ENTREVISTA


"He sabido decir que no"


Por Marianela Insúa Escalante.


“He sabido decir que no” 

Brilló en Dulce Amor, grabó una miniserie, filmó una película y emprendió de nuevo la retirada hacia México, país en el que está instalada con su familia desde hace casi dos años. Mónica Ayos repasa su carrera, cuenta cómo es su nueva vida y no revela ningún secreto de belleza… ¡porque no tiene! La actriz pasó por Buenos Aires y otra vez dejó huella.

Aprovechemos la estadía en la Argentina y hagamos familia, hagamos jardín, disfrutemos y nos volvemos”, cuenta Mónica Ayos que dijeron con su marido, Diego Olivera, cuando llegaron a Buenos Aires hace un par de meses. Pero las cosas se complicaron para bien. Es que a Mónica le ofrecieron un papel en Dulce Amor, la telenovela que es un éxito en rating en las noches de Telefe. Y ella aceptó. 

Lo que sería una intervención en unos pocos capítulos se convirtió en una participación estelar y el personaje de Paula, que llegó para enamorar a Julián (Juan Darthés) mientras él sufría por Natacha (Calu Rivero), tomó protagonismo por sí mismo. Paula, esa niñera alegre, macanuda, desenfadada, también tenía su historia: era una mujer golpeada. Mónica aprovechó la problemática del personaje para bajar línea sobre un tema que ya excede los géneros, y se fue no sin antes dejar un mensaje positivo dentro de tanto drama.

Fue niña talento, joven vedette y transita su camino de señora actriz sumando experiencia y el reconocimiento de sus pares y el público. Mónica Ayos, como buena geminiana, se da el lujo de estar en la misa y la procesión. Es profunda y simple a la vez; es madraza y compañera de sus hijos; es una profesional seria pero jamás pierde su simpatía. Mónica combina con alegría su vida en México y en la Argentina, aunque reconoce que extraña ciertas cosas de su país. Podría haber sido una gran diva; alguna vez soñó con eso. 

Pero su vida tomó otro camino. Aprendió a escucharse y armó su carrera con paso firme pero despacio, sin dispersarse. Algunos programas inolvidables la tuvieron en su elenco, como La familia Benvenuto y Mi cuñado. El actor Diego Olivera, su marido y padre de su hija Victoria, es una estrella de Televisa, la principal generadora de telenovelas de México para el mundo, así que allá se instalaron también con Federico, a quien Mónica tuvo a los 19 años, que desde hace ya un tiempo viene incursionando en la actuación. Los cuatro son felices con esta vida de artistas que les propone a cada paso un desafío. 

Viniste a la Argentina a descansar y terminaste trabajando mucho. ¿Qué fue lo que más te sedujo de volver a participar en una tira diaria?
–En México me llegó una propuesta para hacer la miniserie El sustituto (con Luis Ziembrowski, Juan Palomino y Sergio Boris), un policial negro de Nicanor Loreti. Él me mandó los libros, y me encantó el personaje, un ama de casa cuya vieja profesión es maquillar cadáveres. Eran trece capítulos, así que pensé: “Viajo a la Argentina y los grabo”. 

Diego empezaba otra novela en febrero y Victoria tenía que ir al colegio. Pero cuando terminé la miniserie, me llamó Estevanez para ver si quería hacer unos capítulos en Dulce Amor. Me encantó la idea; entrar en un éxito es algo redondo. Así que empecé y jugamos a este personaje de la niñera que se enamora de Julián, y que pegó muy bien. Luego comenzamos a hablar de violencia de género.

–Empezó siendo un personaje secundario y terminó teniendo su propia historia…
–Sí, tenía una historia propia, que se relaciona con un tema social que es comprometido y que, si bien en la telenovela no se sobrevoló, tampoco se profundizó porque es una historia de amor. Hablando con la producción, se me ocurrió componer este personaje desde un lugar en donde la chica se escondía detrás de la ropa grande, de su pelo un poco revuelto y un poco en la cara, como ocultándose de los golpes y los moretones y no valorándose, no teniendo percepción de ella misma. Ella no podía ponerle un freno a este personaje que hizo de forma tan excelente Juan Ignacio Machado. 

