Arte


Materia y signo


Por Aníbal Vattuone.


Materia y signo
Joan Miró fue un artista de visión cosmopolita. Una muestra se centra en sus últimos años, redescubriendo pinturas, dibujos y esculturas. 

Los artistas tienen la capacidad de encontrar resquicios en su imaginación que son inasibles para una gran mayoría. Pero, por paradójico que suene, el proceso culmina cuando traducen eso en obras maestras que el gusto popular aprueba. 

Joan Miró (1893-1983) no solo ha sido uno de esos artistas, sino que fue un verdadero revolucionario del arte. Focalizándose en las últimas dos décadas de su vida, Miró: la experiencia de mirar es una muestra que no solo juega con las palabras en su título, sino que se adentra en cómo el catalán transitó esos años, haciendo una retrospectiva que dio como fruto cincuenta trabajos concretados entre 1966 y 1981. Lejos de quedarse con lo hecho hasta el momento, Miró decidió cambiar, generando una época de gran inspiración. 

“Aquí queda demostrado cómo reformula su apuesta al colocar su pasado bajo la óptica de un futuro incierto e invita a sumergir la mirada en una reflexión sobre qué significa en nuestra cultura capturar y comprender las formas del mundo”, cuenta Andrés Duprat, director del Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA), sede de la exposición que incluye dos filmes (Miró parle, de 1974, del fotógrafo y realizador francés Clovis Prévot, y el cortometraje Miró l’altre, de 1969, dirigido por Portobella), y que después se montará en Perú y Chile. Y prosigue: “En este conjunto de piezas, Miró intenta responder a una pregunta sobre la traductibilidad de una obra, sobre su devenir en el pasaje entre diversos soportes –la pintura, la escultura, la imagen en movimiento–, hasta conjugar su relato de base en una nueva naturaleza. Lo que hay en él son preguntas, esgrimidas sobre la tela con trazos simples, a las que se agrega una incógnita imposible de despejar, pero no por ello menos elocuente. Sus esculturas están allí para señalar algo que aún no acontece, pero que está relacionado con el pasaje a imagen plana, traducidas a un código que las excede, pero que las completa”.

Las obras pertenecen a la colección del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (MNCARS). Desde España, su director, Manuel Borja Villel, brinda su parecer: “Esta es una excelente oportunidad para presentar su obra tan innovadora como fascinante, a través de un conjunto de pinturas, esculturas y dibujos. La exhibición se centra en la etapa tardía de su producción, si bien el protagonismo de su aportación al arte fue durante el período de entreguerras e inmediata posguerra. Es posible leer a Miró como una figura que atraviesa, de forma algo silenciosa, tanto a la generación que pudo ver en él al padre de una escritura sígnica, base de las tendencias pictóricas imperantes tras la segunda contienda, como al invisible pilar del grupo de artistas que, poco después, declararían el ‘cambio de paradigma’ en las artes”. 

Es que los primeros años de su vida artística estuvieron íntimamente ligados a París. En los años veinte, ya lo dijo el gran escritor y periodista nortea-mericano Ernest Hemingway, “París era una fiesta”. En ese círculo vanguardista, en ese contexto donde convivían distintos exponentes, el nacido en Cataluña comenzó a mostrar su talento. A mediados de los cincuenta es cuando ocurre la mutación que representa lo que se puede apreciar en el MNBA. 

Todo comienza cuando se muda a su estudio de Son Abrines, en Mallorca, lugar que alguna vez diseñó su amigo Josep Lluís Sert. Allí, en ese taller-vivienda, reúne por vez primera su producción completa: esto le otorga la posibilidad de revisarla y redefinirla. Durante ese período, no se atiene a una categoría formal, y varía constantemente de medio para expresarse. Incluso, esta etapa se vio influenciada por una forma de pintar más sencilla, tanto en la definición de la forma como en el uso del color, para lograr, según él mismo declaró en 1959, que “las figuras parezcan más humanas y más vivas que si estuvieran representadas con todos los detalles”.
Mucho más que pinturas
Basta pasearse por el Espacio Miró en Madrid, por el Centro Pompidou de París o por el emblemático MoMA de Nueva York para comprobar que Miró no solo brilló como pintor, sino también como escultor. De hecho, sus esculturas son mayoría en el MNBA: 26 contra 18 pinturas y 6 dibujos. 

La determinación de hacer una revisión especial sobre sus últimos veinte años se debió al carácter que él mismo le imprimió a ese lapso. No fue una elegía mirando el camino recorrido, sino todo lo contrario: su canto del cisne fue una reinvención de sí mismo, una reformulación de lo hecho. Desde sus trazos simples, Miró terminó invitando a los cuestionamientos. 

“Él supera la realidad como referente para convertirla en materia y signo, y construye un lenguaje simbólico esencial que emplea en la resolución de problemas plásticos”, explican Carmen Fernández Aparicio y Belén Galán Martín, desde el MNCARS. Y hablan sobre el último elemento inspirador de Miró: “La naturaleza. En ella reitera la representación de la mujer –Madre Tierra–, imagen ritual de ascendencia milenaria, que constituye la figura más común de la tipología de la escultura popular mallorquina, así como otros motivos relacionados con el firmamento y el paisaje, dotando ahora a esta temática de un carácter de universalidad. Este aspecto se conecta con su voluntad de superar los fundamentos plásticos tradicionales, para ir más allá del objeto-cuadro-escultura, aprehendiendo la totalidad de la experiencia”.

La muestra puede visitarse hasta el 25 de febrero en el Museo Nacional de Bellas Artes (Av. del Libertador 1473, CABA). De martes a viernes, de 11.00 a 20.00, y sábados y domingos, de 10.00 a 20.00. La entrada es libre y gratuita.

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