historia de vida


Sí, se puede


Por Alejandro Duchini.


Sí, se puede
Una lesión en la médula no le impidió desarrollar su pasión por el deporte. Cómo El cordobés Gustavo Fernández llegó a ser número uno del mundo en tenis sobre silla de ruedas.  

Yo me consideraba exitoso antes de ser número uno, aunque el resto de la gente recién ahora me valore de esa manera. Siempre dejé todo para llegar al máximo: eso ya es ser exitoso. Además, disfruto mucho de lo que hago, lo cual también es un éxito. Lo más importante es ser feliz con lo que uno hace”.

La frase lleva la firma de Gustavo Fernández, quien en julio pasado se adueñó del primero puesto del ranking mundial en tenis sobre silla de ruedas. Nacido en Río Tercero, Córdoba, el 20 de enero de 1994, ya de chico soñaba con viajar en avión. Hoy, lo hace tan a menudo que dice no querer volar más, pero es algo inevitable si quiere seguir disputando los torneos que lo llevaron a lo más alto de la tabla que confecciona la International Tennis Federation (en dobles también da que hablar: se ubica en la quinta posición).

Ser tenista surgió en el asiento trasero de un auto, cuando a los 6 años les dijo a sus padres: “Má, quiero hacer tenis”. Su pedido no causó ninguna sorpresa, ya que su papá es Gustavo Fernández, exjugador de básquet y actual director técnico del primer equipo de Boca en la disciplina, y su hermano mayor es Juan Manuel, basquetbolista, que juega en el Pallacanestro de Italia.

Gustavo siempre mamó la cultura deportiva, a pesar de ese infarto de médula que lo paralizó de la cintura hacia abajo cuando apenas tenía un año y medio de vida. Nada fue un impedimento para él: jugó al básquet, al fútbol, al golf, e hizo natación. “Pero nadar no me gustaba. Me aburría. A mí me encantaba lo que se podía jugar con pelotas. Siempre quise ser deportista. Es una pasión”, explica. Y con respecto al fútbol, comparte una anécdota con una sonrisa: “Me lastimaba los tobillos de tanto arrastrarme. Nancy, mi mamá, me retaba: ‘¡Cómo volvés con los tobillos así!’. Yo usaba rodilleras, tobilleras y unas zapatillitas: a todo te adaptás”.

A los 8 años pasaba horas peloteando contra el frontón del Club 9 de Julio. “Tenía una raquetita de aluminio que me había comprado mi abuelo Lalín, que también me había adaptado una patineta –recuerda con los ojos humedecidos–. Siempre fui competitivo y calentón. Cuando las cosas no salían, la tiraba contra el piso. No se rompía, pero quedaba despareja, torcida. La primera vez que destrocé la raqueta la escondí para que no me castigaran. Creo que la guardé en la casa de mi abuela paterna, en la parte de atrás. Esa raqueta no apareció más”.

A los 12 años Gustavo partió para Buenos Aires, buscando subir la vara. Se acercó a la Asociación Argentina de Tenis Adaptado (AATA) y allí conoció a Fernando Sanmartín, su entrenador. “Él es mi formador, el que me convirtió en el profesional que soy. Junto a mis padres, es una de las personas más importantes de mi carrera: me enseñó todo”, lo pondera.

La única forma de crecer en el ambiente era entrenar en la AATA. No quería dejar el colegio, aunque se le dificultaba la asistencia de tanto alternar entre Córdoba y Buenos Aires. “¡Cómo me bancaron! Era buen alumno, pero no estaba nunca. Un año, falté seis meses de nueve. Un poquito me ayudaban...”, desliza con picardía. Y profundiza: “Me iba a participar de un certamen, regresaba y rendía todas las pruebas. Una vez, una profe a la que le encantaba el deporte me dijo: ‘Te sacaste un 8’. ¡Ni la prueba había hecho! Una genia”.

