Entrevista


"La danza es mi religión"


Por Juan Martínez.


“La danza es mi religión”
A dos años de su retiro, Paloma Herrera confiesa no extrañar el escenario, aunque sigue despuntando su pasión como directora del ballet del teatro Colón. Aquí repasa un año prolífico, con perfume y autobiografía incluidos.

Durante veinticinco años, Paloma Herrera se mantuvo en el más alto nivel de la danza profesional. Una artista de una excelencia, una entrega y una rigurosidad enormes, solo comparables con su pasión por esta disciplina. La historia ya es lo suficientemente conocida, aunque semejante celebridad hace que valga la pena realizar un breve repaso. 

Todo comenzó temprano, a los 7 años, cuando decidió que su vida sería la danza y empezó a bailar en el estudio de la inolvidable Olga Ferri. A los 15, previa mudanza en soledad a Nueva York, se convirtió en la integrante más novel de la historia del cuerpo del American Ballet Theatre (ABT). Y a los 19, pasó a ser la más joven en recibir el título de bailarina principal en el ABT: en la mítica compañía norteamericana la apodaron “Baby ballerina”. 

Desde allí y hasta su retiro, brilló en los escenarios más prestigiosos del planeta, y recogió aplausos y ramos de flores por doquier. El gobierno estadounidense le otorgó la Green Card (certificado que la habilita como ciudadana de aquel país), con una denominación que la sintetiza de punta a punta: Alien of extraordinary talent (Extranjera de talento extraordinario).

– ¿Cómo llevás ser una exbailarina?
–Muy bien. Lo que pasa es que estaba totalmente convencida de lo que hacía cuando dejé de bailar, allá a finales de 2015. Ya pasaron casi dos años y en ningún momento me cuestioné aquella determinación. De hecho, me pareció mi decisión más maravillosa, así como la que tomé a los 15 años, cuando me fui del país. Me acuerdo de que, en aquella época, no eran pocos los que me repetían que era muy chica, pero yo me mandé con absoluta seguridad. Ahora, a los 40, otros tantos me insistieron para que continuara, pero no. Ya había hecho todo lo que quería, había bailado en lugares soñados, y me quería despedir en el más alto nivel, para que todos, incluida yo misma, nos quedemos con ese recuerdo.

– ¿No extrañas esas sensaciones que te provocaba bailar?
–Para nada. Todo lo viví a full y no me quedó nada pendiente. Más no pude disfrutar, más no pude bailar. Fue una trayectoria muy larga dentro de lo corta que es la carrera de bailarina. Y esa sensación que adoraba tener arriba del escenario ahora la experimento cuando voy al teatro a ver ópera, ballet, música. Todas las expresiones artísticas me llenan el alma, y ahora las puedo vivir de otra manera. El otro día fui a ver La Traviata y salí flotando de la sala, como si la hubiese protagonizado yo. Nunca fui una persona que necesitara destacarse o ser el centro de la atención. Yo no bailaba para ser la figura, sino porque me daba placer, adoraba mi arte y me hacía feliz. 

– ¿Y en cuanto al físico? ¿El cuerpo te pide movimiento?
–Sí, mi actividad es el yoga.

– ¿Te sirve también en un plano espiritual?
–No lo sé. No creo en ningún ser superior, ni en nada por el estilo. Soy muy de vivir el día a día, de la energía. Siempre agradecí y agradezco diariamente, pero no sé a quién. Es una pregunta constante que gira en mi cabeza. Yo agradezco a la vida. Siento que uno tiene que ser agradecido por lo que tiene, ser consciente de eso, y tratar de ayudar al resto en lo que pueda. No doy nada por sentado; por eso, me parece fundamental entender que cada día tiene su peso, que hay que vivir el presente a full. Mañana, quizá no haya nada más. 

