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S.O.S Hijos tech


Por Daniela Calabró..


S.O.S Hijos tech
Padres que crecieron en un mundo analógico se enfrentan a la crianza de niños cuya infancia transcurre en clave digital. ¿Cómo acercar a los homo rationalis con los homo net?

Los choques generacionales siempre fueron un desafío en el vínculo padre-hijo. Sin embargo, esta época de cambios vertiginosos parece haber alejado aún más una vereda de la otra. Como si Johannes Gutenberg –el alemán inventor de la imprenta– y Mark Zuckerberg –el estadounidense creador de Facebook– se sentaran a la misma mesa cada noche, el cuadro de las cenas familiares de estos días presenta más de un contraste. Allí, hombres que crecieron con libros, casetes y películas en VHS tienen el desafío de criar niños que apenas reconocen un CD y cuyo universo de lectura se abre detrás de la pantalla. 

Ahora bien, ¿cómo se hace para conciliar dos mundos tan disímiles entre sí?  ¿Cuáles son los conflictos que emergen? ¿Qué alternativas superadoras pueden alcanzarse? Estas son las preguntas que se hacen las hermanas María Cristina y Ana María Lamas en su libro Padres analógicos, hijos digitales. En el texto, unen sus áreas de desarrollo –la psicología y las ciencias de la educación– para ofrecer herramientas que ayuden a una educación en la que no primen ni el pasado ni el futuro, sino lo más nutritivo de su convergencia. “Antes, los procesos de cambio eran lentos y abarcaban varias generaciones. De hecho, una misma persona tal vez no llegaba a percibirlos a lo largo de su vida. Sin embargo, desde la segunda mitad del siglo XX, todo ha cobrado una velocidad incomparablemente mayor. Así, grupos con una estructura cognitiva lingüística –como los Homo rationalis– conviven con los hijos de la tecnología –los Homo net–, para quienes el lenguaje comienza a ser una modalidad más entre otras muchas posibilidades multimediales”, introducen las especialistas. 

Esto representa un gran desafío para los padres que suelen añorar las certezas que imperaban otrora, cuando los roles estaban definidos por un manual de instrucciones intuitivo y aprendido por transmisión generacional. “Los roles asimétricos entre padres e hijos se han horizontalizado. A veces, esto sucede de un modo excesivo, producto de una parentalidad desdibujada y con bajo control. En otras ocasiones, los padres reaccionan autoritariamente, lo que tampoco es formativo. La clave está en encontrar el punto medio”, propone Ana María, aduciendo que una buena forma de intentarlo es desmenuzar mejor el identikit de estas dos generaciones. 

“El ejemplo de Gutenberg y Zuckerberg es propicio para ahondar en el tema. Los Gutenberg se definen por su pensamiento racional y textual, adquirido en los libros. También por la falta de cuestionamiento de principios que consideran inmutables. Van más despacio, analizan cada parte con paciencia, reflexionan, hacen abstracciones”, describe Ana María. Y prosigue: “Los Zuckerberg, por su parte, son mucho más intuitivos, imaginativos y visuales. Piensan hipertextualmente, como si cada una de sus ideas pudiera abrirse, paralelamente, en otras cien: a esto lo llamamos multitasking. No se detienen en textos largos y se manejan mejor con imágenes que con palabras. A la vez, no aceptan a rajatabla lo que dicen sus mayores, sino que lo ponen bajo sospecha, cuestionándolos por anacrónicos”.
En la vida, como en la pantalla
El temor al universo virtual en el que se sumergen los niños es un ítem recurrente en los padres de esta era. María Cristina y Ana María Lamas recomiendan poner el mismo cuidado allí que en el mundo real: “Protegemos a nuestros hijos cuando caminan por el espacio público, cuando los llevamos a la escuela y los traemos de vuelta, cuando les damos pequeños permisos para circular solos. De la misma manera, debemos ayudarlos a transitar por la autopista virtual, sugiriendo los límites de la información por publicar y advirtiendo sobre las invitaciones que les hacen desconocidos. En la familia, y posteriormente en la escuela, es donde debe enseñarse cómo usar estas herramientas con controles que no busquen castigar, sino cuidar del bullying, el phishing o el grooming”.

Los padres añoran las certezas de cuando los roles estaban definidos por un manual de instrucciones intuitivo y aprendido por transmisión generacional.
Niños de ayer y hoy
Quienes profesan eso de que “todo tiempo pasado fue mejor” tienden a mirar con cierto recelo las herramientas de juego de los infantes contemporáneos. Pero los entendidos sugieren ampliar la mirada. “Que los chicos juegan y leen menos porque están todo el día conectados es un supuesto que nace de la perspectiva analógica. Para algunos analistas, el juego simbólico colectivo de las generaciones anteriores es equivalente al juego colaborativo de los videojuegos. Además, las lecturas son diferentes, porque no siguen la lógica de la secuencia lineal, sino que, al navegar por múltiples ventanas, se lee de forma fragmentada”, analiza María Cristina, a la vez que pone un pequeño freno de mano al uso de las pantallas en la primera infancia: “Las academias de pediatría recomiendan el uso restringido de los dispositivos digitales en el caso de los niños muy pequeños. Sin embargo, muchos padres consienten su uso. Hay que saber decir ‘no’ y vencer la comodidad que representa para nosotros que jueguen solos”. 

