Ecología


Estado salvaje


Por Federico Svec.


Estado salvaje
El rewilding se ocupa de regresar un ecosistema a su origen natural. Nuestro país se destaca por esta práctica. ¿La experiencia? movilizante.

Hacía un calor inusual ese mediodía de otoño en Corrientes, por lo que era un buen momento para darse un chapuzón en la pileta de la hostería. Ya dentro del agua, descubrimos una cabecita de orejas puntiagudas que, a unos treinta metros, se asomaba detrás de un árbol, como espiándonos… Era un zorrito, que con curiosidad miraba lo que hacíamos. Y un poco más allá, los ñandúes se sentaban a la sombra buscando escapar del sol ardiente. Una escena extraordinaria, sorprendente en muchos lugares, pero habitual en un verdadero santuario para la vida salvaje: una estancia a pasos de los Esteros del Iberá. 

Es que en este rincón de la provincia ubicada al noreste del país, se practica el rewilding, un término anglosajón difícil de adaptar a la lengua castellana, pero que podría traducirse como “resilvestrar”: o sea, volver un ecosistema a su estado salvaje. En rigor, la filosofía no es nueva porque el problema que se busca revertir es muy antiguo. La extinción masiva de la megafauna fue provocada por el hombre a fines del Pleistoceno, como explicaba en 1953 el científico estadounidense Paul S. Martin, pionero y defensor del rewilding, al cual denominó “ecología de la resurrección”.

El concepto, entonces, nace como un paso más allá del conservacionismo, como un peldaño superior en la ambición por recuperar en forma significativa el esplendor de la naturaleza. Toma a los grandes mamíferos como figuras más representativas, al entender que su existencia o presencia, por su mayor requerimiento de espacio y por su capacidad a la hora de modelar el paisaje, producirán un efecto cascada que restablecerá el ciclo de la vida, el círculo ecológico, con todos los eslabones y nichos, garantizando la supervivencia y existencia de todas las especies menores.

En la actualidad, la Argentina cuenta con el rewilding más grande de toda América, y el segundo más importante del mundo después de Sudáfrica. El puntapié inicial se dio cuando The Conservation Land Trust (CLT) se propuso crear el mayor parque natural del país para traer de vuelta a las especies de fauna que se habían extinguido por la cacería y la destrucción de los hábitats, y promover una economía basada en el ecoturismo que cuidara el patrimonio natural.  

Precisamente, la estancia Rincón del Socorro es la reserva de CLT donde está más avanzado el programa de reintroducción de mamíferos, contando con poblaciones restauradas del oso hormiguero, el venado de las pampas, el tapir y el pecarí de collar. Allí, además, abundan carpinchos, ciervos de los pantanos, corzuelas, monos carayás, zorros y vizcachas. También se puede avistar al raro aguará guazú o lobo de crin, o al lobito de río. Y en la vecina laguna Iberá se puede advertir a la rara anaconda amarilla o curiyú, pariente de la gran serpiente amazónica. 
Sanar las heridas del planeta
En la actualidad, los problemas del medio ambiente parecen estar en el centro de atención de los medios de comunicación y del público en general. No obstante, aquellos que habitan las ciudades y otras zonas urbanas desconocen lo que sucede cuando se tiene un verdadero contacto con la naturaleza. Esto es fundamental para desarrollar una conciencia ecológica basada en la experiencia. De todas las batallas que se libran a nivel ecológico, el de la extinción de las especies es una de las más graves, por su carácter irreversible. 

El rewilding combate esta realidad: es una conservación a gran escala, que restaura y protege los procesos naturales, reintroduciendo depredadores y especies claves. La palabra fue acuñada por el activista Dave Foreman, fundador de las organizaciones Earth First!, Wildlands Network y Rewilding Institute.
Ecoturismo único
Para llegar al corazón de la reserva, las opciones son variadas y para todos los gustos: caminatas con guías o en solitario, cabalgatas por los altos pastizales y hacia la costa del estero, salidas en bicicleta, safaris nocturnos, navegaciones en bote a la laguna Iberá. Se puede incluso ser testigo de cómo es la labor diaria de monitoreo de fauna reintroducida. 

Por estas latitudes (y uno lo puede comprobar constantemente), conviven biólogos, veterinarios y voluntarios que llegan desde distintos puntos de la Argentina y de todo el mundo para hacer los trabajos de campo. De ellos se aprende, por ejemplo, que en la naturaleza está todo interconectado, y que la introducción o por el contrario la falta de un simple fruto puede cambiar todo un ecosistema.