–Siempre se habló mucho de tu talento, de tu don. ¿Cuánto hay de eso y cuánto te fuiste perfeccionando?
–Pienso que es una mezcla de todo. Uno tiene que nacer con algo físico especial: pies, cabeza, brazos. Y, después, hay que trabajar enormemente ese talento en los giros, las extensiones. Hay gente que cuenta naturalmente con todo eso, pero no tiene ese ángel especial, esa proyección que hace que no pases desapercibido en el escenario. Otras personas pueden estar escondidas en algún rincón y, aun así, despertar nuestra curiosidad. Por eso es difícil hallar bailarines que hagan carrera. Se necesita muchísimo esfuerzo y, a la vez, ese algo mágico. 
Confieso que he vivido
“Para ser bailarín hay que tener fortaleza física, pero, sobre todo, fortaleza mental. Los que no son fuertes, aunque sean muy talentosos, van quedando en el camino”, se lee en Una intensa vida, la autobiografía de Paloma Herrera. Aquí, por primera vez y desde su propia mirada, se animó a contar los entretelones de su carrera: la compleja relación que tuvo con su maestra Olga Ferri, la intensidad que caracterizó su vínculo con los hombres, los maravillosos compañeros con los que se cruzó en el camino y las desventajas de brillar en un medio tan competitivo. Tam-bién describe la trastienda de los ensayos, las luchas personales, las marcas de un cuerpo con horas y horas de entrenamiento, y el apoyo incondicional de su familia.  
Palabra autorizada
Hace más de diez años, Paloma fantaseaba con lo que ocurriría cuando se apagaran los flashes. “Mi sueño sería seguir con la danza de alguna forma, tal vez enseñando”, confesó en una entrevista quien supo ser tapa de la emblemática revista dominical del The New York Times. Aquella afirmación fue casi un presagio, ya que, hoy por hoy, su cotidianidad pasa por la dirección del Ballet Estable del Teatro Colón. Ni más ni menos que su casa. “La verdad es que me encanta esta función –admite quien cumplirá 42 años el próximo 21 de diciembre–. Tuve una experiencia tan intensa que, más allá de poder enseñar como cualquier otra maestra, puedo transmitirles a los bailarines cómo manejarse en esta profesión y contenerlos. No todos necesitan las mismas cosas. Yo siempre puse el foco en la disciplina y el trabajo. Ese fue mi secreto. E intento trasmitirlo, pero no con mano dura. Se puede ser intensa y apasionada sin ser mala onda. Tuve maestros geniales que sacaron lo mejor de mí porque trabajamos juntos para mejorar. Pero otros fueron un desastre porque me ponían tensa. Yo trato de ayudar en todo sentido”. 

–Tu posición tiene un vínculo estrecho con el arte, pero, asimismo, hay toda una parte burocrática…
– (Interrumpe). Sí, con la que no me llevo bien. María Victoria Alcaraz, la directora general del Colón, es realmente increíble y brindó todo lo necesario para que yo me sintiera bien. Cuando ella me convocó, mi miedo era, justamente, cómo afrontar aquello que no era estrictamente artístico. Pero me dio la confianza de que lo podíamos hacer. Por eso asumí el cargo.

– ¿Cómo analizás la danza argentina?
–Somos semillero de talentos y contamos con magníficos maestros. Lo que debemos hacer es motivarlos, inspirarlos para que aspiren a ser mejores. ¿Cómo? Consiguiendo obras de nivel superlativo, e invitando a coreógrafos y producciones importantes del exterior. En definitiva, no siendo chatos. Estoy muy contenta con lo que logramos durante 2017: agregamos un sinfín de funciones, confeccionamos un repertorio increíble, emprendimos giras… Para mí es muy gratificante. Ese es el camino.
De niña a mujer
El año pasado, el primero que desandó como bailarina retirada, la sumergió en una etapa de transición, en la que sembró proyectos cuyos frutos se cristalizaron en los últimos meses. Por un lado, dio clases en diversos países; por el otro, se embarcó en la elaboración de un perfume con su nombre y apellido. En el medio, se abocó a pasar en limpio sus memorias y reunirlas en la autobiografía que tituló Una intensa vida. “Yo no sé nada de perfumes, así que no me podía meter mucho en ese tema. Pero sí me preocupé porque mi identidad se reflejara en el packaging, en los frascos, en toda la campaña”, se entusiasma.

–Estando tan plantada en el presente, ¿cómo fue la tarea de tener que revisar tu pasado para el libro?
–Fue muy fuerte, casi como una terapia. Quedé muy feliz cuando estuvo terminado. Todo el proceso fue impresionante, y creo que eso me ayudó a que la transición haya sido tan natural, porque pude tomar conciencia de todo lo que había hecho. Sin falsa modestia, yo sabía que había edificado una carrera extraordinaria, pero reverlo fue realmente muy loco. Paralelamente, fue muy sanador, ya que me di cuenta de que, si volviera el tiempo atrás, haría todo exactamente igual. Es muy lindo saber eso. 