Una forma de permitirles el contacto con los entretenimientos 3.0, pero sin perder el control, es sentarnos a jugar con ellos. Diversos estudios comprueban que entretenerse de a dos ayuda a estrechar los vínculos. Claro que, para lograr empatía, habrá que meterse en la cabeza de los bajitos y renunciar por un rato a cómo nos divertíamos décadas atrás. María Cristina lo resume así: “Las experiencias infantiles del adulto de hoy se parecen más a la infancia de sus padres que a la de sus hijos. Antes, las etapas evolutivas transcurrían en la casa familiar, la escuela, las veredas del barrio, los amigos, el club. La niñez era el punto de partida; la adultez, el de llegada, con los padres como referencia. Ahora los hijos persiguen diferenciarse para buscar su propia identidad”.

Por su parte, Ana María puntualiza que este fenómeno que pone en jaque los mandatos familiares se profundiza muchas veces cuando lo padres, en su afán por aproximarse, pierden de foco su verdadero rol: “Los chicos intentan despegarse cuando las figuras parentales son obstaculizadoras, cuando impiden encontrar puntos de acuerdo, cuando no logran sintonizar empáticamente. A los hijos no les gusta cuando los adultos se hacen los adolescentes por querer acercarse a su mundo, cuando se hacen los cancheros. Los ven impostados, ridículos y los terminan rechazando”.

Una formade permitirles el contacto con los entretenimientos 3.0 sin perder el control es sentarnos a jugar con ellos. Esto ayuda a estrechar los vínculos.
Acercar posiciones
El desafío está planteado: ¿cómo se hace para construir un puente entre dos eras tan divergentes? “Encontrar la sintonía de estas lógicas de pensamiento requiere un esfuerzo de ambas generaciones, pero siempre el adulto tiene que dar el puntapié inicial”, se aventuran las hermanas Lamas. Y subrayan: “Una buena idea es formar un equipo en el que cada uno aporte lo mejor de sí, y asumir que, como en el fútbol, hay un capitán. En este caso, son los padres”.

La noción de plantel, de brigada, de cuadrilla (sin ir más lejos, de familia) es un recurso que nunca se agota y que trae sus beneficios. “Explicar las reglas tomando como ejemplo el deporte, el trabajo en equipo o la dinámica familiar nos ayuda a demostrarles que, si bien los poderes son rotativos, los valores de respeto y solidaridad son perennes –enfatiza Ana María–. En el diálogo cotidiano deben desaparecer los prejuicios etarios, eliminando frases negativas como ‘Es muy chico para…’ o ‘Es muy viejo para…’. ¿Por qué? Porque, en lugar de unir, separan; en lugar de importar (portar adentro al otro) imponen el soportar (portar al otro sobre uno, como peso y con fatiga). Cuando eso se interpreta, las dos partes están mejor preparadas para explicar y entender, sin suponer que el otro, por ser adulto o joven o niño, debería saber tal o cual cosa”. 

Una vez sentados en la misma vereda, es hora de la estocada final: escuchar sinceramente a nuestros hijos e intentar comprender sus gustos, su lógica y sus necesidades. “La clave está en tolerar otras maneras de pensar, de aprender, de jugar, de trabajar, de comunicarnos. Debemos convivir en las diferencias y no verlas como antinomias o incompatibilidades, sino como complementariedades que facilitan la integración”, sentencia María Cristina. Ana María coincide, y concluye: “Las neurociencias cognitivas demuestran que los cableados mentales se reestructuran permanentemente si les damos el alimento que les permite hacerlo, como la curiosidad, la búsqueda de respuestas inéditas, el esfuerzo por aprender el funcionamiento de los dispositivos tecnológicos y la actitud de pensar con modelos distintos a los que asimilamos como dogma. En esa interacción de lo viejo con lo nuevo puede surgir un proyecto enriquecido”.
Tenemos lo nuestro
“Los Gutenberg somos capaces de transmitir el espíritu de búsqueda, el deseo de superación y el esfuerzo para alcanzar una meta, principios que atravesaron la modernidad, y que pueden ayudar a los Zuckerberg”, definen María Cristina y Ana María Lamas. ¿De qué manera? Estos son sus consejos:

•Orientar a los niños hacia la reflexión sobre su estilo personal, sus intereses, aptitudes, fortalezas y debilidades.
•Colaborar en el diseño de un plan de acción y en la organización de la información que van recabando en la Web.
•Animarlos a tener una actitud activa y a ejercitar la toma de decisiones.
•Plantearles posibilidades que no consideraron, a partir de su potencial.

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