Historia de vida


El doctor corazón


Por Alejandro Duchini.


El doctor corazón
La historia de roberto canessa en Los Andes es muy conocida. Su día a día como cardiólogo infantil y hombre solidario, no tanto. Esto lo cuenta en su Último libro.

En su reciente libro Tenía que sobrevivir, Roberto Canessa no cuenta solo lo sucedido en 1972 cuando se cayó el avión en el que viajaba hacia Chile. Narra también cómo ese hecho le cambió la vida de manera tal que el mal trago lo transforma en optimismo a través de otra experiencia tan difícil: su especialidad en cardiología infantil. Reconocido mundialmente, decidió escribir para que aquella experiencia se aplique a casos actuales. Cada día se enfrenta a historias de padres que saben que sus hijos recién nacidos tienen escasas posibilidades de sobrevida. Entonces, además de iniciar el tratamiento profesional, les da ánimo. Nunca garantiza resultados, pero sí el intento. Porque para él no hay imposibles.

–Usted cuenta que tras ser rescatado, le preguntaron por los hechos, pero no por sus sensaciones. ¿Cuáles eran aquellas sensaciones?
–Volví a casa y era todo alegría, estaba lleno de gente que se alegraba por mi situación. Pero a dos cuadras vivía la familia de un amigo que se había muerto. Su familia estaba de duelo. Convivir con esa situación era el nuevo desafío como comunidad. La vida que uno tiene que vivir es la del día a día; lo demás es externo. Nos repusimos de esa vivencia, pero no es que al dejar Los Andes se terminó todo. Se cosió la herida, pero siguió la convalecencia que es lo que me llevó a escribir un libro. Mi desafío era cómo contarlo con una mirada diferente de la de otros sobrevivientes que antes habían hecho buenos libros con esa experiencia.

– ¿Qué hay en común entre sobrevivir a la tragedia como la de Los Andes y vivir el miedo a la muerte de un bebé?
–Creo que los pacientes y sus familiares tienen también su propia Cordillera, como la tuvimos nosotros. Siento que puedo acompañarlos para que la suban, aportar mi aprendizaje de ser alguien que vivió un momento espantoso, pero que no me disminuyó, sino que me motivó a generar empatía, que es lo que lleva a crear una afinidad con otros. En este caso, una red que se amplió a pacientes y médicos de todo el mundo. Muchos me decían que aprendían de mí en cuanto a lo humano. Así hicimos una red increíble.

– ¿Eso empieza en las ganas de hacer cosas por el otro?
–Uno aprende que debe usar las armas que la vida le da: todos tenemos herramientas en común y otras diferentes. Entiendo que hay un espectro de pacientes a los que darles sus mejores posibilidades de curarse. Cuando elegí Medicina fue porque era una profesión humana. Me encantaba la parte científica, pero siempre pensé que del otro lado había una persona con problemas. Me enriquezco mucho con los casos que veo. No soy yo quien humaniza a la medicina, sino los pacientes quienes me humanizan a mí. Esas madres que luchan día a día al lado de su niño me enseñan. En algún punto, es como cuando a mí me salvó un arriero: ahora soy el arriero de muchos niños con problemas. Se genera una cadena que nos va haciendo mejores personas, que hace que el mundo sea un lugar un poquito mejor. La idea es romper con ese mundo tan materialista que nos hace vacíos. El de querer el mejor auto, la mejor ropa, que en el fondo da angustia brutal y desolación porque se trata de cosas exteriores que te transforman en una fortaleza tremendamente gruesa pero totalmente vacía por dentro.
 
–Difícil misión para estos tiempos.
–Hay una debilidad interna de muchos que se sienten fuertes a través de esos objetos, autos o lo que sea. Muchos se ponen los zapatos caros o los RayBan, y cuando se miran al espejo se sienten fuertes exteriormente porque no tienen fortaleza interior. La otra cara son los Buda o Gandhi, poderosos internamente que no necesitan poder exterior.

La cara solidaria de Canessa es menos conocida en el mundo, pero no en el Uruguay. En el libro cuenta que le dio trabajo a Álvaro, un chico que un día tocó la puerta de su casa, y que a veces, los fines de semana, este invita a los niños del barrio humilde en el que reside a casa de Roberto. 

– ¿Qué es la solidaridad?
–El amor al prójimo. Ese que está a tu lado, el que te pide una moneda, el paciente que necesita una sonrisa... En el momento en que se entiende eso, se genera la empatía, que es lo que nos está faltando. Hoy se vive en una guerra. Mientras sigamos así, terminaremos atrincherados o en una montaña, como ermitaños, diciendo que el mundo no tiene arreglo.

– ¿De dónde saca el optimismo para seguir?
–El optimismo es incertidumbre. Uno es optimista sin saber qué va a pasar. Es una opción. Para ser pesimista siempre hay tiempo: ¿para qué amargarte si te puede ir bien? ¡Perdiste el tiempo! Y si te va mal, verás cómo construís de nuevo a partir de eso. Salvo la muerte, lo demás tiene solución. Una vez tuve un niño internado dos meses al que no lo podía operar. Sin embargo, siempre fuimos positivos. Le aparecían otras cosas, pero igual seguimos en el optimismo. Nos fue mal. ¿Tendríamos que haber sido pesimistas y pensar que no lo lograríamos? Mientras hay vida, hay esperanza aprendimos en Los Andes. Es una frase simplísima, pero cuando se tiene un muerto al lado uno se da cuenta de que posee una esperanza que él no.