–A los 17 años escribías un cuaderno íntimo al que bautizaste Momentos. ¿Una intensa vida fue algo así como abrirle una ventana a la gente?
-En realidad, lo hice para mí, para cerrar todo mi ciclo. Voy a cometer una infidencia: yo tenía la certeza de que no me lo iban a publicar. Le mandaba los capítulos a la editorial y no me hacían correcciones, cuando suponía que me los iban a devolver marcados o editados. Me decían “Muy bien”, y yo pensaba que me estaban cargando. Igual, a mí me servía, así que seguí. Una vez me comentaron que me había pasado de la cantidad de páginas; eso fue una prueba de que sí me estaban siguiendo. Y les pregunté: “¿Cuándo viene la parte en la que agarran el libro y me lo cambian todo?”. Me respondieron que se publicaría tal cual estaba. Me agarró un ataque de nervios y empecé a leerlo todo para cambiar cosas. Lo más cómico es que lo escribí todo en mi teléfono en un café.

– ¿Fue movilizante encontrarte con las reflexiones de una adolescente de 17 años?
–Sí, fue muy revelador, así como toparme con entrevistas en las que pude comprobar que digo las mismas frases que ahora. Me resultó llamativo que mi visión no fuera cambiando con el transcurso de mi carrera. 

– ¿Y a qué se debió?
–A que mi meta, mi ideal, siempre se mantuvo muy firme.

– ¿No te sorprende tu madurez de aquel entonces?
–Me parece mentira, sí. Veo niños de 6 o 7 años y me parecen muy chiquitos. Que a esa edad yo tuviera tamaña convicción es algo que me cuesta asimilar.

–Una razón que mencionaste como causa de tu retiro fue que notabas que sintonizabas una onda completamente distinta a la de las nuevas generaciones.
–Totalmente. Hace poco me dijeron: “Estás al revés del resto del universo”. Será. No tengo Facebook, Instagram ni Twitter… ¡Y no tengo ninguna intención de tenerlas! 

– ¿Pero probaste? 
–No, sinceramente ni entré. Unos amigos me mostraron que hay un Facebook con mi nombre. La gente escribe “Paloma, estás divina”, y alguien contesta: “¿Viste qué hermosa que soy?”. ¡Me muero! (Risas). Descuento que los que me conocen saben que no soy yo, que jamás escribiría algo así. Es gracioso. Ojo, no estoy en contra de las redes sociales, pero sí de una forma de usarlas. 

– ¿Por ejemplo? 
–A mí me encantan las fotografías: las saco en todos lados, en cada uno de los viajes que hago. Atesoro millones de fotos en papel porque adoraba las cámaras de rollo. Todos se reían cuando salieron al mercado las digitales y yo conservaba la analógica. Después, estaban todos con los celulares y yo seguía con las digitales... Las fotos son recuerdos hermosísimos, pero una cosa es sacarlas por placer y otra porque sí. No entiendo a los que no paran de gatillar en un espectáculo. Vas a un recital de Sting y no lo ves, pero tomás fotos para demostrarles a los demás que estuviste ahí. ¿Para qué sirve eso? 

–Lo percibís como superficial. 
–Sí, es que son para el afuera y no para uno. Y eso puede trasladarse a tantas otras cosas... 

–Para concluir: después de todo lo recorrido, ¿qué es la danza para Paloma Herrera?
–Desde el primero hasta el último día fue todo: mi templo, mi lugar, mi religión. Yo, que no creo en nada, tengo esta religión. Ese alguien al que le agradezco es la danza. Tal vez de jovencita no comprendía lo que significaba. La única forma de explicarlo fue con el concepto de una burbuja. Un sitio donde estaba y donde sigo estando bien. El arte es lo que me salva, es lo que me “saca” del mundo.
Todoterreno
Paloma Herrera nació el 21 de diciembre de 1975 en Buenos Aires. Todavía se recuerda su debut en el Teatro Colón, con apenas 12 años, en el rol del Cupido principal en Don Quijote. A lo largo de su carrera, recibió innumerables premios. 

En 1999 fue votada entre los diez bailarines del siglo por la revista Dance Magazine, y en 2001 fue decladara Personalidad Destacada de la Ciudad de Buenos Aires. Fue elegida líder del milenio por la revista Time y la CNN, y recibió el Premio Konex de Platino a la Mejor Bailarina de la última década. Entre sus principales partenaires, se encuentran Julio Bocca, José Carreño, Ángel Corella y Damian Woetzel.

nueva, todos los domingos con:


El Norte La Capital Nuevo Diario El Día La Gaceta Rio Negro Primera Edición Uno - Mendoza Uno - Entre Ríos Uno - Santa Fe Diario Norte Puntal - Córdoba La Nueva Diario Democracia El Independiente Diario Norte