseamos llevar a cabo.

“En el cerebro reside todo lo que una persona fue, es y puede llegar a ser, lo que ha experimentado y memorizado, su conciencia y su metaconciencia. Asimismo, sus habilidades y sus dificultades, lo que acepta y lo que rechaza, lo que ama y cómo ama, lo que está presente y lo que cree haber olvidado –desliza Braidot, autor del reciente libro de textos y videos Neurociencias para tu vida: pensamientos que se leen, se ven, se oyen...¡y se aplican! Y profundiza–: No es en el corazón, sino en el cerebro, donde se ubica la predisposición para el rencor o el perdón, para sentir miedo o coraje, para ser optimista o pesimista, para estar alegre o deprimido”.

Anatómicamente hablando, querido lector, su cerebro es igual al de su pareja, su vecino o su compañero de oficina. En rigor, compartimos los rasgos biológicos generales. Pero, si bien todos los cerebros son idénticos, a su vez son diferentes en cuanto a su moldeado por la interacción con el contexto social, la cultura, los gustos y las experiencias. Facundo Manes, neurólogo clínico, fundador del Instituto de Neurología Cognitiva (INECO) y rector de la Universidad Favaloro, es claro y contundente: “El concepto clave es el de ‘sesgos cognitivos’: esquemas mentales a partir de los cuales formamos nuestras creencias y nuestra visión del mundo. Su principal función es dejarnos interpretar lo que recibimos de nuestro alrededor, y nos brinda un marco desde el cual tendemos a producir, sistemáticamente, ciertas respuestas instantáneas frente a diversas situaciones”.
Epigenética
En lo que fue un hecho inédito en sus 136 años de historia, la prestigiosa revista Science publicó, simultáneamente, dos trabajos argentinos originales. Ambos fueron gestados por investigadores del CONICET, en los laboratorios de la Fundación Instituto Leloir (FIL). En uno de ellos, se postula un mecanismo que ahonda en cómo las neuronas nuevas se “enganchan” o “enchufan” a circuitos preexistentes, encargados de ayudar a encausar varios modelos de aprendizaje. ¿Y qué es lo que colabora en esa integración? Adivinó: el ambiente. Y si es rico en estímulos, mucho mejor.

En esta misma línea, los especialistas suman al debate una palabra muy en boga: la epigenética. “Hace referencia a factores y mecanismos de regulación genética que modifican la expresión del ADN, pero sin alterar la secuencia de sus bases –expone Lipina en Pobre cerebro. Y agrega–: Los mecanismos epigenéticos son fenómenos estables que pueden transmitirse a otras generaciones, y que permiten observar cómo es la adaptación de un individuo a su ambiente sobre la base de la plasticidad de su genoma. Estas modificaciones incluyen procesos fisiológicos normales y patológicos, como cáncer, enfermedades cardiovasculares, neurológicas, reproductivas e inmunológicas”.

Los componentes y las conexiones en el sistema nervioso pueden evolucionar y reformularse en el transcurso de toda una vida. Sin embargo, los expertos coinciden en que a medida que ese sistema nervioso madura y redondea su estructura y actividad, se minimizan las chances de que el cerebro “patee el tablero”. 
“Por eso es tan relevante aprovechar las oportunidades de cambio durante las dos primeras décadas de vida, que es un período extenso en el que se pone en juego información compleja, que corresponde a lo cognitivo, a lo emocional, a cuestiones del lenguaje. En tal sentido, la evidencia neurocientífica indica que no hay una ventana que se cierre a los dos, tres o cinco años. Si bien esa etapa es primordial, no es absoluta, por lo cual es importante considerar lo que puede ocurrir en ciclos posteriores”, destaca Lipina.  
Cerebros sanos
Una nutrición apropiada, una buena dosis de ejercicio, una higiene adecuada del sueño, momentos de relax, círculos de amistades… Todos los caminos conducen a la salud del cerebro.
 
Por su parte, Lipina remarca: “Cada uno de estos puntos contribuyen a la organización y el mantenimiento de procesos neurales a nivel molecular y celular que, al actuar sinérgicamente, van dando forma a estructuras y funcionamientos cerebrales. Cualquier hábito que modifique en forma negativa estos factores, aumentará la probabilidad de impacto sobre el cerebro”.
 
Según el análisis de Golombek, director de la colección de libros Ciencia que ladra y líder de la asociación civil Expedición Ciencia, el cerebro es notoriamente susceptible al estrés crónico, uno de los aspectos más estudiados en la actualidad. Está íntimamente ligado a lo que se denomina “eje HPA”, que involucra, por un lado, a la corteza prefrontal, el hipocampo, el hipotálamo, la hipófisis y la médula adrenal; y por el otro, a un conjunto de moléculas que circulan por todo el organismo, provocando distintos mecanismos de retroalimentación
“La activación del eje HPA acontece cuando una persona le da valor de estresor a un evento particular de su ambiente. Esto depende de la edad, el género, la susceptibilidad de cada uno, el tipo de estresor y su duración en el tiempo –sostiene Lipina–. Una vez que el eje HPA se acciona, moléculas interfieren en sistemas como el inmunológico, produciendo, por ejemplo, híper o hipocolesterolemia e inflamación. Si estos eventos se suceden en forma crónica, pueden influir en lo cardiovascular”.

Como de costumbre, los deberes empiezan desde temprano, ya que la infancia y la adolescencia son fases de enorme vulnerabilidad frente al estrés.
“Cada niño constituye un sistema complejo formado por diferentes elementos genéticos, neurales, conductuales y sociales que interactúan creando patrones intrínsecos de funcionamiento y de desa- rrollo –argumenta Lipina. Y concluye–: Por lo tanto, cada uno se ordena a sí mismo a partir de una serie específica de estados habituales. La conducta de un niño es siempre resultado de un ensamblado de múltiples componentes que pueden combinarse con libertad de un momento a otro, en cuanto al entorno, la tarea que se va a realizar o la historia personal de cada individuo”.
Responsabilidad moral
El punto más sobresaliente de la investigación de Marcelo Lipina, que puede leerse en Pobre cerebro, es el que se focaliza en el impacto y la incidencia de la pobreza en el desarrollo del órgano más determinante del cuerpo humano. “La pobreza es un fenómeno complejo que se caracteriza por privaciones materiales y simbólicas que reducen las posibilidades de tener alimentos, higiene de sueño, ejercicio físico, regulación del estrés y oportunidades de aprendizaje adecuados.
 
En tal sentido, puede alterarse la organización, formación y funcionamiento cerebrales. Diversos estudios concluyen que la pobreza se puede relacionar con cambios en el volumen de diferentes áreas de la corteza cerebral y en su conectividad. También hay evidencia que sugiere una asociación entre la pobreza y la activación de redes neurales durante la solución de tareas con demandas cognitivas, de lenguaje y de aprendizaje. No obstante, este tipo de asociaciones no son causales; razón por la cual aún debemos continuar analizando por qué se producen –desliza Lipina. Y cierra–: Ser pobre no significa tener necesariamente un trastorno cognitivo inmutable e irreversible. Por otra parte, disponemos de pruebas que nos indican que algunas de estas influencias pueden modificarse a través de intervenciones debidamente diseñadas, implementadas y evaluadas. La ciencia contribuye a sostener la noción de que el desarrollo cognitivo de quienes viven en pobreza depende de la inversión y la planificación intersectorial adecuada”.

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