– ¿Cómo juega el miedo cuando va a operar a un chico?
–Es un riesgo. Uno sabe que le puede romper el corazón entero, pero es la opción que ese niño tiene, como nosotros cuando salimos a caminar en la montaña y nos pasaban los aludes por al lado. Esos chicos –como nosotros en aquel entonces– no pueden volver a casa. Tienen que ir hacia adelante y tomar los riesgos que hay que tomar.

– ¿Qué aprende de los padres de esos pequeños?
–Aprendo la gratitud. Están agradecidos aun cuando sus hijos hayan muerto. Muchos forman parte de la “Fundación Corazoncitos” (creada por la madre de un niño fallecido). No quieren que les pase lo mismo a otros chicos. Se arma una cadena. Lo importante es que uno se acueste a la noche sintiendo la paz espiritual de saber que aunque las cosas no salgan bien se está haciendo lo mejor posible.

– ¿Y de los chicos?
–Muchísimo. Recuerdo el caso de uno que estaba acostado, con suero, con un tubo con sangre. En un momento se despierta con el tórax abierto y mientras a nosotros se nos partía el corazón, dice: “Mamá, mirá: igual que Pinocho”. Nosotros aprendemos. Los niños no dejan de sorprendernos. Todos los casos me sorprenden. Ver que algunos podrían estar muertos y, sin embargo, están vivos es bárbaro. Lo mismo que encontrar padres de chicos que no volvieron y sin embargo trabajan con todo en la Fundación: eso me hace sentir que sus chicos todavía están.

– ¿Qué aplica de lo que aprendió en Los Andes?
–El “modo avión”. Como el del teléfono celular: te desconectás de todo. El “modo avión” es el paso siguiente: cosas sencillas pero poderosas: “no mires la montaña, no necesitás estar conectado con todo, sino el próximo paso”. En la montaña teníamos que dar cien mil pasos, pero primero pensábamos en ese paso siguiente. A veces la gente en lugar de mirar eso, queda enmarañada en el problema.

–Usted suele decir que hay que encontrar la dirección que nos lleve a lo que queremos. ¿Cómo se logra?
–Si se vive de una manera incorrecta, hay que buscar cambiar la dirección. Al principio, uno se sentirá perdido porque está en algo nuevo. Pero no importa estar perdido cuando se va en la dirección correcta. Luego de un alud nos suspendieron la búsqueda; estábamos enterrados vivos. Y solo teníamos la vida. ¿Cuál era el próximo paso? Nuestras sensaciones eran terribles: en el alud tenía envidia de los muertos porque ellos no iban a sufrir más; y yo no sabía que se podía envidiar a los muertos. Son simples y grandes movimientos de la mente que hay que aplicar. Eso lo aprendimos en la montaña. Yo hice un clic allá, que llamo sentimiento heroico: un amigo me dijo “¡qué suerte que tenés, Roberto, porque podés caminar y yo soy un parásito que dependo de vos”. Ahí supe que tenía que salir a caminar. Sentí miedo, pero una gran felicidad, tan potente que no me importaba morirme caminando. Porque estaba la posibilidad de llegar. No es apuntar al éxito, sino elegir el camino hacia lo correcto.

– ¿Qué es la resignación?
–Es aceptar que hay cosas que uno no puede cambiar. Como la muerte de un paciente. Que también me da paz porque sé que determinado chico no sufrirá más.

– ¿Cree en el poder del ejemplo?
–Tus hijos van a copiar lo que hagas. Pimero lo malo. No van a copiar que te levantás a las 7 de la mañana a trabajar.

– ¿Cómo amalgama su condición de sobreviviente y, a la vez, cardiólogo?
–Son cosas que me ayudan a saber que puedo, para no bajar los brazos, para entender que hay esperanza. Uno no ve para qué sirve: uno es lo que es. El sobreviviente aquel tal vez le sirva a alguien para inspirarse. En lo personal, siento al sobreviviente de entonces como una persona externa a mí. Alguien que pertenece al pasado. Aprendí a vivir el día a día. No me es difícil dejar el pasado: es tan poderoso el presente que no hay tiempo para más.

– ¿Hacia dónde cree que vamos como sociedad?
–Estamos muy malcriados como sociedad. Somos un desastre. Siempre me pregunto de qué nos quejamos si tenemos dónde comer y dormir y además contamos con gente que queremos a nuestro alrededor y con una canilla de la que sale agua. ¿Qué tiene que pasar? ¿Se nos tiene que caer el avión, se nos tiene que enfermar un hijo para ver lo que perdimos? ¿Qué hacemos por el otro si recibimos más de lo que necesitamos? Escribiendo este libro descubrí muchas cosas. Por ejemplo eso del “modo avión”: me di cuenta de que hay que bajar la cabeza y arrancar.
El copiloto de Canessa
El periodista Pablo Vierci escribió Tenía que sobrevivir entrevistando no solo a su amigo de la infancia, Roberto Canessa, sino también recogiendo testimonios de sus familiares directos y hasta de padres y pacientes que encontraron en el sobre-viviente de Los Andes la esperanza. “Para Roberto, Los Andes no son un mérito sino un compromiso con la vida. Compromiso que propaga día a día a través de la cardiología pediátrica. Así como era el ser más vulnerable y frágil junto a sus compañeros en la montaña, ahora es rescatista de los seres más vulnerables que puede haber en el universo. Al escribir este libro, buscamos lo inconsciente para ver qué conexiones hay entre aquello y lo que hace –dijo Vierci. Y después terminó–: Roberto sirve como modelo para otros.
 
Es un caso extremo de una debacle, de un accidente, que en lugar de bajarle la energía lo catapultó a otro extremo. Su grado de generosidad es enorme. Lo conozco desde que nacimos. Es una referencia también para mí”.

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