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Memorias del trigo y la harina


Por Revista Nueva.


Memorias del trigo y la harina 

En el norte de san juan existen varios molinos harineros de orígenes centenarios, algunos de los cuales siguen funcionando. En su momento, sobre todo en las décadas del treinta y el cuarenta, fueron el eje de una gran industria harinera sanjuanina. Hoy son sitios que encierran mucha historia y relatos de personajes que recuerdan ese pasado.

El último sol de la tarde sanjuanina le da justo en el rostro, arrugado y moreno. Entonces, cumpliendo con un ritual repetido en cada crepúsculo vespertino desde hace muchos años, Venicio Pérez empieza a cerrar las puertas del molino, acaricia a un gato negro que lo mira con ojos curiosos y camina los tres o cuatro kilómetros que lo separan de la humilde casa de paredes de adobe en la que vive, en el paraje de La Gran China. 

Hace todo lento, como disfrutando de ese tiempo que es siempre ajeno a las ansiedades, mientras recuerda aquellos años en los que iba hasta allí con su padre, llorando sobre el lomo de un burrito durante todo el camino, hasta que al fin llegaba al molino y entonces empezaba a chivatear, a correr de un lado para el otro, siempre seguido muy de cerca por la vista del molinero que le decía que fuera precavido, que se cuidara, que no saltara entre las ruedas, que se podía lastimar. 

Eso pasó hace casi una eternidad, cincuenta años atrás o tal vez más, pero Venicio no lo olvida nunca, como no olvida ese día tórrido en el que le juró a un amigo que él trabajaría en ese molino donde su padre había pasado casi toda su vida. Ese día, el del juramento, el sol del verano había ajusticiado el norte sanjuanino como nunca nadie jamás recordaría, ni antes ni después, abriendo grietas insalvables en la tierra seca. A la mañana siguiente, un aguacero bíblico terminaría con el calor sofocante y convertiría esas grietas secas en ríos de barro desbordado. Para Venicio, aquel diluvio imprevisto fue una clarísima señal de que el juramento sería cumplido.

Venicio Pérez lleva ya muchos años trabajando como molinero en el viejo Molino del Alto, uno de los seis antiguos molinos harineros del norte sanjuanino que aún quedan en pie de los tiempos en los que la región septentrional cuyana era una de las más importantes productoras trigueras de la Argentina. En aquellos años, entre el final del siglo XIX y el comienzo del XX, San Juan poseía numerosos molinos que funcionaban a energía hidráulica, la mayoría de ellos ubicados en la zona de Jáchal sobre las orillas del Canal del Alto, un viejo curso de agua desde el que se extendían decenas de circuitos de riego. Construidos con gruesas paredes de adobe y techos que combinaban la caña y el barro, estos molinos poseían enormes muelas de piedra que producían la molienda y eran accionadas por unas ruedas movidas por la fuerza del agua que provenía justamente de aquel antiguo canal de riego. 

Junto al edificio, estos molinos solían tener una zona cercada a manera de gran patio interior en el que se alojaban las tropas que llegaban hasta allí para la molienda de su trigo. Venidos desde todos los rumbos imaginables, a veces desde sitios ubicados a varios cientos de kilómetros de distancia, aquellos troperos acampaban junto a sus animales y pasaban en el lugar varios días, a veces más de una semana, aguardando por su turno de molienda mientras jugaban a la taba, hacían interminables rondas de mate cimarrón y guitarreaban hasta los amaneceres. 

“En el Molino del Alto, se les convidaba comida a los que venían con sus tropas y se los trataba muy bien hasta que les llegaba el turno, tanto que había gente que no se quería ir ni siquiera cuando ya tenía la harina”, recuerda Venicio con tono de inevitable nostalgia.

El Molino del Alto está ubicado en las afueras de la ciudad de Jáchal y es uno de los pocos que aún siguen funcionando en la zona. La gran mayoría de aquellos viejos molinos harineros que todavía siguen en pie ya no muelen trigo desde hace mucho tiempo y sus gruesas paredes de adobe sirven solo para guardar las memorias de épocas doradas que ya nunca regresarán. En las décadas del sesenta y del setenta, años duros para la región cuyana, la producción harinera se hizo inviable en el norte sanjuanino y aquellos viejos molinos dejaron de funcionar. Sin embargo, el Molino del Alto resistió al tiempo y hoy la molienda continúa, más allá de que los volúmenes de harinas producidas en la actualidad distan mucho de las enormes cantidades molidas hace medio siglo atrás y aún antes. 

Construido en 1876, este molino es también conocido como Molino García debido al apellido de quienes fueron sus dueños por más de cien años. “Hoy en día, la propietaria del molino es doña Teresa García, que es la heredera de los García que le compraron el molino a un tal Videla, que a su vez se lo había comprado a un inglés que parece que era el que había construido este molino”, cuenta Venicio, quien señala que los García fueron desde siempre muy amigos de los dueños del Molino Sardiña, otro de los viejos molinos harineros de la zona que también sigue moliendo trigo como cuando se construyó, hace ya casi doscientos años.

Más allá de los aún productivos García y Sardiña, el más célebre de los antiguos molinos del norte sanjuanino es el Molino de Huaco. Fue construido en 1775 por el chileno José María Suárez y desde el siglo XIX perteneció a la familia Dojorty, versión deformada del apellido de un inglés llamado Dougherty, que se había afincado en San Juan luego de haber sido tomado prisionero en las invasiones inglesas. Este molino funcionó hasta 1965 y su nave principal cuenta con los techos originales hechos con madera de caña y apoyados contra gruesos muros de adobe. Está ubicado en las proximidades de la localidad de Huaco, un pequeño pueblo casi orillado a la frontera con La Rioja en el que nació el gran poeta Buenaventura Luna, cuyo verdadero nombre era Eusebio del Jesús Dojorty.

El poeta, descendiente de aquel inglés al que habían tomado prisionero, vivió durante toda su infancia en la casona rural que se levanta junto al molino y le dedicó a la antigua edificación algunos de sus versos más inmortales. “A tu molino viejo quiero volver, hoy que de amarga vida probé la hiel”, dice Luna, cuyos restos descansan en el cementerio de Huaco, a los pies de un centenario algarrobo que le da fresca sombra todas las tardes. Allí, junto a su tumba, cada 29 de julio que recuerda su muerte, la gente se reúne a cantar sus letras y luego peregrina brevemente hasta el viejo molino, convertido por la historia y por aquellos versos en un irreemplazable monumento de la memoria sanjuanina. 

Hace algunos años, en un mediodía nublado de invierno, el molinero Venicio Pérez se acercó hasta allá, hasta la tumba de Buenaventura Luna, para rendirle su tributo. Dejó unas flores junto a una placa de mármol que recuerda al poeta, recitó en voz baja uno de sus versos bajo el algarrobo centenario y después fue hasta el Molino de Huaco. Con la vista estaqueada en la abandonada rueda del molino, hecha con piezas de algarrobo negro que se lubricaban con grasa de vaca, se quedó recordando a su padre, el juramento que le hizo a su amigo y el diluvio bíblico que terminó con ese sol de infierno que abría grietas en la tierra seca. Y ya en la tarde, mientras caminaba alejándose del molino, lento y sin prisas como cuando vuelve a su casa de La Gran China, murmuró un nuevo juramento. “Seré molinero en Huaco”, dicen que se prometió Venicio. Y las nubes de invierno empezaron a llover.
 

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