Entrevista


Orgullo nacional


Por Alejandro Duchini.


Orgullo nacional
La argentina Solange Massa inventó un chip que serviría para probar si el hígado o el corazón toleran determinados fármacos. Fue elegida como una de las personas más innovadoras del mundo.

“Espero que mi trabajo sirva para cambiarle la vida a la gente. Conectar la ciencia con la vida diaria y tener un impacto directo en las personas”. Ese es el anhelo de Solange Massa, la científica que integra un selecto grupo de siete argentinos menores de 35 años elegidos por la MIT Technology Review (la edición en castellano de la revista del prestigioso Instituto Tecnológico de Massachusetts –MIT–), a raíz de sus proyectos innovadores.
 
La propia joven de 32 años, que reside en San Francisco (Estados Unidos), cuenta en qué consiste su creación: “Ideé un chip que sirve para probar drogas. O sea, no es para implantar. Tiene el tamaño de dos monedas de un peso, y células humanas en un hidrogel que indican el grado de toxicidad de un fármaco”. Uno de sus chips imita el funcionamiento del hígado; otro, el del corazón. Por ahora, todo se encuentra en una etapa de pruebas.

“Agradezco mucho que me hayan reconocido. Es un honor este premio, me siento afortunada”, cuenta mientras cambia pañales, duerme poco y sigue adelante con más proyectos. Es que Solange –nacida en Buenos Aires, médica graduada de la Universidad Austral, y con un paso previo por Chile antes de desembarcar en los Estados Unidos– acaba de ser madre de Victoria.

“Tengo un ritmo de vida intenso. Trabajo mucho”, agrega la esposa de Juan, también argentino, de 32 años, que se dedica al área de tecnologías aplicadas en finanzas.

Rubia y de ojos claros, habla con un tono moderado y dulce, y no le falta el buen humor. De hecho, sonríe hasta cuando explica detalles de un tema tan peculiar como la ciencia. Solange está lejos de esa imagen que subyace en el inconsciente colectivo: la del científico que vive encerrado en un laboratorio y solo lee libros de fórmulas.

“En general, los países desarrollados tienen como concepto contratar científicos jóvenes y muy calificados. La ciencia de este siglo requiere que uno sea capaz de tener una red de colaboradores, y no adherir a la típica imagen del científico ‘internado’ en un laboratorio –esgrime–. Eso sí, es de domingo a domingo, sin horarios. Una vez que uno tiene una hipótesis y se diseña algo, por lo general hay que optimizarlo numerosas veces: un proyecto se compone de muchos experimentos”.

– ¿Por qué te dedicaste a la ciencia?
–Porque siempre me atrajo y porque todos los días se discuten temas interesantes con gente más inteligente que uno. Desde muy chica pregunto a todo por qué. Específicamente, el proyecto de los chips se dio porque leí un artículo acerca de ello que me interesó mucho. Estaba haciendo mi doctorado en Chile, adonde nos mudamos con mi marido en 2011. Una vez allí, ambos aplicamos para que él pudiera estudiar y yo investigar en los Estados Unidos. Y aquí estamos: viviendo en San Francisco.

– ¿Cómo es tu vida, tu día a día en los Estados Unidos?
–Es interesante y dinámica. San Francisco es un ecosistema de emprendedores. Por mi parte, acabo de terminar un programa en Singularity University en la NASA, y estoy armando una empresa de genómica personalizada en Latinoamérica.

– ¡Te movés muchísimo!
–Es que me interesa superarme. Me hace bien exponerme a situaciones incómodas para estar en constante aprendizaje. Ese es mi proyecto de vida: generar vínculos que me hagan crecer y trabajar todos los días para dar lo mejor de mí.

– ¿Extrañás Buenos Aires?
–Claro, siempre se extraña. Allí tengo a mis padres, a mis hermanos… Trato de visitarlos una o dos veces al año.

– ¿Qué hubieses elegido de no dedicarte a la ciencia?
–Me gusta mucho la música, sobre todo el rock progresivo y el metal gótico. Admiraba al grupo norteamericano Toto. Fui cantante de ópera profesional hasta el 2011.

