ENTREVISTA


“El Oscar es un salvavidas de plomo”


Por Carlos Baudry.


Ganador del mayor premio que se puede obtener en el cine, el cordobés Eugenio Zanetti prepara ahora Amapola, un filme que trascurre en Tigre. Zanetti cuenta de sus viajes por el mundo, de la soledad y de cómo es eso de vivir en tres países al mismo tiempo.

El cordobés Eugenio Zanetti es uno de los pocos argentinos que ha ganado un Oscar, el mayor premio al que puede aspirar alguien que trabaja en el cine. Lo ganó por su trabajo en dirección artística en la película Restauración. Ahora bien, ¿qué hace un director artístico? El propio Zanetti lo explica: “Su trabajo consiste en conceptuar la narrativa literaria en narrativa visual”, explica.
Quién es Zanetti
Nacido en Córdoba en 1946, Eugenio Zanetti ganó el Oscar a la dirección de arte por la película Restauración y fue nominado por su labor en Más allá de los sueños. Ha vivido en París, en Roma, en Florencia, en Afganistán y en Los Ángeles. De hecho, siempre regresa a esos lugares. Artista múltiple, es ilustrador, diseñador, guionista, dramaturgo y director de cine. Acaba de recibir el premio Ojo de Piedra a la Trayectoria en el 9º Tandil Cortos, festival organizado por la Asociación Cine Tandil.

–¿Puede ampliar un poco el concepto?
–A veces, el director del filme puede tener una idea conceptual de lo que quiere hacer, pero no tiene una idea visual. Si uno lee los guiones, sobre todo los norteamericanos, salvo los diálogos, no contienen muchas cosas. No especifican cuáles van a ser las imágenes. Si tomás un guión como el de Mas allá de los sueños, película que transcurre en varios cielos o varios infiernos, lo único que decía es: “En el fondo de un volcán, o una ciudad en el cielo”. Entonces, tenés que inventar las imágenes. Yo sugerí –porque el que toma la decisión final es, por supuesto, el director general y no yo–, por ejemplo, que cada cual tiene su propio cielo y su propio infierno, y que una niñita que tiene un teatro de títeres junto a su cama de enferma, en el cielo también debía tener un teatro de títeres en donde vuelan los muñecos y las palomas. ¿Se entiende ahora? 

–Zanetti, usted se ha pasado gran parte de su vida saltando de un país a otro. Hasta ha vivido en Afganistán. ¿Por qué a un cordobés que es pintor, ilustrador, diseñador, dramaturgo, director artístico y director de cine se le ocurre ir a un lugar tan exótico?
–Tenía 21 años entonces. Era en 1967 y estaba en Italia. Muchas veces las razones reales por las cuales uno hace las cosas las sabe cuarenta años después. Había ido a Europa a estudiar pintura y teatro. Pinto desde chico y también hice teatro de chico, en Córdoba. Pero en París  conocí el sufismo, una doctrina filosófica muy atractiva. Nos interesamos en el sufismo y con un grupo de amigos compramos una camioneta y partimos.

–¿No era como cortejar a la muerte? Un viaje muy peligroso, ¿no?
–No. Ahora sí te matan sin preguntarte quién sos o por qué andás por ahí. Pero en esa época, no había guerra en Afganistán, no habían llegado los rusos ni los norteamericanos y era un lugar bastante seguro. Hubo un solo incidente, en la frontera entra Irán y Afganistán, porque nos confundieron con espías, pero nos interrogaron y nos dejaron seguir. Estudiamos un poco de sufismo, una doctrina que, como tantas, tiene como objetivo llegar a Dios, y volvimos. Volvimos a Italia, donde hice una puesta teatral basada en Medea. 

La tal Medea es un personaje mitológico griego, medio bruja ella (medio, si se la mira con un solo un ojo), que mató a sus propios hijos y que a una nuera le regaló un traje de novia inflamable, de modo que la chica se quemó y chau boda.

–Una puesta interesante
–Sí, tan interesante que el director de cine Pier Paolo Pasolini vio la puesta y le interesó, sobre todo la escenografía, y hablamos con él de los paisajes. Pasolini quería ir a filmar a Afganistán, pero lo convencí de que filmara en Capadocia y me contrató como director de arte. Ese fue mi primer trabajo como director artístico, y nada menos que con el genio de Pasolini.

Zanetti no lo dice, pero seguramente la tal Medea sigue por ahí haciendo maldades, porque a Pasolini, director de películas como Edipo rey (filme que presentó en la Argentina, junto a María Callas) y Teorema, y autor de un episodio conmovedor sobre Jesús de Nazaret, lo mataron en Italia a puñaladas, malamente, para robarle alguna liras. 

