Entrevista


Voto al talento



Voto al talento
Daniel Hendler se lució en infinidad de películas como actor. Ahora, el uruguayo vuelve a probarse como director en la pantalla grande con El candidato.

Daniel Hendler es de la clase de actores a los que les gusta exponerse a través de lo que hacen. No es común verlo dar notas hablando sobre su vida, por eso, se vincula con la prensa solo cuando está presentando algún proyecto que lo tiene como protagonista, o, como en este caso, como director. El ex Andrés Goddzer de Graduados (la tira que causó furor en la pantalla chica) estrena su segundo largometraje: El candidato, con Diego de Paula, Ana Katz (su esposa, con la que tiene dos hijos), Verónica Llinás, Alan Sabbagh y Matías Singer. “Es una mezcla de comedia irónica o negra con thriller, que muestra los entretelones de una campaña política: cómo se construye un discurso y hasta al propio candidato. Detrás de ese personaje hay una persona con sus contradicciones, con sus intereses y con sus conflictos tratando de emerger, de encontrarse consigo mismo”, explica Hendler.

Cultor del perfil bajo y reacio a revelar detalles de su intimidad, el uruguayo de 41 años llega con el mate en la mano y el termo debajo del brazo. Apoya su mochila, se sienta y enseguida empieza a contar sobre la película. 

–¿Cómo ideaste El candidato?
–Surgió de ciertas angustias que me provocaba seguir algunas noticias sobre política y de ver algo que en la publicidad está muy naturalizado. Se vende un producto y se le inventan una serie de cualidades, que pueden no guardar ningún tipo de fidelidad con la realidad. Uno lo acepta y lo entiende porque la publicidad es un elemento de seducción, pero me llama mucho la atención cuando eso sucede en política: alguien dice cualquier cosa, incluso contrario de lo que piensa, y lo naturalizamos. No solo eso: aceptamos ese juego de que gane el mejor, entendiéndose por mejor a aquel que gana la partida de ajedrez, y no al que producirá mejoras en la sociedad. Esa angustia también tiene un costado que puede ser analizado desde el humor. Creo que el humor es el resorte de este proyecto.

–De todo el proceso, ¿cuál fue la parte que más disfrutaste?
–A mí me gusta el rodaje. Y disfruté bastante la mezcla de sonido. La parte que más sufrí, probablemente, fue el montaje, ya que, más allá de que me encanta trabajar con Andrés Tambornino, que es un fenómeno, es una etapa que me pone muy ansioso. Uno está sentado en una silla mucho tiempo, y, como ahora no fumo más, terminé comiéndome las uñas y varios potes de pistachos. El montaje y la preproducción generan mucha excitación. Es el momento en que uno está al borde del precipicio: a punto de volar o de caer, y eso conlleva una adrenalina que hace que esa etapa sea inolvidable, pero de mucho nervio. 

–Esta es tu segunda película. A la hora de trabajar, ¿encontraste diferencias con Norberto apenas tarde? 
–Sí. Podés eludir errores que habías cometido antes, pero a su vez, hay cosas que aunque las hayas aprendido, no aplicás y las repetís. Te planteás no caer en ciertas trampas y lo terminás haciendo porque estás más confiado… y te das más de lleno contra la pared. Pero hay algunas cuestiones que logré aceitar, como el engranaje de un equipo grande de personas trabajando. Así, pude empezar a concentrarme más en la dirección y a nadar esas aguas con otra tranquilidad. 

–¿Te sentiste más seguro?
–Sí, pero en Norberto… también me había sentido así. Quizás no el primer día, porque llegué al set y creía que era un impostor, que tenía que simular que era un director. Pero cuando comenzás a filmar y te das cuenta de que querés otro plano e intentás conseguirlo, ya estás dirigiendo y no necesitás demostrarle nada a nadie. Las apariencias se desvanecen y sos lo que estás haciendo. 