– ¿Cantante de ópera?
–Sííííííí (se ríe). Empecé a cantar a los cinco años en un coro de niños. En realidad, a los tres, ¡en la ducha! Mi mamá me preguntó si quería hacerlo en serio, le respondí que sí y arranqué en el coro y en un instituto. Como una profesora me dijo que tenía buena voz para ser cantante lírica, comencé a tomar clases y dar audiciones. En 2011 formé parte del Ópera Estudio, en La Plata. Muchos de mis compañeros hoy cantan en el teatro Colón. Tuve que dejar la actividad porque no se pueden hacer dos cosas de esa intensidad a la vez, y como estilo de vida me gustaban más la medicina y la ciencia.
Superar la imaginación
Desde su experiencia, Solange advierte que varios avances que se están dando en la actualidad parecen de ciencia ficción, pero, a la vez, son una realidad. “Ya contamos con autos, camiones y trenes sin conductores, y hasta impresoras 3D que imprimen partes de una estación en el espacio. ¡Impresoras que imprimen sus propias partes! ¿No es muy loco? –se sorprende. Y profundiza–: Como en todo comienzo de siglo, la tecnología está logrando que, en un lapso muy corto, la ciencia ficción sea directamente ciencia. Lo que se hace en el laboratorio se puede trasladar a la vida diaria a través de la medicina. La ciencia y la medicina están muy relacionadas”.

–Antes contabas que estás armando tu propia empresa.
–Es algo relacionado con la genómica: en nuestro ADN tenemos información genética que nos permite saber muchas cosas. Entre ellas, de dónde venimos, qué características tenía el más viejo de nuestros ancestros, o qué enfermedades hereditarias podemos tener y cuáles transmitir. Y con menor precisión, el grado de predisposición a determinadas enfermedades. Nuestra idea es promover un servicio mediante el cual, a través de una muestra de saliva, podamos reportar cuáles son las condiciones de una persona determinada.

–Requiere muchísima paciencia el trabajo científico, ¿no?
–Pongamos como ejemplo lo del chip: pueden pasar años hasta que sea aceptado como protocolo de prueba de drogas por la FDA (Food and Drug Administration –Agencia de Alimentos y Medicamentos o Agencia de Drogas y Alimentos–). Hay que validar estas plataformas con más drogas y muchísimos más ensayos.

– ¿Cómo se vive la espera, por cierto tan larga, para saber si algo es efectivo?
–Uno ya sabe que es así. Y suelen aparecer fallas. Por eso es tan importante desarrollar otras plataformas alternativas para las pruebas de nuevos fármacos que puedan –o intenten– predecir, como en el caso de los chips, de qué manera metabolizará determinadas drogas el ser humano. De todos modos, siempre hay alguna modificación que hacer. El estrés no está en la espera de un resultado, sino en el hecho de estar constantemente impulsando un determinado trabajo. No hay que bajonearse cuando las cosas no salen como se esperaba.

– ¿Podrías contarnos cómo empieza la investigación de un trabajo similar al tuyo? 
–En este caso comenzó en 2012, cuando el laboratorio se ganó una beca del Departamento de Defensa. Con eso pudimos darle el puntapié a un proyecto del que formaban parte quince personas.

–Más allá del premio, ¿te considerás una innovadora?
–Me considero una “go-getter”: esto significa estar siempre con ganas de empujar hacia adelante. Indirectamente, ese espíritu ayuda a que cualquiera se convierta en un innovador, ya que siempre se está buscando la mejor forma de resolver un problema.

– ¿Cuál fue tu contribución en el trabajo de tu equipo?
–Era la de aportar constantemente en cuanto a la parte biológica del chip: yo daba mis opiniones acerca de qué células usar, con qué fármacos, cuántas dosis.

– ¿Cómo te imaginás en el futuro?
–Acelerando y armando empresas que trasladen las innovaciones del laboratorio a la vida diaria.

– ¿Y seguirás cantando en la ducha?
– ¡Obvio! ¡Pero no mucho!
Los otros argentinos
Además de Solange Massa, hay otros seis argentinos seleccionados por la MIT Technology Review.
 
¿Qué hizo cada uno de ellos? 

• Danilo Cantero (31 años): Podría sustituir al petróleo con biomasa, gracias a su reactor para obtener azúcares a partir de celulosa.
• Francisco Colombatti (32 años): Su tratamiento para la harina de soja la hará más barata, fiable y segura. 
• Fernando Derossi (33 años): Emplea el “Big data” y el procesamiento de imágenes para aumentar la productividad de la agricultura. 
• Diego Sáez (34 años): Su maleta inteligente aprovecha la llamada “Internet de las cosas” para mejorar la experiencia de viajar. Se la puede seguir desde cualquier lugar del mundo a través de una aplicación. Usain Bolt está entre sus clientes.
• Lucas Toledo (30 años): Ideó una bicicleta que, entre otras virtudes, no necesita inflarse y se puede plegar en un segundo.
• Guido Vilariño (33 años): La política se adapta a la sociedad del siglo XXI gracias a su plataforma para la ciudadanía.

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