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Adultos en Miniatura


Por Daniela Calabró.


Adultos en miniatura
Desafían la autoridad, le temen al fracaso, debaten como grandes y se preocupan por temáticas ajenas a su edad. ¿Estamos criando pequeños gigantes? La licenciada Claudia Messing propone un método para rediseñar la crianza.

De unos años a esta parte, las nuevas generaciones de padres pusieron en tela de juicio el principio de autoridad. Los límites debían trasladarse con menos rigidez, había que erradicar las figuras patriarcales y era fundamental tener más en cuenta la opinión de los chicos. 

Todos esos cambios, iniciados con la revolución desatada por el Mayo francés y el consecuente cambio ideológico de los años setenta, generaron, sin querer, un efecto colateral: niños que se sienten grandes, que cuestionan los límites, que temen a la frustración y que se preocupan por temáticas ajenas a su edad. 

Claudia Messing, psicóloga, socióloga y presidente de la Sociedad Argentina de Terapia Familiar (SATF), trabaja en esta problemática hace más de dos décadas. En su último libro, Cómo sienten y piensan los niños hoy, resume sus investigaciones y las aborda desde la mente de los más bajitos. “Existe un cambio psíquico estructural, desconocido todavía socialmente, denominado ‘simetría del niño con el adulto’. Los niños copian masivamente a su padres sin interferencia, imitando sus frases, sus modos de pensar, sus actitudes, conocimientos, ansiedades, miedos y angustias. También se mimetizan con sus historias no resueltas”, introduce la especialista. 

– ¿No es natural, acaso, que los niños jueguen a ser grandes?
–Sí, siempre ocurrió, pero antes este proceso estaba interferido por la distancia que imponían los modelos de crianza patriarcales. En la actualidad, nos encontramos con niños con altísimas dosis de conocimiento, que captan información de sus padres y del medio ambiente casi sin interferencia y que creen que sus criterios son tan válidos como los de los adultos. ¿Cuáles son sus problemas? Que se sienten desvalorizados cada vez que les dicen lo que deben hacer, lo cual configura un cambio en el paradigma educativo.

– ¿Cómo influyen en esta problemática los medios y la tecnología?
–Los factores externos la agudizan. Por ejemplo, el mercado de consumo aprovecha la simetría del niño con el adulto para tomarlo como un consumidor privilegiado, que impone modas, juguetes y otros productos. La velocidad de las nuevas tecnologías potencia su impaciencia, su necesidad de inmediatez, y confirma la fantasía de que todo puede lograrse con un clic. Por último, las redes sociales refuerzan su dependencia con respecto a la mirada del otro, en desmedro de la internalización de los padres como figuras protectoras que refuercen la seguridad y la autoestima.

– ¿Es cierto que nos encontramos con niños que están muy preocupados por cuestiones que no deberían tener en cuenta a su edad?
–Sí. El proceso globalizador, las presiones económicas y el bombardeo mediático de la “necesidad de éxito” son tomados literalmente por el joven simétrico para luego configurar cuadros de estrés, hiperexigencia, parálisis y desmotivación. 

– ¿Por eso nuestros hijos no toleran la frustración?
–Exacto. Uno de los grandes hallazgos de nuestras investigaciones fue lo presente que está en los chicos la intolerancia al error. No admiten perder en un juego, en el deporte, hacer mal un dibujo. Sacar una mala nota puede convertirse en un drama insuperable. Cualquier equivocación es vivida como un fracaso, como una falla total, y esto cala profundo en su personalidad cuando son adultos. 

“Existe un cambio psíquico estructural, denominado ‘simetría del niño con el adulto’. Los niños copian masivamente a sus padres sin interferencia”. 
- Claudia Messing, psicóloga, socióloga y presidente de la Sociedad Argentina de Terapia Familiar

–Hablando de una perfección casi obsesiva, ¿cómo es eso de la excesiva preocupación de los niños por la comida que ingieren?
–Es que la forma en que se alimentan también se mimetiza con la de sus padres. Hemos recogido múltiples testimonios de chicos de pocos años que, con términos propios de un adulto, afirmaban tomar solo bebidas bajas en calorías y comer poco por miedo a engordar. Esto puede constatarse con la infinidad de casos de trastornos alimenticios infantiles que no solo se registran en nuestro país, sino en el mundo entero.