Por otro lado, estaba Darthés, que es muy amigo de la familia, muy amigote de Diego porque trabajaron mucho juntos. Es un placer trabajar con todos, con la familia Estevanez, a quienes conozco hace muchísimo. Fue un placer para mí contar esta historia de amor no correspondido. Al final me quedé más de lo estipulado y pude contar mi propia historia, además de enamorarme de Julián. Era un amor a destiempo, porque Julián quizá se habría podido fijar en Paula en otro momento de su vida. Paula era genuina, muy para él, pero ¿viste cuando alguien no entra en tu vida en el momento justo? Creo que fue eso lo que no los pudo unir. Por eso, Paula lo entiende y se abre de la historia.

–¿Luego de la tira empezaste un rodaje?
–Sí, la filmación de Madraza, una peli de Hernán Aguilar, que es un director de cortos y documentales que vivió muchos años en Los Ángeles y ahora viene a hacer su ópera prima acá. Hice casting y me eligieron, así que estoy muy contenta porque audicioné para varios personajes y quedé para el que más quería. Es la historia de una ama de casa a la que le asesinan al marido, queda en bancarrota y se convierte en asesina a sueldo. A partir de ahí hay muchos personajes que circulan por su vida y le hacen cambiar el rumbo de su destino. Todo fue redondísimo porque vine, hice la miniserie, entré en un éxito como Dulce Amor… Me voy bien victimizada, como las heroínas que siempre se van sufriendo (risas). Sobre todo, me voy con el triunfo de Paula de haber salido de la violencia doméstica, de haber podido hacerle la denuncia a este hombre. Ella va por su destino y seguramente el amor de su vida aparecerá en otro momento. 

–Venías haciendo teatro desde hace unos años. ¿Creés que desde ese lugar también conquistaste a un público que no mira tanta televisión?
–Es verdad, y transitar por diferentes géneros me enorgullece. Pasé de hacer revista, hace muchos años, a una comedia como Taxi y, de ahí, a una obra como Eva y Victoria, con Leonor Benedetto y la dirección de China Zorrilla, o a En la cama con Gerardo Romano, Viviana Saccone y Walter Quiroz, con la dirección de (José María) Muscari. Hice programas como Mujeres asesinas o Tiempo final, y tiras como Sos mi vida o Dulce Amor, que pegaron en el público. ¡Hay gente que todavía me habla de la Turca! O de mi primera telenovela, que fue Franco Buenaventura… Hay personajes que el público no olvida.

–La gente te considera muy auténtica.
–Muchos han puesto fichas en mí; de eso no me puedo quejar. Y siempre tuve bastante olfato, fui por el lado que creía que quería expresar, y los productores se dieron cuenta de que había algo en esta mujer y que el cuerpo era como una herramienta más para la actriz. Ellos no solo lo captaron, sino que lo capitalizaron, y yo también lo capitalicé. No me equivoqué con el olfato porque era un poco también predicar con el ejemplo; tiene que ver con una actitud de vida, con la familia que armé, con el entorno, con las ganas de contar una historia. No me ha ido nada mal. En cine estuve ternada para el Cóndor de Plata por la película que protagonicé con Luis Luque y Nicolás Cabré (Tres de corazones). También estuve nominada a varios Martín Fierro seguidos, aunque no los gané. 

–Tu preparación como artista ha influido en tu éxito.
–Tengo formación, pero creo que también la intuición me ha ayudado mucho, la pasión, los desafíos, el creer en mí, el tener perseverancia y el tener criterio, el reconocer cuáles son mis metas y qué cosas no quiero. He sabido decir que no.

–¿A qué le tuviste que decir que no?
–A la revista, por ejemplo. Todos los años me lo proponen. Pero cuando dejé la revista, la dejé con la convicción de saber que en mi evolución personal, esa etapa había terminado. Tenía veintipico de años y era vedette, y lo disfruté mucho. Tuve a mi hijo a los 19 años, así que al ser una mamá tan joven, vivía todo con una responsabilidad muy grande. Todo lo que ganaba era para pañales; siempre fue prioridad mi hijo. Lo disfruté mucho y lo viví muy profesionalmente porque para mí era un trabajo muy serio. Me fue bastante bien y así fui probando otras cosas hasta llegar a hoy. Me queda un camino largo, pero fue todo un poco como el cuento de la Cenicienta… Está bueno todo lo que me pasó, no lo esperaba.