Lo que viene
En estos días, Zanetti acaba de inaugurar una muestra de cuadros en la galería Maman y prepara la preproducción de Amapola, una película cuyo guión escribió él mismo, de la que será director y en la que tendrá a cargo la parte artística.

–¿Qué pasó con El árbol de fuego, que iba a dirigir en San Luis?.
–De eso prefiero no hablar.

–¿Y Amapola?
–Amapola es un filme sobre el tiempo. Es la historia de una muchacha que ve el futuro; ve su futuro quince años después del momento que está viviendo y quiere cambiarlo.

–Eso nos devuelve a su vida errante, Zanetti. Ahora está acá, en la Argentina, pero tiene casa en Los Ángeles, Estados Unidos, donde pasa la mayor parte de su tiempo. Vive como un gitano de aquí para allá. ¿No extraña su Córdoba natal?
–Vivo el presente. Por supuesto, soy argentino en primer lugar, cordobés en segundo lugar, y como por mis abuelos tengo sangre italiana y rusa, también soy un poco italiano y ruso. Por eso, no importa adónde me encuentre, tengo siempre nostalgia de los otros lugares. Pero no me conmueve la simbología patriótica. Simplemente, amo a mi país, y un poco menos a los otros lugares. Creo que todos somos parte de este planeta y que estamos cada vez más unidos y más comunicados. Me encanta ser cordobés, pero no me siento más cordobés que italiano.

–¿Cómo lo tratan en Estados Unidos? ¿Y en Europa? Porque usted, nosotros todos, somos “sudacas” para ellos.
–Los norteamericanos son muy prácticos. Si vos trabajás bien, te aceptan. Por lo demás, son descendientes de europeos, como nosotros, salvo los pieles rojas. En cambio, en Europa tardan más. Tenés que exhibir antecedentes familiares europeos, pero aun así, tardan en aceptarte. Para que un francés te invite a comer a su casa tienen que pasar diez años de trato, hayas ganador un Oscar o no.

–¿Le gusta vivir en Los Ángeles?
–Es una escenografía más que una ciudad, ya lo sé. Pensá que a principios del siglo XX no existía. Pero es el cine lo que llevó a esa ciudad a ser lo que es. Y a mí me interesa el cine.

–En sus cuadros, se ven figuras humanas. ¿El ser humano es su tema?
–No, mi tema es el tiempo y la forma en que percibimos el tiempo. No trato siempre el mismo tema, pero el tiempo siempre aparece, como en Amapola. Y está también el agua. Amapola trascurre en el Tigre. El agua como metáfora del tiempo.

–Del tiempo hacia el futuro.
–No seas tan convencional. Uno puede ir río arriba o río abajo.

–Como usted, Zanetti, que viene y va. ¿No le molesta vivir solo?
–Bueno… estuve casado y crié hijos ajenos. Ahora no. Y tengo amigos, claro. No estoy demasiado tiempo solo o, en todo caso, no me molesta la soledad. No estoy centrado en el amor romántico como meta de una vida. El amor tiene que ver con una energía que, en mí, está muy ligada al trabajo creativo. Claro que sin amor no hay nada. Es la energía central de la vida. A veces, te trae conflictos, pero ocurre que sin conflicto no hay vida. Y no hay obra.

–¿Le cambió la vida ganar un Oscar?
–No. A veces, es un salvavidas de plomo, porque lo ganaste y quienes te llamaban para pedirte una colaboración, piensan que cobrás más caro y llaman a otro.

–¿Va al cine?
–Sí, la última que vi fue la de Vigo Mortenssen. Es una película muy oscura, dan ganas de suicidarse. Quiero hacer cine alegre y positivo… que no den ganas de suicidarse. Volviendo al Oscar, no cambia nada. Es lindo que te lo den, pero no cambia nada. Aquí, en la Argentina, me dieron el Cóndor de Plata, junto con el director de cine Luis Puenzo, que también ganó un Oscar. Cuando nos dieron el Cóndor, me dijo: “Eugenio, este premio nos lo dan porque ganamos un premio”.

–Vamos Zanetti… ¿no le gustaría ganar otro Oscar?
–Me postularon para otro Oscar. Y no lo gané, claro. Meryl Streep, que estaba sentada junto a mí, me dijo: “No te preocupes. A mí me postularon catorce veces y lo gané solo dos”. 

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