–Resulta muy interesante tu concepto de “trueque”. ¿Por qué nuestros hijos sienten que sus acciones precisan recompensa?
–Valorizan mucho las cosas que hacen por los padres porque consideran que no son parte de sus obligaciones. Muchas veces, aceptan una tarea a cambio de algo. Por ejemplo: “Yo me lavo los dientes si vos me comprás las figuritas de fútbol” o “Yo hago mi tarea si me dejás jugar con la tablet o con la consola una hora más”. Si cometemos el pecado de entrar en este sistema, estaremos reforzando la paridad imaginaria de los niños, porque el trueque es un intercambio de iguales. 

– ¿Y cómo se debe proceder?
–Lo que debemos lograr es que el niño se sienta valorizado por su colaboración, que sienta el agradecimiento y la alegría de sus padres. Ojo, en algún momento no está mal que reciba un premio, pero hablamos de un gesto de alegría, salir a festejar con un helado o decirle que estamos muy orgullosos de su comportamiento.
Autoridad siglo XXI
El desafío a futuro, y por perogrullesco que suene, es que los niños recuperen su lugar de hijos. “Al reconocer la simetría, nuestra responsabilidad se basa en buscar herramientas para construir nuevos modelos de autoridad que les permitan recuperarnos como figuras protectoras”, asegura Messing. 

–Suena bien, pero ¿cómo se logra?
–Mediante tres condiciones. La primera es la autenticidad y el reconocimiento de nuestras limitaciones. El niño simétrico va a colaborar con sus padres si percibe auténticamente que ellos necesitan ser ayudados. Para eso, el adulto debe salir de la omnipotencia y aprender a pedir la colaboración de sus hijos. Caso contrario, el adulto no tolera no poder hacer todo lo que el hijo le está pidiendo y es entonces, precisamente, cuando se somete a la presión.

– ¿Cuál es la segunda condición?
–La firmeza y el respeto. Pedir ayuda no implica dejar de ser firmes en nuestro pedido. Debemos descartar totalmente la posición de víctimas y ser capaces de manejar la comunicación: hablar cuando hay escucha e interrumpir la comunicación cuando arranca la lucha por el poder. La firmeza puede aprenderse y una de las maneras es conectándonos con el amor de nuestros padres. El apoyo y la significación de nuestras propias figuras parentales nos hace mucho más fuertes y menos dependientes de las respuestas inmediatas de los hijos. La última clave es el agradecimiento, la valorización. 

– ¿Cómo la ponemos en práctica?
–Para el niño, lo que recibe en su crianza forma parte de un “todo”, en el que no termina de registrar si proviene de adentro, de sí mismo o de afuera. Para poder internalizar a los padres como figuras protectoras, los hijos deben asumir que mamá y papá hacen cosas por ellos. Por lo tanto, tienen que ser capaces de agradecerlas. A los padres les preocupa mucho que sus hijos no cuidan suficientemente lo que tienen: juguetes, celulares, prendas de vestir, etcétera. Lo que no saben es que la forma de lograr esta valoración es a través de un “gracias”. Recuperar la significación y el valor de los padres, el buen trato y el respeto en la comunicación constituyen las herramientas más fuertes y poderosas para flexibilizar la simetría y filtrar las demandas del contexto.
Reforzar las pautas
Cuando el pedido de ayuda, el respeto y el agradecimiento no dan los frutos deseados, hay que apelar a un mayor nivel de autoridad. Para esa instancia, Claudia Messing aconseja: “Si todo esto fracasa, quedamos habilitados a recurrir a pautas mucho más directivas, ya que el niño las está necesitando. 

A esto lo llamo ‘modelo de autoridad en dos tiempos’: el primero es de inclusión, participación y comunicación auténtica. El  segundo es de mucha mayor directividad para apuntalar a un niño que no puede contenerse u organizarse por sí mismo. Hacerlos responsables de sus actos y mostrarles las consecuencias son herramientas muy positivas”.
Talentos en peligro
La búsqueda de la perfección que se autoimponen nuestros hijos suele hacer mella en sus elecciones futuras. Así lo desgrana Claudia Messing: “Las exigencias de la infancia se transforman en literalidad y rigidez. Los niños y los jóvenes se bloquean, se desmoralizan y abandonan rápidamente sus intereses. Por eso, hoy es tan difícil la cuestión vocacional: tienen que optar por una carrera que les garantice el éxito y no pueden fallar ni equivocarse, con lo cual la elección queda revestida de un grado de exigencia paralizante, donde se suprime el placer del descubrimiento y se buscan certezas imposibles de encontrar”.

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