En 2007 hizo su primer viaje a Europa, acompañado por Sanmartín. No parecía ser una gran experiencia, pero resultó excelente. Gustavo lo repasa a pura risa: “Fernando es muy gruñón. Una vez que lo conocés, te das cuenta de que es pura carcasa, que es un tipazo. Yo era chico, debutaba en un avión, fueron doce horas de vuelo, con trasbordos en España, Austria y Polonia... Espantoso. No dormí nada por la ansiedad. Viajé enfermo porque soy de somatizar mucho. Pero fue muy divertido”.

De guías y amor

Con Gustavo nos citamos en el CeNARD. Mientras esperábamos a metros de la puerta principal la llegada de la fotógrafa, aprovechamos para romper el hielo. En ocho minutos (literales) se acercaron siete personas. Las dos primeras, un padre y su hijo, habituales jugadores de tenis. “Es un honor que nos representes como lo hacés”, lo elogiaron. Los tres segundos, una madre y sus dos hijos que venían de Corrientes, le pidieron una foto. La mujer, muy tímida, le contó: “Uno de mis chicos tuvo un problema en la médula: lo salvó el deporte”. Los dos últimos fueron otro padre y otro hijo: “Sos un orgullo”. Ninguno le pidió autógrafos: en pleno siglo XXI, los momentos se fotografían. “No me interesa ser famoso, pero los reconocimientos vienen por el lado de que estoy haciendo las cosas bien”, suelta Gustavo frente al grabador.

Para la entrevista decidimos que el lugar apropiado era su hábitat: la cancha de tenis. En este centro hay dos: en una entrenaba Carlos Berlocq, que lo saludó afectuosamente; la otra estaba vacía, y es donde Gustavo prefirió que la cámara capturara su esencia. Muy predispuesto, movió la raqueta, posó mostrando sus ojos claros, se sacó el buzo, se apoyó sobre la red y, cada tanto, miró hacia la cancha de River (él es hincha de Boca), que se impone de fondo en el barrio de Núñez.

La alegría lo embarga. Y no es para menos. En este 2017, ganó el Abierto de Australia y estuvo a un paso de repetir en Roland Garros (lo conquistó el año pasado) y Wimbledon. “Cuando perdí en París, Fernando me aseguró que sería número uno. Pero yo no esperaba que se diera tan rápido”, admite quien se acostumbró a codearse con Roger Federer, Rafael Nadal y Novak Djokovic. “Antes me los cruzaba y me sentía como un nene en Disney, pero ahora es normal: todos estamos trabajando. Eso sí: no me olvido de cuando Djokovic interrumpió su entrenamiento para felicitarme. No había cámaras, por lo que fue absolutamente sincero. Eso habla de él”, dice.

Escuchar a Gustavo es aprender, aunque él, como repite hasta el cansancio, no pretenda ser maestro de nada ni de nadie. “Me molesta tener que ser ejemplo de cosas simples, como tener novia, salir con amigos, ir a comer o manejar. ¡No está bien eso! No tiene que ser tomado como una excepción el hecho de ser discapacitado y desarrollarse en algo.Tolero mejor que me tomen como ejemplo de deportista, porque me tuve que capacitar y superar para llegar a donde estoy. Pero lo otro está mal”, opina. Y prosigue: “Hay países más avanzados que el nuestro con respecto a cómo tratar a los discapacitados, pero otros están bastante peor. La clave está en naturalizar la situación, descomprimir, que no haya tanto miedo ni rechazo. Hay que entender que una discapacidad no es algo malo. Así, podremos ser no-sotros mismos al cien por ciento”.

Por supuesto, él tiene sus referentes. Desde el basquetbolista Luis Scola (“La tiene clarísima y me fascina escucharlo, porque sabe de todo, no solo de deportes”) y Marcelo Bielsa (“Es fiel a sus convicciones. Admiro su fidelidad a lo que cree”) hasta su propia familia. “Uno de mis sueños es formar una familia como la que formaron mis padres. Cuando veo la relación que tienen entre ellos y con nosotros, sus hijos… Hay una conexión increíble. Eso es lo que deseo para mí: una vida similar a la de mis viejos. Ojalá que Florencia sea mi esposa y nos tengamos ese amor, ese cariño”, fantasea. 

