Investigación


Ojos en el cielo


Por María Celeste Collado.


Ojos en el cielo
Los nanosatélites son los grandes protagonistas de la revolución espacial. Pesan entre 2 y 40 kilos y están cambiando la forma de ver el mundo. Su influencia en las industrias y su desarrollo en la Argentina.

Tiempo atrás habría sonado como una locura llegar a la Luna, pero el hombre llegó. Pensar en una exploración a Marte sonaba lejano, pero el Curiosity de la NASA lo hizo. Será que cuando se habla de la astronaútica todavía todo parece de película y casi imposible de concretar. Lo cierto es que como fruto de la combinación  entre las nuevas tecnologías y las  mentes curiosas, el espacio está más cerca de lo que creemos. Los pequeños gigantes que se esconden detrás de este fenómeno son los nanosatélites, que forman parte de una industria joven que promete cambiar la forma de ver el mundo. Son varios los objetivos a los que apuntan: entre ellos, se destaca el servicio de proveer imágenes en alta calidad y datos de observación terrestre a bajo costo. 

Si bien nadie es dueño del espacio, son muy pocos los que pueden hacerse de la información satelital debido a sus elevados precios. Por esa razón, los nanosatélites llegan para acortar no solo la distancia espacial, sino también la de acceso. En la Argentina, la que tomó la posta en este rubro es la empresa Satellogic. Con noventa empleados repartidos en diferentes oficinas del mundo, ya cuenta con cinco nanosatélites en órbita. El ingeniero Alan Kharsansky, quien forma parte de este equipo de trabajo, explica: “Nuestro satélites están a quinientos kilómetros de altura, lo que se denomina ‘una órbita baja’. Va del Polo Norte al Polo Sur y de nuevo al Polo Norte, en noventa y cinco minutos; es decir, da una vuelta completa a la Tierra en una hora y media. Siguiendo estos cálculos, al cabo de uno o dos días es posible pasar por cualquier parte del planeta”.

Los nanosatélites, que alcanzan una velocidad de veintisiete mil kilómetros por hora, están equipados con cámaras de calidad, computadoras y radios que permiten realizar la descarga de los datos. “El valor del satélite se estima en seiscientos millones de dólares. Comprar una imagen es muy caro, amén de necesitar tener un contrato muy importante con ellos”, acota Kharsansky. 

Así es como en este rubro, donde hay mucha demanda y poca oferta, los nanosatélites llegan para cubrir un sinfín de necesidades. En la actualidad, no son pocas las industrias que se verían favorecidas con el uso de estos equipos espaciales. El agro es una de ellas, ya que suele necesitar comprender áreas muy grandes. 

“Si bien podés disponer de un agrónomo que va y pincha la tierra, cuando tenés un millón de hectáreas se torna más complicado. Sucede algo similar si sos una nación y querés entender cómo está el agro de todo tu país. Podés disponer de aviones para sacar fotos y monitorear, pero hay una escala en donde eso ya no sirve más”, ahonda Kharsansky. Y prosigue: “Lo mismo ocurre con usuarios más chicos. O sea, aquella persona que cuenta con pocas hectáreas pero que, a través de la compra de imágenes satelitales a bajo costo, puede recibir toda la data sobre su campo. Apuntamos en un futuro a algo mucho más directo, que se traduciría en tomar el celular, pedir una foto de un área determinada, y al día siguiente saber dónde conviene regar. Incluso se puede ir más allá y contar con un alerta que te avise ‘Hoy es preferible regar en tal lugar’. Sería un verdadero valor agregado”.

Otras industrias que también pueden beneficiarse con esta nueva tecnología espacial son las del gas y el petróleo. “Estos sectores tienen poliductos de miles y miles de kilómetros que deben monitorear constantemente. Disponer de un avión o una camioneta para controlar cada metro es muy complicado y oneroso. Entonces, por medio de los satélites, se les puede brindar imágenes a diario”, aclara Kharsansky. Y, en la misma línea, continúa diciendo: “Además, realizan mucha prescripción geológica, por lo que quieren chequear dónde excavar. ¡Y el planeta es inmenso! Gracias a las imágenes satelitales se puede tener una idea mucho más amplia”.