Valeria Francisco es una bióloga que se desempeña como coordinadora del Centro de Capacitación Iberá. “Tengo un máster en Biología Marina y durante diez años fui docente de Ciencias Biológicas en la Universidad de Buenos Aires. Estuve en Colombia estudiando los arrecifes de coral, en el Parque Pumalín de Chile y el 2016 lo pasé en Sudáfrica, donde gané experiencia con los mejores del mundo haciendo rewilding”, contó quien está casada con el biólogo español Ignacio Jiménez Pérez, que es el coordinador general de los programas de rewilding en Iberá.
Por tierra
En bici hasta las orillas de los Esteros, pedaleando y esquivando simpáticos carpinchos por el camino, nos acompañó la bióloga Talía Zamboni, una misionera criada en Córdoba que se especializó en manejo y conservación de Vida Silvestre en Costa Rica y Oxford. En una camioneta 4x4 nos seguía otro biólogo, Rafael Abuín, nacido en Galicia, España. Su misión principal era el monitoreo de los osos hormigueros gigantes. 

“Claro que de pequeños lucen adorables, pero con los adultos hay que tener cuidado porque, en definitiva, son animales salvajes… Algunos son tranquilos, otros pueden mostrarse agresivos, sobre todo los machos. Cuando vamos a verlos para revisar su estado de salud, darles un remedio o un suplemento alimenticio en forma de licuado, ¡tal vez nos empiezan a perseguir! El truco está en no correr en línea recta, sino en círculo, para confundirlos. Como último recurso, hay que subirse a un árbol hasta que se les pase el mal humor”, revelan con humor y más de una sonrisa Zamboni y Abuín.

Las escenas que se suceden aquí son de ensueño. Desde unos magníficos ejemplares de ciervo de los pantanos que se nos acercan mansamente y se dejan fotografiar hasta la llegada de una tormenta que parece feroz, tornando el cielo de un color violáceo, con franjas de blancas a grises. Por suerte, antes de tener que huir de una lluvia torrencial, pudimos disfrutar de un picnic gourmet que estaba para chuparse los dedos...
Por agua
Con Natalia Mufato y el lanchero Antonio Sánchez, salimos de madrugada rumbo a la laguna Iberá. De repente nos encontramos en una zona de canales que se abren entre los “embalsados”, una formación compuesta por un entretejido vegetal que se origina por la acumulación de camalotes sobre los cuales el viento va depositando grandes cantidades de polvo. 

Era tan temprano que pudimos visualizar muchos aguapés (jacintos de agua, taropes o camalotes, como más le guste), con flores que solo abren cuando cae la noche. La variedad de flora y fauna es increíble. Impacta.

Yacarés de distintos tamaños nos miraban con cara de póker, pero nunca se mostraron agresivos. Mufato señalaba las diferentes aves: garzas moras y blancas, patos cutirí y reales, jacanas, benteveos, aningas. “Hay especies muy raras para contemplar, como el yetapá de collar, el cardenal amarillo, el águila coronada o el jabirú. Por esta zona, entre todas las aves de pastizal, bosque y humedales, se identificaron hasta trescientas cincuenta especies”, nos explicó Mufato, mientras nos movíamos muy despacio en el bote que Antonio propulsaba con un botador.     
Bajo un manto de estrellas
Entre tantas caricias que recibe el alma, no se puede dejar pasar la oportunidad de sumergirse en la singular y riquísima cultura correntina. Y esto incluye, claro, acercarse al paraje Uguay para compartir unos mates con tortas fritas con la gente del lugar (si es en una tarde de lluvia, muchísimo mejor), aprender sobre su forma de vida tradicional, y deslumbrarse con sus artesanías y tejidos. 

Nos despedimos con otra postal para inmortalizar en la retina. Gracias a la ausencia de luces y el aire limpio, la noche es clara y el cielo nos regala un paisaje espectacular, en el que la Vía Láctea luce todo su esplendor. Nos invitan a hacer un safari nocturno, donde nos prometen cruzarnos con vizcachas, búhos y, con un poco de suerte, hasta con un elegante aguará-guazú. Es que desandar este lugar no es solo un desafío para cualquier aventurero que se precie de tal, sino una experiencia que cambia (¿reordena?) la mente y le da un sacudón al corazón. Lo podemos asegurar.
Conciencia infantil
El concepto rewilding también se está imponiendo a nivel educativo. En Nueva Zelanda (país pionero si los hay), una escuela aplica esta filosofía con un plan de estudios que incluye clases de carpintería, caza y recolección, entre otras. Deep Green Bush, fundada por el profesor neozelandés Joey Moncarz, no cuenta con pupitres, sillas, deberes ni asignaturas convencionales. Sus no más de cincuenta alumnos viven, cada día, una jornada diferente en medio de la naturaleza. Este tipo de instituciones son oficiales y están supervisadas ministerialmente. Con el objetivo de enseñar desde la infancia la importancia de la sustentabilidad y el cuidado del medio ambiente, a se registran iniciativas similares en los Estados Unidos y países escandinavos.

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