Florencia es su novia desde hace ocho años. Se conocieron cuando él tenía 15 y ella 13. “Nos gustamos casi instantáneamente”, revela sobre aquellos tiempos de amigos en común en Río Tercero. Y confiesa: “A medida que madurábamos veía lo que ella era como persona. Tenemos mucho en común. Fue la única novia en serio que tuve. Es posible que apenas concluya la carrera de Relaciones Internacionales se mude conmigo”. 

Un soñador afortunado
Gustavo no tiene entre sus objetivos volver a caminar. “Es que eso no me cambiará nada –advierte–. Mi vida va a ser lo que yo quiero que sea. Esa es la esencia. A los 23 años tengo una realidad que no sé si la habría conseguido caminando. Soy campeón panamericano, practiqué los deportes que quise, viajo y me dedico a lo que amo: el tenis”.

No es de extrañar su firmeza. Fue la misma que tuvo cuando se plantó en el círculo íntimo de cara al futuro: “A los 11 años no quise hacer más tratamientos. Había una posibilidad con células madres, pero les dije a mis padres: ‘No me interesa. Soy así, está bien, estoy bien y va a estar todo bien’. A medida que fui creciendo, comprobé que podía tener una cotidianidad como la de cualquier otro individuo. Los inconvenientes pueden dejarte una enseñanza si los enfrentás. Yo no cambio poder caminar por nada de todo lo que logré”.

–Muchos pueden suponer que tuviste mala suerte. 
–Sí, pero yo me siento un afortunado. Hay quienes me dicen: “Dale para adelante” y hasta algunos me pueden tener lástima, pero yo no recuerdo haber sufrido, excepto cuando falleció mi abuelo. Y si me pasó algo así no fue por mi discapacidad. Fui un chico feliz. Lo único que lamento es que mis padres hayan atravesado lo que me pasó, porque debe haber sido muy duro para ellos hasta que lo pudieron asumir. Pero hace rato que este tema está desterrado para todos nosotros.

–Gustavo, ¿es cierto que una vez declaraste que ibas a ser el número uno del mundo?
–Sí, y todos se reían. Si hasta quería ser parte de la Wheelchair NBA (N. de la R.: la asociación que organiza el básquet en silla de ruedas). Yo soñaba alto…

 “Puede lograr lo que se proponga”*

A Gustavo lo conocí con 11 años y ahora tiene 23: imaginen todo lo que pasó en el medio. Se vino al CeNARD y nos sorprendió desde el primer día porque tenía actitud, dinámica, ganas. Evolucionó muy rápido. Respondía muy bien a los estímulos y era hipercompetitivo. Después intensificamos el trabajo 
y confirmó lo que creíamos de él. A los 16 fue número uno del mundo juvenil y ya no habría marcha atrás. Comenzó a jugar con los grandes y a los 17 empezaron sus mejores triunfos: les ganó a los número 1, 2 y 5 del ranking, y quedó entre los primeros diez. Es un chico muy inteligente, con ganas de superarse, que supo escuchar y se dejó guiar. Pero hay mucho que trabajar todavía, porque no nos podemos quedar enganchados con lo que pasó. Intentamos poner la mente en el presente. Queremos que juegue cada vez mejor y continúe creciendo como profesional y tenista. Su gran mérito es ser el único parapléjico completo en alcanzar el máximo puesto de la International Tennis Federation. Eso le da un valor agregado.

Superó a jugadores que pueden caminar y que solo usan la silla de ruedas el día en que juegan. Gustavo puede llegar a donde él quiera y puede lograr lo que se proponga.

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