–¿Participaste en El pulpo negro, de Ibáñez Menta, cuando eras chica?
–Sí, porque era una niña actriz; tendría 10 años. Eran bolos, pero me servían para foguearme. ¡Y en el colegio era una ídola! (Risas). Después, en la telenovela Amándote, también tuve bolitos a los 14 años. Empecé muy de abajo, me anotaba en todos los castings. Como mis padres eran bailarines de la orquesta de Mariano Mores, estaban al tanto, y yo siempre los acompañaba a  los canales y averiguaba todo. No estaba para el tango, estaba en otra cosa, y aunque sé bailar tango, eso no era lo mío. Sabía lo que quería. Lo primero que hice a los 10 años arriba de un escenario fue en Montevideo. 

Mi papá bailaba tango con mi mamá y la orquesta era la del maestro Pugliese, y yo, como todas las noches, estaba al lado del escenario. Mi papá me dijo: “¿Te animás a bailar un tango conmigo?”, y le contesté que sí. Era una nenita, llena de rulitos. Cuando bailamos, todo el teatro aplaudió mucho, y con Pugliese atrás, que para mí era normal. En ese momento me dije: “Este aplauso de la gente es lo que quiero. No sé qué es lo que voy a hacer, pero sí voy a estar arriba de un escenario”. Así que logré lo que quería, buscando mi camino. 

México, su otra casa 

Su esposo, Diego Olivera, ya va por su sexto protagónico para Televisa y ella, aunque acaba de terminar su primera telenovela mexicana, es una figura en el país azteca. Fue Leonela Montenegro en El triunfo del amor y le bastó para ganarse el cariño del pueblo mexicano. 
Mónica Ayos reconoce que las maneras de trabajar aquí y allá son más o menos similares, aunque allá se despliegue más glamour. “En Televisa, por una cuestión de logística, te ponen un chofer a tu disposición todo el día y te dan una súper casa en un buen barrio, porque ellos te brindan esa seguridad que vos necesitás para poder estar en un país con tanta gente y con los problemas de seguridad que tienen todos los países. 

Así que al ser la meca de las telenovelas y al ser una industria tan grande, ellos te ponen todo”, cuenta. En febrero, Olivera comenzará las grabaciones de una nueva telenovela y es muy probable que ella ya esté ocupada en marzo o abril. 

Este cambio de país, costumbres y trabajos pudo darse gracias a que sus hijos, Federico y Victoria, se adaptaron muy bien a su nueva vida. “Fede tiene 20 y pasó a tercer año de una academia que hay dentro de Televisa. Hace teatro en México y está nominado como mejor actor para una obra que se llamó Venganza y ética; ahora está preparando Edipo Rey, en donde lo eligieron como protagonista. Además, Televisa lo tiene ahí como un futuro galán, aunque él quiere hacer cine, no quiere ser galán de televisión. Por otro lado, está Victoria, que hace un año y medio que va al colegio allá”, cuenta Mónica entre risas.

Espejito, espejito 

Aunque dejó atrás su carrera de vedette, Mónica Ayos mantiene la misma figura que lucía en las marquesinas de la calle Corrientes. Al cuerpo escultural se le suma una piel espléndida y un pelo por la cintura que bien envidiaría una quinceañera. La pregunta se cae de madura: ¿Cuánto tiempo le dedica Mónica Ayos a su estética? La respuesta, aunque sincera, es desalentadora. “Ni medio minuto”, confiesa, y admite que tiene buena genética y que fue de gran ayuda haber estudiado danza toda la vida. “Cada vez que voy a Miami o a un lugar caluroso, como Playa del Carmen, hago un poco de aeróbicos; tiene que ser algo que me guste. No me puedo quejar”, dice por fin, mientras que una centena de mujeres caen rendidas ante la cinta y el escalador.

Está en sus planes tener otro hijo y sabe que es muy posible que engorde con el embarazo, algo que no la preocupa en absoluto: “Sé que con el embarazo voy a aumentar de peso. Con Federico no subí nada y con Victoria aumenté veinticinco kilos; entonces, sé que ahora con el tercero ¡voy a aumentar ochenta y tres! A mí me gusta comer más que nada en el mundo, pero no como todo lo que quisiera. ¡Vivo sufriendo! Este café con leche que estoy tomando ahora vendría con un sándwich de salame…Si comiera todo lo que quisiera, me llamarían de Dulce Amor, pero para hacer de la chica gordita que se comió todas las golosinas Bandi. (Risas). Me interesa que el espejo me devuelva una buena imagen, pero no me preocupo tanto. Este pelo es mío, no tomo más sol porque me lleno de manchas. ¡Después de los 30, dije basta de sol! Me pongo algunas cremas, me depilo como todas las mujeres… cosas normales”.

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