”MeMOSat es un proyecto de investigación y desarrollo de memorias basadas en óxidos. Lo que ideamos es una plataforma electrónica que nos permite leer y escribir estas memorias”. Mariano Barella
Orgullo nacional 
En la actualidad, Satellogic posee cinco satélites en órbita, bautizados con un sello indiscutiblemente celeste y blanco: Capitán Beto, Manolito, Tita y Fresco y Batata. El pasado 15 de junio lanzaron un nuevo nanosatélite desde la plataforma de Jiuquan, en China. Su particular nombre (Milanesat) fue elegido en una convocatoria abierta, organizada junto con la señal televisiva del Ministerio de Ciencia y Tecnología (TECtv), bajo el lema “Mi huella en el espacio”.

Exactamente tres años atrás, con el lanzamiento del satélite argentino BugSat-1, más conocido como “Tita”, en honor a la actriz Tita Merello, el Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI) pisó fuerte en el desarrollo de memorias electrónicas. “MeMOSat es un proyecto de investigación y desarrollo de memorias basadas en óxidos. Lo que ideamos es una plataforma electrónica, llamada LabOSat, que nos permite leer y escribir estas memorias. En resumen, tenemos dos proyectos vinculados a aplicaciones satelitales: MeMOSat y LabOSat –electrónica de medición y control de memorias–”, aclara Mariano Barella, licenciado en Física e integrante del Centro de Micro y Nanoelectrónica del Bicentenario (CMNB) del INTI. 

Las memorias diseñadas en el país, y que se montan en los nanosatélites, comenzaron a estudiarse en 2008 en la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), aunque a la vez están involucradas otras instituciones, como el INTI, la Unsam y el Conicet. Recién en 2014 nació la primera versión de LabOSat para experimentar con las memorias en ambientes hostiles. “Estas memorias son no volátiles; o sea, conservan los datos grabados aún apagadas, como los pendrives. Además, las prestaciones de los dispositivos son similares a las memorias RAM que se encuentran en cualquier computadora de escritorio o notebook. Sumado a eso, los dispositivos de esta tecnología son resistentes a la radiación por el propio principio de funcionamiento”, detalla Barella.
Cómo se fabrican
Los nanosatélites pueden tardar tres meses en construirse, siempre y cuando todos los materiales se encuentren en stock. “Trabajamos con proveedores de todo el mundo. La mayoría de los productos son estándar, como las placas de electrónica. Otros son más complejos, como ópticas o celdas solares. Estas últimas no son las mismas que se utilizan en el campo, ya que duran muy poco y tienen baja eficiencia. Arriba necesitamos mucha energía”,  revela Kharsanky desde Satellogic. Y profundiza: “Respecto a la vida útil de estos satélites, se estima una duración de tres años. Creemos que es un buen equilibrio; no queremos tener tecnología y electrónica vieja en el espacio. Si mañana sale una computadora diez veces mejor, nos gustaría tenerla en un satélite. Nosotros apuntamos a una infraestructura que se pueda cambiar rápidamente”. 

Si bien la Argentina avanza a paso firme en esta industria, por supuesto hay otros países que ya lanzaron sus nanosatelites al espacio, con Brasil, España, Suiza, Holanda y los Estados Unidos a la vanguardia. “Ahora no importa dónde estás parado. Tenemos nuestra fábrica en Uruguay, oficinas en Israel, Barcelona, Estados Unidos, y lanzamos en China y Rusia. Hoy por hoy, los servicios se pueden ofrecer desde cualquier lugar”, explica Kharsansky.

Aunque Satellogic tiene en órbita tres satélites que conforman la constelación Aleph-1, y que ya se encuentran prestando servicio, se calcula que este año llegarán al espacio dos nanosatélites más. Si de avanzar se trata, Kharsansky concluye: “Aspiramos a construir y lanzar cien por año, lo que es un promedio que implica todo un desafío. En un plano ideal, anualmente se deberían subir y bajar un centenar de satélites. A eso apuntamos”.

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