–¿Ser actor te da alguna ventaja a la hora de dirigir?
–La misma ventaja que a cualquiera que pasó por sets de filmación. Mi profesión me permitió conocer de cerca el trabajo de algunos directores que admiro, y vivir el proceso de construcción de una película. Cuando escribo algún personaje, ser actor me facilita imaginarme ciertas cuestiones de interpretación. Eso puede tener ventajas o desventajas, no lo sé. En principio, creo que el gran privilegio que tuve fue haber trabajado en películas que fueron muy enriquecedoras.

–¿Cómo es trabajar con tu mujer?
–A mí me encanta cómo actúa ella. Cuando se invierten los roles y es ella la que dirige, también me fascina porque me gustan mucho sus películas. Ha logrado sacar cosas de mí como actor que me sorprendieron. Hace poco, hicimos un especial para la Fundación Huésped en el que me exigió más de lo que yo lo venía haciendo últimamente. Quedé muy conforme con lo que logramos juntos. Son experiencias muy lindas, lo que no significa que en el trabajo todo sea placentero. A veces, se dan tensiones inevitables.

–¿Tenés ganas de volver a actuar en televisión?
–No especialmente, pero siempre depende del proyecto. No tengo una preferencia por el cine o el teatro, pero por lo general, me gustaron más las propuestas que recibí para eso que las de televisión. Ojo, tiene muchas ventajas hacer tele, pero no sé si tengo tantas ganas de involucrarme en una tira diaria. Es medio enloquecedor. 

–¿Tu idea es seguir dirigiendo y actuando o pensás volcarte a alguna de estas dos facetas de tu profesión?
–No tengo ninguna estrategia pensada en ese sentido. Me encanta hacer ambas cosas. No siempre disfruto de actuar; en cambio, por ahora, siempre disfruté al dirigir. Sin embargo, si paso mucho tiempo sin actuar, me agarran ganas. Voy a seguir haciendo las dos cosas mientras pueda y tenga el privilegio de recibir proyectos que me entusiasmen.

–¿Por qué no siempre disfrutás de actuar?
–Es más difícil lidiar con el tipo de neurosis a la que te enfrenta la actuación que con la que afrontás al dirigir.

–Cultivás perfil bajo, ¿renegás de tu condición de famoso?
–Puede ser, es muy relativo. Cuando estaba en la tele, sufría y disfrutaba al mismo tiempo. Creo que todos los actores guardamos, en algún lugar, una necesidad de ser mirados y aplaudidos. Eso es lo que nos lleva a querer subirnos a un escenario y vencer esa pesadilla que supone exponernos frente al público. Pero también tenemos que ser los primeros en no dejarnos engañar por ese valor que se le da la fama. A veces, en los proyectos pesa quién es más famoso o cuestiones de ese estilo. 

–¿Qué extrañás de Montevideo?
–Sus tiempos. No es tan vertiginosa y el consumo no es tan voraz. Uno siente como que el ritmo se aquieta. Eso te puede angustiar, pero también tiene beneficios que extraño.

–¿Podrías volver a vivir allí?
–No, en principio no tengo esa necesidad. Me gusta lo que armamos con mi familia en Buenos Aires, aunque me encanta ir a Montevideo. Tengo un vínculo bastante equilibrado con las dos ciudades. 

–¿Tenés deudas pendientes?
–Me encantaría dirigir una obra infantil.
Lo que viene
Hendler se destacó, sobre todo, en la pantalla grande (El fondo del mar, El abrazo partido, Whisky, Los Marziano, Mi primera boda, Vino para robar). Este año acompañará a El candidato en diversos festivales. “Después, voy a participar de la obra de teatro El inestimable hermano, de Heidi Steinhardt, con Natalia Salmoral. Seguramente se estrene en septiembre. Además, voy a estrenar una serie web que dirigí y en la que actué, que se llama La división, por canal Un3.tv”, adelanta.

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